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Según la postura funcionalista se ha subestimado el volumen de remesas destinadas a negocios familiares en las regiones de origen. En el apartado correspondiente a la inversión productiva se hicieron alusión a diferentes experiencias en diferentes latitudes. Sin embargo, como afirma Binford (2002: 126), el problema no estriba en que tales casos existan –ciertamente los hay- sino en su frecuencia y la duración de su éxito.

Las llamadas remesas productivas siguen siendo escasas (Canales y Montiel, 2006: 3-4), no sólo en relación al volumen global de remesas, sino también en relación al volumen global de la inversión productiva privada y social incluso en ámbitos locales. De acuerdo a diversos autores, las remesas productivas

representan menos del 5% del volumen global de las remesas familiares. Ahora bien, considerando esta cifra y aun suponiendo un escenario extremadamente optimista en donde las remesas productivas se duplicaran correspondiendo al

10% del total de las remesas, ellas sólo representarían el 1% de la inversión privada en México, menos del 2.5% en Colombia y Ecuador, menos del 5% en República Dominicana, Guatemala, Honduras y Nicaragua, y menos del 8% en El Salvador y Haití (estimaciones propias con base en datos obtenidos del

International Statistical Financial, que publica cada año el FMI).

Asimismo, el impacto de las remesas productivas se ve necesariamente limitado por las mismas condiciones de pobreza y marginación que caracterizan a las comunidades de origen, que generan un ambiente macroeconómico local muy desfavorable a cualquier tipo de inversión productiva. Incluso, el propio Durand ha declarado que el potencial de desarrollo de las remesas depende de la estructura local de oportunidades económicas, que en el caso de extensas zonas del México rural, es extremadamente limitada (Durand, 1994, cit. Binford, 2002: 127)

Si las remesas son importantes como fondos de inversión, eso se debe a la virtual ausencia de otras fuentes de financiamiento de la inversión productiva, tanto pública como privada. En un caso, público se debe al abandono por parte del Estado de sus anteriores políticas de bienestar, subsidios, apoyo crediticio y de fomento a la pequeña y mediana empresa. Por otra parte, la carencia de fuentes de financiamiento privado, refleja que las iniciativas reguladas por el mercado (bancos, financieras, grupos empresariales, entre otros) no financia proyectos productivos en estas comunidades, básicamente, porque se trata de proyectos locales con bajo nivel de rentabilidad y alto nivel de riesgo (Canales, 2002, cit. CEPAL, 2006: 192).

Las remesas en ningún caso son la solución al abandono del Estado y a la inacción de la iniciativa privada, sino que son su consecuencia (Canales, 2002, cit. CEPAL, 2006: 192). En este contexto, lo relevante no es el potencial que las remesas tienen como fuente de financiamiento de proyectos productivos e infraestructura social, sino que, en financiamiento. Por lo mismo, es un error

considerar que las remesas pudieran sustituir el papel y responsabilidades que el Estado —a través de sus instituciones— y el mercado —a través de sus agentes— tienen en el desarrollo local y regional. Sintetizando, este nuevo enfoque crítico plantea que la falta de desarrollo no se resuelve con emigración, sino con políticas de desarrollo, inclusión social y fomento a la inversión, ya sea de fuente estatal, privada o mixta.

Así, se postula que las remesas no son una forma de ahorro, ni una fuente para la inversión productiva, sino que constituyen un fondo salarial que, como tal, se destina principalmente al consumo y la reproducción material del hogar, siendo muy baja la proporción que se utiliza a proyectos productivos (Canales, 2002; CEPAL, 2002, cit. CEPAL, 2006: 192)

En este sentido, las llamadas “remesas productivas” en realidad responden a estrategias de sobrevivencia familiar, caracterizadas por los bajos montos de inversión y capitalización, los bajos niveles de generación de empleos asalariados, así como por una carencia del capital social y económico necesario para acceder a los circuitos de crédito e inversión privada (Canales y Montiel, 2006: 5)

Ahora bien, en lo que respecta al concepto de inversión, que incluye el gasto o inversión en educación como medio para formar capital humano, Binford utiliza una afirmación de Marx (1967, 767) quien, al referirse al capital, dice lo siguiente: “sabemos que los medios de producción y subsistencia, aunque siguen siendo propiedad del productor inmediato, no constituyen capital. Se convierten en capital, sólo bajo circunstancias en las que sirven a la vez como medios de explotación y de sometimiento del trabajador asalariado” Por lo tanto, Binford (2002: 130) concluye que la inversión de las remesas debería restringirse a tres situaciones: inversión capitalista (incluyendo al pequeño capitalista), combinando medios de producción y mano de obra asalariada para la producción de plusvalía; inversión en pequeñas mercancías, cuyo potencial de acumulación de mano de

obra excedente a través del empleo de fuerza laboral doméstica o familiar sin remunerar, se vincula con el tamaño de la familia y la composición demográfica, así como el ramo productivo, inversión de subsistencia por parte de las familias combinando los medios de producción con mano de obra familiar para producir bienes (p.e. alimentos) procesados y consumidos por la familia para garantizar su reproducción. Al referirse al capital humano, el autor propone que, para valorar el capital migrante invertido en la formación de nuevo capital humano, los investigadores tendrían que mostrar que los hijos de los migrantes tienden menos que sus padres y/o que los migrantes más educados perciben mejores salarios y empleos más calificados en Estados Unidos que sus compatriotas menos educados.

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