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Generating saving rates by classes

4.4 The Monetary Transfer

4.4.4 Generating saving rates by classes

“Loco como un sombrerero” era una expresión típica del siglo XIX en Inglaterra: por su oficio, los artesanos estaban en contacto con mercurio para trabajar el fieltro y eso les producía ciertos desórdenes de conducta. Si el mercurio utilizado en los fieltros servía para “curar” los sombreros, los efectos nocivos quedaban impregnados en la piel de los sombrereros.

Efectivamente el autor de Las aventuras de Alicia… sabía de la leyenda sobre la toxicidad de ciertos productos usados por los fabricantes de sombreros, motivo por el cual los consideraban a todos unos desquiciados. Los sombreros se hacían con dos materiales —piel de castor (que eran los más caros) o de conejo (los más baratos)—, pero unos y otros precisaban del proceso químico. Primero se trataban con nitrato de mercurio para alisar el material y darles un tono mate, y después se sumergían en ácido hirviendo para endurecerlos. Los trabajadores —encerrados en talleres mal ventilados — aspiraban los vapores tóxicos.

En el caso del personaje de la novela, su desvío psíquico por el oficio que desarrolla se manifiesta en su excentricismo, en el envenenamiento de la cordura esperable para ser políticamente correcto y socialmente aceptado. Los cambios bruscos de humor y la disociación con la realidad le generan al personaje una conducta que habilita a los “cuerdos” a darle el mote de “loco”. Sin embargo, Alicia tiene mucho para aprender de este otro Guía en su periplo.

Conoce al personaje, lo mira extrañada, confronta y sabe que el problema está en la cabeza. Los sombreros pueden cambiarse y las cabezas pueden sostener diferentes sombreros: el de Curiosa, el de Justiciera, el de Soñadora… cada “máscara” es una expansión de la conciencia.

Estudiosos sobre la biografía del autor determinaron que Caroll sufría de fuertes migrañas y consumía láudano, un medicamento común de la época compuesto por vino blanco, opio y azafrán que, si bien servía de analgésico, derivaba en efectos psicotrópicos, alucinógenos. Tomemos este dato de “la realidad” para simbolizarlo en una metáfora: ver la vida como es y al mismo tiempo permitirnos verla bajo los efectos del sueño. El mensaje que guarda el inconsciente tiene verdades para revelarnos. Está en nosotros “leer” esos textos. Recordemos aquello que nos enseñara el Talmud: “Un sueño sin interpretar es como una carta sin abrir”.

Se asocia al “síndrome de Alicia” el dolor producido por las migrañas. Mucho se habló sobre el uso de drogas psicoactivas por parte del autor representado en la Oruga Azul que fuma opio. La ilusión óptica, la distorsión de colores, formas y tamaños (micropsia o macropsia: disminución o aumento) en la propia imagen corporal, en los objetos, en las personas y los animales, que se perciben de manera irregular, así como en la comprensión del paso del tiempo que se ve afectada en su orden lógico: antes, hoy, mañana… cada uno de esos conceptos es un cofre cerrado por siete llaves.

Abrir cada cerrojo es el desafío para alcanzar la madurez del yo.

“A quien dices tu secreto das tu libertad”, decía el clásico texto de Fernando de Rojas en La Celestina… Hoy, ha corrido tanta agua bajo el puente que podemos afirmar parafraseándolo: “Cuando te dices tu secreto, conquistas tu libertad”.

En 1967 cuando fuimos al estreno de Amor en el aire en el cine Lope de Vega, yo tenía 9 años. Una escena de la película volverá a recordarme que el absurdo es parte de la realidad: una escena regresó 30 años más tarde para decirme que lo más kafkiano está a la vuelta de la esquina. No lo sabía, entonces, pero lo intuí siempre…

En la oscuridad mítica de esa sala de cine del barrio —donde mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí cada semana— vimos desde La novicia rebelde hasta Martín Fierro (con cara de Alfredo Alcón). El cine era parte de la infancia como la escuela y las fiestas de cumpleaños. Se estrenaba otra de Palito. Era de amor. Me gustaba porque la actriz hablaba “distinto”. Rocío Durcal pronunciaba las palabras con ese seseo español que encandilaba mis oídos. La pareja tiene para mí un magnetismo especial: el argumento cuenta que ambos para no repetir la historia de frustración de sus mayores deciden oír la voz de sus sueños y ser artistas. Nada sabía de psicogenealogía a mis 9 añitos, pero si confío en lo sabido-no pensado, me resonaban algunas ideas en el inconsciente…

