2.3.1 Los marxistas “duros” y Wallerstein
Naturalmente, no todo despúes de los ’70 es microeconomía y heterogeneidad. Hay diversos enfoques que intentan, con sus transformaciones, sostener la continuidad del debate que se había desarrollado hasta los ’70. Desde el marxismo, sigue presente el intento de tener un enfoque general, por un lado, a través de una de sus más importantes revisaciones críticas: el regulacionismo, por otro lado, los estudios sobre globalización que se realizan desde la izquierda (tal vez uno de sus principales exponentes sea Petras) y la posición de los teoricos de la dependencia, que aun dicen lo suyo. Como un enfoque específico, encontramos además, la teoría del sistema- mundo de Wallerstein.
Todos estos planteos nos resultan atractivos en la medida en que coinciden con las críticas al supuesto de “desperiferización” anunciado por los evolucionistas y sus socios. También se relativiza el éxito de los NICs o de la “Terza Italia” se cuestiona la afirmación de que los aumentos de competitividad en esos países sea consecuencia de fuerzas endógenas y se lo explica por condiciones más generales, entre ellas, las vinculadas a la geopolítica.
¿En qué se parecen y en qué se diferencian los tres enfoques? El marxismo más “ortodoxo”y el “sistema-mundo”, desde puntos de vista muy diversos, coinciden en suponer el fin del capitalismo, un aspecto ajeno a la discusión regulacionista. El “sistema-mundo” y el regulacionismo dan elementos muy valiosos para entender
críticamente porque proliferan los modelos de oferta y la crisis del Estado, como consecuencia de la lógica de la acumulación capitalista, ambos sostienen la existencia de jerarquías, pero no comulgan con el lugar que el funcionalismo otorgaba al Estado. Los tres enfoques ayudan a “sepultar” el concepto tradicional de desarrollo.
Antes que nada debe decirse que la Teoría de la Dependencia sigue presente. Los hechos narrados hasta aquí y la derrota política, han disminuido su importancia, no necesariamente su vitalidad teórica. La discusión sobre la interdependencia a nivel mundial y la relación de dependencia se sintetiza con la de la globalización. Aun están en forma los viejos dependentistas (Frank y Furtado hasta hace poco, aun Dos Santos) pero no son los más leídos.
Por otro lado, como lo plantea Katz (2001), dentro del marxismo se puede usar, en continuidad con el pensamiento dependentista, el enfoque multicausal para analizar las crisis de la periferia. Como de costumbre, “se parte del estudio del capitalismo como una totalidad dinámica, que se reproduce desplegando sus contradicciones en forma ampliada y se reemplaza el análisis monocausal de los distintos desequilibrios (subconsumo, desproporcionalidad, caída de la tasa de beneficio)”. Se analiza la sobreproducción y, sobre todo, su desigual impacto en los dos polos del mercado mundial, también se estudia el hecho de que las economías centrales descargan la caída tendencial de la tasa de ganancia en los países dependientes, generando los problemas de realización, graves en el sudeste asiático y América Latina debido a la existencia de subconsumo. Lo que hace el mencionado autor es analizar las diferencias en el impacto de las crisis, también hace hincapié en el modo en que en los '90, Estados Unidos pudo recurrir al hiperconsumo, el Japón a los superávits comerciales y Europa a ambas salidas para atenuar la crisis, mientras que México, Corea, el Brasil, la Argentina o Rusia sufrieron desajustes descomunales
Para buena parte de los exponentes del marxismo, la cuestión sigue siendo la relación entre países, especialmente la dependencia respecto a los EEUU. La globalización es simplemente vista como el aumento del poder de los países del Norte sobre los del Sur y la imposición de ideas neoliberales a través del Consenso de Washington, la Organización Internacional del Comercio, el FMI y del Banco Mundial. El eje del problema sigue siendo el Estado porque desde el Estado es que se desmontaron los procesos productivos, ramas y sectores ligados a la reproducción del valor de la fuerza de trabajo, para convertir al empleo en fuerza de trabajo flexible, polivalente y precaria, afianzando, así, una de las características estructurales del proceso de mundialización..
Este enfoque forma parte de lo que Sutcliffe (2004) denomina las versiones fuertes de la globalización, en las que ésta es sólo ideología, un discurso político que sirve para autorizar al capital en contra del trabajo. La expansión del libre mercado es una construcción política, para aumentar el ritmo de la explotación (Kelly, 1999).
