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Entonces, caracterizar el turismo como práctica socio-espacial nos permite pensar en el abordaje del espacio como totalidad, el espacio geográfico como objeto de nuestra preocupación. Esta práctica social colectiva integra mecanismos distintos en relación con el espacio, la identidad y el Otro (Hiernaux, 1996). De este modo, se generan consecuencias específicas en el territorio, donde cobra sentido no sólo el espacio de destino turístico, sino también el espacio emisor, donde se generan las necesidades, motivaciones, expectativas e imágenes y el espacio de tránsito o ruta de movilización. Entendiendo al turismo como práctica social observamos que la relación de estas prácticas y el espacio es fundamental, no lo reduce únicamente a su escenario o soporte, sino que provoca transformaciones en distintos sentidos que refuerzan la idea de espacio como totalidad.

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En el marco de la relación turismo y espacio, consideramos el espacio como objeto de las prácticas turísticas, atendiendo a la idea de territorio usado como sinónimo de espacio geográfico que propone Santos (2000), es decir como un conjunto indisociable de sistemas de objetos y sistemas de acciones, sumamos el planteo de Werlen (1993) para quien el elemento central del análisis lo constituyen la acción y el acto.

Estas prácticas resultan de la valorización que el hombre realiza de la diferenciación espacial y que refleja los patrones culturales propios a cada tipo de sociedad y a sus posibilidades técnicas disponibles en cada momento (Côrrea, 1995).

Como ya se ha mencionado precedentemente, las prácticas turísticas tienen su génesis en el tiempo de ocio que ha sido ganado al tiempo de trabajo, donde el hombre busca encontrar en un lugar determinado la concreción de expectativas y de imágenes de una naturaleza de la cual se ha alejado en virtud del desarrollo de ciudades industrializadas, como así también de otras búsquedas generalmente asociadas a rupturas con la vida cotidiana. La materialización de estas motivaciones en el viaje deviene en la experiencia. Es en este sentido que tratar al turismo como práctica social implica contextualizarlo en el marco de procesos sociales más amplios, que permiten interpretarlo y sin los cuales no tendría sentido.

Como ya habíamos planteado, el espacio no es ni una cosa ni un sistema de cosas, sino una realidad relacional. De este modo, consideramos el espacio como el conjunto inseparable del que participan, por un lado, cierta disposición de objetos geográficos, objetos naturales y objetos sociales y, por otro lado, la vida que los llena y los anima, la sociedad en movimiento (Santos, 2000).

En este mismo sentido, atendemos el planteo de Soja (2009) cuando re-define la dialéctica socio-espacial en la noción de una trialéctica, que puede ser solamente

interpretada examinando la interrelación entre espacialidad, historicalidad y sociabilidad, una trialéctica del espacio percibido, del espacio concebido y del espacio vivido. Así presenta la idea de tercer espacio como concepto que comprende todo lo real y lo imaginario, lo abstracto y lo concreto, lo subjetivo y lo objetivo, lo conocible y lo inimaginable, etc. A partir del abordaje que propone en esta triple relación re-significa el espacio como un modo de repensar la relación historia-sociedad.

Desde este enfoque, coincidimos con Almirón (2004), cuando señala que el turismo como práctica social requiere del espacio material, conceptual y vivido y, a su vez, produce espacio tanto material, conceptual como vivido.

El espacio geográfico del turismo se materializa, constituye configuraciones territoriales donde se da cuenta de la existencia, se generan nuevas organizaciones y nuevos usos, aparecen nuevos eventos. De este modo, se llega a una construcción intelectual en virtud de las prácticas turísticas que se entretejen en el espacio con otras prácticas, generando interacciones y re-significando el lugar. Al espacio lo visualizamos como un híbrido en el cual es necesario encontrar las subtotalidades significativas dadas por los sistemas de objetos, de acciones que, a su vez, son mediadas por normas. Específicamente, en estas subtotalidades es posible discernir entre espacio emisor, ruta de tránsito y el espacio receptor o el destino turístico.

La práctica turística se define a partir del contraste con las experiencias cotidianas y rutinarias vividas en los lugares de residencia habitual. Supone una distancia física, psíquica y social respecto de los ámbitos de trabajo y las prácticas usuales del orden familiar y laboral. En este sentido, se define en relación con la vivencia de un tiempo y un espacio extraordinarios que sustrae a los sujetos de los modos de

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relación habituales, de los horarios y de los recorridos cotidianos. Este distanciamiento consciente, posibilita que los turistas en sus prácticas observen, conozcan, aprecien, recuerden, los lugares visitados.

Esta práctica de ruptura limitada con la vida cotidiana, supone la valorización de la diferenciación de lugares, diferenciación resultante entre la práctica cotidiana del lugar de residencia y/o trabajo y la práctica hasta cierto punto libre de normas. Sin embargo, la ruptura con la cotidianeidad generalmente no se logra, reincidiendo con prácticas rutinarias en el lugar de visita (Bertoncello, 2002). Los lugares turísticos son elegidos porque existe la expectativa de lo diferente, construida por una variedad de prácticas no turísticas.

