CHAPTER 4: DATA PRESENTATION AND ANALYISIS
4.3. DATA PRESENTATION
4.3.5 The Impact of Teacher Professional Development on Teaching and Learning
L
I
a vuelta de Gengis Kan a Mongolia significaba algo más que el simple regreso de un monarca a su residencia. Con él llegó todo un pueblo. Todos los ordus de la alta meseta mongola, desde el lago Baikal hasta el Altai, vieron volver a sus hombres tras una ausencia de cinco años, y con ellos llegó a las tiendas un lujo y esplendor indecibles. Todo lo que hasta entonces tuvieron los nómadas les pareció mezquino comparado con las riquezas que traían los guerreros. Esclavos de ambos sexos, caballos y camellos encorvados bajo el peso de enormes fardos que contenían infinidad de objetos que hasta entonces sólo habían visto en fiestas principescas. A partir de aquel momento, cualquier mongol podía vivir como un príncipe; eran ricos y tenían servidores y esclavos. Incluso las familias de los que cayeron en la guerra con Chin recibieron la parte del botín correspondiente, como si el hombre viviese todavía. Los gritos de alegría y las fiestas no cesaban, y los viejos, sentados ante las hogueras, escuchaban los relatos de la campaña, maldiciendo contra su avanzada edad. En cuanto a los chiquillos, temblaban de envidia, deseando participar en semejantes luchas y aventuras.
Los nómadas eran un pueblo completamente distinto de los habitantes de las ciudades. Ninguno sentía apego a la vida, a sus bienes ni al goce de ellos: nunca se hartaban de la guerra.
Ninguno consideraba el descanso y bienestar como supremo fin de la existencia. Su Sutu-Bogdo, Gengis gran kan, les había mostrado en qué consistía la verdadera vida del hombre, una vida de lucha y batalla, y ellos no tenían más que un deseo: seguir así eternamente.
Las palabras de Gengis Kan: «La mayor felicidad, en la vida humana, es vencer a los enemigos y perseguirlos, cabalgar sus caballos y quitarles todo lo que posean; ver bañados en lágrimas los rostros de los seres que les fueron queridos y abrazar a sus mujeres e hijas», quedaron grabadas en el pecho de todo un pueblo durante varias generaciones. Hacía tiempo que habían olvidado las rencillas y las rivalidades entre ellos.
La guerra con Chin duró cinco años, durante los cuales las tribus y pueblos de Mongolia estuvieron abandonados a sí mismos; y, sin embargo, no se produjo ninguna rebelión ni defección. Durante la lucha y las victorias comunes se formó un pueblo de caballeros y guerreros, cuyas razas y clases no tenían más que una ambición: distinguirse de las otras a los ojos de Gengis Kan.
Toda la energía que desde tiempos primitivos se malgastaba en querellas recíprocas fue canalizada y pasó a ser, entre las manos del gran kan, un instrumento dispuesto a lanzarse como un alud contra cualquier país que él indicara.
Aunque, en general, la existencia humana tuviese poco valor para Gengis Kan, economizaba las vidas de sus guerreros mongoles y colmaba de honores a todo general que sabía cumplir con su deber sin cansar excesivamente a hombres y
caballos.
Cuando dio a Dschutschi el encargo de destruir en su camino a los merkitas, que de nuevo se habían reunido en las selvas y se distinguieron, durante la ausencia de los ejércitos, invadiendo las regiones fronterizas, puso a sus órdenes, como oficial de estado mayor, al general Subutai, el más fecundo en estratagemas. Y cuando envió a Dschebe-Noion contra el formidable ejército del Imperio Kara-Chitan, no le dio más que 20 000 hombres.
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II
l Imperio Kara-Chitan era grande y poderoso, pues poseía numerosas ciudades densamente pobladas. Sus ejércitos estaban dotados de un excelente espíritu militar y se habían medido bastante a menudo con las hordas nómadas del este y del norte, habiéndose batido, también victoriosamente, con los guerreros del islam. Contra este imperio, y sus excelentes guerreros, con un territorio que se extendía en veinte grados de longitud, tenía que luchar Dschebe con la ayuda de 20 000 caballeros mongoles.
