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PART I: sECTION 2 – REsOURCEs

I.2.1 HUMAN REsOURCEs ANd dEVElOPMENT fACUlTY ANd sTAff A fACUlTY/sTAff

Mi primera memoria de una devaluación es aquella en que el colón costarricense se devaluó de 6,60 por dólar a 8,65 por dólar. Recuerdo bien que hubo gran frustración por parte de los empresarios y comerciantes que vieron cómo se les encarecían las importaciones y satisfacción por parte de los exportadores, cuyos costos se aliviaban en relación con sus ingresos. La segunda ocurrió mientras estudiaba en INCAE. En diciembre de 1980 cuando–teniendo yo deuda en dólares para financiar mis estudios de maestría- el colón se devaluó de golpe de 8,60 a 14,00 por dólar. Y no de detuvo ahí. Para cuando me gradué en 1982 el colón – que semanas atrás había llegado a un máximo de 66 por dólar- parecía estabilizarse en 40 por dólar. Los salarios que ofrecían las empresas a los nuevos graduados -en colones- representaban apenas unos cuantos dólares, aunque no sonaban tan mal en colones. Yo tuve la gran suerte de conseguir trabajo como asistente de la presidencia de la Corporación MasXMenos, en la que tuve la oportunidad de trabajar al lado de uno de los grandes empresarios de todos los tiempos en la región: don Enrique Uribe P.

A pesar de todo lo que aprendía cada día, me da pena confesar que apliqué a un puesto en el INCAE que pagaba en dólares y cuando se me hizo una oferta concreta para incorporarme como investigador con un salario denominado en dólares, abandoné a don Enrique y MasXMenos y me trasladé a la que sería mi casa laboral por los siguientes 25 años. No me arrepiento, el trabajo académico y en pro del desarrollo en INCAE resultó ser mi verdadera vocación. Pero la verdad es que me trasladé por una cuestión de tipo de cambio. Estaba a punto de casarme y necesitaba ingresos un poco más altos.

Cuento esto porque para cuando en 1986 tuve mi segunda gran experiencia con la devaluación de una moneda, mi sensibilidad al tema era grande. Recuerdo también que en ese tiempo hablar de devaluación en Guatemala y Honduras era prácticamente una “herejía económico-empresarial”, a pesar de que todos sabíamos que sus monedas estaban significativamente sobrevaluadas. Los empresarios de estos países –que siguen siendo relativamente conservadores en el manejo del tipo de cambio- pensaban que “desestabilizar” la economía por medio de una devaluación conduciría muchas empresas a la quiebra y causaría una crisis social de grandes proporciones. Parecían no darse cuenta que el valor relativo de una moneda es –en buena parte- función de la productividad agregada de una economía frente a la de sus socios comerciales y financieros y que sus términos de intercambio -como exportadores de materias primas que eran- se estaban deteriorando cada día y cada año que pasaba.

El final del cuento es aun más grave. Se refiere a la hiperinflación y devaluación del Córdoba en Nicaragua. Recuerdo haber estudiado las grandes devaluaciones de la historia –el marco alemán en los años 20- y algunas de nuestra

región –particularmente en Argentina y Bolivia-. Pero no fue sino hasta que tuve que pagar varios millones de córdobas para adquirir un refresco en el parque de Granada que el verdadero peso de una hiperinflación y devaluación me golpeó con toda su fuerza. Recuerdo haber calculado con amigos que en agosto de 1986 la inflación había llegado a un ritmo que anualizado sería de 55000%. El gobierno tuvo que sellar con tinta común los billetes, agregando seis ceros a cada uno para facilitar la logística del comercio diario, pues por unos meses fue necesario andar bolsas de billetes para pagar cualquier cosa. De la manera más simpática –o trágica- el tipo de cambio oficial seguía en 10 córdobas por dólar de manera que quienes estudiaron en INCAE con becas del Banco Central podían seguir comprando dólares al 10 por uno. Sé de alguien que aprovechando la situación le pagó al banco central el equivalente de 28 dólares al tipo de cambio de la calle para comprar los US$ 6000 al tipo de cambio oficial que adeudaba de su maestría.

Nicaragua se empobreció a una velocidad asombrosa. Quienes nos hemos tomado la molestia de medirlo en términos del ingreso per cápita sabemos que el país volvió a los niveles de 1940, pues su productividad se desplomó totalmente. En un ambiente tal es imposible hacer proyecciones económicas y financieras o establecer precios y costos de bienes y servicios y por lo tanto toda inversión productiva nueva cesa. Las transacciones económicas se reducen al mínimo porque lo que uno tiene – adquirido a un valor X- es casi de seguro más valioso que lo que puedo adquirir con lo proveniente de su venta. El valor de las cosas se deshace en horas y días, ya no en años y lustros. La adquisición de bienes y servicios se reduce al mínimo necesario pues nadie sabe cómo valorar lo que no es indispensable. Uno de los ejemplos más dramáticos de la pérdida de valor de la moneda fue dado por el uso de las monedas -perforadas ya fuera con taladros o con martillos y cinceles- como arandelas y empaques en los clavos y tornillos usados para sostener láminas de techo, pues era más barato perforar y usar la moneda que tratar de comprar una verdadera arandela con ellas.

Por eso cuando empezaron a promulgarse en la región los programas de estabilización del FMI y luego los programas de ajuste estructural del Banco Mundial –aunque no se hayan dado cuenta nunca- contaron en mí con un entusiasta vendedor. Es claro que la estabilidad económica per sé no mejora la productividad ni crea riqueza, pero sin ella la realización de inversiones y transacciones comerciales disminuye, con lo que se erosiona la productividad de los activos existentes y se suspende la inversión en nuevas empresas y tecnologías. ¿Quién va a querer invertir en activos cuya productividad potencial estará limitada por una economía sin dinámica transaccional?

En esa época fue cuando oí por primera vez la frase que luego sería repetida –por mí y por muchos otros en toda la región- para explicar la importancia de una economía en la que fuera posible para los empresarios y gobernantes proyectar la productividad de sus inversiones y activos: “la estabilidad de la economía es una condición necesaria más no suficiente del desarrollo económico.” La capacidad del ser humano para repetir sus errores no deja de asombrarme. Espero que cuando menos esta lección si haya sido aprendida para siempre. Su enunciado es sencillo. A veces su ejecución práctica no lo es tanto.

S E I S

-1987-