En este marco, nos preguntamos ¿En qué sentido podríamos plantear la dicotomía entre los espacios de lo cotidiano y el espacio turístico?

Lefebvre (en Lindón, 2004) presenta a través de una historia ficticia1 la contrastación

del espacio cotidiano y el que se encuentra fuera de los límites de ese espacio cotidiano, utilizando la idea de la terrae cognita y la terrae incognita2 respectivamente. Asimismo, señala como componentes de la vida cotidiana al espacio, el tiempo, lo simbólico y las prácticas. El espacio lo entiende como tejido de redes, como referente, dotado de sentido por los sujetos y, a su vez, dándole sentido a los actores, el espacio cotidiano implica pluralidad de sentidos. Cuenta con aspectos subjetivos (el entorno del individuo y su grupo, horizonte dentro del que se

1 Se refiere a la obra Ulises, de James Joyce, publicada en 1922 en Irlanda como Ulysses.

2 Wright en 1946 recrea el término cartográfico Terrae Incognitae, dándole un sentido diferente,

indicando que para que un lugar sea conocido depende de para quién es conocido y de qué tipo de conocimiento se trata. Esta nueva idea le permite incorporar la subjetividad. Luego Lowenthal retoma

esa idea a partir de preguntarse si es lo mismo el conocimiento del mundo (aún lejano) y la Terrae

cognitae. Entiende que el primero es información consensuada socialmente mientras que el segundo trata del mundo percibido y vivido. (Lindón, 2006).

sitúan y viven) y objetivos (durable). Otro elemento lo constituye lo simbólico, identificando una comunidad que reconoce el símbolo, es connotativo y no denotativo.

El tiempo es un componente del que no puede prescindir el espacio cotidiano, se trata de la permanente intersección de tiempos lineales (derivan de la tecnología, el conocimiento y la racionalidad) y tiempos cíclicos (derivan de la naturaleza). El tiempo cotidiano se refiere al de las prácticas de los individuos, el constante transcurrir que, a su vez, está dentro de un cierto tiempo histórico.

Las prácticas sociales las concibe como totalidad social, como praxis, integrando distintos niveles: desde el biofisiológico hasta el nivel formal y abstracto de los símbolos, la cultura, las representaciones, las ideologías. Presenta dos tipos de praxis: repetitiva e inventiva o creativa, la primera reproduce el mundo, contribuye a su estabilidad, en tanto la segunda, genera un cambio de lo cotidiano.

Lo más importante tiene que ver con que la cotidianeidad en realidad es el todo, es el encadenamiento de las prácticas, el contexto de las acciones, las relaciones sociales en las cuales tienen lugar, debido a que el encadenamiento se desarrolla en un espacio social y en un tiempo social. Lefebvre manifiesta su preocupación en relación con las fragmentaciones que se pueden llegar a generar al considerar como entidades diferentes la vida del trabajo, la vida familiar, las distracciones, el ocio, cuando la cotidianeidad involucra no únicamente las prácticas, sino también los deseos, capacidades y posibilidades de los individuos, es decir, la vida de la persona cargada de sentidos y simbolismos en espacios que lo modelan y al que también le dan forma (Lefebvre en Lindón, 2004).

Las prácticas sociales de la cotidianeidad incluyen desde los movimientos rutinarios hasta los desplazamientos por turismo, no es posible desligar el encadenamiento de

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Siguiendo la línea argumental que venimos desarrollando, entendemos que las prácticas turísticas, como toda práctica social, le otorgan significado a los lugares, tomando también significados de ellos.

Para aproximarnos a la relación de espacio y lugar, nos interesa la ruptura que se produce a partir de 1960, aproximadamente, con corrientes fundadas en el positivismo, que entendían el espacio únicamente como objetivo. La geografía radical dio un primer paso en este sentido, Lefebvre (en Claval, 2002) comienza con un planteo que sitúa al espacio no como una horizontalidad única, sino como una acumulación de capas, la primera corresponde al espacio físico, la segunda a la realidad social y la tercera a las representaciones que se hacen del espacio. De esta manera, el espacio subjetivo comienza a ser abordado como objeto de estudio por dos corrientes, la geografía humanista y la geografía de la percepción y el comportamiento.

La geografía humanística surge en los años ’70, destacando la importancia de la unicidad del lugar y el espacio subjetivo, valora el vínculo emocional por encima del racional. Tuán, Lowenthal, Buttimer, Ley, entre otros, son los principales referentes. Esta perspectiva marca un creciente interés en la naturaleza de la conciencia humana en relación con las prácticas socio-espaciales, destaca los aspectos humanos a partir de los significados y valores del hombre en sociedad, destaca la dimensión subjetiva y la experiencia vivida.

