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In document August 2014-July 2015 (Page 146-148)

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de E l hombre, de René Descartes.

Descartes distingue con claridad la organización anatómica (el músculo D y el «conducto o pequeño nervio» by c), la actividad que circula por la retícula («los Espíritus Animados que entran o salen de ella») y el comportamiento o la acción en el mundo, aquí el movimiento del ojo («cuando los Espíritus Animados entran, provocan que el cuerpo muscular se hinche, se reduzca y tire así del ojo al que está ligado»). Descartes anticipa la noción de sinapsis, al introducir «pequeñas membranas o válvulas f y g» que ocasionan una polaridad en la trans­ ferencia de las señales del nervio al músculo.

mundo, desde los movimientos mecánicos del ojo, la respiración o la deglu­ ción, hasta la alternancia de los estados de vigilia y sueño, o sea, hasta la ima­ ginación. ¡Su proyecto es en este punto profético!

Más audaz todavía para las ideas de la época es la última frase de E l Hom­

bre, en la que precisa «que no hay que concebir en esta máquina ningún otro

principio de movimiento y de vida más que su sangre y sus espíritus agitados por el calor del fuego que arde continuamente en su corazón, y que no es de Naturaleza distinta a la de los fuegos que están en los Cuerpos Inanimados». La referencia al atomismo antiguo es explícita. Unos años antes, Vanini3 ha­ bía sido quemado por decir poco más. La Iglesia tampoco se dejó confundir entonces. Las obras de Descartes aparecerán citadas en el Indice a partir de 1663, junto a las de Copérnico, Galileo y Pascal.

p. r. —La paradoja de la inconclusión del Tratado del hombre se debe a otras

razones además de las puramente circunstanciales (Indice, Inquisición, etc.). En esta cuestión, hay que remitir a las Meditaciones, Las objeciones y las Res­

puestas (que componen un todo). La paradoja reside en el hecho de que Des­

cartes, por su famoso dualismo, hizo posible la constitución de una filosofía de la subjetividad corporal, como lo ha demostrado Frangois Azouvi.4 Mien­ tras los escolásticos, siguiendo a Aristóteles, se perdieron en las dificultades implícitas al denominado «hilemorfismo» (es decir la unión de la materia y de la forma), para el Descartes de la segunda Meditación el alma no pertene­ ce al cuerpo, ninguna alma pertenece a un cuerpo y ningún cuerpo perte­ nece a un alma. De ahí la pregunta de la sexta Meditación: ¿En qué se fun­ damenta el sentimiento de propiedad del cuerpo, una vez eliminados los principios en los que se basan los escolásticos? Hemos de hacer del senti­ miento de pertenencia una razón «al margen de la razón». Esta «razón» for­ ma parte de lo que Descartes llama «las enseñanzas de la naturaleza». Estas me hacen decir que «yo no estoy solamente alojado en mi cuerpo como un piloto en su embarcación». Un hombre herido podrá decir «mi pierna», mientras que un piloto seguirá viendo la rotura de su casco como algo exter­ no a él. La idea de una dualidad de puntos de vista en relación a los criterios 3. Julio-Cesare Vanini fue quemado por la Inquisición en Toulouse en 1619 por haber cuestionado la inmortalidad del alma y sugerido, por vez primera, que el hombre descienda del mono.

4. F. Azouvi, «La formation de Pindividu comme sujet corporel á partir de Descartes», en

Uindividu dáns la pensée modeme, XV1I-XV1I1 siecles, Pisa, G. Cazzaniga y Ch. Zarka, vol. I,

racionales que presiden el dualismo del alma y del cuerpo se hace así posible. «El cuerpo de un hombre» deja de ser un cuerpo cualquiera. Como dice muy bien Frangois Azouvi, «preguntarse si la individualidad la confiere el alma o el cuerpo es permanecer en una perspectiva ontológica, mientras que, por la teoría de la equivocidad del cuerpo, Descartes se ha instalado en el ámbito de una fenomenología de la existencia corporal subjetiva», algo que pensará profundamente Maine de Biran.

j.- p . c.—En el pensamiento del Descartes de la madurez hay, no obstante,

una profunda ambigüedad que han señalado numerosos autores.5 Mientras que en E l hombre su demostración teórica se basa en la observación y proce­ de de lo microscópico a lo macroscópico, con los Principia y las Meditaciones fundamenta su reflexión en el cogito. ¡Sobre la base de la simple meditación, cree poder separar «la intelección o concepción pura» del cerebro, o lo que es igual, el alma del cuerpo! Se encuentra de hecho atrapado en la posición insostenible, de la que él mismo destaca el carácter contradictorio, de un alma a la vez «verdaderamente unida» y «totalmente distinta» del cuerpo— ¡no puede ciertamente sospechar la inmensa vía ontológica que ofrecerá la teoría de la evolución de las especies! En definitiva, él mismo reclama la ayu­ da de Dios. «No podría siquiera probar—escribe— , sin desnaturalizar el or­ den, que el alma es distinta del cuerpo antes de la existencia de Dios». Ese recurso a la garantía divina certifica el abandono de la reflexión científica. Descartes prefiere seducir al Príncipe y obtener el reconocimiento de la Iglesia a llevar hasta sus últimas consecuencias una reflexión científica y filo­ sófica, aun sin publicarla. Laruatus prodeo—‘y ° avanzo enmascarado’— , es­ cribe.

