Con la llegada de Napoleón a España el panorama europeo de alianzas se modificó en función de la invasión y de la amenaza que ella suponía a la hegemonía inglesa. En el Río de la Plata el episodio era interpretado en relación al futuro incierto de la corona española y se produjo un expreso rechazo oficial al gobierno francés y a las manifestaciones de esa nación que pudieran visualizarse en las colonias.
Frente a la abdicación de Fernando VII y su condición de prisionero de Napoleón, si bien la adhesión al rey cautivo era unánime, se alzaban voces discordantes respecto del modo en que se podía resolver el problema de la vacancia real. Los americanos podrían sacar ventaja política del cautiverio del rey, dado que existían quiebres en la relación criollo-peninsular, incrementados a partir del reformismo borbónico. Sin embargo, estas enemistades quedaban solapadas en la coyuntura de la amenaza napoleónica, momento en el cual los textos apuntan a fomentar la unidad y no la discordia. La difamación del extranjero se corresponde con el giro que se había producido en las relaciones entre las potencias europeas y el consecuente peligro que ello implicaba para la integridad del espacio americano.
La crisis del imperio español, finalmente concretada con el derrocamiento de su monarca, era advertida por quienes habían tenido protagonismo en el escenario político y militar bonaerense. Desde Cádiz, Pueyrredón redactó una proclama que remitió al escuadrón de húsares en septiembre de 1808. Noemí Goldman (2009) afirma que, en enero de 1809, cuando Pueyrredón regresaba de una misión en España, fue llamado ante el gobernador Francisco Javier de Elío en Montevideo. Se le inspeccionaron los papeles que traía consigo, y se dispuso su detención e incomunicación. El inventario arrojó la existencia de documentos, entre ellos la proclama citada. La misión de Pueyrredón en la península tenía como objetivo informar a la corte sobre los sucesos de las invasiones inglesas, pero fue sorprendido por los motines que pusieron fin a la monarquía con la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII tras la invasión napoleónica. El proceso iniciado contra Pueyrredón, pone de manifiesto que, mientras en España se desarrollaba el movimiento juntista, en América, las autoridades virreinales trataban de ocultar o frenar la difusión de esas noticias provenientes de la península (Goldman, 2009, pp. 11 y 71-73).
En la proclama Pueyrredón se dirige a los “generosos compañeros”, tratamiento con el cual estrechaba el vínculo con quienes habían sido sus subordinados durante las invasiones inglesas, y a quienes atribuía las “glorias” y el “honor americano” que aseguraron la “independencia” frente al enemigo durante la invasión de 1807. Este carácter heroico atribuido al cuerpo miliciano, se acompaña de la exposición de la situación bélica que presentaba Europa a causa de la expansión y la conquista napoleónica. El peligro de que pudiera extenderse a los dominios americanos se advierte como una posibilidad cercana, por lo cual este discurso apela a que la “naturaleza” demostrara acciones inesperadas frente a la perspectiva europea, que subestimaba el potencial americano.
La Europa se aniquila […] con guerras y conquistas: su situación es violenta y horrorosa. Sus ciencias y artes parece que la quieren abandonar. Los triunfos de la Francia y su ambicioso jefe son insaciables de dominación; y aún esos infelices países no estaban libres de sus miras. ¡Qué insensatez, qué orgullosa pretensión! […] ignoran el fuego eléctrico que corre en vuestras venas. Ya desaparecieron aquellos siglos felices, para hacer el juguete de esos puntos y sus habitantes. Si compatriotas: la América meridional ocupa la atención de este antiguo mundo. Juzgan su apatía, debilidad e ignorancia para disponer de ella como de una cosa inerte: pero ignoran los auxilios que derramó en ella la naturaleza (Mayo Documental, 1961-1965, t. III, pp. 151- 152).28
Coincidente con el sentido de la proclama de Saavedra de 1807, el ejemplo de heroicidad manifestado contra la invasión inglesa podría tener una réplica, no menos gloriosa, ante un eventual ataque francés y, más allá de estas circunstancias coyunturales ante las dos máximas potencias europeas, estos discursos adquieren un contenido contestatario ante cualquier intromisión extranjera.
