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Hypothesis on the impact of corruption on the reforms

4.3 Hypothesis development

4.3.3 Hypothesis on the impact of corruption on the reforms

Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer.

Rubén Darío

Envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven.

Oscar Wilde Cosméticos milagrosos, trasplantes de células madre, elixir de la juventud, jaleas reales, mesoterapias, cremas prodigiosas, tratamientos médicos, liposucciones, trasplantes de senos y decenas de otras fórmulas para conservar, extender o recuperar la juventud, se constituyen en cuestiones que han atormentado y obsesionado permanentemente al hombre y a la mujer. La gente se hace trasplantes, tiene obsesión por la calvicie o las arrugas, por la figura o por el potencial sexual. Son los signos que separan la juventud de la vejez, de aquello que se tiene y aquello que se ha perdido. Vencer al tiempo, verse más joven y hallar la fuente de la eterna juventud se han convertido en verdaderas obsesiones del hombre contemporáneo. Pero el deseo de estar o conservarse joven dejó de ser en nuestra época un problema puramente de salud, fuerza, vigor o de vanidad, y se convirtió en una medida del estatus, imagen, símbolo o de una regla que va más allá de una necesidad física o psicológica. La sociedad de consumo descubrió una veta inagotable que hace algunas décadas atrás, había sido marginada del gran mercado del consumo de masas. Hoy día “ser joven” dejó de ser una etapa en la evolución del hombre, y se transformó en una variable de la moda, de la marca, del éxito y del cambio consumista.

El joven y la juventud, como medida de lo que es o se desea ser, siguen siendo referente importante para toda nuestra sociedad, porque la cuestión de mantenerse joven y, sobre todo, el cómo lograrlo, es algo que ha estado en la mente del ser

humano desde siempre. La juventud se asocia con el disfrute de las capacidades físicas, con la energía, vigor y fuerza; en cambio la vejez es la medida del quebranto físico y mental, de la improductividad, del desasimiento de la inflexibilidad, de la senilidad y la disminución de la autoestima. Salvo que el viejo tenga dinero o sea un personaje talentoso y brillante, la mayoría de las veces es un sujeto marginado y segregado de nuestra sociedad.

El temor al envejecimiento, al deterioro físico y mental, a la pérdida de la juventud y la toma de conciencia sobre la idea del tiempo, de la vejez o de la propia muerte, parecen constituirse en los signos avasalladores de la mayoría de las culturas antiguas y de los mitos actuales de la temporalidad, de la eterna juventud, del eterno retorno o de los intentos por desafiar el paso del tiempo y el ciclo vital de los seres humanos. Quizás frente al demoledor determinismo de la vida y la muerte, el hombre ha creado mitos, leyendas e imaginarios que buscan vulnerar o desafiar el incontrarrestable proceso de deterioro biológico, la reducción de la flexibilidad de los tejidos, la pérdida de algunas células nerviosas, el endurecimiento de los vasos sanguíneos o la disminución general del tono corporal. Y a pesar de que la ciencia ha identificado la mayoría de los agentes y componentes propios del déficit y de la incapacidad corporal, no existe ningún consenso sobre la naturaleza del proceso de envejecimiento, que se disfraza, se retarda o quizás se mimetiza, pero nunca se ha podido detener o controlar. El día que se logre, se habrá resuelto el viejo enigma que ha atormentado por siglos al ser humano: el origen y la naturaleza de la vida. Pero mientras se descifre este conflicto, el hombre buscará sustitutos en los elixires de la juventud, en los tratamientos de belleza, en los trasplantes o fórmulas criogenéticas para alcanzar, sino la inmortalidad, por lo menos prolongar la juventud o retardar la vejez. Desde los intentos de los faraones egipcios y de incas por aproximarnos a la inmortalidad hasta las máquinas nanométricas o los medios propios de la ingeniería molecular del cuerpo, se ha querido vencer los límites entre la vida y la muerte, y disfrutar eternamente los placeres de la juventud.

¿Por qué nos obsesiona tanto revertir los efectos del envejecimiento? ¿Qué hay detrás de ese espejismo que busca simular y maquillar nuestra realidad biológica por medio de sustancias, conjuros procedimientos y elixir seudocientíficos? Oscar Wilde decía que el temor a la vejez, no es miedo a la muerte sino nace de nuestra incapacidad para adaptarnos a formas diferentes de sentir la vida. ¿Será que la “gerascofobia” es el resultado de ese temor a una imagen pública que margina y rechaza a los viejos, y que muchas veces resulta más negativa que la imagen que cada uno tiene de sí mismo? Ellis decía que el sujeto construye permanentemente su realidad y no reacciona frente a los estímulos que le llegan del mundo externo tal cual son, sino a través de la propia interpretación que hace de ellos. Viejos son los otros, no yo, y no me gusta tratarme con ellos. No podemos sustraernos

al hecho de que la ambición, el dinamismo, la competitividad, la fuerza, el riesgo, el desear y ser deseado son algunas de las condiciones del éxito, y estas características responden a la idea que se tiene del hombre joven para vivirlas y sentirlas (Ellis, 1962).