Esta nueva idea de espacio humanizado no llega a ser entendido sin hacer referencia al espacio social y sus relaciones. Se trata de espacios de la experiencia personal, espacios vividos, espacios símbolo.

geométrico y objetivo. Se reivindica el lugar como concepto clave, como único y complejo. Adquiere un valor que deriva de la percepción de los individuos y del significado que se le ha atribuido, representa la encarnación de las experiencias y aspiraciones de la gente. Son espacios relacionados con la existencia de cada individuo, con sus experiencias y su relación con el entorno, con la percepción que del mismo se tiene en función de su matriz social. (Ortega Valcárcel, 2000).

Atendiendo al concepto de lugar, Agnew (1987; 2011) destaca tres aspectos: ubicación, sitio y el sentido de lugar. De los tres el primero se refiere a la ubicación en el sentido estricto de coordenadas geográficas, el segundo como el lugar material donde se dan las relaciones sociales, es así como el lugar es materialidad, incluso los lugares imaginados. Por último, el sentido de lugar agrega a la ubicación y materialidad, la subjetividad y el apego emocional de la gente con el lugar.

El espacio se transforma en lugar en la medida que adquiere definición y significado (Tuán, 2008a). Según Tuán (2008b) ese significado yace en las expresiones que los individuos utilizan cuando quieren adjudicarle al lugar un sentido de mayor carga emocional que de ubicación o nodo funcional. La personalidad de un lugar se compone del legado natural y las modificaciones forjadas por sucesivas generaciones de personas. La personalidad contiene dos aspectos, uno donde comanda el asombro y sobrecogimiento en tanto el otro evoca afectividad. El primer aspecto aparece como sublime y objetivo, independientemente de la existencia de necesidades humanas y aspiraciones, en este caso nos encontramos con importantes manifestaciones de la naturaleza, como el caso de la Antártida. En contraste, el segundo aspecto, se relaciona con el carácter que el individuo deposita en el lugar, haciéndose aficionado a éste. Además, el autor plantea que, si bien el lugar posee una personalidad, únicamente los humanos podemos tener un “sentido

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de lugar”. Las personas demuestran su sentido de lugar cuando aplican su moral y discernimiento estético a distintos sitios.

Entendiendo el “sentido” (sense en inglés, como originalmente lo utiliza Tuán) en el contexto que lo estamos analizando, como sentido de lugar, adquiere dos significados. Uno, visual o estético, donde la vista se entrena para distinguir lo bello, desde esta idea limitante los lugares son locaciones que ofrecen un impacto visual. Por otro lado, el mundo se conoce a través de distintos sentidos, no únicamente de la vista, que requieren de un contacto más cercano y de una mayor asociación con el entorno. En general encontramos el sentido de lugar cuando lo hemos dejado y a través de la distancia tenemos una mirada integral sobre él. De esta manera, los viajes incrementan la conciencia sobre nuestro hogar como un lugar.

Tuán indica que, en la experiencia el significado de espacio se funde con el de lugar, siendo espacio más abstracto:

Lo que comienza como espacio indiferenciado se transforma en lugar a medida que lo conocemos mejor y lo dotamos de valor. […] Las ideas de “espacio” y “lugar” se requieren mutuamente para definirse. Desde la seguridad y estabilidad del lugar somos conscientes de la apertura, libertad y amenaza del espacio, y viceversa. (Tuán, 2008a).

No obstante, otros pensadores como Sack (1997) y Malpas (1999) consideran que, si bien los lugares específicos son producto de la sociedad y de la cultura, la sociedad misma es inconcebible sin el lugar. Al respecto, Malpas señala:

[…] el lugar no se funda sobre la subjetividad, sino que sobre él la subjetividad es fundada. Por consiguiente, no se tiene primero un tema que toma ciertos

rasgos del mundo en términos de idea de lugar, pero la estructura de la subjetividad se da en la estructura del lugar. (Malpas, 1999:35).

De esta manera, explica que las personas no pueden construir el lugar, sin estar primero en él, el lugar es anterior a la construcción de significado y de la sociedad. Se encuentra antes porque es el hecho experiencial de nuestra existencia (Cresswell, 2010).

Por otra parte, se concibe a los lugares como “nunca terminados”, el lugar es lo que tiene lugar de manera incesante. Desde la teoría estructuralista3, las estructuras

dependen de nuestras acciones para existir y nuestras acciones son dotadas de significado por las estructuras que yacen más allá. Las reglas permean los lugares, en un momento determinado los lugares proveen un grupo específico de estructuras. Los lugares que tenemos que negociar son el resultado de las prácticas de aquellos que estuvieron antes que nosotros y, en el futuro, esos lugares serán diferentes. A su vez, el nivel de agencia no es tan fácil de estructurar y las mismas estructuras se forman a través de la repetición de las prácticas por los agentes, de este modo, los lugares no se terminan y son resultado de procesos y prácticas. (Cresswell, 2010).

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