Los testimonios de Saavedra y de Pueyrredón se fundamentan y legitiman en su condición de comandantes de milicias durante las invasiones inglesas, al tiempo que justifican su advertencia acerca de potenciales ataques externos, cuestión que se hace visible con la invasión napoleónica a partir de 1808. El enemigo francés acechaba y era necesario precaverse sobre el mismo.29
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La colección Mayo Documental, incluye una selección de documentos oficiales y proclamas de diversa índole producidos en los años 1808 y 1809, editados entre 1961 y 1965 por el Instituto Ravignani.
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François Guerra sostiene que los sucesos acaecidos a partir de 1808 tuvieron un enorme impacto tanto en España como en América. Con la llegada de las noticias sobre la crisis peninsular comenzaron las expresiones de patriotismo hispano, rechazo a la invasión
En otra proclama de carácter oficial, de octubre de 1808, impresa en Buenos Aires en la Real Imprenta de Niños Expósitos y dirigida a los habitantes de la ciudad portuaria, se utilizan similares argumentos de heroicidad frente a los ingleses, al mismo tiempo que se apela a la necesidad de mantener la fidelidad a Fernando VII y rechazar cualquier otra autoridad que no emanara de él. La proclama pretendía neutralizar la acción que, desde Montevideo, se promovía para desconocer la autoridad del virrey Liniers, al tiempo que se estimulaba la acción de los habitantes de Buenos Aires para frenar posibles amenazas externas. Este documento se inscribe en los sucesos que terminaron con la detención de Pueyrredón en Montevideo en septiembre de 1808, y no deja resquicios de duda respecto del mantenimiento de la fidelidad al rey Fernando VII por parte de un virrey de origen francés.
[…] vosotros los comandantes de los victoriosos cuerpos de voluntarios habéis repetido la más alta prueba de lealtad y vasallaje a vuestro amado Fernando VII […] gloriaos desde ahora ejemplares héroes de que vuestras mismas terribles bayonetas que han sido dos veces el espanto y la destrucción de vuestros enemigos hoy son y serán para siempre el freno irresistible de los malvados, el sostén de las leyes, el escudo de vuestra religión santa y la más segura custodia de las provincias del Río de la Plata, Fernando VII […] la madre España y las naciones todas han de admirar en adelante con un asombro reverente y la imparcial posteridad se ha de esmerar en daros en la historia el lugar a que es acreedor vuestro último esfuerzo de fidelidad (Mayo Documental, 1961-1965, t. III, p. 233).
Desde las proclamas oficiales, emanadas de la autoridad virreinal o del Cabildo, se construye la figura del emperador como un “monstruo”, con una amplia gama de calificativos denigratorios. Como “usurpador” y “profanador de leyes” era el enemigo al que había que combatir y se apela a la fidelidad de los americanos hacia Fernando VII, figura “inocente y desgraciada”, víctima de la “maldad” de Napoleón. Se incentivaba, de este modo, la necesidad de la lucha americana junto a la de andaluces, valencianos, aragoneses, catalanes, vizcaínos, asturianos, gallegos, extremeños y castellanos. América tampoco se inclinaría ante el enemigo y es equiparada a las diversas “naciones” de la península.
francesa, lealtad al rey cautivo y visión plural de la monarquía concebida como la reunión en la persona del rey de un conjunto de reinos y provincias (Guerra, 2003, p. 429).