Un exponente importante de esta corriente es Petras, quien en diversos trabajos intenta enfrentar la idea de que el mundo actual funciona sin Estado - Nación, en cambio dice que el Estado ha crecido en importancia. El Estado imperial sirve para concentrar el poder dentro de los países centrales y para comandar instituciones, circunstancias políticas y económicas para asegurar esferas de influencia y
dominación. Párale, Estados Unidos lidera el camino, seguido por la Unión Europea y por Japón.
Según Petras (2003) “Todas las preguntas importantes que nos confrontan hoy respecto de la naturaleza y dirección de las relaciones internacionales de poder, la naturaleza de los conflictos, las conquistas y las resistencias que se multiplican giran en torno de la naturaleza y la dinámica del imperialismo, en particular el de la potencia imperial más agresiva y poderosa: Estados Unidos”. La crítica está dirigida al enfoque del sistema-mundo, que veremos en los próximos párrafos. La discusión sobre el tema será retomada más adelante.
Por su parte, el sistema-mundo de Wallerstein retoma el debate del desarrollo, reconoce como válidas las críticas de los dependentistas al estructuralismo latinoamericano, pero considera a aquellos como una continuidad de la teoría de la modernización por confiar en la posibilidad de un desarrollo nacional, aunque por fuera del mundo capitalista. Según Di Meglio (1997), en la teoría de la dependencia hay una ambigüedad de fondo: sostener que la difusión de la industria en los países de la periferia en los últimos decenios había generado una industrialización dependiente puede crear la ilusión del desarrollo nacional autónomo. Lo considera “poco más que un ideal abstracto”. Del mismo modo, para Thomas (2000), ni la CEPAL ni la Teoría de la Dependencia pudieron abstraerse del ideal del desarrollo basado en las revoluciones industriales de los países centrales. Por eso todo el debate del desarrollo de la posguerra tiene algo en común: ven al desarrollo en términos del cambio histórico social y ven a la industrialización como el único medio de lograr ese cambio.
Wallerstein (2000) en cambio, para explicar la existencia de centro y de periferia utiliza una interpretación muy novedosa de algunas hipótesis que podríamos considerar dentro de la matriz schumpetereana. El factor determinante para comprender la relación centro- periferia es la diversa capacidad de las firmas de cada uno de estos espacios de innovar continuamenteos para operar monopólicamente. En las zonas centrales las firmas tienen ganancias oligopólicas porque allí se desarrolla la actividad estratégica de cada rama. Las zonas periféricas serán aquellas donde se localiza un vasto grupo de empresas con ganancias marginales porque se dedican a actividades poco complejas.
Es importante ver que para este autor, el cambio de ubicación de algunos países se debe a que ciertos procesos de producción se trasladaron en la posguerra hacia “abajo” en la jerarquía mientras nuevos procesos fueron incorporados al vértice. Pero, según Wallerstein, para que estos procesos fuesen definidos como “desarrollo” se tendría que demostrar la existencia de una reducción de la polarización global del sistema, este autor plantea que esto no ha sucedido y lo trata de demostrar empiricamente. Mas bien la polarización históricamente, ha crecido. Este punto será retomado por nosotros en los próximos capítulos.
En lo que ha sido tradicionalmente el centro, en las economías que representan el corazón del capitalismo, prevalecen relaciones funcionales, se produce eficientemente, ayer, fueron la cuna de la industria de masas, hoy producen a partir del intercambio de ideas, información, servicios, son las mayores áreas de producción,
de innovación y de consumo. Ese centro está circundado de una semi periferia que goza sólo en parte de ciertas ventajas y comprende aquellos países a través de los cuales el centro ejercita el poder sobre la periferia, son áreas de más reciente industrialización y áreas agrícolas muy vinculadas a las exportaciones. Presenta relaciones menos complejas y sufre una cierta dependencia financiera.
La periferia es un extendido conjunto de territorios económicamente atrasados fuentes de materias primas y de trabajo a bajo costo. Las relaciones son aún más tenues, limitadas a funciones específicas, la pobreza está bien difundida, hay inestabilidad política, atraso tecnológico, lo que determina una total dependencia y subordinación a la dinámica mundial. Es justamente la periferia, según Walerstein, la expresión de la historia mundial y de la afirmación de las economías de mercado capitalista.
Esta clasificación ha sido cuestionada por mecanicista. Por ejemplo, Agnew (1993) dice que el uso del par “centro-periferia” se basa en inferencias deterministas, las considera funcionalistas y las cuestiona como tales. A su vez observa que hay en el fondo un uso de la escala única de análisis que sólo produce una homogeneidad, que en la realidad no existe. Por último, hay un papel pasivo asignado a la periferia, que debe ser cuestionado. Como se verá a lo largo de este libro, acordamos con el par centro- periferia, la clasificación no nos parece determinista, nos parece real. El esfuerzo que hemos realizado sirve justamente para abordar la dependencia de la periferia en sus varias escalas y zanjar una discusión que nos parece inspirada en unos pocos casos virtuosos.
