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6. ARTICULATORY-BASED CONVERSION OF FOREIGN ACCENTS

6.3 Performance of DNN-based forward mapping

6.3.1 GMM-based baseline methods

Para el estudio de las acotaciones en el texto del drama escrito vamos a comenzar por la dicotomía que da R. Ingarden (1958) entre "texto principal" y "texto secundario". El "texto principal" sería el pronunciado por los personajes en su conjunto de parlamentos: diálogos, monólogos y apartes, mientras que las acotaciones formarían parte del denominado "texto secundario" y representan las palabras del autor, sus comentarios sobre su propia obra dirigidos al lector o hacia una posible representación, por lo tanto tendrían al autor como sujeto de la enunciación y al lector como receptor.

Una de las características de las acotaciones es que son percibidas a través de distinto código por el espectador en la representación y por el lector del texto escrito. Es decir, las acotaciones, que han sido expresadas por códigos lingüísticos en la escritura, en la representación son sustituidas por sus referentes generalmente no lingüísticos. Según este proceso la opción del director implica un nuevo proceso de creación (“re-creación”) pues puede respetar las indicaciones que da el autor en el texto a través de las acotaciones representándolas plásticamente en escena o sustituirlas y añadir otras.

Puede darse el caso de que en algunos montajes la acotación se represente en escena por medio de códigos lingüísticos utilizando carteles y paneles escritos, o incluso algún actor puede decirlas al público según criterio del director. Por este método se apelaría a la imaginación de los

espectadores que "añadirían" formas o fórmulas irrepresentables físicamente: Descripciones de lugares imaginarios, acciones insólitas o sencillamente por su valor estético y expresivo. Tal es el caso de Jardiel Poncela o Valle Inclán cuyas acotaciones suelen tener un valor literario y, aunque en un principio están dedicadas al lector del texto, bien es cierto que podrían representarse en escena por medio de voces en off, carteles o incluso por la introducción de un personaje que las dijera en escena a modo de "narrador".

Las acotaciones cumplen también una "función pragmática" (v. Joaquina Canoa, 1989:170) pues indican quiénes son los personajes que actúan y su campo de designación deíctico para luego desaparecer en la representación convirtiéndose en elementos escénicos. Es la voz del autor que a través de las acotaciones ubica acciones y movimientos, y son así la prueba gráfica de que éste escribe para la representación que está ya inscrita en el texto. Influyen en el lector del texto teatral incluso antes de que hablen los personajes creando un mundo de ficción previo en la mente de éste. Por todo ello apreciamos que en el texto escrito para el teatro se inscriben dos textos: uno verbal (diálogos) y otro no verbal (acotaciones). Este hecho suscita la polémica de situar a cada uno de ellos en el nivel que le corresponde ya sea narrativo o dramático (v. M.A. Abuín, 1997). Por otro lado, la omisión de lo que indican las acotaciones queda en manos del director que tiene la decisión última sobre la puesta en escena.

En cuanto a la delimitación del espacio escénico las acotaciones suplen la representación física de la obra. Ilustran el espacio donde se va a desarrollar tal como lo ha concebido el autor. Desde ellas el autor dramático se hace omnisciente en cuanto a la delimitación de los movimientos escénicos y así lo transmite a su interlocutor – lector,

mostrando una "visión escénica" previa que ahorra muchas palabras en el diálogo. Generalmente son lugares conocidos por todos dentro de los cuales se insertan los personajes y dependen de convenciones teatrales de cada época (según fuera la forma del el escenario y la sala o el edificio en ese momento).

Las acotaciones tienen también como función la demarcación del espacio textual que es doble (v. J. Talens y M. Company, 1980: 35-38): Una es la mera delimitación espacial, y otra tiene una función simbólica que da sentido estético a la expresión espacial. Por esta segunda función el autor no se interesa tanto por la disposición "natural" de los objetos como por los valores emotivos que incidirán en el lector al proyectar su propia sensibilidad en la descripción de ese espacio.

No obstante hay significados que aparecen en escena que no están inscritos en el ámbito del texto, y al contrario hay elementos textuales que no aparecen en la representación como son las acotaciones cuyas instrucciones no son contempladas por el director a la hora de la puesta en escena (v. A. Ubersfeld, 1981: 15-17). La fijación del texto escrito no debe ser absoluta pues se ha de dejar un margen para la creación de los encargados de su puesta en escena. La fijación preponderante del texto escrito puede impedir el avance del arte escénico según la época y el momento, (citemos como ejemplo la obsesión purista que tuvieron algunos directores de la Comédie Française por mantener íntegros en la representación los textos de Molière o Racine). Otro riesgo es también no distinguir lo que corresponde al texto y lo que corresponde a la representación produciendo así ciertas incongruencias escénicas.