A los españoles americanos
Americanos, noble progenie de ilustres españoles, fieles cual nosotros a su monarca y ciegos adoradores de un mismo Dios eterno: el frenético y ambicioso conquistador, el malvado y declarado enemigo de la humanidad, un hombre sin moralidad ni carácter, un monstruo de perfidia e ingratitud sin igual, el audaz y sacrílego profanador de leyes, derechos y religión; en una palabra Napoleón Bonaparte […] Este feroz hombre sin virtud alguna, adornado de todos los vicios, y el hipócrita más disimulado que se ha presentado en el Universo, después de haber arrebatado con el más negro dolo del seno de sus amados vasallos al inocente y desgraciado Fernando [...] lo tiene desterrado y prisionero, en su reino, y nos ha dado ya un señor para que nos trate duramente como a brutos.
[...] Pero americanos, ya Dios nos ha despertado y España toda está alarmada. No estamos seguros aunque estos muros inmóviles, antiguos y guerreros como el mundo nos esparcen de ese bárbaro déspota y de esa nación regida. Hemos de poner nuestras plantas sobre la cerviz altanera de la Francia [...] (Mayo Documental, 1961-1965, t. I, pp. 7-9).
Al mismo tiempo que se formulaba el rechazo al gobierno francés, al que se consideraba opresor y usurpador, se fortalece un discurso de unión entre americanos y peninsulares, cuyos sentimientos los convocaban en una causa común: la lealtad a Fernando y su pronta liberación del cautiverio, momento en el cual se le restituiría su reino americano “que supo guardarle ileso vuestro valor e inaudita fidelidad” (Mayo Documental, 1961-1965, t. II, pp. 170-171).
Esta apelación a la conjunción de los intereses españoles y criollos implica a la monarquía como manifestación de la patria, el rey es el pater al que se debía fidelidad. Era España la madre “ilustre”, “honrada”, “noble” y “generosa”, que se veía ultrajada por “un tirano ambicioso y déspota”. Si bien los conflictos entre criollos y peninsulares afloraban en algunos textos de carácter revulsivo, se veían solapados por la coyuntura de la crisis monárquica frente a la invasión napoleónica que privilegiaba, en la agenda política inmediata, la resolución del problema de la acefalía.
En este contexto de incertidumbre es conocida la adhesión de Belgrano y de Castelli hacia la figura de Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII y esposa del príncipe regente de Portugal, como posible sucesora de su hermano mientras éste permaneciera cautivo. Con un claro sentido pedagógico Belgrano reproduce, en 1808, la ficción de un diálogo entre un castellano y un americano en el que se reflexiona sobre la imposición del gobierno francés a la metrópoli española. Se reeditan en el texto concepciones políticas de raíz hispana vinculadas a la
“constitución y las leyes”, aplicables a los dominios coloniales americanos.
Era la tradición pactista, de reasunción de la soberanía por parte de sus depositarios originales, los pueblos, en el sentido de comunidades locales unidades por el amor al soberano, la que primaba en el caso de que se produjera la caducidad del poder monárquico.30 Respecto de la identidad política y de los enfrentamientos debía evitarse la fractura entre “europeos y americanos” porque una “guerra civil” debilitaría a ambos y los dejaría a expensas de posibles dominaciones. Se reconoce la dificultad de constituirse en una república debido a la ausencia de “las bases de conocimientos y riquezas reales y verdaderas” (Mayo Documental, 1961-1965, t. I, p. 4).
Ante una coyuntura donde se discutía la cuestión de la legitimidad política, la opción que defendía Belgrano, frente a la caducidad del poder real, era la propuesta carlotista, representante “libre” de la dinastía reinante en España. Desde la perspectiva sociocultural el diálogo ficcional arriba citado une, en un destino común, a ambos colectivos (españoles y criollos), independientemente de sus orígenes geográficos. Desde el punto de enunciación americano se proyecta un futuro político en el que ambos se verían involucrados. El diálogo redactado por Belgrano, en septiembre de 1808, es una expresión de la incertidumbre que generaba el cautiverio del rey y de la función pedagógica que le cabía al americano respecto del español, quien se presenta como menos informado y más aturdido respecto de los sucesos europeos.