Un aspecto esencial de la teoría del sistema-mundo que debe mencionarse porque influye en el debate sobre las crisis del paradigma de desarrollo, es la pérdida de centralidad del Estado como modalidad principal de estructuración del espacio político y referencia exclusiva en el proceso de construcción de la identidad (Di Meglio, 1997). La pérdida de capacidad del Estado Nacional para mediar como hacía antes, está relacionada en Wallerstein, con la incapacidad de éste para asegurar los estandares de vida generales; en primer lugar, por el incremento del gasto en salario, en segundo lugar, por la imposibilidad de aumentar las tasas impositivas y por las presiones sobre el Estado para que gaste más pero cobre menos; en tercer lugar, por el aumento de los daños ecológicos. La contradicción según este autor reside en que, en el capitalismo los capitalistas tienen necesidad de los Estados, en el largo plazo su problema no será el de la excesiva fuerza de las estructuras estatales sino el de su debilidad, para auxiliar al capital en crisis (Wallerstein, 2000). Un punto polémico que también será retomado.
Respecto al futuro, para Wallerstein la suerte del capitalismo está echada, sin embargo, él, naturalmente, refleja la incertidumbre reinante: “del caos surge un nuevo orden. No podemos conocer el porvenir con certeza más que por un aspecto, a partir de sus propias contradicciones la civilización capitalista terminará, su particular sistema histórico no existirá más, pero el futuro no está claro. Todo lo que podemos decir ahora tiene que ver con delinear algunas trayectorias históricas alternativas”: la primera es una suerte de neofeudalismo; la segunda, una suerte de fascismo democrático; la tercera es el orden mundial más radical, extremadamente mas descentralizado y extremadamente más igualitario, ésta según Wallerstein, es la forma
más utópica pero no tiene por que ser excluida, para muchos, una utopía útil para seguir trabajando en contra del capitalismo.
2.3.2 La teoría regulacionista. Un punto de partida para nuestro análisis.
Por último, analizaremos algunos elementos que no intentan ser un estudio completo, de la teoría regulacionista, un enfoque económico integral, que incluye una discusión sobre lo productivo, lo monetario, el mercado de trabajo, a nivel mundial y de las economías nacionales. La idea principal del regulacionismo es que la evolución histórica de la economía capitalista puede entenderse como una serie de periodizaciones que dependen de los cambios en la organización de la producción y en las relaciones sociales. Hay una inspiración en la teoría marxista pero también hay referencias de la economía keynesiana.
El enfoque gira alrededor de su hallazgo teórico más contundente: entender la crisis de los ’70 como el pasaje del fordismo al posfordismo, una transición de un régimen a otro de regulación dentro del capitalismo que permitió superar el estancamiento, una nueva solución capitalista. De algún modo, se ocupan del mismo problema -y con algunas conclusiones similares- que el evolucionismo, sólo que lo hacen desde la macro y con otra clase de conceptualizaciones; también las instituciones son un eje, pero con un abordaje muy diverso al del neo-institucionalismo.
Los conceptos claves son régimen de acumulación y modo de regulación. Por régimen de acumulación se entiende a una manera específica de producir, comerciar, de realizar la distribución y de consumir el resultado económico del proceso: la inversión, las estrategias de devaluación de capital, las condiciones de salario, modelos de consumidores y estructuras de clase, las relaciones entre los sectores capitalistas y no capitalistas en una sociedad y el modo de integración dentro del mercado internacional (Esser y Hirsch, 1989). El régimen de acumulación puede verse a escala mundial, en este nivel de análisis, la polarización entre países desempeña un papel regulador. La periferia es la parte del mundo en la cual no es posible verificar la presencia del régimen de acumulación de los países mas avanzados (Lipietz, 1987). A este punto volveremos más adelante y será uno de los ejes del libro.
El modo de regulación es el conjunto de normas implícitas o explícitas, instituciones, mecanismos de compensación y dispositivos de información, que ajustan de manera permanente los comportamientos individuales, a la lógica de conjunto del régimen de acumulación. Finalmente, se denomina “bloque social” a un sistema estable de relaciones de dominación, alianzas y de concesiones entre diferentes grupos sociales, en este contexto, un grupo social es hegemónico en la medida que hace que se reconozca su dispositivo, de manera más o menos coercitiva, como el interés de la gran mayoría.
