• No results found

H CHANGES IN THE NEGOTIATING STANCE OF BOTH COUNTRIES

Durante los meses de trabajo de campo pasaron por el centro un total de veinte chicos de entre dieciséis y veintiún años, procedentes de los segmentos más empobrecidos de la estructura social. Las medidas de internamiento, que oscilaron entre los dieciocho meses y los cinco años, estuvieron relacionadas en su mayoría con delitos de robo y narcomenudeo. Nueve de los jóvenes eran de origen marroquí; tres latinoamericanos (uno

de la Republica Dominicana y los otros dos de Colombia); ocho autóctonos, de los cuales tres eran gitanos.

Con algunos de los jóvenes coincidí tan sólo unos días antes de su desinternamiento; otros ingresaron a pocas semanas de que finalizara mi estancia en el IB. Se dio el caso también de internos que fueron retornados a centros cerrados por “incumplimientos” en relación con su medida en régimen abierto. Presentaré únicamente a los actores que tuvieron una continuidad en escena, comenzando por los internos y pasando posteriormente a los miembros del equipo educativo y el personal de servicio. En los capítulos centrales abordaré la dimensión performativa de los personajes del IB. Sin embargo, convienen hacer notar que, tomando como referencia el modelo dramatúrgico goffmaniano, estos, en conjunto, mostraron una buena competencia teatral, así como un grado notable de compromiso con las exigencias requeridas para salvar tanto la imagen propia, como las situaciones en las que se vieron envueltos. Comprobaremos en los recortes etnográficos que irrigan el presente trabajo cómo cooperan activamente –o juegan a cooperar– con sus compañeros de reparto.

Rashid

Tiene diecinueve años, nació en Madrid y creció en uno de los municipios obreros de su extrarradio. Es un joven de estatura media, moreno y fibroso. Sus padres, originales de Marruecos, migraron a España hace más de veinte años. Se separaron cuando Rashid era un niño. Tiene tres hermanos de la misma madre, y otros cuatro más por parte del padre. Su madre es auxiliar de clínica y su padre, con quien apenas mantiene contacto, electricista. Dice tener una buena relación con su madre y sus hermanos, y contar con un nutrido grupo de amigos. De pequeño le gustaba “liarla con los colegas…, hacer un poco de ruido”. Explica que empezó a robar en el colegio cuando era pequeño. Lo expulsaron del instituto en el primer curso de la ESO por “abrirle la cabeza a uno” y no retomó la secundaria hasta llegar a Las Valvas, Centro Educativo de régimen cerrado donde ha pasado la mayor parte del tiempo de su condena.42 Cuando dejó de estudiar se pasaba el

42 Algunas de las sentencias judiciales contemplan que el joven curse estudios de

primaria/secundaria durante su encierro. Para ello, el sistema de JJ cuenta con lo que denominan “curriculum adaptado”, esto es, un plan de estudios, reconocido por la Consejería

día en la calle. Ingresó a los catorce años por primera vez en un centro de JJ. Sostiene que es “muy hiperactivo”, por eso le gusta hacer deporte, especialmente jugar a futbol, que es su manera de “desahogarse” cuando se pone “nervioso”. Entrena en un equipo de La Torrentera dos veces por semana.

Fue condenado a seis años de internamiento por la acumulación de doce causas (robos con violencia y peleas callejeras). Ingresó en el Benjamenta en enero de 2010 después de tres años y medio en régimen cerrado, y seis de semiabierto. Deberá cumplir en el Benjamenta dos años; finalizado este tiempo, le quedarán dos años más de libertad vigilada. Durante su internamiento en el anterior centro (régimen semiabierto) comenzó a cursar un CFGM de electricidad, con el que parece estar muy contento. La iniciativa de informarse e inscribirse en esta formación fue suya –no del anterior equipo educativo–. En ocasiones me habló de las materias y los profesores que más le gustaban, así como del periodo de prácticas en un polideportivo municipal y la dificultad de los exámenes. Dedica buena parte del tiempo a las clases y a estudiar. Cuando termine esta formación (julio del 2011), le gustaría realizar las pruebas de acceso para continuar con un Ciclo de Grado Superior (CFGS), también en electricidad.