Americano: Haciendo vivir en estos dominios la España con su constitución, y leyes, esto es siguiendo la monarquía española bajo el dominio representativo que la constituye, con arreglo a los fundamentos primordiales de Castilla, de aquí se deduce que debemos hacer subsistentes los derechos de la casa reinante y por consiguiente, no existiendo otro representante de ella libre, sino la señora infanta, a quien le toca el derecho, debemos poner en ella los ojos, para que sea la representante de la soberanía entretanto dure el cautiverio de nuestro Fernando VII, si otro de sus hermanos con mejor derecho pueda tomar el lugar que le corresponde, y esto es lo que muy de antemano ha dicho nuestro actual jefe y magistrados cumpliendo con lo determinado en las
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En la tradición hispana el pacto de sujeción unía al monarca con los súbditos, reunidos en cuerpos, e implicaba al rey como dispensador de justicia. Ante la acefalía del poder hispano se originaron, tanto en España como en América, diferentes debates que reeditaron la tradición pactista para resolver el problema de la vacancia del poder real. Respecto de la tradición pactista y las reconfiguraciones del lenguaje político véanse los textos de Elías Palti (2007) y François Xavier Guerra (1998) y (2003).
cortes en 1789 y evitando así que tengan lugar las ideas poco fundadas de los que piensan movidos por intereses particulares y no de los de la justicia. Castellano: cómo me complace el oír de usted el lenguaje de un verdadero castellano. ¿Y no encuentra el inconveniente de que seamos portugueses? Americano: mal podemos ser portugueses, si la España revive en todos los sentidos, y si nosotros guardamos los fueros y privilegios de nuestra nación; y así como los castellanos no fueron aragoneses, ni éstos castellanos, porque la reina de Castilla Isabel se casó con el Rey de Aragón Fernando, así tampoco nosotros seremos portugueses porque nuestra infanta esté casada con el príncipe regente del Portugal y Brasil (Mayo Documental, 1961-1965, t. I, pp. 4-5).
Una de las líneas que evidencia la construcción de representaciones colectivas se relaciona con el origen, peninsular o americano. Las referencias al rey demuestran una actitud de fidelidad a su autoridad. Si bien se perciben rasgos diferenciales entre españoles y americanos, subyace un sentido de identificación entre ambos, en especial durante los conflictos bélicos con un enemigo externo, que involucraba la lucha durante las invasiones inglesas y se extendían a la guerra contra la Francia napoleónica.
De este modo, frente a la ‘otredad’ representada en el dominio extranjero de los franceses, se revitaliza un ‘nosotros’ que involucraba a dos construcciones colectivas: españoles europeos y españoles americanos. Por un lado, el sentido de pertenencia a España y la fidelidad al rey permiten advertir una homogeneización o fusión de dos grupos cuando se trataba de enfrentar al ‘otro’ que se constituye como enemigo externo. A la vez, ante una realidad diferente, o bajo otras condiciones, la tensión social entre ambos se acrecienta y provoca un discurso reaccionario respecto de la posibilidad de compartir una denominación común: españoles.
En los documentos emanados de la Audiencia y del Cabildo de Buenos Aires se percibe la amenaza de nuevas invasiones a distintos puntos de la región rioplatense por parte de los portugueses aliados a los ingleses. Desde esta perspectiva, se descalifica a ambos por su connivencia en actos conspirativos contra los rioplatenses. Para denostar a los primeros la Audiencia informa a la corona acerca de los malos tratos infligidos a los habitantes de Buenos Aires durante los sucesos de las invasiones inglesas.
Entre los muchos excesos y desórdenes que con ultraje de las leyes y aún de la decencia se han cometido en esta fatal época, ningunos nos tocaron más la raya de un general escándalo que los criminales procedimientos del extranjero Guillermo White.
Este individuo que en clase de angloamericano proseguía un litigio sobre intereses considerables con el comerciante español don Manuel Jado se halló en esta ciudad al tiempo de su ocupación por los enemigos y aprovechando la introducción que le franqueaba la uniformidad de su idioma logró estrecharse con el general Beresford e intervenir por comisión suya en la administración y manejo de algunos ramos.
