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3.16 Discussion and implications of the findings 146

3.16.1 Hypothesis One 147

En resumen, la primera crítica —que reserva la admiración al enorme economista y cientista social que es Hirschman— impugna tanto la endogeneidad del ciclo como el consenso resultante de evaluaciones críticas del ciclo por parte del actor, sobre todo para el caso de América Latina. En la región, el pasaje de lo público a lo privado se dio sobre todo a partir de la imposición exógena de un nuevo modelo de desarrollo: el Nuevo Modelo Económico (NME). En particular, parece no haber habido un consenso más o menos racional o razonable sino una dosis alta de coacción estructural de mercado sumada a la coerción de parte de las IFIs.

Discrepamos pues con la interpretación de Albert Hirschman en virtud de su fundamento psicologista. El foco de Hirschman se centra en explorar factores endógenos para explicar el tránsito de épocas predominantemente “privadas”, en que los individuos tienden a retraerse de los grandes temas nacionales e internacionales en procura de una vida familiar o laboral, a otras épocas predominantemente “públicas”, de participación en el foro de debate. Para él, estos factores están relacionados con actos de evaluación crítica por parte de los individuos. Los actos de participación en los asuntos públicos, que se realizan porque se espera obtener una satisfacción, generan decepción e insatisfacción. La decepción esencial a la que están sujetos los seres humanos que participan proviene del universo de esperanza, del mundo de expectativas o del “proyecto” que ellos fabrican. O

más específicamente, com se dijo: proviene del desajuste entre la realidad experimentada y el proyecto imaginado, que es fundamentalmente abierto y maleable.

En cambio, desde una perpectiva de Economía Política el “ciclo de lo privado” no provino de actos de evaluación más o menos intersubjetivos y coincidentes en el tiempo sino de la implantación a escala planetaria de un modelo de desarrollo y acumulación que expuso a individuos y grupos a una extrema violencia de mercado, sumergiendo a los actores, más allá de su decepción subjetiva con lo público, en un mundo de vida distinto: menos laboral, menos sindical, más mercantil; asociado para las capas medias a la profesión, el trabajo y la familia; y vinculado a la exclusión en sectores vulnerables y en medios obreros fabriles ligados a la industria sustitutiva. “Privatismo familiar” y “privatismo civil”, como dirá Habermas.

O sea, en el tránsito de lo público a lo privado en la región latinoamericana no median consensos por decepción respecto del Estado sino más bien coacciones externas posteriormente “internalizadas”, que se imponen por defecto de auténticas alternativas de desarrollo a escala regional.

La segunda crítica a Hirschman reescribe la “decepción relativa” en términos de “saciedad relativa” cuando se trata de contextos desarrollados, y en “impotencia” cuando refiere a contextos subdesarrollados. En concepto de Fernando Filgueira, el ciclo que describe Hirschman “es más por saciedad que por decepción”. Esto es, “los ciclos se completarían en mayor o menor medida en los contextos desarrollados” mientras que no lo harían en los países de la región latinoamericana. Filgueira postula que en América Latina la alternancia entre los ciclos no resultaría de la saciedad sino de la impotencia para lograr los objetivos económicos. En otras palabras, resulta imposible concretar los objetivos de cada ciclo y en esto descansa la dinámica público-privado. Por un lado, no se logra plasmar la promesa del bien privado para una mayoría y entonces se regresa en la región a la aspiración del bien público; o viceversa, cuando no funciona el Estado o el espacio público, el impulso del actor es en la dirección del bien privado. “Pero en América Latina —dice Filgueira— las fallas sistémicas, del sistema nacional y el sistema-mundo inhiben o bloquean la completitud en ambos ciclos” (Filgueira, 2006). Si esto es cierto, el carácter endógeno también se puede cuestionar o al menos queda relativizado. América Latina seguiría ritmos de ciclo propios inconclusos y también ajenos a destiempo”.

La tercera crítica está relacionda con la teoría del actor y en consecuencia con la teoría de la opinión pública de la que Hirschman implícitamente es portador. Hirschman refiere que el actor interviene racional y activamente al realizar comparaciones entre lo que obtiene y lo que imaginó obtener en cada ciclo. La crítica es resultado de la brecha entre expectativa y resultado; se esperó demasiado y se obtiene menos o mucho menos de lo esperado; o bien, se esperó A y se obtiene B, o incluso la negación de A. Estas evaluaciones críticas realizadas en el nivel micro resultan tener un efecto agregado a nivel macrosocial. De este proceso racional e intersubjetivo deviene el péndulo de movilidad entre la hora pública y la privada. Una vez que el individuo manifiesta una decepción relativa respecto de lo público, se movería a lo privado, y vicerversa.

