franceses se convirtieron en enemigos de los españoles, la condición de extranjero de Santiago de Liniers no había constituido un obstáculo para llevar adelante una exitosa carrera en el ejército al servicio de la Corona española. Era una figura destacada política y militarmente en esta primera década del siglo diecinueve, cuyo
protagonismo, durante la organización de las tropas frente a las invasiones inglesas y posterior triunfo, le habían granjeado un importante apoyo de la sociedad porteña por lo que, ante la deposición de Sobremonte, el Cabildo de Buenos Aires lo designó como virrey provisorio en 1807, nombramiento ratificado por el rey al año siguiente.
Sin embargo, a partir de la invasión napoleónica la figura de Liniers, hasta ese momento glorificada por su desempeño al frente a las tropas que vencieron a los ingleses, fue objeto de ataques más o menos solapados que lo instituyeron en un enemigo cuyo comportamiento en la vida privada se hacía público en la medida que ello permitía descalificarlo y consolidar la posición política de la autoridad del Cabildo, con el cual el virrey mantenía una relación de competencia respecto de las atribuciones políticas. A pesar de los servicios prestados por Liniers a la corona española, las autoridades capitulares no lo consideraban “idóneo” para ocupar el cargo de virrey, por lo que se solicitó, mediante oficio a la Junta de Sevilla, su reemplazo por un jefe que reuniera las condiciones requeridas.
Es precisa una absoluta regeneración en el gobierno de esta América. Debe tener principio en el de esta capital de las provincias del Río de la Plata necesita de un jefe recto, íntegro, versado, capaz de sostenerla con la firmeza que se requiere por ser la llave antemural de todo este continente americano. El que actualmente la rige y gobierna, aunque sea lleno de mérito y acreedor de las liberalidades de Vuestra Alteza Serenísima por los servicios que ha hecho a la Corona, no es idóneo para mandar ni podemos descansar en él sin zozobras y sobresaltos […] Si ha de tener efecto la súplica de esta parte, dígnese Vuestra Alteza Serenísima nombrar persona de carácter y graduación por haber manifestado la experiencia de los jefes provistos sin ella, no han aspirado a otra cosa que a sus ascensos por medios viles y bajos, olvidando los deberes de su cargo y prostituyendo en todo la observancia de las leyes [...] (Mayo Documental, 1961-1965, t. III, pp. 56-57). Este oficio del Cabildo, fechado en septiembre de 1808, connota al francés en sentido negativo y lo personifica en la figura del virrey, quien se constituye como un chivo expiatorio que fortalece la postura del Cabildo frente a la presencia francesa en la península.
La idoneidad de Liniers se pone en duda respecto del futuro de la “patria”. Sus vínculos con los portugueses, franceses e ingleses durante las invasiones de 1806 y 1807 y la protección a individuos provenientes de esas naciones, incluido el irlandés Edmundo O`Gorman, son referencias insoslayables para denostar al virrey. La ofensiva del Cabildo, de la Audiencia y del gobernador de Montevideo dirigida a Liniers se argumentaba en que su origen lo hacía sospechoso de connivencia con
Napoleón. Conductas de carácter público y privado son las que se enfatizaban a la hora de cuestionar la autoridad del virrey. Ejemplo de esto es la promoción del libre comercio con Francia, a partir de una circular impresa con la anuencia de Liniers, la cual se advierte como una actitud favorable a los franceses en desmedro de la fidelidad a Fernando VII y así lo denunciaba el Cabildo a la corona, aunque el rey permanecía cautivo. Se acusaba al virrey de traición y de promover la desunión entre los habitantes. Su condición de “extranjero” lo inhabilitaba para el cargo que estaba ejerciendo, por lo que el Cabildo de Montevideo también solicitó su remoción, mediante oficio, al Cabildo de Buenos Aires.34
[…] importa en fin que un virrey extranjero y sospechoso levante sobre nuestras ruinas el monumento eterno de sus venganzas. Esto es lo que importa en los proyectos del Gran jefe, y a esto se dirigen las injuriosas proclamas de sus satélites, y las escandalosas providencias con que nos aturde a cada momento, conspirando a enervar nuestras fuerzas y exterminar a cuantos han tomado alguna parte en la causa de Fernando VII […] (Mayo
Documental, 1961-1965, t. IV, p. 13).