Verificada la reconquista se aumentaron las sospechas del trato criminal que había conservado White con los enemigos y habiéndose ordenado la internación de estos e igualmente la de todos los extranjeros sospechosos, fue conducido entre ellos a una de las guardias de la frontera de esta ciudad. Colocado White en aquel lugar arrojó la máscara con que hasta entonces había disfrazado sus criminales procedimientos, manifestó la unión más estrecha de intenciones e intereses con los enemigos, […] (Mayo
Documental, 1961-1965, t. II, p. 57).
En este contexto, el Cabildo emitió un oficio al Consulado de Cádiz por el cual solicitaba la provisión de armamento para combatir posibles ataques enemigos por parte del príncipe regente auxiliado por los ingleses. Para hacer efectiva la solicitud, se apela al “patriotismo y entusiasmo de innumerables vecinos”, cuya capacidad de resistencia se veía inhibida por la falta de armamento ante una invasión que se vislumbraba como “más temible que las anteriores” (Mayo Documental, 1961-1965, t. II, p. 94).
El temor a la unión de las coronas portuguesa y española bajo el predominio de la primera impregna el discurso oficial. Los sucesos recientes de las invasiones inglesas generaban el temor a nuevos ataques en connivencia con los portugueses. Por ello el Cabildo se hacía eco del “descontento” y calificaba de “extranjero” a un posible gobierno portugués, residente en América aunque, como se verá más adelante, este discurso no estuvo exento de ambigüedades.
En este sentido, es posible advertir percepciones que tendían a preservar los dominios españoles de cualquier injerencia por parte de la corona portuguesa mientras que, al mismo tiempo, Belgrano consideraba viable la opción carlotista, siempre en un marco de mantenimiento de la autonomía hispana, tal cual lo expresa el diálogo ficcional arriba citado.
La construcción discursiva del ‘otro’ lusitano en el Río de la Plata estaba connotada por una serie de factores, de índole especialmente política, que alteraron las relaciones hispano-lusitanas, especialmente a partir de la presencia de la corte portuguesa en Brasil, desde enero de 1808 con motivo de la llegada de Napoleón a
la península el año anterior, y del contexto conflictivo y guerrero desatado con la revolución a partir de 1810.
Las representaciones sociales de esa ‘otredad’ y, a la vez, su relación con las prácticas políticas y económicas, se vinculaban a la cercanía con los dominios portugueses, lo cual implicó una serie de condicionamientos políticos. Asimismo, los lusitanos desarrollaron sus argumentaciones respecto de los proyectos en torno de aceptar la subordinación política rioplatense a la monarquía portuguesa en un momento histórico particular, como fue la llegada de la corona al Brasil motivada por la injerencia de Napoleón en la Península Ibérica.31
A través del análisis de los textos es posible advertir las resignificaciones producidas en la construcción de las representaciones de los luso-brasileños en la etapa tardo-colonial, en estrecha relación con la coyuntura bélica europea, generada por la invasión napoleónica en 1808 y las posibilidades de estimular los vínculos económicos. 32
Los textos oficiales, particularmente aquellos documentos emitidos por los Cabildos de Montevideo o de Buenos Aires respectivamente, permiten identificar un primer segmento discursivo, derivado de la posición de las autoridades coloniales que alude al temor que se generó en el Río de la Plata frente al traslado de la corte portuguesa al Brasil. Ante esto el Cabildo de Montevideo, en marzo de 1808, exponía sus recelos al de Buenos Aires acerca de ese acontecimiento. Se temía al estallido de una posible guerra que la ambición de “los vecinos” pudiera producir, en cuyo caso la escasez de hombres, armas y dinero produciría la derrota de las tropas rioplatenses. Montevideo reclamaba la asistencia a Buenos Aires, para lo cual apelaba al éxito que la última había tenido frente a las invasiones inglesas.