Por medio de las acotaciones el autor se hace artífice de lo proxémico y lo Kinésico, dibujando así el "espacio lúdico" marcado por las relaciones de movimiento actoral (v. Bobes Naves, 1987: 245-246). Las acotaciones crean un marco escenográfico plástico inexistente que ha de ser imaginado por el espectador para que la obra tenga sentido dramático. Dan así la perspectiva icónica de la obra, siendo elementos que hacen referencia a los signos no verbales de la representación.

Por otro lado las acotaciones aluden a las combinaciones de distintos códigos que se dan en una obra de teatro de forma heterogénea, puesto que no todos son específicamente teatrales (v. Ch. Metz, 1969).

Podemos distinguir entre las acotaciones que dibujan el espacio de la representación y las del diálogo que hacen referencia a los argumentos, a las acciones de los interlocutores, etc. (v. F. Toro, 1987). Son éstas las que dibujan el "espacio lúdico", es decir, dan un movimiento imaginario a los personajes y proyección escénica al diálogo porque señalan gestos, distancias e intenciones.

Ya hemos mencionado anteriormente la posibilidad de que las acotaciones posean un valor literario añadido cuando el autor las integra en la obra como texto artístico y no solo informativo. A este respecto resulta interesante retomar el análisis que hace Lotman (1970: 346) sobre las cuatro posturas del autor frente al texto. Éstas son:

1- El autor crea el texto como obra de arte y el lector lo percibe como tal.

2-El autor no lo crea como obra de arte y el lector lo percibe como tal (textos sacros e históricos por ejemplo).

3-El autor crea un texto artístico pero el lector no es capaz de percibirlo como tal.

4- Ni autor ni lector perciben el texto como artístico.

Según esta clasificación las acotaciones pueden ser meras informaciones, que situaríamos en el caso nº 4, o tener carácter literario cuando el autor las crea con criterio artístico, como ocurre en los textos de Lorca, Valle o Brecht, por citar tres ejemplos. A través de ellas el autor "dirige la obra" y su puesta en escena, es decir, su distribución espacial.

Se da la paradoja de que algunas "acotaciones literarias" son irrepresentables físicamente, pero sirven para ofrecer al lector la posibilidad de completar y enriquecer la escenografía de lo que hemos llamado "representación virtual" o imaginaria en la mente del lector, añadiendo parámetros espacio-temporales que "deberían" verse a través de la teórica interpretación que hiciera el actor de su personaje. Así, si el director indica que el personaje ha caminado tres días puede querer decir que ese es el aspecto que el actor ha de mostrar. Lo que ha hecho es quitar el "como si" del enunciado actualizándolo ante el lector.

El autor dramático concreta a través de las acotaciones las coordenadas espaciales y temporales en que se enmarcaría la disposición escénica de la obra, enriqueciendo el marco en que se desarrollan los diálogos para ayudar a la correcta representación del texto. Ciertas acotaciones pueden tener un valor evocador y metafórico, de ellas se sirve

el autor para incentivar la imaginación del lector supliendo elementos que podrían aparecer o no en escena, son en realidad textos con valor literario que para A. Abuín (1997: 39-40) tienen carácter narrativo y sitúan al autor dramático en un estatus similar al del autor omnisciente de la novela. No obstante, creemos, como hemos dicho antes, que la escenificación de estas acotaciones en el teatro contemporáneo es opción del director ya que el texto teatral como escritura no es sino una propuesta de posibles organizaciones espacio-temporales según distintos montajes.

Creemos también que este papel simbólico, más emotivo que geográfico, es el que cumplen las que hemos llamado "acotaciones literarias". El lugar es evocado más que descrito porque el lector/receptor del mensaje dramático es doble: por un lado es lector pero también espectador imaginario de esa representación virtual implícita en todo texto teatral. Son descripciones espacio-temporales difíciles de escenificar sin una adaptación a las posibilidades reales de la escena a la hora de la representación. En Brecht las acotaciones se hacen signos índice de la acción dramática. Incluso algunas de ellas podrían hacerse evidentes a la hora de la representación por medio de carteles en escena. En Valle tienen un valor simbólico que enriquece la acción y en Jardiel Poncela suelen tener un sentido irónico y humorístico que se integra en el devenir de la historia y los personajes.

