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PHCP-750 TRAUMA

In document August 2014-July 2015 (Page 159-163)

DOCTORAL PROGRAMS ACADEMIC INFORMATION

PHCP-750 TRAUMA

Estos pedazos de caparazón de tortuga, o de omóplato de buey, se exponían a un tizón incan­ descente que producía una grieta cuya orientación vaticinaba la respuesta (podía haberla o no) a una pregunta que el adivino planteaba a los ancestros. Las inscripciones revelan la for­ ma más antigua de escritura china. Dan un sentido a las grietas, cuando en realidad carecen de él.

litar, el clima, la enfermedad de un allegado etc. se dedujo interpretando la orientación de las grietas. ¡Es un ejemplo sorprendente de nuestra capacidad de dar sentido a aquello que no lo tiene! Nuestro cerebro atribuye significa­ ciones permanentemente. Por ejemplo, veo que su mirada se dirige hacia la mía e intento anticipar su respuesta y lo que probablemente vaya a decirle en unos segundos. Doy un sentido a su búsqueda de sentido.

mer momento de ruptura con la tradición que separa lo psíquico de lo neurológico»: la concepción del cerebro como un sistema proyectivo. Esta concepción es a su vez susceptible de dos lecturas: la lectura neuronal y la lectura fenomenológica. En efecto, desde una fenomenología de la acción se puede dar sentido a las nociones de anticipación y de proyección que rom­ pen con la concepción reactiva del primer behaviorismo, por el cual la ini­ ciativa se remitía a excitaciones emitidas por el mundo tal como lo conoce el científico y no tal como un ser vivo lo organiza y lo estructura al escoger las señales significativas. Su ejemplo de la mirada es muy interesante en este sentido, porque evidencia a la vez la conexión y la discontinuidad entre dos discursos. Desde el punto de vista óptico, la luz es la que se introduce en el ojo, de fuera hacia dentro. Pero desde el punto de vista psíquico, usted mira, es decir, su mirada sale de sus ojos. Los dos puntos de vista se entrecruzan. Usted atribuye la capacidad de proyección al cerebro. Pero eso que llama «proyección» depende de una actividad mental que comprendo reflexiva­ mente. En este sentido, el discurso de lo psíquico comprende lo neuronal, y no a la inversa.

j. -p. c .—Yo no lo creo así. Y nosotros intentamos reunir, de manera recípro­ ca, los dos discursos. El observador produce representaciones y las percibe.

p. r. —Pero la noción misma de lo neuronal es una construcción psíquica. j. -p. c .- N o subestimo la dificultad de la tarea de los neurobiólogos para es­

tablecer esa reciprocidad entre lo neuronal y lo psíquico. Hemos necesitado casi un siglo para llegar a relacionar la estructura de nuestro genoma y la función que le corresponde, el código de una proteína que sirve a una acti­ vidad enzimática o a la recepción de la luz por el ojo. La analogía con la genética es en este caso bastante fértil. A mediados del siglo xix, Mendel consiguió formular matemáticamente algunas leyes.de la herencia que corresponden de algún modo a la descripción de la función. Propuso un de­ terminado número de regularidades en la transmisión de caracteres heredi­ tarios y en su «comportamiento» a lo largo de las generaciones. Después de él, se descubrieron progresivamente las bases estructurales y materiales de esas leyes de la herencia. En primer lugar, los cromosomas. El zoólogo ame­ ricano Thomas Morgan demostró, con la mosca del vinagre, la drosofila, que esos corpúsculos presentes en el núcleo celular y fáciles de colorear, los cromosomas, siguen a lo largo del ciclo reproductivo un comportamiento

semejante al de los caracteres hereditarios descritos por Mendel. Hay sepa­ ración de cromosomas como hay disyunción entre los caracteres de color amarillo o de color verde de la semilla de los guisantes. Los cromosomas contienen los determinantes hereditarios de esos caracteres, los genes, que forman un mapa lineal perfectamente definido en cada cromosoma.

