La posición de la ofrenda masiva constituida por el mosaico de serpentina en el contexto de un recinto ceremonial simbólicamente muy denso, encaja perfectamente con la función social que este complejo arquitectónico, debió tener para la comunidad que se reconocía en una identidad común, representada política, social y culturalmente por el centro de La Venta. En este espacio, precisamente el ombligo del mundo, el pasado y el presente, se unen en la recreación constante del tiempo de la creación, un acto que no se limita a las esferas del mito, sino que se reproduce diariamente en el acontecer de la realidad fenoménica, circunscrita por un espacio cósmico presente desde el momento del sacrificio del principio único y de la institución de la lucha entre principios opuestos y complementarios116.
La montaña primordial que se levanta de las aguas del caos de la creación, construida sobre una geografía sagrada que tenía como modelo las abundantes inundaciones que en las temporadas de lluvias recubrían la llanura costera (dejando descubierta sólo una parte mínima de tierra que iba a constituir pequeñas islas), representa solamente una parte del tema tratado: es decir, la creación y su recuerdo dramático asociado al poder y a la sustancia divina, presente en los descendientes más próximos (portadores de una sustancia divina más densa) al antepasado común.
Como hemos comentado en el capítulo II, el Preclásico Medio, y por ende, el fenómeno olmeca, se inscriben plenamente dentro de la trayectoria cultural mesoamericana y no
están en su origen. En las cálidas tierras del Golfo, en plena “área metropolitana olmeca”,
el culto al cerro y la tradición de modelar plataformas y pirámides, debió fundamentarse en las características peculiares del entorno ambiental. En estas tierras, las pequeñas
116
Comenta al respecto Taube: “According to Elizabeth Benson (1971), the mosaic motif represent the World Center and quite possibly de site of La Venta.”(Taube, 2004a: 19). [De acuerdo con Elizabeth Benson (1971), el motivo del mosaico representa el centro del mundo y posiblemente el sitio de La Venta.]
lomas que sobresalen de las tierras aluviales, debieron constituir el modelo natural principal que permitió recuperar e implementar en estos territorios el culto a los cerros como receptáculo de las fuerzas cósmicas vinculadas a la reproducción social de la comunidad.
Según nuestra interpretación, coherentemente con el panorama explicativo antes propuesto, el mosaico de serpentina representa una reproducción sintética117 del cosmos después de la creación, donde se reproduce el ideal de movimiento, que está en la base de una interpretación propia de las categorías de temporalidad y de espacialidad. Este esquema cósmico está asociado, a través de una iconografía esclarecedora, a la idea de muerte y regeneración del proceso vegetal como eterno sacrificio, como un eterno deambular de los
seres del mundo, como consecuencia del “pecado” primigenio de la creación, necesario a la
vida.
El motivo de las “bandas cruzadas” queda aparentemente definido como punto de convergencia de las cuatro esquinas del mundo representadas por una parte del proceso del
ciclo vegetal del maíz, que para nosotros es la semilla “caliente”, que substituye
metafóricamente al Sol y cuyo principio contrario, que origina el “pecado”, es precisamente el agua “fría”, “subterránea”, necesaria al crecimiento de la planta118.
Dentro de este contexto, los elementos de la “E hacia abajo” y el “escalón doble”, son
otra síntesis más de la idea de la unión de las sustancias opuestas y complementarias. Si el primer motivo puede ser relacionado con el frío y la lluvia119, el segundo está
evidentemente vinculado con el “calor” y quizás, el poder120.
Como bien manifiesta la lámina principal del códice Feyérváry-Mayer (lámina 24), vemos que cada región del universo está formada por una pareja de divinidades que sintetizan la lucha entre fuerzas opuestas y complementarias. López Austin, nos hace notar
117 Lo que significa que, en él, están presentes las mismas fuerzas que debieron caracterizar el momento de la
creación, conforme a la creencia que hacía de la imagen, no una simple representación, sino el receptáculo mismo de las sustancias divinas presentes en el material utilizado y en las escenas o sujetos representados.
118
La oferta masiva es precisamente la devolución de este “pecado”.
119 Hemos anteriormente expuesto la idea que este símbolo pueda ser una representación estilizada de las
nubes y por ende, del principio “frío”.
