CHAPTER 2: LITERATURE REVIEW AND THEORETICAL FRAMEWORK
2.2 Existing Explanatory Frameworks
2.2.2 Ideational Explanations
Hoy día la mayoría de las cantantes, bailarines y modelos que hacen parte del “star sytem” o de las “top models”, han confesado que en determinadas etapas de su existencia sufrieron los efectos de una anorexia que puso en peligro su carrera artística y su propia vida. Personajes como Jane Fonda, Madona, Naomí Campbell, Victoria Beckham, y decenas de otros casos, reconocieron que inicialmente por problemas de peso se sometieron a dietas alimenticias rigurosas, pero que posteriormente perdieron el control y derivaron en estados anoréxicos peligrosos y en algunos casos mortales. Uno de los casos más tristes que recuerda el mundo del espectáculo de la década del 80, es la trágica muerte de la cantante norteamericana, Karen Carpenter en 1983. Ella con su hermano constituyeron el dúo “The Carpenters”, y durante varios años se constituyeron en uno de los grupos más populares de la televisión y el mundo discográfico. Karen comenzó a sentir dolores de cabeza y a sufrir de insomnio, síntomas que eran contrarrestados con el consumo permanente de drogas. Pero lo más notorio fue la progresiva baja de peso, a tal grado que numerosas veces sufrió desmayos en algunos conciertos y comenzó a quejarse de debilidad. El informe médico decía que murió de un ataque cardíaco cuando su anorexia llegó a su punto culminante y su desnutrición era casi total. ¿Qué la indujo a caer presa de una enfermedad nerviosa y psicológica que definitivamente la condujo a la muerte? Su natural tendencia a engordar comenzó a entrar en conflicto con los patrones establecidos por los productores y las empresas de televisión. Si bien no existieron críticas directas a su supuesto aumento de peso, Karen lo convirtió en una idea obsesiva que devino en un estado de ansiedad y depresión, que con el tiempo se transformó en un incontrolable problema fisiológico. O sea, un problema psicológico y emocional se convirtió con el tiempo en un trastorno obsesivo compulsivo que exigía dietas, ejercicios, consumo de laxantes y otros rituales compulsivos que tenían por propósito evitar el aumento de peso (The Scribner, 1998).
En la década del 80 no existía plena claridad sobre las verdaderas causas y consecuencias de la anorexia, y todavía se pensaba que era solamente un trastorno puramente fisiológico. Los estudios actuales en este terreno nos han demostrado que este temor intenso a aumentar de peso o volverse obeso puede constituirse inicialmente en un factor consciente, pero con el tiempo se transforma en una cuestión médica y en una enfermedad crónica, que finalmente se transforma en una disfunción de sus órganos internos.
La anorexia es un trastorno nervioso y psicológico que se destaca por la pérdida del apetito y cuyas consecuencias más visibles son la progresiva disminución de peso y otras alteraciones que, en la mayoría de los casos, pueden poner en peligro
la vida de las personas. Aunque se refiere al acto de comer, no tiene relación con la comida, ya que sus raíces son muy diferentes y profundas. Los ideales de belleza impuestos por la moda y publicitados por los medios de comunicación de masas, se constituyen en mecanismos de presión donde la delgadez y los cuerpos esbeltos se convierten en garantía social de la fama y la riqueza. Entre las jóvenes, ser obesa es un estigma y una vergüenza, porque convierte a los “gorditos” y “gorditas” en centro de burlas y de escarnio en los colegios o entre los grupos juveniles. Muchas veces, la actitud discriminatoria afecta profundamente a la personalidad de los jóvenes, que se aíslan del grupo, se deprimen, se autocritican y se sienten perdedores o desvalorizados. Su autoestima es muy baja y viven los efectos de una menor valía que sólo será posible superarla si se someten a una dieta o una restricción alimentaria radical y se ubican en los niveles sociales aceptados por el grupo.
En la década del 90, las sociedades occidentales muestran una tendencia muy marcada hacia un tipo de cultura alimentaria, donde se comienza a eliminar el consumo de las harinas y las grasas, y a privilegiar las carnes blancas asadas, los yogurts “light”, las frutas frescas, las fibras y todo aquello que hace parte de la “onda diet” y macrobiótica, todo que la medicina, y detrás ella, la gran industria promueve la idea de que el cuerpo perfecto exige también alimentación ideal. Pero también, esta idea obsesiva, este culto lo va conducir por caminos peligrosos y cercanos a la autodestruccción: las dietas, la anorexia y la bulimia.