En realidad, nada obliga al conjunto de los capitales individuales y a los trabajadores a encuadrarse dócilmente en un esquema de reproducción coherente. Es necesario, por lo tanto, que exista una materialización del regímen de acumulación en formas de relación entre agentes, lo que define un determinado modo de regulación, que da estabilidad a ese régimen de acumulación; así se logra asegurar la satisfacción de las
necesidades sociales a partir de los acuerdos admitidos por las partes que constituyen el bloque, en las condiciones institucionales existentes.
Este modo de regulación del que hablamos, se apoya en formas institucionales concretas pero representan relaciones sociales fundamentales: incluyen compromisos políticos, alianzas sociales y procesos hegemónicos de dominación, hábitos culturales del tipo de los definidos por Bourdieu, elementos que hacen a un patrón de integración social, por lo tanto sirven para estabilizar un camino de desarrollo. Se trata, en concreto, de un set de regularidades a nivel de toda la sociedad, con impacto en la economía, formales e informales que reflejan los procesos de trabajo, culturas de consumo, prácticas políticas y expectativas sociales.
En este contexto, el Estado es la forma arquetípica de toda regulación: es allí donde se regula la lucha de clases (Lipetz, 1987). En los procesos observados desde los ’80, siguiendo esta lógica, el intervencionismo del Estado no ha disminuido; en algunos aspectos -sobre todo con relación al control de las fuerza del trabajo- el rol del Estado es hoy mas crucial que nunca. Lo que cambia es el modo de regulación y por lo tanto la forma en que el Estado media entre los actores. (De Bernis, 1999).
Tal vez la otra forma institucional central es la moneda, definida por Aglietta y Orlean (1990) como una forma no-neutral de los Estados, de regular los comportamientos individuales y su poder asimétrico. A su vez, la creación y circulación de la moneda determina el modelo de crecimiento de una economía y está fuertemente relacionada con el nivel de empleo y éste con la normativa laboral. Boyer (1997) dice por ejemplo que al existir una restricción monetaria fuerte, como sucedió durante el patrón oro, se requiere la consolidación de una relación salarial flexible. Lo contrario sucede durante el keynesianismo. La misma lógica se aplica a los movimientos internacionales de capitales y a la relación entre capital financiero e industrial, es decir, en este enfoque, la financiarización no es un fenómeno aislado ni autónomo de la organización productiva y social del capitalismo, por eso interesan los fuertes procesos internacionales de reorganización de las relaciones entre capital financiero e industrial, en cada etapa1.
Por otro lado, pero intimamente vinculado al resto de las instituciones (para algunos autores, la insitución central), también es central el proceso de trabajo: la naturaleza de la tecnología, las normas referentes a la organización de producción, relaciones y formas de intercambio entre las ramas de la economía, reglas comunes de management industrial y comercial, principios de distribución del ingreso entre salarios, ganancias e impuestos.
Lo que debe quedar claro es que el conjunto: regimen de acumulación, modo de regulación, bloque social y las instituciones, es un resultado parcial, temporario e inestable de prácticas sociales, el equilibrio no debería ser considerado como preestablecido ni inmutable. Las crisis surgen, cómo explicaba el marxismo el cambio de modo de producción: por el hecho de que el regimen de acumulación entra en coalición con los límites del modo de regulación. Esta incompatibilidad fuerza a un
1 En este sentido, Chesnais se diferencia de los regulacionistas al asignar al capital financiero una autonomía
nuevo modo de acumulación, a un nuevo régimen de regulación y por lo tanto aparece una nueva forma de hegemonía y una nueva institucionalidad. (Esser y Hirsch, 1989) Como se observa, no hay un eje productivo (como en la producción flexible), tecnológico (como en el evolucionismo) o socio-institucional (como en el neo- institucionalismo), sino que régimen de acumulación, modo de regulación e instituciones son necesarios para sostener una forma de organización histórica determinada dentro del capitalismo. En ese sentido es claramente diverso al planteo del determinismo tecnológico de matriz schumpeteriana ya que si bien aquí se afirma la íntima relación entre tecnología y sociedad, la organización social es el fundamento del desarrollo tecnológico mismo (Conti, 2000).
Los períodos en que se divide el capitalismo desde fines del siglo XIX son: el de la regulación concurrencial, el taylorismo, el fordismo y el postfordismo. En el primer caso la economía se movía con un sistema de ajuste ex post de las cantidades producidas en las diversas ramas; los precios, a su vez se movían sensibles a la demanda. Los salarios ajustaban siguiendo los movimientos de precios (nunca muy altos), asegurando la estabilidad del salario real. Este modo de regulación se adecuaba bien al regimen de acumulación intensivo de la época.
En los años ‘20, sobre esta forma de competencia, se generaliza una nueva forma de