120 Como señala Guiteras Holmes y muchos otros estudios etnográficos acerca de las comunidades indígenas
de México, lo “caliente” está íntimamente relacionado con los servicios prestados al grupo y por consiguiente, con la autoridad que deriva de la asunción de éstos (Guiteras Holmes, 1965) (López Austin, 1994).
con respecto a Tamoanchan: “Tamoanchan es uno, cuatro y cinco al mismo tiempo: es el
árbol florido; el árbol se proyecta a los cuatro árboles floridos que separan y conectan Cielo e Inframundo, y todos, los cinco, son los lugares en que se da el proceso cósmico. Tamoanchan es, con esto, doble síntesis: de la horizontalidad del cosmos, como árbol de cuatro colores, y de la verticalidad del cosmos, como árbol de dos ramas en movimiento
helicoidal.” (López Austin, 1994: 224 – 225).
Los principios opuestos y complementarios se encuentran en las esquinas del mundo121. Pueden ser representados mediante muchos símbolos que remiten a un proceso particular de la dinámica cósmica que se quiere manifestar y dramatizar. En el caso del mosaico de serpentina, el maíz constituye el paradigma principal del ciclo de muerte y regeneración del universo. La dualidad expresada en la semilla, es una metáfora de la acción de las fuerzas divinas que participan dentro de la dinámica cósmica, garantizando, al mismo tiempo, la continuidad del grupo humano122.
Las “bandas cruzadas”, conocidas también por la tradición de estudios olmequistas
como “Cruz de San Andrés”, representan el emblema del recuerdo de la unión primordial
entre principios opuestos y complementarios que dan vida a la conformación del cosmos presente y, al mismo tiempo, constituyen el símbolo del equilibrio necesario para que el mundo sobreviva. Cada vez que encontramos este símbolo en otros contextos, sabremos pues, que su presencia señala un evento primordial que está en la base de la creación y de la historia misma del grupo y de su existencia en el mundo. Los seres señalados por este motivo iconográfico, son las entidades que participaron o derivaron directamente de los sucesos de la creación del mundo, de los animales, de las plantas, del hombre y de los grupos.
La barra central, además que señalar el rumbo del cual nace (en su extremidad oriental) y hacía cual se pone (en su extremidad occidental) el Sol en su recorrido diario y anual por los límites del cosmos (arriba, abajo, izquierda, derecha y los puntos intermedios) (lámina 37), podía representar también, un símbolo de poder. Lo que por lo contrario parece
121 Hemos visto, en el curso del capítulo anterior, como el ciclo de vida y muerte esté sumergido en la perenne
presencia de la lucha de las sustancias opuestas y complementarias a lo largo de la trayectoria cósmica.
122 Graulich, aludiendo a la influencia del planeta Venus en el proceso vegetativo, remite a las figuras de
Cintéotl (masculino, calor) y Chicomecóatl (femenino, frió), como dos principios que intervienen en el nacimiento y maduración de la semilla (Graulich, 1999: 221).
manifestarse, es la presencia, aunque indirecta como el mismo símbolo de las “bandas cruzadas”, de lo que Joralemon define el motivo “Cruz Kan” (Joralemon, 1990: 15).
En la lámina 37a, en particular, se ve este símbolo asociado a lo que para nosotros es otra representación del drama de la creación123. En nuestra opinión la “Cruz Kan”, sintetiza
perfectamente los rumbos y los límites del cosmos, imaginados por la comunidad de La Venta y anticipa la representación de reconstrucciones más elaboradas y detalladas como aparecen en el Códice Madrid (páginas 75 y 76)124 y en el Códice Fejérváry-Mayer (página 1)125. Los emblemas que constituyen el remate inferior del mosaico, podrían estar asociados al mismo concepto, dado que en ellos, se sugiere en parte la forma de una cruz (lámina 38) y se repiten, por el número de las placas de serpentina, los numerales cuatro y cinco, asociados a la matemática ritual del universo126.
Cosmos, ciclo vegetal y vida del hombre, parecen estar sintetizados y metaforizados en la idea del quincunce de La Venta127. Esta representación, que es al mismo tiempo, una ofrenda y una devolución no solamente simbólica, está evidentemente asociada a un poder político que garantiza la vida del grupo encausándola rumbo a las sendas de la regeneración continua y del equilibrio como lucha eterna de principios opuestos y complementarios (lámina 39).
