Entendemos por modernidad a una cierta organización social que comienza a partir del Siglo XVII, debido básicamente a grandes revoluciones: la americana y la francesa, que proporcionaron el andamiaje político e institucional en tanto la revolución industrial brindó la base económica para el desarrollo del industrialismo, del urbanismo y del capitalismo como sistema socioeconómico. Al establecerse una ruptura con las tradiciones y con la religión, la sociedad se estructura sobre un sentido racional que se extiende a todas las esferas (Águila Soto, 2007). Esta estructuración profunda se basa en una idea totalizadora y en una mentalidad moderna que provoca una verdadera diferenciación respecto del propio pasado y a algunas sociedades del presente que son consideradas premodernas (MacCannell, 2003).
A medida que avanza la modernidad, el ocio se erige como un componente necesario que permite el mantenimiento del orden moderno y del bienestar del individuo. Como otros aspectos del orden social, el ocio es legitimado e incorporado
a la vida social, alcanzando un importante número de población, siendo reguladas políticamente estableciendo espacios y tiempos para su disfrute (Águila Soto, 2007). En esta situación comienza a consolidarse el turismo, como una actividad fundada en el desplazamiento del lugar de trabajo a otro lugar, generalmente, asociado a aspectos de la salud. Según analiza Chadefaud (1987) las clases dominantes crean el “mito” sobre un lugar de vacaciones, esta práctica luego es emulada por las clases dominadas, quienes buscan otros lugares para su disfrute una vez que los primeros fueron apropiados por las clases sociales populares, es así como ya a mediados del siglo XX se consolida el turismo de masas.
La eclosión del turismo de masas se produce en la década del ’50 y ’60 siguiendo un modelo estandarizado con una producción en masa de destinos que se comienza a desarrollar en Europa alcanzando su máxima expansión en la etapa de reconstrucción de la posguerra. Este gran crecimiento cuantitativo del turismo se inscribe en el marco del fordismo ya que asume las principales características de este modelo económico de producción estandarizada, grandes empresas, trabajos monótonos y repetitivos organizados bajo los principios que regían una racionalidad de tipo taylorista (Hiernaux, 2006). Es decir que la lógica industrial capitalista termina siendo constitutiva del turismo en función del contexto espacio-temporal en el que se desarrolla. Este modelo tuvo un gran efecto de difusión, abarcando en primer término las costas mediterráneas y trasladándose a distintos espacios litorales que ofrecían condiciones óptimas para el desarrollo del heliotropismo como práctica saludable.
A partir de la década de 1980 el modelo fordista presenta los primeros signos de agotamiento donde se hacen evidentes las debilidades del sistema (Donaire, 1998). Las tendencias del crecimiento propias de este modelo van a ir reduciéndose a
46
partir de algunos eventos que señalan ciertos quiebres en los movimientos masivos de turistas, básicamente éstos se ven influidos por la crisis de los años ’70 (aunque luego hay una reactivación de la actividad con los mismos estándares), las crisis de las economías asiáticas, terrorismo internacional, entre otros (Hiernaux, 2006). Asimismo, la instalación del paradigma de la sostenibilidad y del ecologismo como práctica política va a favorecer que este tipo de prácticas de carácter masivo, comiencen a ser seriamente criticadas y se vaya desarrollando un nuevo modelo que pretende imprimir prácticas más “ambientalmente responsables”; no obstante, persiste una coexistencia entre ambos modelos.
Debido a la incorporación paulatina de la lógica neoliberal, el espacio se sumió a una internacionalización y sumisión a lógicas extra-regionales, en gran medida entrando en tensión con los intereses y necesidades locales y, privilegiándose, de este modo, la idea de libre mercado. Este cambio se va a producir más claramente a partir de los años ’90 donde se evidencia una fuerte declinación de la intervención del Estado como promotor de destinos turísticos. Esta transición se genera al reconocer unos conceptos clave que se relacionan con la crisis de la estandarización de los productos, la incorporación del turismo en nuevas esferas sociales, la redefinición de la autenticidad del turismo, la renovación tecnológica y la universalidad de la mirada turística (Donaire, 1998; Urry, 2004; Cohen, 2005).
