3.15 Data Analysis and Interpretation of Findings 108
3.15.4 The impact of the level of study and other socio-demographic variables on
Para Hirschman en la segunda mitad del siglo XX se dio una sucesión de “ciclos privados”, centrados en el interés por la familia, los negocios y el trabajo, y de “ciclos públicos”, caracterizados por un interés intenso en cuestiones e ítems de la agenda
58Y en el caso de las sociedades latinoamericanas, muy desigual: es la región que registra el Gini
promedio más alto del mundo. Decía Hirschman que la salida era un mecanismo fundamentalmente económico. Y decía que cuando la opción de salida estaba bloqueada, fuera por la presencia de monopolios —económicos o políticos— o por insuficiencia o carencia de “votos monetarios”, entonces el actor quedaba rehén de la voz. Y a su vez precisaba que la “voz” era una opción más expuesta al escenario público, menos discreta, que solía demandar acción colectiva. Y se sabe que ésta no es un patrimonio de todos sino solo de aquellos que son parte de grupos de al menos cierto poder.
política. Si la década del 50 puede ser caracterizada en Occidente como un ciclo privado, la década del 60 consiste en un ciclo público. De manera similar a la teoría de los ciclos económicos, para Hirschman la sucesión de estos ciclos público-privado también forma parte de una teoría endógena, es decir, cada fase surge de la anterior por efecto de desgaste.
De forma análoga podrá decirse (no lo dice Hirschman) que América Latina retornó manu militari hacia un ciclo privado durante los 70s, con el ciclo de dictaduras, pero que a partir de los 80s la ciudadanía recuperó el empuje del ciclo público durante las transiciones democráticas. Este ciclo parece haberse licuado, bloqueado o abortado con las crisis de la deuda y de la inflación galopante posteriores. Durante la década de los 90 habríamos asistido a un ciclo privado del que estaríamos emergiendo en los últimos años. De la lectura de la obra de Hirschman se infiere que los ciclos en el Primer Mundo se cumplen o se “completan”, son ciclos que ocupan décadas enteras, en cuyo transcurso las sociedades se dan la oportunidad de experimentar con inclinaciones públicas o privadas de vida social. Y esta perdurabilidad en el tiempo de los ciclos tiene un sustento psicocial en la obra de Hirschman: el pasaje de un ciclo a otro está dado por la frustración de las expectativas de los individuos con el mercado o con la vida pública y ella demanda cierto tiempo de crecimiento, maduración y desgaste.
Podría pensarse también en un fundamento socioestructural para basar la “completitud” del ciclo, un fundamento que parece ser ajeno a la obra del economista. Las sociedades que Hirschman considera son realativamente autónomas, ocupan un lugar privilegiado en la estratificación mundial del desarrollo, pueden fijar precios en el mercado internacional, toman decisiones políticas que afectan a terceros continentes, etc. En este sentido, son sociedades cuyos ciclos no se ven interrumpidos más que por una conmoción excepcional como la “gran depresión” de los 30 o la “crisis del petróleo” de los setentas. Pero en general, se trata de sociedades con economías de crecimiento sostenido, estables, protegidas de los posibles impactos externos, con mercados formales extendidos, con un Estado de Bienestar robusto y ciudadanías densas.
En América Latina, por déficit cruzado de mercado, Estado, de la posición vulnerable en la división internacional del trabajo y del acceso muy restringido a las decisiones políticas de impacto global, los ciclos, sean públicos o privados, quedan truncos y el desarrollo resulta frustrado. El mercado no genera empresas competitivas ni un empleo de alta productividad ni un bienestar similar al logrado por los países del Primero Mundo, todo lo cual predispone al desgaste del ciclo privado. Por su parte, el Estado no puede cumplir con las tareas económicas —crecimiento autosostenido y empleo protegido y de calidad— ni sociales —seguros sociales para todos ni tampoco seguridad social de calidad sino a lo sumo un conjunto de privilegios para pocos— y se debate en general entre la crisis de racionalidad y la crisis de legitimación, por lo cual no logra satisfacer la demanda ciudadana en favor de bienes públicos.
Estado y mercado no son capaces de ofrecer un menú de opciones abierto a la gran mayoría de la población en términos de bienes y servicios públicos o de bienes y
servicios privados. Además ni mercado ni Estado pueden ofrecer gran cosa en materia de empleo. El mercado de empleo cada vez más puede ofrecer tan sólo empleos precarios, inestables, informales, a tiempo parcial, desacoplados de una carrera, de un futuro, de recompensas simbólicas. Tampoco puede ofrecer nada sustantivo el Estado, que en los últimos 18 años prácticamente se ha retirado como productor de nuevos empleos en la región. El resultado es que los ciclos se abren como novedosos y se cierran tempranamente por noveleros: faltan sustentos estructurales básicos para hacer perdurables ambas experiencias, tanto la “privada” como la “pública”. Y faltan sustentos estructurales por lo que aprendemos echando una mirada a la historia de larga duración: América Latina surge como parte subordinada a las sucesivas ondas económicas globalizadoras y así continúa hasta hoy (Wallerstein, 1979).59 Esta es la principal razón de la incompletitud de sus “ciclos”.