Los temas de la fuente de la juventud o de la eterna juventud, de prolongar la vida y retrasar los más posible la vejez o la muerte, son recurrentes en la mayoría de las leyendas y tradiciones populares, porque el hombre ante la imposibilidad de detener el paso del tiempo, inventó fuentes milagrosas o talismanes con poderes mágicos que poseían el atributo de devolver la juventud a quienes la habían perdido. En la mitología griega, romana, hindú, africana y en numerosas otros pueblos, nos encontramos con leyendas, historias y personajes relacionados con el tema. En Grecia, Eos (la aurora) se enamora del joven y bello Titono, un joven troyano y le pide al dios Zeus que le conceda la inmortalidad. Zeus se la concede, pero le olvida pedir la eterna juventud para su amante. Este fue envejeciendo y consumiéndose día a día hasta terminar convertido en una reseca cigarra, que la sentimental diosa de la aurora guardaba en su palacio. En Roma se creía que el aliento era el transmisor de la vida, que el último aliento expulsaba el alma y que el aliento divino otorgaba la vida. El romano Claudio Hermiopus, afirmaba haber vivido 115 años al aspirar permanentemente el aliento de las jovencitas.

En los siglos XVI y XVII los alquimistas describen milagrosos casos de rejuvenecimiento y prolongación antinatural de vidas humanas gracias a la disolución de la piedra filosofal en agua destilada. Según ellos, la sustancia era capaz de eliminar de manera selectiva el agua pesada de los tejidos, haciendo que éstos no se envejecieran. El famoso Conde de Cagliostro creó un sistema similar al de los capullos de seda: la persona que quería regenerarse debía desnudarse, tumbarse en una cama, envolverse en una manta durante un mes y alimentarse de caldo de pollo. Otro alquimista del siglo XVIII, el conde de Saint Germain, decía hacer conocido personalmente a Julio César y Poncio Pilatos, porque había encontrado el secreto de la eterna juventud.

El poeta judío, Yehuda Halevi (1086-1154), quien vivió toda su vida en España, nos habla de los peligros y los riesgos de los sueños de la eterna juventud. Cuenta que en sus constantes peregrinajes por las tierras españolas, encontró la “Fuente de la Eterna Juventud”. El ruido de la fuente era encantador y sus aguas de una maravillosa transparencia. A la orilla encontró un cántaro que llenó de agua y cuando la iba a beber, un anciano lo detuvo y le dijo:

- ¡No bebas, Yehuda, no bebas!

- ¿Por qué? ¿No es ésta el agua de nunca morir?

- Pero, ¿por qué?

- Yo la bebí, poeta, hace siglos. Y no he muerto aún - ¿Y bien?

- Entonces, es verdad que quien la beba tiene la vida eterna - Sí, es cierto, pero yo quería no haberla bebido

- Y eso ¿por qué?

- Porque he visto morir a todos los que iba queriendo y me querían: padres, hermanos, mujeres, hijos. Me pesan mucho sus muertes, las llevo conmigo siempre. ¿Para qué quiero, pues, tanta eternidad si ya nadie me conoce? (Yehuda, 1983).

Cuenta la historia, que Yehuda, botó el cántaro y de allí donde se derramó había una semilla que germinó y nació un hermoso árbol, una encina, que siglos más tarde sigue en pie y bajo sus ramas ha cobijado los nietos, bisnietos y tataranietos del poeta rabí. En la tradición griega y romana nos encontramos con una constelación de dioses y mitos que poseen el poder y el atributo para preservar la juventud. Por ejemplo, en el mito de Selene, ésta se enamora perdidamente de Endimión y cada noche viene a contemplarle mientras dormía. Cuando Selene subió al Olimpo y le pidió a Zeus que le concediera un deseo a su amado: la eterna juventud. Desde entonces, la luna lo visita y continúan procreando en un interminable alarde de pasión juvenil. También nos encontramos con el mito de Eos (la aurora) que se enamora de un joven troyano y le pide a Zeus que le conceda la inmortalidad, pero se olvida pedirle el atributo de la eterna juventud y su amante va sobrevivir eternamente pero convertido en un ser inservible. En la Roma imperial se consideraba que el aliento era transmisor de la vida, que con el último aliento se expulsaba el alma y que el aliento divino otorgaba la vida. Se afirma que el romano Claudio Hermippus vivió 115 años porque siempre aspiraba el aliento de jovencitas.