El enfrentamiento entre las autoridades de Montevideo y las de Buenos Aires tuvo otras manifestaciones para la misma época, por ejemplo el episodio de la detención de Pueyrredón, a comienzos de 1809 cuando, entre su equipaje, se encontró la proclama dirigida al escuadrón de húsares en la que enfatizaba la necesidad de prepararse frente a una eventual incursión de los franceses en territorios americanos.
Es evidente la desconfianza que generaba la organización de las milicias criollas, de las cuales también había participado Liniers durante las invasiones inglesas, entre las autoridades del Cabildo de Montevideo que, en el contexto de la invasión napoleónica no dudaba en apelar a la condición de extranjería de Liniers para solicitar su desplazamiento.
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Uno de los motivos por los cuales Liniers se encontraba cada vez más enfrentado con el Cabildo de Buenos Aires es porque ambos se disputaban el control sobre las milicias. Ante la crisis producida en la península por el trono vacante, Liniers era una víctima de la opciones que se abrían. Los contactos iniciados por la infanta Carlota llevaron a que el Cabildo lo acusara de connivencia con los portugueses e ingleses, con el objetivo de declarar la independencia de la monarquía española. En segundo lugar su condición de francés lo colocaba en una situación comprometida y quien con mayor ahínco acusó de pro francés a Liniers fue el gobernador de Montevideo Javier de Elío. Estos conflictos reavivaban las antiguas rivalidades entre Buenos Aires y Montevideo (Ternavasio, 2009, p. 57).
Por su parte, Liniers defendió su proceder con insistentes apelaciones a los servicios que había prestado al “rey y a la patria”, con “honor y fidelidad”, especialmente durante el proceso de reconquista durante las invasiones inglesas. Sus críticas iban dirigidas al gobernador de Elío, a quien, mediante una carta remitida a la Junta de Sevilla, acusaba de efectuar tratativas con los portugueses.
[...] Elío se entiende directamente con los portugueses sin mi noticia, lo que puede producir peligrosas consecuencias, si se atiende a que su carácter feble, precipitado, y nada reflexivo no solo puede comprometer el honor nacional, sino implicar sus discursos con los míos dando lugar a que se dude de la sinceridad y buena fe del gobierno español (Mayo Documental, 1961- 1965, t. IV, pp. 66-68).
Liniers también envió correspondencia a la princesa Carlota, en la que hacía referencia a los servicios que había prestado a la corona española, enaltecía a los monarcas ibéricos y descalificaba la acción y la persona de Bonaparte como “vil”, “infame”, y “usurpador extranjero” del trono de los “legítimos soberanos”, cuyos derechos debían ser repuestos contra el “enemigo común” para defender la integridad de los dominios.
El emperador en su carta después de hacerme mil ofertas halagüeñas, me hacía responsable de sus resultas. Hombre vil e infame, acostumbrado a verte rodeado de aduladores, los españoles te enseñarán, que no es lo mismo combatir contra tropas mercenarias, que contra una nación enérgica y elevada al colmo de la indignación y amor patriótico: los verdaderos franceses, por quienes has adquirido tus glorias, cuando tus guerras eran justas, y se han sometido a ti para huir de la anarquía, serán los mismos en abandonarte, llenos de rubor de haber visto el trono de sus legítimos soberanos prostituido y ocupado tanto tiempo por un extranjero, cuya inmoralidad y bajeza corresponden a su estirpe […] (Mayo Documental, 1961-1965, t. III, p. 64).
Asimismo, también las conductas privadas de Liniers fueron objeto de denuncias. En ocasión del casamiento de una hija suya con un joven francés, Juan Perichon, radicado en Buenos Aires, se sustanció un expediente porque se había violado la legislación indiana que disponía la prohibición de matrimonios de “virreyes, presidentes, oidores, alcaldes del crimen y fiscales de Audiencias en Indias”, sin licencia de la corona en los distritos donde se hacía efectivo el gobierno, tal cual lo disponía la ley número 82, del título 16, en el Libro Segundo de la Recopilación de Leyes de Indias. Esta legislación se hacía extensiva a los hijos e hijas de las
autoridades citadas mientras sus padres se mantuvieran en el cargo, bajo pena de ser removidos de los mismos. La disposición se justificaba en favor de una mejor gobernabilidad por parte de aquellas autoridades cuyos lazos parentales en Indias se limitaran a sus familiares directos (Recopilación de Leyes de los Reinos de las
Indias, 1841, pp. 251-251).