Básicamente, en la posmodernidad caen las narrativas que fueron antes dominantes, es decir, ya no prevalecen visiones totalizadoras del mundo, hay nuevos relatos, se producen fragmentaciones. La intensa movilidad de flujos de distinto tipo es una característica de la posmodernidad, dirigida por las fuerzas de la globalización. Estas fuerzas desdibujan los bordes tradicionales entre culturas conduciendo, por un lado, a una homogeneización (McDonalización) y, por otro, a
una hibridación (fusión de distintos elementos culturales) (Cohen, 2005). En términos de Harvey (1998:320) podemos pensar en el rol del “simulacro”, concebido por “[…] un grado de imitación tan perfecto que se vuelve casi imposible detectar la diferencia entre el original y la copia”.
Asimismo, la crisis de la estandarización y homogeneidad en la oferta turística ha traído como consecuencia una búsqueda por productos turísticos que se basen en la singularidad y la especificidad desde la oferta y, desde la demanda, se distinguen segmentos específicos en relación con las preferencias para las visitas.
En la redefinición de la autenticidad, Donaire (1998) distingue entre la inautenticidad o hiperrealidad y la reivindicación de la identidad local. Para el primer caso señala que la recreación de espacios hiperreales es concebida como una versión perfeccionada de los espacios que imitan. Por otra parte, la identidad local se erige con una nueva mirada sobre su importancia en el sentido de bien común, estando el turismo fuertemente atraído por el conocimiento del espacio de acogida en niveles de vivencias directas que permiten descifrar los códigos de las sociedades que los reciben.
La innovación tecnológica presenta para el turismo un gran cambio en función de las posibilidades de generar redes a través de un espacio cibernético que permite un acercamiento masivo a potenciales clientes, concreciones de negocio, difusión de productos, comunicación en tiempo real y a bajo costo, reservas y ventas on line, etc.
En relación con la universalización de la mirada turística son los nuevos escenarios emergentes los que comienzan a ponerse en el campo del consumo. Al existir una demanda tan especializada y con motivaciones de lo más diversas se amplía la
48
mirada turística propiciando que cualquier espacio sea susceptible de convertirse en turístico (Urry, 2004).
A pesar de las dicotomías presentadas y que contraponen ambos modelos, es imprescindible aclarar que la ruptura no es tan evidente, sino que conlleva una lenta transición; es más, en muchos espacios se produce una coexistencia de prácticas turísticas fordistas y posfordistas. Se puede definir un turismo caleidoscópico formado por escenarios diversos y, a menudo, contrapuestos (Donaire, 1998).
Asimismo. aparecen distintas y variadas estrategias que intentan, por un lado, modificar las lógicas dominantes de los destinos turísticos maduros, propiciando planes para su dinamización como así también reconvertir áreas industriales y mineras en declive. De este modo, las prácticas turísticas irrumpen en escenarios otrora únicamente productivos permitiendo la integración de espacios alejados de la lógica de interés turístico, se recuperan así espacios portuarios, localizaciones degradadas urbanas, edificios singulares, etc. Con el fin de “cambiar el rumbo” de los destinos maduros que se encuentran en su etapa de obsolescencia y donde, según Butler (1986), habría una oportunidad para “rejuvenecer” ese destino se llevan adelante distintas estrategias amparadas en instrumentos flexibles como la planificación estratégica, el marketing o la planificación en el marco de la sostenibilidad.
En muchos casos, esta remodelación de los destinos maduros se basa en la refuncionalización de estructuras preexistentes como así también en la consolidación de nuevos complejos turísticos, que suponen la creación de espacios temáticos desnaturalizados de su origen y que invaden diferentes lugares del planeta, suponiendo más lecturas de la globalización.
Aquí Donaire (1998) presenta cuatro procesos que explican cómo los espacios temáticos alteran la lógica de las formas turísticas tradicionales: celebración de la inautenticidad, creación de espacios al margen, concepción integral y pérdida de fronteras entre espacio público y privado.
Con la celebración de la inautenticidad se pretende convencer que el simulacro supera la realidad, se crea una nueva lógica espacial basada en la recreación de espacios y culturas diversas que toman una nueva forma en ese nuevo espacio. El autor se refiere a espacios al margen ya que presentan una disociación material y psicológica del entorno exterior, crea un entorno nuevo. La planificación integral involucra la idea de diseño único y de concepción global. Estos espacios alteran, además, la diferenciación entre el espacio público y el espacio privado ya que la frontera entre éstos no es elocuente como sí lo era en el espacio tradicional.