2.2 Unsupervised learning models
2.2.4 Hidden Markov Models
Conforme a la parte introductoria del capítulo 1, el español dispone de tres dispositivos para diferenciar el sexo de una persona en el lenguaje:
1. la feminización: la denominación femenina se deriva del término masculino mediante la añadidura de una -a a la raíz masculina (sufijación), por ejemplo profesor → profesora, o por medio del cambio de la terminación masculina (alternación), como en -o → -a (abogado → abogada) y -e → -a (presidente → presidenta);
31 En la presente tesis el concepto de corrección política se define como una manera de hablar y actuar, que es
sensible a todo tipo de discriminación: “Suave en la manera de decir las cosas o hábil para decirlas sin ofender o molestar” (Moliner 2007: 2345).
2. la diferenciación gramatical: solo el determinante –y otros elementos congruentes, cuando se da el caso– indica/n que se refiere a una mujer, mientras que la denominación permanece invariable, lo que ocurre:
• cuando el masculino termina en una -a (periodista);
• cuando la derivación significaría una infracción a la norma académica (corresponsala, pilota, cantanta);
• cuando los hablantes por otras razones rechazan la forma femenina, si bien existe (fiscala, gerenta).
3. la modificación léxica: se pre- o pospone la palabra mujer a la denominación masculina (mujer abogado, abogado mujer). Además se puede posponer el adjetivo femenino (abogado femenino).
En los libros de gramática se suelen clasificar los sustantivos invariables según el segundo procedimiento como el género común, un concepto que Nissen (2002: 253) considera engañoso, ya que podría dar a entender que el español dispone de tres géneros gramaticales (el masculino, el femenino y el género común). Un punto de partida más adecuado en la definición del concepto de género es el de Hockett, que hace hincapié en la concordancia: “Genders are classes of nouns reflected in the behavior of associated words” (1958: 231). De acuerdo con Corbett (1991: 105), la concordancia proporciona la base tanto para la definición del género como para el establecimiento del número de géneros gramaticales en una lengua dada, lo que también se aprecia en la definición de Steele (1978: 610):
The term agreement commonly refers to some systematic covariance between a semantic or formal property of one element and a formal property of another. For example, adjectives may take some formal indication of the number and gender of the noun they modify.
Apoyándonos en estas definiciones, se concluye que hay dos géneros gramaticales en español, el masculino y el femenino, dado que las formas neutras del artículo (lo), los pronombres personales (ello, lo), los demostrativos (esto, eso, aquello) y los indefinidos (algo, nada) no remiten a sustantivos. La NGLE expone lo siguiente al respecto (2009: 1073 s.): “Desde el punto de vista morfológico, el artículo lo se caracteriza por no presentar variación de número, característica que comparte con el resto de las formas neutras. También coincide en ellas, […], en la imposibilidad de combinarse con sustantivos”. Además, la NGLE expone explícitamente que “[l]os sustantivos no pueden tener en español género NEUTRO, frente a lo que sucede en otros muchos idiomas” (op. cit.: 82).
Ahora bien, y en cuanto a la diferenciación del sexo de una persona por medio del determinante (y/u otro elemento congruente) combinado con una denominación masculina, cabe señalar que, a partir de la 23a y última edición del diccionario académico, los vocablos llevan la marca m. y f. en lugar de com. Véanse los apartados 2.7 y el anexo 1. Dado que iniciamos el trabajo con la presente tesis ya en 2010 con la base en la 22a edición del DRAE, utilizamos en ella el término género común y, siguiendo lo arriba expuesto, con referencia a las denominaciones de profesiones, cargos y oficios “que se pueden aplicar a hombre y mujer indistintamente, sin cambiar la estructura de la palabra, mediante el procedimiento gramatical de cambiar de adjunto” (Echaide 1969: 111).
La NGLE (2009: 97-105) presenta una relación sobre las características de este grupo de sustantivos, basada en su uso en todo el ámbito de habla hispana. La mayoría se compone de sustantivos en -a con origen griego, de los cuales muchos designan profesiones, por ejemplo
fisioterapeuta, guía y psiquiatra. Otras desinencias de este grupo de sustantivos son -e, í/y, -l, -z, -ar y -er. Referente a aquellos en -nte, la mayoría procede de participios de presente latinos.