Al matrimonio de su hija con un residente francés sin previa licencia oficial, se suma otro dato de la vida privada del virrey. El Cabildo hizo público “el trato licencioso de una francesa, madame O`Gorman mujer del irlandés don Tomás O`Gorman”, y el nombramiento de un hermano de esta señora como ayudante de campo, enviado con documentos para Napoleón. Se acusaba a Liniers del nombramiento de residentes franceses a su servicio y de mantener vínculos comerciales ilegales con naciones no españolas, donde la residencia de la señora O`Gorman hacía las veces de “almacén y depósito de innumerables negociaciones fraudulentas”.
El objeto de Liniers parece no es otro sino que sean franceses los que mandan nuestras tropas [...] esta conducta del virrey ha llenado de zozobra al pueblo y al Cabildo de sospechas porque ve que ha prodigado los grados militares en términos, que a los que a poco ha vio de presidiarios trabajar con el grillete en las obras públicas [...] los ve absueltos y aún premiados [...] Que además de esto se ve que Liniers recluta con ahínco para su cuerpo: que quebranta las leyes municipales: que fomenta el contrabando y cita a este a propósito varios hechos escandalosos [...] (Mayo Documental, 1961-1965, t. VI, p. 84).
El expediente contra Liniers se sustanció entre fines de diciembre de 1808 y comienzos de enero de 1809, con motivo de la consulta del Cabildo a la Audiencia de Buenos Aires respecto de si correspondía al virrey la ratificación de los nuevos capitulares electos, dado que la violación de la ley mencionada implicaría su separación del cargo, por lo cual la cabeza virreinal quedaría vacante. Sin embargo, la Audiencia respondió que no tenía facultad y jurisdicción para separar al virrey de su cargo, prerrogativa que correspondía al rey.
En medio de una serie de intercambios de documentos en los que se aludía a la legislación vigente y a la competencia de las instituciones residentes en América, se produjo la asonada del primero de enero de 1809 organizada y dirigida por Martín de Alzaga, miembro destacado del Cabildo, contra la autoridad de Liniers que, finalmente, fue repelida por el cuerpo de patricios comandado por Saavedra.
La proliferación de documentos oficiales en torno de la figura de Liniers durante la crisis política de acefalía en 1808 manifiesta que las pujas y luchas de poder habilitaban la posibilidad, más allá de las consideraciones sobre la capacidad de gobierno del virrey, de producir denuncias sobre actos de la vida privada de una figura pública. Sin embargo, no todos los funcionarios acordaban con la posición del Cabildo sobre la necesaria remoción del virrey. Los fiscales de la Audiencia prefirieron no tomar partido y mantener un statu quo que beneficiara la integridad de las atribuciones del virrey debido a que la autoridad del monarca no podía hacerse efectiva dado que estaba cautivo. De este modo, Liniers se mantuvo un tiempo más en el cargo y, con el auxilio de las milicias patricias, logró desbaratar la conspiración dirigida por Álzaga.
Este hecho motivó que el virrey emitiera una proclama dirigida a los habitantes de la ciudad donde promovía “el restablecimiento del orden y la cordura” en favor de evitar amenazas contra la “patria”.
Las medidas necesarios para oponerme a la insurrección de que estaba amenazada la patria: estas no fueron secretas, sino públicas: procuré que nadie las ignorase para ver si podía intimar a los conjurados, pero el delito alucina a sus secuaces: la fatal seña se hace oír aunque tarde: la que yo tenía dada para el escarmiento y que hubiera hecho correr arroyos de sangre la suspendí para tentar el medio de la persuasión […] (Mayo Documental, 1961- 1965, t. VII, p. 115).
Si bien el interinato de Liniers finalizó a mediados de 1809, su victoria frente al Cabildo acalló, al menos temporalmente, los ataques de las autoridades hacia su persona. La fuerza de las armas terminó por dirimir las diferencias a favor de Liniers y re-legitimar la autoridad del virrey, al tiempo que el poder del Cabildo se veía menguado por la acción de las milicias.