La biología molecular, con los trabajos de Avery y después de Watson y de Crick, identificó a continuación el material químico del que están com­ puestos los genes: una larga fibra de ácido desoxirribonucleico o ADN. Lue­ go se estableció la correspondencia de la secuencia de sus leyes elementales (pares de bases) y la de los ácidos amínicos que forman la estructura prima­ ria de las proteínas. Del conocimiento de la estructura del gen podemos in­ ferir el de la proteína que codifica, y luego «comprender» la función. Pode­ mos, por ejemplo, comprender la función enzimática que determinará el color verde o el color amarillo de la semilla del guisante oloroso. El carácter hereditario global del color del fruto o de la flor del que Mendel describió la transmisión en forma de leyes formales se comprende ahora de manera fun­ damental por la descodificación de los mecanismos elementales. Podemos también descubrir una influencia del entorno en la manifestación de algunos genes, y eso concierne directamente al neurobiólogo.

j.-p. c. —Si está claro en la genética, ¿por qué no ha de estarlo en el caso de

la relación entre la estructura neuronal y la organización del cerebro por una

p. r. —Mis reservas no conciernen en absoluto a los hechos que usted señala,

sino al uso no crítico que hace de la categoría de causalidad en la transición de lo neuronal a lo psicológico. Uno de los problemas es saber si es posible prolongar el discurso de la correlación del plano semántico al plano ontoló- gico de las explicaciones últimas. Propongo adoptar el término «substrato» para denominar la relación del cuerpo-objeto y el cuerpo-vivido, del cerebro y lo mental por tanto. El vocablo «substrato» deriva del legado griego de la causalidad, más precisamente de la teoría aristotélica de las cuatro causas. Aristóteles distingue en efecto entre causa material, causa formal, causa efi­ ciente y causa final. La causalidad material se desprende del papel de la pie­ dra en relación a la estatua, que el artesano trabaja (causa eficiente), con el fin de decorar un templo (causa final). En el discurso yo sólo me sirvo de la cau­

sa material en un sentido limitativo, como causa sine qua non, para evitar las extrapolaciones del monismo «reduccionista» de Churchland, por ejemplo.

En mi propio discurso el recurso al término «substrato» desempeñará el papel de correctivo en relación a la tolerancia semántica en que se escuda el científico cuando dice, por ejemplo, que «tal complejo neuronal produce ta­ les efectos mentales». A la causalidad efectiva que usted reivindica yo opon­ go la causalidad substrato, en el sentido limitativo que acabo de decir. Ad­ mito de buen grado que el concepto de substrato no es más que un comodín en el umbral incierto del paso de la semántica a la ontología. Yo propondría pues: el cerebro es el substrato del pensamiento (en el sentido más amplio del término), y el pensamiento es la indicación de una estructura neuronal subyacente. El substrato y la indicación constituirían así los dos aspectos de una relación de correlación con doble entrada.

j. -p. c .—A mi juicio su utilización del término «substrato» no aclara el pro­

blema. Me parece incluso que genera ambigüedad. ¿Se limita a la anatomía conexional? En ese caso, ¿por qué no emplear la expresión descriptiva de «tejido nervioso»? ¿Incluye o no la actividad? Me parece mucho más claro el discurso del neurobiólogo, que conduce a los tres aspectos distintos: ana­ tómico (conexiones neuronales), fisiológico (actividades eléctricas y señales químicas), y por último, mental y conductista (acción en el mundo y proceso

p. r. — El tercer discurso de la enumeración que usted hace, el mental y con­

ductista, es ya un mixto supuesto. En ese mixto, el término substrato opera de manera crítica y no dogmática, como advertencia contra la confusión que podría deslizarse en todas las expresiones mixtas del mismo género. Es el

j. -p. c .—He distinguido siempre con claridad las acciones en el mundo de las

operaciones internas que no se manifiestan inmediatamente por una acción sobre aquél. Trataré de ilustrar precisamente la homogeneidad de mi dis­ curso enunciando los principales progresos que permiten conjeturar una co­ rrespondencia efectiva entre funciones psicológicas, datos fisiológicos y ana-

El primero de ellos, que acabo de mencionar, es el resultado del estudio del comportamiento animal y de su aplicación al hombre, bajo la forma pro- yectiva de la actividad intencional.