p. r. —N o veo la necesidad de sospechar de la honestidad intelectual de Des­

cartes. La dificultad es real en su sistema y lo tomo literalmente. Más allá del dualismo de las primeras Meditaciones se descubre la paradoja de la Sexta me­

ditación, que conduce al Tratado de las pasiones y a las Cartas. El reconoci­

miento de la ambigüedad corporal que se desprende de esos textos me fuer­ za a hacer una proposición encaminada a corregir y a compensar la suerte de ascetismo conceptual que preconizo contra toda clase de amalgama semán­

5. G. Rodis-Lewis, UAnthropologie cartésienne, París, PUF, 1990; B. Baertschi, Les rapports

de Váme etdu corps, París, Vrin, 1992; D. Kambouchner, L’Homme despassions, París, Albin Mi-

tica entre la pluralidad de discursos sobre el hombre por una parte, y un dis­ curso sobre el cerebro con su propia autonomía y sus reglas internas, por otra. Recomendaría una enorme paciencia con respecto al discurso mixto que profesan de manera no crítica tanto los científicos como los filósofos. Digo paciencia porque la tolerancia me parece justificada por las modalida­ des de correlación y de intersección que resultan de esta notable situación, que resumiría del modo siguiente: mi cerebro no piensa, pero mientras pien­ so algo está pasando en mi cerebro. ¡Incluso cuando pienso en Dios!

De esta hipótesis de trabajo, que posibilita un intercambio de informa­ ciones y de argumentos entre filósofos y científicos, deduciría una máxima, no de complacencia, sino de concesión: ante conexiones perfectamente esta­ blecidas, el científico se permite— o más bien se ve autorizado por el con­ sentimiento tácito de la comunidad científica—introducir en sus modelos explicativos razonamientos mixtos abreviados que desmienten el dualismo semántico. Así, el científico se permite decir que el cerebro está «implicado» en tal o tal fenómeno mental, que es «responsable de». N o voy a especificar, en los textos que he leído, las múltiples expresiones de este discurso mixto.

Para el filósofo, gran lector de textos científicos, es un deber añadir la to­ lerancia semántica a la crítica semántica, ratificar prácticamente lo que de­ nuncia semánticamente. Se trata en efecto de confusiones que funcionan, porque contienen correlaciones transformadas de manera abusiva en identi­ ficaciones. El discurso de las neurociencias está jalonado de semejantes ex­ presiones abreviadas, de cortocircuitos semánticos. Serían inofensivos si pudieran reconocerse en cuanto tales, según su constitución semántica «com­ primida», y sobre todo si no sirvieran de argumentos abusivos a algunas te­ sis «excluyentes» como las de Patricia y Paul Churchland,6 y a algunas mani­ festaciones, que calificaría de ingenuas, de ontología monista materialista.

2. LA APORTACIÓN DE LAS NEUROCIENCIAS

j.-p. c .- M e gustaría exponerle un determinado número de argumentos que representan de alguna forma la aportación de las neurociencias a este deba­ te. Hasta el presente, el conocimiento de uno mismo, de su cuerpo, de sus

6. P. y P. Churchland, Matterand Consciousness, M IT Press, 1988 (hay trad. cast.: Materia y

conciencia, Barcelona, Gedisa, 1992); TheNeuro Computional Perspective, M IT Press, 1989; «Les

emociones, era accesible únicamente por la introspección. Auguste Comte, por ejemplo, descartaba este método, pero también otros muchos investiga­ dores, por no aportar informaciones objetivas sobre el sujeto. Un giro muy importante en las ciencias del comportamiento y en las neurociencias en ge­ neral permite ahora una aproximación científica no solamente a eso que se manifiesta por un comportamiento en el mundo, sino también a lo que ocu­ rre en la «caja negra» que John Watson y los behavioristas habían relegado y se negaban a considerar.

E l cerebro: un sistema proyectivo

j. -p. c .—Podemos deducir cinco momentos de ruptura con la concepción

que tradicionalmente pretende separar el espíritu del cerebro, lo psicológico de lo neurológico. La primera de ellas, precisamente después de John Wat- son y de los behavioristas, es la tentativa de un experimentador de talento, Edward Tolman. Durante los años treinta, introduce con Purposive Behavior

in Animáis and Men (1932) la noción de anticipación, de comportamiento in­

tencional. Según él, algo sucede en la «caja negra». Se desarrollan espontá­ neamente determinadas operaciones internas, que no se manifiestan de ma­ nera inmediata ni sistemática por un comportamiento pero que, sin embargo, lo orientan. Se trata de un cambio de concepción de la relación en­ tre cerebro y psiquismo. En lugar de concebir el funcionamiento del cerebro según el esquema de «entrada/salida», como es el del ordenador estándar, se considera al contrario nuestro sistema nervioso central como un sistema pro­ yectivo,7 que proyecta constantemente sus hipótesis sobre el mundo exterior. Las prueba y, en ocasiones, da sentido a aquello que no lo tiene.

Si alguna vez tiene ocasión, visite el museo de Taiwan, y muy particular­ mente la sala donde están expuestos los huesos del oráculo (Figura 5). Datan de la edad de bronce, alrededor de 1200 años antes de nuestra era. Son ca­ parazones de tortuga o fragmentos de omóplato limpios y pulidos, sobre los que fueron grabados los primeros signos escritos en chino. Si los observa­ mos de cerca, advertimos que fueron inscritos en torno a las grietas distri­ buidas al azar. La lectura de las inscripciones nos muestra que son de natu­ raleza profética. El adivino produjo las grietas aplicando un tizón al rojo vivo sobre el hueso, y la respuesta a preguntas sobre el éxito de una campaña mi-

f i g . 5 . Hueso oracular de la dinastía Shang.

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