Son el diálogo de los personajes y las acotaciones los que crean la acción en el tiempo dramático (v. Bobes Naves, 1987). Así, la palabra de las acotaciones está en estrecha relación con los signos no verbales ya sean gestuales, de movimiento, luminotecnia, decorado o música.

Tanto las expresiones lingüísticas dialogadas como las acotaciones forman una red de "signos latentes" de una "representación" que el escritor y el lector, como ya dijimos, tienen 'in mente' (v. Gullí-Pugliati, 1976).

El diálogo puede indicar por medio de elementos paralingüísticos esta representación ideal o latente. Por eso es frecuente en el lenguaje dramático el uso de interrogaciones, exclamaciones y extensiones de la frase, para dar rapidez, lentitud o entonación al discurso. El ritmo implícito de la frase y el texto y la suposición de acciones que habrían de ocurrir en el transcurso del diálogo y que pueden venir referidas a través de acotaciones, dan vida a esta representación latente, virtual o imaginaria que caracterizan al discurso dramático. Por ella el lector da sentido espacial al diálogo imaginando el movimiento.

Puede ocurrir que una acción dramática se de solo a través de las acotaciones prescindiendo del diálogo, por lo cual, ya desde el texto, se sustituyen los elementos lingüísticos por los no verbales que se representarían sin palabras en escena. Esto es lo que ocurre en la escena final de Ligazón de Valle Inclán, en la que el autor prescinde del diálogo descubriendo procesos y hechos escénicos no verbales que resuelven el conflicto dramático de la escena que el lector deberá "recrear" en la lectura para darle coherencia al texto.

Los gestos y los movimientos de los personajes (como ocurre en el teatro de Valle) que están marcados por las acotaciones definen el carácter y la motivación de las acciones de los personajes. Incluso determinan la forma física que el actor ha de adoptar. El autor dirige de este modo la interpretación de sus actores/personajes ideales según su visión personal del mensaje escénico.

Las acotaciones indican la forma de enunciación del texto, se hacen indicadores de referencia de un lenguaje gestual. Son otra prueba más de que gesto y palabra forman parte de un todo desde la misma génesis de la literatura dramática. El autor dramático, que desaparece del diálogo teatral, se integra a través de ellas como elemento constitutivo personal de la obra de igual modo que el narrador se hace presente en su texto.

Jirí Veltruský (1942: 56) ve las acotaciones como "anotaciones del autor", son "indicios" de una situación dramática dada. Pertenecen a lo que él llama "estética semántica", conforman la referencia a todos los sistemas distintos a la expresión lingüística expresa por medio del diálogo de los personajes.

A la categoría que Veltruský denomina "estética semántica" pertenecen las descripciones, caracterizaciones y narraciones de la situación. Suelen darse sobre todo en los apartes, los prólogos, las acotaciones y los epílogos. Una de sus funciones es la de unificar semánticamente el diálogo al aludir a las reacciones del destinatario durante el discurso y sacar a la luz elementos no presentes en el momento del discurso, que no se podrían percibir a través del diálogo entre los interlocutores.

El tipo y la frecuencia de las acotaciones cambia según el estilo dramático. El teatro expresionista dio mucha importancia a las acotaciones que solían ser de carácter literario (ya hemos citado la obra de Valle). El autor adopta un papel intermedio entre el narrador y el director de escena pues de ambos participa según su criterio artístico. En el drama de corte realista o naturalista no suelen ser tan literarias, puesto que el autor no

necesita dar tantas explicaciones para crear ambientes imaginarios, su referente es conocido y cotidiano pues reproduce un trozo de realidad con la que el espectador ha de identificarse. A veces las acotaciones son numerosas para dar efecto de "realidad". En este tipo de textos dramáticos el autor se convierte en director que pretende que los personajes se muevan del modo más "verosímil" posible, situándolos en un lugar reconocible directamente al que no hay necesidad de explicar.

En muchas ocasiones las acotaciones son al texto lo que la escenografía es a la puesta en escena. Son (o deben ser) congruentes con el estilo dramático o la corriente teatral de que se trate.