Tiene un trato, por lo general, cortés. Junto con Tito, a quien presentaré a continuación, fueron los únicos jóvenes que se presentaron por iniciativa propia el día que los conocí.43

Rashid me dio los “buenos días” y las “buenas tardes” ceremoniosamente cada vez que nos cruzamos en el centro. Se conduce solícito y calmado, rasgos que contrastarían con las múltiples cicatrices de diverso grosor que descienden transversalmente desde el extremo de sus hombros hasta las muñecas. Se trata de cortes realizados principalmente en los brazos, pero también en el pecho y las pantorrillas, durante su internamiento en Las

de Educación que reduce sustancialmente los contenidos escolares que siguen los alumnos en la escuela ordinaria.

43 Por lo general, los chicos aparentaban no verme cuando nos encontrábamos por primera

vez, aunque, me observaban por el rabillo del ojo, hasta que yo pasaba a presentarme. La irrupción en escena de un foráneo levantaba curiosidad. Algunos de los chicos me comentarían después que pensaban que era una educadora sustituta o en prácticas. Cabe apuntar que tan sólo en dos ocasiones, el educador que me acompañaba en ese momento procedió a realizar las presentaciones entre el joven y yo. Con o sin la compañía de un profesional, me presenté a los jóvenes que fui conociendo, estrechándoles la mano, diciendo mi nombre y el motivo por el cual estaba en el Benjamenta.

Valvas, y que muestra desafiando la temperatura de un Benjamenta sin calefacción vistiéndose con camisetas de marga corta. En más de una ocasión me comentó que se había arrepentido de hacérselas. Dice que fue un “gilipollas”, que en aquel entonces se le “iba la olla” y que terminaba cortándose “por cualquier tontería”, incluso aunque no estuviera “ni rayado”. Empezó a macular sus brazos antes de entrar en un centro de reforma porque, explica, veía a sus “colegas grandes que salían de la cárcel con cortes”. No fueron más de tres cortes, dice. El primero de ellos se lo hizo tras un enfrentamiento con un chico: “No sé porqué, cogí un cuchillo y me corté.”

Después de cuatro años de internamiento dice que ha aprendido a “controlarse” y a “pensar dos veces las cosas antes de hacerlas”. Cabe señalarse que ante la pregunta ¿qué

has aprendido durante tu paso por el centro educativo?, los jóvenes entrevistados en el

Leoncio Prado (LP) respondieron exactamente en los mismos términos. Cuenta que hace un año y medio, “de la noche a la mañana” pasó de “ser un loco” (“porque era un loco”, recalca: a “no hacer nada, a dejar la medicación (principalmente ansiolíticos y tranquilizantes), a pasar del rollo, y comportarme” (entrevista realizada el 14 de junio de 2010).

Meses después de terminar el trabajo de campo, en un encuentro fortuito con una de las educadoras del IB, supe que Rashid había sido “retornado” a régimen cerrado por un enfrentamiento verbal con su tutor; con ello perdió la posibilidad de finalizar el CFGM.

Tito

Tito es compañero de cuarto de Rashid. Cumplió dieciocho años en el Benjamenta. Cabello negro, tez blanca y pecosa. Sus padres, colombianos, emigraron a España en 1999 cuando tenia siete años y murieron, según explican los educadores, en el 2005 por cuestiones relacionadas con el “consumo de drogas”. Una de las educadoras me explicó que tiene una hermana mayor que reside en Estados Unidos y que su único pariente en territorio español, un tío materno, no quiere hacerse cargo de él, por lo que ha estado tutelado por la Administración hasta la mayoría de edad. Tito comenzó su periplo institucional en centros de protección a la infancia a los doce años y está previsto que prosiga en el circuito una vez haya finalizado su internamiento. El equipo educativo

preveía derivarlo a un piso para jóvenes “extutelados” en el que podría permanecer hasta los veintiún años. Al no contar con ningún familiar que lo acoja durante los permisos de fin de semana, se ve obligado a pernoctar todos los días en el IB, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, que pasan los sábados y los domingos en casa de sus familiares.