Las cifras de 2006 nos señalan que el 90 por ciento de las de las personas que padecieron anorexia pertenecían al sexo femenino, cuyas edades fluctúan entre los 12 y 25 años. En el mundo, el 10 por ciento de las anoréxicas mueren y el 30 por ciento nunca se recuperan, o sea son enfermas crónicas (World Health, 2005). ¿Pero qué hay detrás de todo este mundo sórdido de la anorexia? ¿Cuáles son las causas y orígenes? Son múltiples las causas y factores que conducen a este estado: genéticos, sociales, culturales, educativos, fisiológicos, etc. No hay duda que, uno de los factores que más incide es la presión de los medios masivos de comunicación que promueven una “cultura del adelgazamiento”, detrás de la cual se mueven poderosos intereses económicos. Hoy día, la sociedad de consumo ha convertido el cuerpo delgado, asexual, rectilíneo, más propio de una niña que de una mujer, en la fórmula de éxito de los modistos e idealizada por las modelos en las pasarelas. Millones de jóvenes siguen ciegamente las directrices de las grandes casas de moda y de una publicidad que valora la mujer delgada como la más atractiva, saludable, segura de sí misma y con éxito social.
¿Existe un modelo ideal de cuerpo perfecto para el hombre y la mujer? Sabemos que no, ya que los cánones sociales de la belleza han cambiado con el tiempo, y tradicionalmente han respondido a factores, sociales, culturales y económicos,
porque cada época ha tenido el suyo. Por ejemplo, las mujeres ricas de antaño debían ser gordas para demostrar que no tenían por qué trabajar y que comían abundantemente. En cambio, hoy día en los países desarrollados la obesidad es considerada un flagelo que provoca muchos problemas físicos y psicológicos. Lo que tiene éxito es la fórmula del cuerpo delgado, ágil y esbelto que muestre en la práctica que puede consumir alimentos de calidad y escogidos que nutren pero no engordan. Y ello cuesta plata, al igual que el trabajo en los gimnasios o los costosos tratamientos alimentarios. O sea, si se quiere ostentar como clase social dominante se debe mostrar gordura en tiempos de hambruna o crisis, y cuerpos delgados, frágiles, casi infantiles, si se quiere mostrar dinamismo y fortaleza física.
Desde los arquetipos de las esculturas griegas hasta nuestros días, han existido formas muy diferentes de percibir este ideal supremo de un cuerpo, que más que un conjunto de músculos, huesos y órganos se ha convertido en un fetiche social o quizás en un signo de prestigio, poder o punto de atracción. Hoy día, donde el poder de las telecomunicaciones y de los medios electrónicos es absoluto, a las revistas del jet set y del espectáculo les va corresponder sancionar lo que es feo o bonito, que es rentable o no, en un submundo donde la sociedad de consumo impone sus reglas y leyes. Esta tendencia se refleja claramente en el aumento de los montos de facturación de la industria “diet” y “light” que en el 2000 se elevaban a miles de millones de dólares. La obsesión por reducir o controlar la obesidad y por todo aquello que rompiera las reglas de acepción social, cultural o estética, se convierte en la medida de lo que debe o no ser cuerpo. Un hombre con barriga o una mujer con senos pequeños o un trasero reducido, son síntomas inequívocos de un bajo nivel de atracción o de baja autoestima personal en una sociedad donde los medios de comunicación y publicitarios se encargan de definir las reglas de la moda y del éxito social.
Este obsesivo culto al cuerpo entre hombres, y particularmente entre las mujeres, va a derivar hacia situaciones contradictorias y muy peligrosas, entre las cuales se destacan dos enfermedades típicas de nuestra época: la anorexia y la bulimia. Algunos creen que estos desórdenes nerviosos y alimenticios son el resultado de una publicidad que promueve determinados modelos y prototipos de belleza corporal, y que las mujeres jóvenes los han convertido en pautas a seguir en su vida cotidiana. La Organización Mundial de la Salud reconoció en el 2000 que la anorexia nerviosa era actualmente una enfermedad con características de epidemia, y que algunos menos optimistas, la consideraban una pandemia (OMS, 2001). ¿Qué hay detrás de una anorexia que se ha transformado en un verdadero comportamiento autodestructivo de las muchachas? ¿Problemas de insatisfacción corporal, martirio o rebelión política, pérdida de identidad de la juventud o simplemente una moda que ha penetrado en las entrañas de las jóvenes contemporáneas? ¿Tan impactantes son las pautas trazadas por las exitosas
modelos Claudia Shiffer, Naomi Campbell o Kate Moss, quienes para las jóvenes se hace muy difícil sustraerse a un patrón de belleza, de fama y cuyos ingresos se elevan a millones de dólares? Caso similar con los concursos nacionales, regionales o mundiales de belleza, donde las candidatas se someten a todos los tratamientos posibles para aproximarse a las medidas y proporciones establecidas por estos eventos. Ser reina nacional o universal es una puerta abierta al modelaje y al ingreso a una publicidad que invierte millones de dólares en la promoción de los productos que, muchas veces, financian y apoyan estos eventos. En Colombia, las reinas regionales y aún las nacionales, son un punto de atracción de la prensa y de los medios de comunicación masiva, que durante varios meses son figuras estelares de estos medios. Este capítulo de los reinados de belleza va más allá de los aspectos estrictamente pintorescos o folclóricos, que a nivel regional y mundial se han convertido en un negocio suculento de millones de dólares alrededor del turismo, el vestuario, los cosméticos y las cirugías plásticas.