Si la obra se enmarca dentro de una tendencia expresionista o simbolista, suele tener como fin que el espectador descodifique e interprete los signos evocados en escena, los cuales no son referentes directos de la realidad. En este caso la mayoría de los signos escénicos (luz, sonido, movimientos, etc.) crean una atmósfera “irreal” cuyo referente son símbolos, conceptos o ideas. Las acotaciones siguen aquí el estilo general de la obra integrándose en ella como un todo dramático, continuando incluso el modo de hablar de los personajes. Por ejemplo, las acotaciones en algunos textos de Valle son una prolongación del estilo del diálogo, convirtiéndose en un texto narrativo con importancia y significado autónomo de los diálogos. Se trata de un lenguaje poético y están descritas "como un autor impresionista llevaría sus trazos de color al lienzo" (Cardona y Mundi, 1983: 854). A través de ellas el autor dispone una red de connotaciones que el lector (espectador imaginario) ha de descifrar. Establece un sistema impresionista y discontinuo a modo de escenógrafo y director de una obra imaginada por él plásticamente y que comunica de forma "visual" a los lectores del texto. Lo que hace con esto es crear una

plástica concreta por medio de un "lenguaje icónico" (que así lo llama A. Cardona) con el que establece las coordenadas dramáticas y escénicas a las que el autor dramático está rígidamente sometido, a diferencia del narrador y el poeta. Estas coordenadas espacio-temporales vienen determinadas por la disposición escénica o espectacular que toda obra dramática lleva implícita.

En el teatro no realista son frecuentes los signos icónicos de motivación metonímica, que consiste, por ejemplo, en mostrar una actitud corporal que caracterice a un personaje tipo como representante de un grupo de personas de similares características.

Los elementos pictóricos también son expresos con frecuencia a través de la acotación. El escritor "pinta" y decora el escenario imaginario con colores y formas que evocan cuadros impresionistas por lo que podemos trazar un paralelismo con el importante papel que la pintura tuvo en el teatro simbolista a principios de siglo. Las luces y las sombras son también evocados por el escritor en las acotaciones. Asimismo las caracterizaciones de los personajes suelen ser frecuentes y detalladas.

Por las acotaciones el espectador imaginario (lector) percibe los trece sistemas o elementos que Kowzan trazó como integrantes del teatro como espectáculo: palabras, tono, mímica, gestos, movimientos, maquillaje, peinado, vestuario, elementos accesorios, decorados, iluminación, música y sonidos. Según A. R. Fernández (1981: 252), salvo la palabra del diálogo todo es acotación dentro de los sistemas de Kowzan, puesto que estos se refieren al actor o a la escena según sean signos visuales o auditivos, dando así el tiempo y el espacio de la representación.

Las acotaciones literarias suelen tejer un parlamento al margen de los parlamentos, de los diálogos o monólogos (v. Cardona y Mundi, 1983). Forman un sistema donde éstos se integran y son imprescindibles para la representación ideal que de la obra hace el lector al "visualizar" imaginariamente el espacio dramático evocado por el texto. Algunos autores hacen largas acotaciones para explicar cuál es el sentido global de la obra y para indicar el modo correcto de descodificación de las acciones y palabras de los personajes.

Otros medios de los que se sirve el escritor para dar un sentido global a varios contextos escénicos, es la inserción de un personaje con el que él se identifica, o el uso de iconos que expliquen la acción siguiendo su personal punto de vista.

Las indicaciones de pausas o silencios aparecen en las acotaciones para aludir directamente al "imaginario" o competencia activa del receptor que los ha de situar dentro del "simulacro" de representación que supone el texto escrito. Son lapsus del discurso o diálogo entre los personajes también significativos. Por medio de ellos el autor dirige la forma de actuación de los personajes como elementos estructuradores del discurso hablado. Lo mismo ocurre con los indicadores de tonos, velocidad o intensidad que da el autor a través de ellas, teniendo presente un discurso hablado que él transmite al lector "como si" fuera un espectador.

Son "indicaciones escénicas" (v. Graciella Latella, 1983: 658), expresadas generalmente en las acotaciones que cumplen una función organizadora de la escritura del texto teatral, poniendo en juego diversos elementos catafóricos y anafóricos que lo estructuran. Las pausas sirven también para ordenar el turno de habla de los interlocutores o para señalar el fin de una intervención.

Las "indicaciones escénicas" o acotaciones hacen de elemento enmarcador del diálogo y permiten la intervención directa del enunciador: el yo del autor dramático. Este "yo" es el que Romera Castillo (1988) llama "yo existencial" cuyo referente es el autor.

Como conclusión, pensamos que las acotaciones participan de una doble vertiente pues son, por un lado, contexto plástico, escenográfico y temporal, y por otro, expresión personal del autor que aparece en primera persona. Por ellos el autor hace las veces de un director de escena que nos acerca a la ficción dramática establecida sobre ese "como si". Otros recursos como la aparición del "yo" en comentarios a la obra a través de prólogos o epílogos, permiten al autor hacer un guiño al lector para