Un grupo numeroso es el de -ista, como artista, dentista y modista. De esta última denominación se ha creado un masculino regresivo, modisto, sobre cuya evolución –por su forma extraordinaria, o en palabras de la RAE: “anómala morfológicamente, pero ya extendida” (op. cit.: 99)– nos parece relevante hacer una breve digresión. Es interesante sobre todo porque la formación, al igual que la aceptación de este masculino por parte de la RAE, ha dado lugar a cierta polémica entre feministas, lingüistas y la Academia. Álvarez de Miranda32, lexicógrafo y académico, explica que se trata de un caso aislado. La cuarta edición del diccionario académico, de 1803, recogió modista según lo siguiente: “El que hace las modas o tiene tienda de ellas”. Más tarde, en 1822, se añadió “se usa más comúnmente en el género femenino”. Si saltamos a la edición de 1869, la 11a, se constató que “[h]oy es la mujer que [sic] corta y hace los vestidos y adornos elegantes de las señoras, y la que tiene tienda de modas”. En la siguiente edición del DRAE, la de 1884, subrayaron a la mujer en la definición, a saber: “Mujer que tiene por oficio cortar y hacer vestidos y adornos para las señoras” y “la que tiene tienda de modas”. Treinta años más tarde, en 1914, modista apareció con la marca “com[ún]” y la definición: “Persona que tiene por oficio hacer trajes y otras prendas de vestir para mujeres.” Álvarez de Miranda sigue explicando que, como a mediados del siglo XIX casi solo había mujeres modistas, o –en palabras del académico– “el femenino se había adueñado de un sufijo intrínsecamente común”, esto “abrió el paso a la formación del rarísimo modisto. No obstante,
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la Academia se resistió a aceptar e incluir este masculino hasta en la 20a edición: “En 1984, finalmente, se dio por vencida, y aceptó en la vigésima edición de su diccionario común, recogiéndolo de este modo: “m. modista33, persona que hace vestidos de señora”.
En la 22a edición –la base principal de nuestro estudio– se puede leer bajo el lema
modista: “(De moda e -ista). f. p. us. Mujer que posee una tienda de modas. ⎪⎜2. com. Persona
que tiene por oficio hacer prendas de vestir. ⎪⎜3. ant. Persona que adoptaba, seguía o inventaba las modas; y bajo modisto: “m. Hombre que tiene por oficio hacer prendas de vestir.” Para cerrar el círculo, en la 23a y últimaedición del diccionario académico se recoge para
modista: m. y f. 1. Persona que se dedica a hacer prendas de vestir o crear modas o modelos de
ropa, principalmente para mujer. ⎪⎜2. desus. Persona dada a seguir las modas; y para modisto: m. Hombre que se dedica a hacer prendas de vestir o a crear modas o modelos de ropa, principalmente para mujer.
Si contamos con la edición vigésima como la primera incorporación de modisto (vid. nota 31) en el DRAE, este masculino lleva 30 años existiendo. Al comprobar las ocurrencias en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), podemos constatar que hoy día34 el modisto se utiliza más que el modista (69 ocurrencias vs. 21) en el conjunto de países hispanohablantes, y que el uso del masculino es más extendido en España que en los otros países (43 casos vs. 26, según Haase 2010: 245). Sin embargo, no se sabe si es una forma que seguirá utilizándose o si será reemplazado por el término diseñador. Conviene citar al académico Álvarez de Miranda de nuevo, pero esta vez la cita viene de la entrevista que nos concedió en Madrid el 28 de mayo de 2014. Discutimos entre otros asuntos, la denominación modisto y, además de decir que “es un caso extraordinariamente raro”, dijo lo siguiente:
Creo que se basa en un prejuicio social, en que los hombres dedicados a la alta costura, querían diferenciarse de las modistas, que podía ser una profesión de bajo nivel social. […] Entonces, esto demuestra que las cosas son muy complicadas, que las cosas no encajan en nuestros patrones. El sufijo -ista es invariable siempre. Hay una excepción que es modisto. No existe taxisto, no existe
electricisto, no existe telefonisto, pero sí existe modisto. ¿Por qué? Porque la lengua es caprichosa. Yo
no, nadie es responsable de la lengua. La lengua es así. No se puede encontrar al responsable de que surgiera esta extrañísima forma, modisto.
En contraste con los sustantivos invariables que tienen ambos sexos gramaticales inherentes, los llamados epicenos tienen un único género gramatical, usado independientemente del sexo de la persona o animal referente, por ejemplo en masculino: el personaje, el sapo y en femenino: la víctima, la hormiga. A pesar del número relativamente elevado de nombres
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Debe ser modisto, pero citamos a Álvarez de Miranda en Rinconete. Vid. la nota anterior.
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invariables, no solo en general, sino también en el ámbito de las profesiones, cargos y oficios, se puede concluir que “son […] raros los nombres de persona cuyo género no se corresponde con el sexo del individuo que designan” (NGLE 2009: 84). De ahí que, y teniendo en cuenta la tendencia a la feminización –que se remonta al latín vulgar– en el campo que nos ocupa, al igual que el hecho de que los hablantes asocian la -o con el masculino y la -a con el femenino (vid. 1.1), nuestro punto de partida en la presente tesis es que hay una vinculación unívoca entre el género gramatical y el sexo biológico de los nombres que designan profesiones en español. El rechazo de esta vinculación entre la lengua y la realidad externa es el argumento principal de los detractores de la feminización de los sustantivos con referencia personal.
Por fin, conviene añadir el llamado género social, que tiene que ver con los papeles tradicionales de mujeres y varones, relacionados con los estereotipos de un sexo particular, por ejemplo secretaria, que se asocia con una mujer, mientras que abogado suele evocar a un varón en las mentes de los hablantes. Puede que, alguna de las denominaciones incluidas en el presente estudio, por razones del género social, incida en la elección de variante lingüística.