Le gustan las motos y el hip hop. Compone letras para este estilo música (letras que “si las escuchas bien, son muy personales”, dice). Lo expulsaron a los doce años de la escuela por “liarla” –al parecer, insultos y amenazas a profesores y alumnos–. No volvió a retomarla. Dice contar con una intensa carrera delictiva y remarca que comenzó a robar tras la muerte de su madre. Su primer contacto con la red de JJ fue a los catorce años. En esa ocasión le imputaron el robo de una motocicleta. Salió en libertad con cargos. Continuó “robando y haciendo dinero” hasta que, a los quince, lo detuvieron mientras robaba en el interior de una vivienda. Fue entonces cuando lo internaron por primera en el Centro Educativo cerrado Las Hurdes donde permaneció un año. Me cuenta que a los diecisiete, hace un año y medio, volvió a ingresar con una condena de seis años por “intento de homicidio frustrado contra la autoridad”: atropelló a un policía que le había dado el alto cuando huía con una moto robada. Fue trasladado al Benjamenta en febrero de 2010, apenas una semana después de que yo comenzara el trabajo de campo. Su desinternamiento estaba previsto para agosto del mismo año, sin embargo, fue retornado a Las Valvas cuatro meses después de su ingreso en el IB por supuestas “indisciplinas”.

Tito dice que no se ha tomado el internamiento “como una condena”, sino más bien como “algo” que le ha permitido “ser mejor persona” (entrevista realizada el 2 de junio de 2010). Volvemos a encontrar aquí una respuesta recurrente entre los jóvenes del LP, pero también del IB, ante la pregunta ¿Qué estás aprendiendo en el centro? Abordaré esta cuestión en el capítulo 5.

Durante sus primeras semanas en el IB, Tito se condujo con una corrección inquietante. Su puesta en escena iba acompañada de palabras, entonaciones, ritmos y movimientos de una circunspección milimétrica. Como Kraus, uno de los condiscípulos que Jacob von Gunten más admiraba, Tito se mostró como un “maestro en ejecutar celosamente y al

instante cualquier tipo de órdenes” (Walser, 2009: 9). No sólo cumplía diligentemente con las tareas que le asignan los educadores, sino que además parecía siempre dispuesto a colaborar. En nuestro primer encuentro, se presentó educadamente estrechándome la mano. No obstante, su comportamiento traslucía un ligero carácter de engañifa. Esta aparente entrega institucional comenzó a quebrarse a las tres semanas de ingresar en el IB con una serie de “incumplimientos” y transgresiones que lo llevarían , meses después, de vuelta a un centro cerrado.