El tema de la inmortalidad, o sea el deseo de la vida eterna y permanecer siempre joven, fueron temas recurrentes de los mitos y la literatura desde el momento en que el hombre tomó conciencia que era mortal. ¿Por qué se tiene que morir uno? ¿No hay una forma de vivir más o quizás para siempre? ¿Por eso creamos el mito de la vida eterna? En la historia nos encontramos con pintorescos o sórdidos personajes que intentaron transgredir las leyes biológicas y crearon los más insólitos procedimientos para preservar sus vidas, más allá de los límites físicos y orgánicos. Entre las culturas primitivas, la sangre de los animales e incluso la humana, siempre se le consideró como portadora de las cualidades y los atributos fundamentales del ser humano. Beber la sangre de un guerrero o de una persona joven equivalía a “absorber” su energía vital y prolongar su vida. De ahí el mito de los vampiros y del Conde Drácula, quienes necesitaban beber la sangre humana para preservar su vida. En el siglo XVII, la población se

estremeció cuando fue apresada la condesa Isabel Bathori de la nobleza rumana, y se descubrieron cientos de cadáveres sepultados alrededor de su castillo de Csjthes, en su mayoría niños y jóvenes. La condesa bebía y se bañaba con la sangre de los campesinos que contrataba como sirvientes.

No hay duda que la alquimia medieval fue una de las disciplinas que más tiempo y esfuerzo dedicó a buscar fórmulas para prolongar la vida humana. Inicialmente, uno de sus objetivos principales fue la transmutación de los metales ordinarios en oro y plata, pero posteriormente, los alquimistas buscaron medios para resolver los enigmas del rejuvenecimiento. Esta Alquimia tuvo dos vías de desarrollo: una paracientífica, desde donde son numerosos los aportes que hicieron los alquimistas en el desarrollo de la química y la biología y otra, donde sus prácticas se confundían con los rituales mágicos y esotéricos que todavía siguen siendo explotados por los modernos alquimistas y vendedores de productos rejuvenecedores. Por ejemplo en 2007 nos encontramos con una empresa norteamericana denominada “El Grial: Alquimia y Ascensión” que promueve su producto denominado el Dragón Rojo (oro potable), que según sus promotores hace parte de la iconografía alquimista de la Edad Media y del Renacimiento, donde se conjugaban el azufre y el mercurio que “es una evocación de las siete inteligencias planetarias y del Ángel Guardián” (“El León Rojo es el Cristo posterior a su muerte y el Cristo resucitado que se manifiesta a los apóstoles transfigurado”). Esta empresa recomienda para acercarse al León Rojo, una preparación previa durante dos meses, ingerir “White Gold” (polvo) y en los dos meses siguientes añadir “White Gold Ormus”, dos productos elaborados por ellos. Según las empresas, el León Rojo contiene oro potable alquímico (99 por ciento) en estado monoatómico y que se recomienda almacenar en un sitio libre de raciones electromagnéticas (Weor 1954). Con la diferencia de alguna terminología, las recomendaciones no se diferencian de las propias de Paracelso, Alberto Magno o Roger Bacon, destacadas figuras de la alquimia de los siglos XVI y XVI en Europa.

Al margen del cuestionamiento que hagamos a los procedimientos utilizados por los alquimistas, en donde se conjugan componentes químicos, biológicos, mágicos, esotéricos y místicos, el tema de la eterna juventud y sus medios para preservarla tiene un largo pasado histórico. Uno de los alquimistas más famosos fue el suizo Paracelso, quien sostenía que la enfermedad procedía del exterior, para lo cual creó diversos remedios minerales con los que podría no sólo defenderse sino también conservar sus funciones y sus facultades. Rogerio Bacon, monje y filósofo, creía que el oro disuelto en agua regia era el elixir de la vida y de él se conocen muchas anécdotas que nos muestran no sólo un partidario de las artes mágicas y del ocultismo, sino también un practicante del método experimental. Independientemente de los intereses económicos y religiosos que alentaron la creación de las Cruzadas, uno de sus propósitos importantes fue la búsqueda del

Santo Grial, o sea el vaso que recogió la sangre de Cristo, y que confería la inmortalidad, curaba todo a quien bebía de él y era la fuente de la juventud. En los siglos XVI y XVII fueron muy comunes en Europa las historias que narraban historias sobre rejuvenecimientos súbitos entre los alquimistas que prolongaban la vida gracias a la disolución de la piedra filosofal en agua destilada. Decían que esta sustancia era capaz de eliminar de manera selectiva el agua pesada de los tejidos, haciendo que estos no se envejecieran. El conde Cagliostro en el siglo XVII ideó un sistema similar a los capullos de seda: la persona que quería regenerarse debía desnudarse, tumbarse en una cama, envolverse en una manta y durante un mes alimentarse solamente de caldo de pollo. La técnica intentaba reproducir el proceso sufrido por los gusanos que se envolvían en su capullo de seda y renacían como mariposas.