Luego de un manejo económico catalogado como irresponsable de la crisis de la deuda externa y de los cuadros recesivos generalizados, la apuesta del Banco Mundial fue de lleno al mercado. Pero en esta apuesta tan apasionada como irreflexiva (ideológica y no científica) no reparó en que el mercado es una compleja apuesta institucional que necesita de una configuración compleja de elementos interactuando entre sí de manera virtuosa, a saber: capital de riesgo y líneas apropiadas de crédito; aprendizajes empresarios y tiempos suficientes para la reconversión productiva; un mercado interno capaz de absorber al menos una parte de la producción dado que la minoría de la actividad económica es “transable”; un Estado capaz de estimular la actividad, intervenir sin asfixiar, apoyar a veces y reemplazar en otras oportunidades, y de evitar externalidades negativas; un elenco burocrático de tipo weberiano, compuesto de funcionarios que sirvan a la función pública (y no que se sirvan de ella); un regulador independiente tanto de las eventuales redes mafiosas del Estado como de los entes económicos a los cuales hay que regular; un sistema político moderno y poroso a las demandas; y una ciudadanía no imaginaria como la que describe Fernando Escalante sino realmente existente y alerta, que reclame rendición de cuentas como parte de la institucionalización de sus deberes cívicos. Sin embargo, como el Banco Mundial partió de un diagnóstico catastrofista sobre el pasado reciente de la región y como desde su punto de vista economicista también ignoró que el mercado necesita Estado y sociedad civil para poder funcionar, todos sus pronósticos fueron desmentidos por el comportamiento del mercado en los 90s: el crecimiento fue entrecortado e insuficiente y no se trasladó al empleo; la competitividad de la región fue mayoritariamente espuria; y el empleo no fue productivo, seguro ni estable sino de tipo informal, de baja productividad promedio, inestable y desacoplado de las instituciones de seguridad social.
59 Seamos sinceros. Mucho antes de leer libros de sociología histórica como el de Wallerstein,
antes de descubrir a los dependentistas Sweezy, Baran, Cardoso y Faletto, y también antes de pasar por libros propiamente de historia como la Historia económica de América Latina de Halperin Donghi), los textos de Carmagnani o la Historia de Oxford sobre América Latina, los estudiantes latinoamericanos hemos leído, me incluyo, Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Aunque con el efectismo que caracteriza a su autor y que es también propia de una época, este libro pinta un fresco de la historia de larga duración de América Latina hasta el día de hoy no superado en su género.
Por lo tanto, la instalación de un ciclo privado en la región resultó no solo frustrante para los consumidores por las razones que esgrime Hirschman en su obra (la gratificación con el objeto de consumo sigue la ley de los rendimientos decrecientes, etc.) sino por convertirse en mecanismo activo de exclusión de las mayorías ciudadanas del Edén prometido. Este ciclo de lo privado además terminó menos en frustración que en colapso, de lo cual la crisis de Argentina en 2001 y el apoyo hasta último momento por el FMI de la conducción de la economía, ofrecen una imagen perdurable en la memoria colectiva. Por lo tanto, el pasaje de un ciclo a otro en la región no se da por ninguna de las razones que esgrime Hirschman en su obra. No opera por decepción acumulada en el tiempo por consumo prolongado de bienes progresivamente desfetichizados. Tampoco opera a través de la brecha abierta e imposible de cerrar entre una revolución de las expectativas ciudadanas y los resultados realmente existentes. Si la oferta privada solo va dirigida a una pequeña elite o —lo que es lo mismo— si la mayoría ciudadana queda excluida de bienes privados, y si además estas economías siguen dependiendo de condiciones que los gobiernos no pueden manejar desde dentro, entonces el pasaje de ciclo opera a través de cortes abruptos más que por desgastes deslizados en el tiempo. En efecto, la región, en tanto que periférica, es impactada por el sistema-mundo y por las áreas políticamente hegemónicas. Es decir, que la evolución de un ciclo a otro no puede ser exclusivamente explicada a partir de las razones internas al ciclo como pretende Hirschman sino sobre todo por causas externas que se solapan a las de raíz interna y que interactúan perversamente con éstas.
Cierto es que Hirshman no refiere a contextos subdesarrollados. También es cierto que una teoría de alcance medio como la que él construye debe ser sensible a varios contextos de aplicación.