Miguel

Miguel tiene diecinueve años e ingresó por primera vez en un centro de JJ a los quince. Lleva un año y dos meses en el IB. Es alto y desgarbado. Viste y camina con ademanes de rapero. Junto con Santos, otro de los veteranos, dispone de un dormitorio individual. Nos conocimos la primera vez que los educadores me invitaron a cenar en el centro. Al sentarme a su lado pareció no verme, sin embargo, una vez me presenté y expliqué los motivos de mi presencia en el Benjamenta –la elaboración de un trabajo sobre el funcionamiento del centro– salió de su aparente indiferencia hacia mí y comenzó a relatarme las múltiples vicisitudes que estaba padeciendo en una búsqueda de empleo larga e infructuosa. No era que él no lo buscase con suficiente esmero, sino que los empresarios no querían contratarlo porque era gitano. Me instó a que, si me enteraba “de algo”, se lo hiciera saber de inmediato, pues le urgía trabajar. Tiene cinco “hermanitos” y, aunque no lo parezca porque lleva una chaqueta Adidas –que su novia le había comprado, no sin esfuerzo–, él y su familia son pobres. Durante mi estancia en el IB le pregunté en alguna ocasión qué tal le iba. Tras la interpelación, cambiaba abruptamente de registro dramático. Con aflicción teatral contestaba: “Ya ves, aquí…, buscando trabajo”. Miguel pasó nueve meses como “voluntario” en la perrera municipal de Torrejón. Su tutor me explicó que el equipo educativo optó por este voluntariado después de que descubrieran que había perdido un empleo, no porque la encargada fuera racista y lo despidiera – argumento de Miguel–, si no porque el joven no quería trabajar. El objeto de esta “corrección educativa”, arguye uno de los miembros del equipo, era instruir al joven en hábitos laborales y sociales.

Miguel fue condenado a cinco años de internamiento por abusos sexuales a una menor, delito que oculta ante sus compañeros aludiendo, y en ocasiones alardeando, a los múltiples robos que lo condujeron a un correccional –y que según su expediente judicial, nunca realizó–. Al preguntarle durante la entrevista por los motivos de su condena, contestó rápidamente: “Robo con violencia y intimidación”.

A pesar de ser el más veterano del centro, no cuenta con una excesiva autoridad entre sus compañeros. Los educadores lo achacan a “la parte de atontado que tiene”. Miguel es un personaje molesto para el equipo y bufonesco para el resto de internos. Ameniza las cenas y otros encuentros mostrando una especial soltura para la guasa. Espolea la risa especialmente en los momentos en que los educadores de tarde conminan a los internos a adoptar una actitud solemne para recibir alguna de las amonestación habituales (no han fregado los platos de la merienda, faltan cosas por poner en la mesa antes de cenar, han dejado los baños muy sucios, etc.).

Miguel dice haber aprendido lo que denomina la “lección de la delincuencia” después de cinco años en centros de reforma. A saber: “que la delincuencia no vale pa ná. Porque la delincuencia lo que te hace es dilinquir y dilinquir, drogas y Pascual”.

Santos

Santos es el cabecilla del Benjamenta. Tiene veinte años, estatura mediana, constitución fuerte, rubio y ojos azules. Nacido en Rusia, fue adoptado por una familia española cuando tenía seis años, sin saber que “se traían un monstruo a casa” (comentario de Luciano, educador de tarde). Ademanes rudos y mirada desafiante: encarna el papel de tipo duro. Dice que le gusta el “riesgo” (por ejemplo, tirarse en paracaídas) y que le llamen “El Ruso”. Quiere incorporarse al ejército cuando termine su condena. Los educadores se refieren a él como el “ruso lolailo” por la combinatoria de su fisionomía eslava, el gusto por la música flamenca y un chándal blanco que suele acompañar con un profuso arsenal de anillos, pulseras y collares de oro macizo. Luciano, su tutor, me cuenta que el joven comenzó a tener “problemas conductuales” a los doce años; fue expulsado del

instituto y pasó un tiempo en aulas de escolarización paralela44. El educador sitúa el inicio de su carrera de desviación cuando fue acogido por una conocida familia de gitanos de su barrio dedicados al narcotráfico. Al parecer, esta familia, que define como “disocial” y “transgresora”, lo ha “adoctrinado”. Ahora, señala, “lo lleva en la sangre” y “algún día nos vamos a llevar un susto…” (24 de marzo de 2010).