El segundo, quizá más importante, se lo debemos a Broca. En una sesión de la Sociedad de Antropología de París celebrada el 1 8 de abril de 1861, Broca estableció la primera correlación rigurosa entre una lesión de la parte media del lóbulo frontal del hemisferio izquierdo y la pérdida de la palabra o afasia. A partir de esa fecha se desarrolla una nueva disciplina: la neuropsi- cología. Su proyecto es establecer una relación estructura-función entre un territorio neuronal definido y una disfunción psicológica y/o funcional par­ ticular, que va desde la percepción sensorial, por ejemplo la visión de los co­ lores, hasta la utilización de la escritura o la planificación de las acciones.

La descripción en 19 14 por Babinski8 de una singular alteración de la percepción, calificada más tarde de anosognosia, es particularmente perti­ nente para nuestra discusión. El paciente, víctima de un ataque cerebral, se encuentra paralizado, en este caso concreto, del lado izquierdo. El médico le pregunta: «¿Cómo se siente?—Muy bien.— ¿Cómo está su pierna izquier­ da?—Muy bien.— ¿Puede alzar su brazo izquierdo?— Claro», y el paciente alza el brazo derecho. No solamente el paciente no percibe el hemisferio ce­ rebral afectado, sino que niega con indiferencia la existencia misma de una perturbación periférica e incluso acusa al médico de exageración y error. El paciente ha perdido la capacidad consciente de integrar una mitad de su cuerpo en la percepción consciente de su totalidad corporal, de su imagen del cuerpo. ¡Llegará incluso a atribuir a otra persona las partes de su cuerpo que están paralizadas!

p. r. — Me permito aquí hacer un paréntesis. No dudo del funcionamiento de la categoría de causalidad material aplicada a la relación entre lo neuronal y lo psíquico en el caso de las disfunciones, porque estamos ahí en una rela­ ción de causalidad sine qua non inmediatamente descifrable. Las cosas me pa­ recen mucho menos claras en el caso del funcionamiento normal, o preferi­ ría decir del funcionamiento satisfactorio. La actividad neuronal subyacente es de alguna forma silenciosa, y el uso de la causalidad sine qua non parece más indirecto porque no está señalado por una relación de indicación de lo psíquico hacia lo cortical. Mientras que, en el caso de las disfunciones, ad­

8. J. Babinski, «Cóntribution á Pétude des troubles mentaux dans l’hémiplégie cérébral (anosognosie)», Rev. Neurol., 27, 1914, pp. 845-847.

vierto directamente la existencia del funcionamiento corporal subyacente, y el conocimiento objetivo que tengo se inscribe en la práctica de mi cuerpo a través de la acción terapéutica. En los casos de las disfunciones, la relación «si, entonces» funciona de manera abierta y visible: si me aumenta la presión en los ojos, entonces no veo. De ello concluyo, por inferencia directa, o más que concluirlo lo siento, que veo con mis ojos.

j.-p . c .—Yo no diría tanto como «veo con mis ojos», sino «necesito de mis

ojos para ver». Hablamos del «ojo» del experto en pintura. Deberíamos ha­ blar de hecho de su «cerebro», del recuerdo de los cuadros que ha visto an­ tes y de su capacidad para evaluar en qué medida la obra que contempla es

p. r. —No, tenemos razón al hablar del «ojo» del experto y no de su «cere­

bro». En el plano de la experiencia común, es admisible decir: «Veo con mis ojos». Sin embargo, es precisamente mucho más difícil decir lo que signifi­ ca «con» cuando se trata del córtex. Veo con mis ojos porque los ojos for­ man parte de mi experiencia corporal. Es un objeto de ciencia. Es decir, el «con» no funciona de la misma manera cuando veo con mis ojos que cuan­ do pienso con mi córtex. Es un «con» equívoco, diría yo; mientras que «ver con mis ojos» es una experiencia del propio cuerpo.