El entierro que se encuentra en la parte norte del recinto ceremonial, es otra reproducción del drama cósmico en clave política; al sur el cerro, morada de los antepasados y recuerdo de la aventura mítica de la creación; al centro, las ofrendas que
cicatrizan el “pecado” primigenio que se repite diariamente como principio necesario de la
vida, y que designan la compleja estructura del cosmos sintetizándola en la idea de movimiento; al norte, el testimonio de la existencia de un orden político jerarquizado que se justifica remontándose al tiempo mismo de la creación, donde la atribución del dios patrono a la comunidad, ha generado un mecanismo por el cual, determinados individuos, en razón
123 Trataremos este complejo iconográfico sucesivamente. 124 Códice de tradición maya yucateca.
125 Códice de tradición nahua. 126
El elemento en forma de cruz (Cruz Kan) está relacionado, en la iconografía maya, a la divinidad del maíz.
127 A nuestra manera de ver, esta asociación comparativa, no es de ninguna forma casual, ya que la
“enfermedad” es un concepto abarcador, que no se relaciona simplemente con un disturbio del organismo por haber sufrido un desequilibrio de su sustancia divina, sino es un estatus posible que puede afectar el universo en todos sus aspectos, en el momento que se genera una instabilidad (movimiento de sustancia divina que se sustrae de sus actos normales) en la resbalosa armonía que gobierna el cosmos.
de una posesión mayor de sustancia divina que se convierte en una característica intrínseca de un determinado linaje, se confieren el derecho de representar al grupo frente a las demás comunidades y frente a la complejidad divina que forma el corazón de los diferentes planos del cosmos.
Organizada a lo largo de un eje norte-sur, la geografía cultural de La Venta, está orientada por un principio de autoridad y de control social (Ochoa y Jaime: 2000), mediante la presencia del cerro que se proyecta hacía arriba, poniendo en comunicación las esferas de la tierra-inframundo y del cielo; por el quincunce-mosaico de serpentina, que es el dominio de la tierra horizontal y del ciclo vegetal de las plantas y por último, por el entierro monumental que define la región de la muerte y de la regeneración: el inframundo.
En relación a este último aspecto, es decir, la división del cosmos según tres niveles principales (el inframundo abajo, el plano terrestre en el medio y el cielo arriba), podemos estar prácticamente seguros que el grupo que ocupaba La Venta durante el Preclásico Medio, ya había elaborado este esquema cosmogónico. Desde luego, estos tres diferentes lugares eran el escenario mismo dentro del cual se combatía la eterna lucha de los
contrarios para redimirse del “pecado” primigenio.
El Sol dominaba las esferas superiores del cielo, representaba la suma sustancia
“caliente”, origen de todas las cosas del mundo. Sin embargo, como hemos visto, no estaba inmune de la lógica cíclica de vida-muerte-pecado, ya que estaba obligado, durante su
recorrido nocturno, a visitar el mundo subterráneo y “frío” de los muertos y de las fuerzas de la tierra y del agua. El Sol “caliente”, “seco” y “masculino”, participaba del drama del “pecado” como todos los cuerpos de la realidad fenoménica.
Para poder, sobrevivir necesitaba inmergirse en la unión pecaminosa con el agua y las fuerzas de la regeneración. De igual forma, el mundo subterráneo (el inframundo), lugar de
dominio de las fuerzas “frías”, “húmedas” y “femeninas”, necesitaba de la unión con el principio “caliente”. Para poder fecundar la tierra, el agua, saliendo de los montes y
anunciándose por medio del rayo, tenía que pasar por el espacio celeste, invadiendo de esta
forma, los territorios “calientes” del cielo. Dentro de este esquema el hombre se colocaba,
durante su vida terrenal, dentro del plano horizontal, en el centro de la creación donde la sustancia divina transitaba continuamente, ocupando integralmente la realidad fáctica de las
cosas e interviniendo activamente en los asuntos mundanos. Estos tres espacios estaban desde luego íntimamente relacionados mediante la idea del necesario devenir del mundo como encuentro de sustancias opuestas.