Cuando lo conocí llevaba nueve meses en el Benjamenta. Está condenado a cinco años de internamiento por robo con violencia y tentativa de homicidio. Debe cumplir los dos últimos años de su “medida” en régimen abierto. Son varios los elementos que sitúan a Santos como adalid entre los jóvenes del IB: la veteranía en los correccionales de JJ en general, y del IB en particular; la tipología de la infracción (siendo los delitos violentos los de mayor prestigio); la destreza para el liderazgo; y, por último, el trabajo remunerado. A él le está reservada tácitamente la cabecera de la mesa a la hora de cenar. Santos es uno de los pocos jóvenes que trabaja de forma remunerada. Tiene un empleo como pintor en un Plan de Ocupación para “personas en riesgo de exclusión sociales” que, a diferencia de sus compañeros, le da un cierto poder adquisitivo. La crisis económica que atraviesa el país dificulta que muchos de los internos del IB encuentren trabajo. No obstante, para la construcción de reputaciones sólidas es al mismo tiempo indispensable un alo de peligrosidad. Ya he apuntado que Santos encarna el papel de “ruso mafioso”. Se inviste, y le invisten, de peligro. En una ocasión me comentó que contaba con una posición “privilegiada” en el Benjamenta, “como si fuera el jefe del centro”. Antes de la entrevista le pregunté si podría grabarle. Mostró su negativa envuelto en un alo de misterio y al finalizarla me dijo en tono confidencial con el rostro endurecido y mirándome fijamente a los ojos que, en realidad, a él lo habían internado en un correccional por haber matado a un hombre. En ese momento lo atribuí a su habitual performance de peligrosidad. Meses después de concluir el trabajo de campo, me topé con su fotografía en el periódico. Había sido detenido por el asesinato de un comerciante durante un asalto. Le clavó un cuchillo en el pecho. El episodio ocurrió durante su estancia en el IB, de la que, conviene apuntar, algunos educadores estaban satisfechos pues interpretaban el hecho de que el joven se mostrara “más cercano” como indicador de la evolución positiva en su proceso

44

Dispositivos de expulsión del sistema de enseñanza secundario al que van a parar los adolescentes calificados como “conductuales”.

reeducativo. Finalmente, se terminaría por cumplir el vaticinio que Luciano había pronunciado meses antes. Volveré sobre esta cuestión en los próximos capítulos.

Kalim

Es un muchacho flaco, alto, fibroso y de andar encorvado. Tiene dieciocho años. Fue condenado a dos años de internamiento por delitos relacionados con el narcomenudeo y el robo. Procede del Centro Educativo de régimen cerrado El Telliz, donde ha permanecido un año y medio; los ocho restantes los pasará en el IB (cuando nos conocimos llevaba tres meses en el centro). Su familia, original de Marruecos, está afincada en una pequeña ciudad a 30 Km. de Torrejón. Kalim ha marcado también sus brazos, aunque las cicatrices no son tan abundantes como en el caso de Rashid. Dedica parte del día a sacarse el carnet de conducir y va al gimnasio dos veces por semana. Ambas actividades se las costean sus padres.

Parecería ser uno de los personajes más incómodos para el equipo de profesionales. Por una parte, cuenta con una especial habilidad para martirizar educadores. Por otro, profiere con repetitividad ritual en almuerzos y cenas quejas de intensidad variable por la calidad y/o cantidad de la comida. Los educados dicen de él que es un experto en “sacarte de quicio” y “buscarte las cosquillas donde más te duele”. Sus maniobras de fastidio están siempre al filo de lo punible. Mantiene una actitud de insolencia y enfrentamiento con el equipo educativo y el personal de servicios, aunque finamente calculada para no provocar una sanción inmediata. Podría sugerirse una relación de mutua antipatía: el interno desafía al personal, con la misma intensidad con la que el equipo trata de doblegar al rebelde.

Nabil

Tiene veinte años. Ingresó en el IB durante mi primera semana de trabajo de campo. Es moreno, bajo y fornido; pose altanera. Cuida escrupulosamente su indumentaria; siempre lo vi engalanado a la última moda, acicalado e impecablemente vestido. Se fija el pelo con

Related documents