Es asombrosa también, la historia de otros dos nigromantes y alquimistas europeos: Salomón Trimosin y el conde de Saint Germain. El primero, era un alquimista nacido en 1490, aunque se desconoce la fecha de su muerte. Algunos cronistas de la época afirman que vivió más de cien años gracias a su elixir, que lo habría rejuvenecido varias veces, regenerando su cabello, enderezando su columna y limpiando sus arrugas de la cara. Cuando se le preguntó cuánto pensaba vivir: afirmó que hasta el Juicio Final. Pero no hay duda que uno de los alquimistas más famosos fue el Conde de Saint Germain, que sobre él escribió Voltaire: es un hombre que nunca muere y conoce todas las cosas. En los círculos sociales de la Corte hablaba de hechos históricos pasados, muchas veces con tanto detalle y datos que parecía un testigo ocular de los mismos. Decía que había conocido personalmente a Julio César y Poncio Pilatos. Entre las tantas anécdotas que se cuenta de él, una de ellas se refiere a un encuentro que se realizó en la casa de Madame Pompadour con la condesa Gerthy. Esta había residido en Venecia 50 años atrás, cuando su marido era embajador francés en dicha república. La condesa le preguntó al conde Saint Germain: ¿Tendríais la bondad de decirme si vuestros padres vivían en Venecia en el año 1700?

- No señora –respondió el conde, pues hace mucho tiempo que perdí a mi padre. Era yo quien vivía en Venecia a finales del siglo pasado y a comienzos del presente. Tuve el honor de enamorarla y vos tuvisteis la bondad de elogiar algunas barcarolas compuestas por mí y que cantamos juntos.

- Perdonan mi franqueza, pero eso no es posible. El conde Saint Germain de entonces tenía 45 años y vos no representáis más edad en estos momentos. - Señora -contestó esbozando una sonrisa. Soy mucho más viejo de lo que

suponéis.

Es posible que los rebase (El libro de oro de Saint Germain, 2007 Es interminable la lista de fórmulas para preservar o alargar la vida, y cada vez se hicieron más pintorescas y extravagantes, todas los cuales se relacionan con los elixires de la salud y los tratamientos de belleza. En la Edad Media el aqua vitae era la piedra filosofal o piedra de transmutación que tenía la propiedad de convertir el “plomo hombre” en el “oro hombre filosófico”, pero también era un elixir de la eterna juventud. La mayoría de las religiones ofrecen a sus fieles la posibilidad de renacer en paraísos o edenes donde el tiempo se congela y podemos disfrutar de los beneficios de la eterna juventud.

La literatura y el arte están llenas de casos y de historias que nos hablan de los conflictos que generan el obsesivo deseo y ansia de juventud. Oscar Wilde decía que, “envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven”. Para éste, “La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo sino que no es joven”·. Estas frases, independientemente de su tono irónico, no son ajenas al drama que vivió el escritor irlandés en su infancia y juventud; siempre rodeado de lámparas cubiertas por tules y pantallas, porque su madre Jane Elgee estaba convencida de que la luz mortecina podía suavizar sus arrugas y la hacía sentir más joven ante los ojos de los contertulios que asistían a sus reuniones sociales y literarias. Wilde siempre se sintió atraído por las personas más jóvenes, porque al igual que su madre, sentía miedo a la vejez y la cercanía con los jóvenes como Alfred Douglas, el Bosie de su drama y caída, le devolvían su juventud perdida (Wilde en la fecha que conoció a Bosie no cumplía 30 años). En su única novela, “El Retrato de Dorian Gray”, recreó el mito del personaje que vende su alma al diablo a cambio de la eterna juventud al igual que el Doctor Fausto, pero a diferencia de éste, que buscaba la sabiduría y el conocimiento, en Dorian Gray el desenfreno y los placeres eran sus formas de existencia. La narración nos cuenta como la belleza física del Dorian de carne y hueso se mantiene intacta y no se marchita, en cambio el retrato se va deteriorando día a día al ritmo perverso del joven Dorian.

En la era moderna, el ansia de juventud dejó de tener el sentido alegórico y simbólico que poseía en las fábulas y en los ritos tradicionales y actualmente todos estos mitos hacen parte de la sociedad de consumo, donde los trasplantes, las terapias glandulares, las opoterapias, las sueroterapias, y toda una larga lista de procedimientos que surgen alrededor de procedimientos bioquímicos, farmacológicos, endocrinólogos y fisiopatológicos que buscan por distintos