El sarcófago de La Venta (monumento 6 – lámina 3), evidentemente relacionado con el poder político de una élite que se justificaba en el mito, puede constituir, a nuestra manera de ver, una síntesis de los tres planos del cosmos: la lengua bífida, asociada a la serpiente,
representaría el dominio de las fuerzas “frías” del mundo de abajo que determinan la fecundación y regeneración de la vida; las “cejas flamígeras”, de acuerdo con Bernal (1968:
139), que se aprecian arriba de los ojos de la criatura, la vincularían con las plumas
“calientes” del ave y con la maduración de la planta del maíz, pertenecientes al mundo de
arriba128; además, como señala López Austin (1994: 117129), durante la preparación de los campos para el cultivo, cuando se quemaban las hierbas, el fuego producía el humo que según la tradición, se transformaba en lluvia (otra unión de contrarios)130.
No hay que descartar, por consiguiente, que el grupo que ocupaba el sitio de La Venta, profundo conocedor del ciclo vegetal de las plantas, pudo relacionar el humo con el encuentro de principios opuestos y complementarios (el fuego y las nubes de agua) y que
vinculase esta construcción conceptual, al motivo de las “cejas flamígeras”.
El cuerpo de esta entidad divina, de acuerdo con la interpretación de Reilly (1996), podría ser la figura de un caimán, que representa el plano terrenal del cual, brotan los frutos
del ciclo vegetal, bajo la forma de una mazorca de maíz madura con una “hendidura en forma de V” hacia arriba131. Su gran boca, de la cual brotan elementos vinculados con la
128
En algunos casos (lámina 40), las cejas de los personajes están vinculadas a otros elementos que hemos considerado “calientes”, es decir, la semilla sacrificada de la cosecha anterior presente como “doble escalón” que marca los cuatro puntos del cosmos, asociados con el Sol. Este simbolismo representaría la sustancia divina caliente y por ende, el dominio de la parte de arriba (el Cielo).
129
Fuente: Guiteras Holmes (1968; ver Bibliografía).
130
El humo, es considerado, un equivalente fenoménico de la neblina y la humedad, suma encrucijada simbólica del encuentro entre la sustancia “caliente” y “fría”, necesaria para reproducir la vida. El humo- lluvia, liberado del maizal puede, de esta forma, regresar a su lugar de procedencia originario e incorporarse a la esencia de su dueño, hasta cuando no será necesario un nuevo préstamo que bajo el disfraz de la lluvia, fecunde mediante su sustancia altamente “fría” y “húmeda”, la semilla “caliente”, dentro de la fértil morada de la tierra (López Austin, 1994: 162, 163).
131 La función de espejismo de este motivo con aquel de la lengua bífida de la serpiente representado en el
mismo monumento, parece ser significativa de un simbolismo que utiliza los motivos iconográficos como consecuencia previa de un sistema de representación fundamentado en una interpretación particular del cosmos.
vegetación (ellos también caracterizados por una hendidura en el centro), representaría la cueva, lugar de comunicación del plano terrenal con las fuerzas del inframundo.
No cabe duda que el color verde, y la forma dada a la piedra de serpentina mediante la cual se construyeron los mosaicos-ofrendas, se vinculan con el culto al agua y a la fertilidad. Excavaciones en el sitio de La Merced, llevadas a cabo por Ponciano Ortiz y Carmen Rodríguez cerca del área ceremonial de El Manatí, han permitido descubrir una ofrenda masiva de lajas de serpentina, depositadas verticalmente por la parte más ancha y dispuestas alrededor de una figura (Monumento 1132) que representa una entidad relacionada al ciclo vegetal (Ortiz y Rodríguez, 1997).
En el caso del Preclásico Medio, a excepción de los Valles Centrales de Oaxaca, no podemos de ninguna forma, demostrar la existencia de una cuenta caléndarica que determinaba la llegada de la sustancia-tiempo en el plano horizontal de la vida del hombre. Sin embargo, debió ya existir la idea en nuce en los territorios de la Costa del Golfo durante este periodo, ya que es evidente el profundo conocimiento que estas comunidades debieron haber organizado alrededor de las regularidades fenoménicas visibles en relación con el ciclo del cultivo de las plantas, en particular del maíz.
4. Teopantecuanitlán, Guerrero