j. -p. c .—El caso de la agnosia es al menos interesante, porque no se incluye

en el marco de su comentario sobre las disfunciones. En efecto, el agnósico

niega ser víctima de una perturbación semejante. El sujeto normal tampoco

advierte la contribución de su córtex cerebral en la elaboración de su pensa­ miento. ¡En uno y otro caso, una intervención exterior puede ayudar al su­ jeto a «objetivar» sus capacidades perceptivas, a evitar los fracasos y, por qué no, a tener un «funcionamiento» más satisfactorio! El espectáculo de Peter Brook E l hombre que, inspirado en la obra del neurólogo Oliver Sachs, me parece especialmente lamentable. La observación neurológica no tiene nada de deshumanizadora; aporta incluso un suplemento de humanidad.

La anosognosia está provocada por lesiones localizadas en las áreas somato-sensoriales del hemisferio derecho. Somato-sensorial significa que conduce a la percepción de los músculos, del esqueleto, de la piel, a la per­ cepción que el sujeto tendrá de su propio cuerpo. Como consecuencia de esa lesión, comprobamos una grave perturbación de la imagen de sí mismo. La percepción de la imagen del cuerpo requiere, pues, la integridad de esta área

somato-sensorial. No he dicho que ese territorio fuera la única sede de la imagen del cuerpo. Pero la lesión introduce una separación, que los neuró­ logos llaman «disociación», en el seno de la percepción global de la totali­ dad del cuerpo.

La concepción clásica de la frenología, según la cual nuestra corteza ce­ rebral es un mosaico de territorios independientes, cada uno de los cuales posee una facultad psicológica innata e irreductible, debe ser seriamente modificada. La especialización funcional de las áreas corticales, ciertamente, existe, ya lo he dicho. Pero esas áreas están abundantemente interconectadas unas a otras. Pueden reagruparse en conjuntos funcionales más amplios y mucho más globales.

p. r. — Sabemos en ese caso que hay una cierta relación entre la estructura del

cerebro y el psiquismo, pero no qué clase de relación. ¿Podrá expresarse en un discurso unificado? ¿Se tratará de un discurso que sea una prolongación del discurso de las ciencias o, para seguir en la línea de la sexta Meditación de Descartes, de un tercer discurso?

j.-p. c.—Digamos una investigación que se oriente hacia el discurso de inte­

gración que nosotros tratamos de construir.

p. r.—P ero ¿lo dominamos tan bien como el discurso interno de la neu-

rociencia?

j.-p. c.—No, por supuesto, pero ésa es precisamente la apuesta, una apuesta de conocimiento, una apuesta de progreso.

p. r. — Comparto su opinión: apuesta de interdisciplinariedad, también.

j.-p. c.—Para analizar más profundamente esta perturbación de la imagen de sí mismo que acompaña a ciertas lesiones del córtex frontal, añadiría que, cuando pedimos al paciente que distinga sus manos, sus piernas, su tórax, es incapaz de hacerlo.

p. r. —Pero el córtex no se incluirá nunca en el discurso del propio cuerpo.