Hirschman, fiel en esto a los supuestos de la teoría económica, parece concebir al actor como racional y autónomo, y a la opinión pública como “libre”, al estilo de cómo lo hacía la escuela demócrata liberal.60 Es por eso que cree que el actor, a partir de una evaluación crítica procesada de manera más o menos autónoma, es capaz de mover la lógica y dirección del ciclo, de consuno con otros actores igualmente críticos y autónomos. La autonomía crítica del actor individual en cuanto a formación de la opinión pública y el proceso de construcción desde el plano micro hacia el macrosocial es bastante controvertible después de la experiencia nazi en Alemania, y tras los aportes teóricos de innumerables autores de la comunicación —entre los cuales sólo cito a Walter Lippmann (1922), Niklas Luhmann (1974) y Elisabeth Noëlle-Neumann (1998)— y de los descubrimientos experimentales de Solomon Asch en 1951 y de Stanley Milgram.

Lippman y Luhmann muestran la casi nula capacidad del actor para manifestarse con márgenes aceptables de autonomía en las materias de opinión pública. Ambos argumentan la importancia del “estereotipo” en tanto reductor —y subversor— de la complejidad. Lippman dice que el estereotipo es funcional, económico, poco racional y efímero. Es funcional y económico porque proporciona mapas maniqueos sobre la realidad que ahorran razonamientos complicados. Es poco racional porque las bases que sustantan el estereotipo están constituidas menos por la razón que por impulsos activados y movilizados. Ilustra el carácter efímero diciendo que tras la primera guerra mundial, la fuerza de los estereotipos construidos sobre la maldad y bondad de los beligerantes se evaporó rápidamente. Y en cuanto al actor, dice que es apenas un espectador somnoliento sentado en la última fila de un cine, en general incapaz de discernir en las materias complejas de la opcinión pública. Luhmann insiste en que el juego de la opinión pública consiste en hacer foco en un tema o enfoque, y en oscurecer el resto de enfoques y temas, como resultado de necesidades sistémicas para reducir la centrifugación. Por su lado, Noelle-Neumann postula un factor biológico-psicológico inmanente a todo proceso de formación de la opinión pública, y afirma una función de control social desatendida por muchos sociólogos y comunicólogos. Para ella, la opinión pública se convertiría en la piel pública que sirve como instrumento de control social y que encubre el miedo al aislamiento social. Este factor biológico-psicológico es precisamente el temor al aislamiento; éste, común a seres humanos y animales, forma parte activa de los procesos de opinión pública. Si el individuo no responde a los requerimientos más generales de su entorno, sus pares pueden castigarlo con una de las peores sanciones: la marginación, el ostracismo, la picota, la muerte civil, en suma, la sanción social. Para evitar esto, el individuo lleva adelante una especie de vigilancia del clima de opinión a través de la cual estima la distribución de opiniones (instrumento “cuasi-estadístico” dirá la investigadora alemana). En caso de tener que expresar una opinión en contextos de coacción moral, el individuo se plegará a la opinión ampliamente mayoritaria aún cuando no sepa o esté en franco desacuerdo. En este último caso el individuo desarrollará el proceso descrito por Orwell en 1984: el doublethinking, doble-pensar, en que el individuo se parte en dos, uno será su ser individual, cada vez más diluido frente al “aullido” de la mayoría, y otro será su ser social. Quienes enfrentan la amenaza de coacción moral colectiva y se sostienen a

60 Hans Speier (1950) entiende: “por opinión pública (...) las opiniones sobre cuestiones de

pesar de una opinión pública adversa son pocos: los héroes morales, los vanguardistas, los que no tienen absolutamente nada que perder, o una combinación de los tres.

Probablemente la evolución pendular público-privada que Hirschman percibe tenga menos que ver con la autonomía del actor que con algunos de estos elementos proporcionados por la teoría sociológica, la psicología social y la teoría de la comunicación. En el caso de la opinión pública en América Latina, la heteronomía del actor está todavía más afirmada en función de la condición periférica de sus países, o sea, del conjunto de coacciones materiales y simbólicas provenientes desde “afuera”: de las IFIs, de Estados Unidos, del sistema mundo, etc.

4. La nueva política social: indicador de un nuevo principio de organización y de la