Sin embargo, no fueron las escenas románticas ni las canciones las que se me quedaron grabadas, sino una imagen surrealista: el muchacho quiere dedicarse a cantar y su padre, un ingeniero muy serio (Fernando Rey), no se lo permite. En una actuación secreta para su familia, el aspirante a artista no sabe que su padre —junto con otros señores muy trajeados y formales— está entre el público. En un momento se miran, se reconocen. El joven atemorizado deja el escenario y en su lugar la chica “lo salva”: toma la posta y asume su rol en el final de la actuación. La canción no era cualquier canción. Travestismo y solidaridad, hombre/mujer7 0, mundo de adultos y mundo de ensueño se

entrecruzan en un mismo espacio. La escena era de por sí absurda por no decir bizarra: un muchacho con su tocado de plumas a lo indio sioux baila y canta “Sol en Oklahoma”. Escenario casi vacío, un clima de desierto, un árbol de cartón y una desvencijada carreta forman todo el contexto esforzado por dar verosimilitud a una propuesta escenográfica disparatada.

Aquella escena, como tantas, se fue diluyendo a lo largo de mi vida… En abril del año 2001, mi marido y yo viajamos por primera vez a Europa: vuelo directo a Praga, anhelaba desde siempre estar en tierras kafkianas. Llegamos una noche de lluvia. Fuimos directo al Don Giovani, un hotel frente al cementerio donde reposa el autor de La metamorfosis. Fuera del circuito turístico, alejado de las atracciones más visitadas. La idea era homenajear al autor elegido entre todos: acercarnos hasta la tumba de Franz Kafka y leer algún párrafo de Carta al padre o El proceso, dejar unas piedras sobre la lápida…

estaba hecho realidad. Vivía esos momentos con la ansiedad y la emoción de un sueño largamente cocinado en los calderos del deseo. Desde nuestra ventana imaginamos la silueta del edificio de enfrente. El viento y el agua impedían ver con claridad los muros del cementerio. Seguía lloviendo. Anocheció. Mientras me duchaba, escuché voces en español (desde la llegada al aeropuerto solo habíamos oído hablar en checo, y también todos los canales eran en el idioma local): la tele de la habitación estaba encendida. Imprevistamente algo me descolocó. Presté atención, ¿qué estoy oyendo? Era una canción conocida. La voz y la letra me “sonaban”, pero no podía ser cierto… Creí estar bajo los efectos hipnóticos —loca de alegría— de estar por fin en Praga.

Apuré el trámite de envolverme en una toalla y salí del baño: la imagen me colocó en una realidad extra-ordinaria. Ahí estaba el Palito Ortega de mi niñez, el del cine de Villa Luro, vestido de indio sioux: “un gaucho con plumas” —como dice el personaje de la abuela de Rocío Durcal en la película—, el mismo que se me había quedado congelado en el recuerdo. Extraviado de la vieja pantalla del barrio estaba ahora en Praga. Todo el acontecimiento me resultó muy delirante. Breve e incomprensible como un sueño. Retrocedí muchos años y no me alcanzó la brújula lógica para las coordenadas tiempo-espacio: la butaca de cuero carmesí del cine Lope de Vega cual alfombra voladora me había transportado a un lejano hotel de Europa del Este.

Perplejidad. Seguía sonando el estribillo…

En mi propia cartografía surrealista, este episodio podría formar parte del ambiente onírico de Alicia. Todos tenemos una página para sumar a ese clásico de la literatura: sueños por fin cumplidos, mensajes en otra lengua que regresan traducidos, como si nos comunicaran que la potencia onírica y sus símbolos —la rebeldía a los mandatos ancestrales, la alegría y la libertad— transforman la realidad.

El pasado regresa, pero —felizmente— la escena puede ser la que tanto soñamos…

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