j.-p. c .—Por una razón.extremadamente sencilla: no hay terminación senso­ rial en el córtex cerebral, mientras que sí la hay en el resto del cuerpo. Cuan­

do nos duele la cabeza, no nos duelen las neuronas, nos duele la envoltura me­ níngea que protege nuestro cerebro. Podemos introducir un bisturí en el ce­ rebro y levantar un trozo de la corteza cerebral sin que el sujeto sufra. La ma­ yoría de las intervenciones quirúrgicas del cerebro se hace, por otra parte, con el sujeto despierto. Precisamente para evitar alterar funciones esenciales de su corteza cerebral, como el uso de la palabra, el cirujano dialoga con su pacien­ te. Le pide que exprese lo que siente, que pronuncie algunas palabras, que piense en algo durante la operación. ¡La consciencia se desarrolla en nuestro cerebro, pero no tenemos ninguna percepción consciente de nuestro cerebro! p. r. - N o comprendo la frase: «la consciencia se desarrolla en el cerebro»; la consciencia es consciencia de sí (o se ignora, y ése es todo el problema del in­

consciente), pero el cerebro será siempre decididamente un objeto de cono­ cimiento, y nunca pertenecerá a la esfera del propio cuerpo. El cerebro no

«piensa» en el sentido de un pensamiento que se piensa. En su caso, usted

j.-p. c. —¡Ciertamente, pero el pensamiento no puede pensarse sin el ce-

j.-p. c .—Es un objeto, pero que dirige a todo lo demás y sirve a la vez a la per­

cepción de mi cuerpo y a la producción de representaciones que permiten su

descripción. Aunque no perciba mi cerebro, puedo describirlo a partir de re­ presentaciones que formo en mi cerebro. Yo «pienso el cerebro», cierta­ mente. Yo pienso incluso mi propio cerebro a partir de las observaciones que puedo hacer tanto sobre mi cerebro como sobre el de mis congéneres. Para profundizar en esta cuestión abordo el tercer avance, el de la imaginería ce­ rebral. A lo largo de los últimos decenios, nuevos instrumentos de observa­ ción han revolucionado literalmente el estudio del cerebro, «han abierto una ventana» a la «física del alma». Esos nuevos instrumentos son la cámara de positrones, la resonancia magnética funcional e incluso los últimos desarro­ llos de la electro-encefalografía. Estos métodos revelan una distribución di­ ferencial de las actividades eléctricas y químicas de territorios cerebrales que

varía de forma característica según la psicología del sujeto. Ahora es posible interpretar imágenes de estados mentales de otra persona y de uno mismo.

p. r. —Usted parte de una concepción física de la imagen como proyección

óptica de un objeto sobre otro, por ejemplo; pero tener una imagen en el sentido de imaginar es otra cosa que implica la ausencia, lo irreal. En este caso, habría que mencionar toda una fenomenología del imaginario como la de Sartre.

j.-p. c.—Reconozco que los términos de «imaginería médica» utilizan la pa­

labra «imagen» en el sentido de «libro de estampas» o de «gráfico». p. r. —Alguien lee ese libro de estampas.

j.-p. c.—En este caso, es el científico quien lee esas estampas en el cerebro de

otra persona e hipotéticamente en el de él. Las interpreta como observador de su cerebro.

p. r. —El observador efectúa una operación psíquica sobre un objeto físico.

j.-p. c.—El observador registra, analiza e interpreta el grado de actividad de conjuntos de células nerviosas que hay en el cerebro del sujeto observado (Figura 6). Pidámosle, por ejemplo, que mire una pared blanca y a conti­ nuación un cuadro más complejo, como una obra abstracta de Mondrian o incluso un paisaje de Claude Lorrain. En el primer caso, la imagen se limita principalmente a las áreas corticales donde se proyectan directamente las vías ópticas o áreas visuales primarias; en el otro, se movilizan activamente áreas secundarias asociadas a las precedentes. Obtenemos, pues, sobre la pantalla de la máquina una representación de los grados materiales de acti­ vidad del cerebro en el sujeto que mira, e identificamos las áreas movilizadas diferencialmente por la visión de un muro blanco o de un paisaje. En ese es­ tadio establecemos una correlación entre una observación psicológica y un grado de actividad de neuronas del córtex. La proyección de una figura «de

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