Gengis Kan, gracias a los emisarios de su Yurt-Dschi (estado mayor), estaba al corriente de todos los sucesos que durante la guerra china habían tenido lugar en Kara-Chitan.
Gutschluk, el príncipe de los naimanos, se había casado, después de huir de los mongoles, con una nieta del emperador de Kara-Chitan. Inmediatamente, con ayuda del soberano, reunió a su alrededor los naimanos que habían sobrevivido. Con ese ejército atacó por sorpresa al emperador y lo hizo prisionero. Al principio reinó en su nombre; luego, al morir el cautivo, se apresuró a subir al trono. Gobernaba con rudeza y crueldad. Por amor a su mujer abandonó la religión nestoriana para abrazar la fe lamaica, persiguiendo constantemente a los mahometanos, que constituían la mayor parte de la población. Cerró las mezquitas, confiscó sus bienes y emplazó fuertes guarniciones en las ciudades, que se mantenían a expensas del pueblo.
Cuando Gengis Kan dio a Dschebe las dos tuman para luchar contra Kara-Chitan, también contaba con el descontento, y aunque, como de costumbre, le concedió carta blanca en la manera de conducir la guerra, le comunicó una orden, a saber: que tan pronto atravesara la frontera abriese todas las mezquitas y anunciase a los cuatro vientos que no combatía contra los pacíficos ciudadanos, sino tan sólo contra Gutschluk, el opresor. El nómada adepto del culto de los chamanes, que tan pronto invocaba a los malos espíritus como a los buenos, para quien todas las religiones venían a ser lo mismo, y en cuyo séquito había sacerdotes de todas las religiones (chamanes, lamas, budistas, maniqueos, nestorianos), recitando sus plegarias el uno al lado del otro, se erigía de pronto en protector de las ciudades y del islamismo. Parece ser que conocía perfectamente la fuerza e importancia del fanatismo religioso y sabía explotarlo para economizar guerreros.
La orden que diera Dschebe de abrir las mezquitas se extendió con la velocidad del relámpago. Bastaba con que los caballeros mongoles se presentasen ante una ciudad para que estallase la revolución en el interior, y la guarnición, si no tenía la suerte de huir, era asesinada.
Todas las puertas se abrían ante Dschebe, todos los mahometanos le saludaban como su libertador; y, como tropas admirablemente disciplinadas, que no se entregaban al pillaje ni robaban, el este del imperio, con las ciudades más importantes, como Chami, Chotan, Kaschgar, etc., cayó pronto en sus manos.
La súbita aparición de los mongoles, la rapidez con que avanzaban, la pérdida de las mejores fortalezas de su reino, desconcertaron a Gutschluk. No obstante, aún intentó entablar una batalla decisiva con el enemigo; pero su ejército estaba tan desanimado que ni siquiera las divisiones musulmanas se aprestaron a luchar. Así pues, fue derrotado y tuvo que huir a las montañas del Pamir.
Los caballeros de Dschebe recorrieron todo el «techo del mundo» persiguiendo sin descanso a Gutschluk hasta que su tropa lo abandonó. Con unos cuantos fieles, buscó refugio en las salvajes quebradas y torrenteras próximas a la frontera de Badachschan. El emperador vencido ni siquiera valía el sudor de un caballero mongol. Así pues, mientras los vencedores se entretenían cazando los célebres caballos de morro blanco, Dschebe ordenó a los cazadores indígenas la persecución del fugitivo, quienes lo acorralaron en un recóndito escondrijo y lo entregaron al general mongol, recibiendo, a cambio, la recompensa prometida.
Con la cabeza del enemigo, Dschebe-Noion envió al gran kan un hato de 1000 caballos «celestes» con el morro blanco. Gengis Kan escribió a su oerlok: «¡No te enorgullezcas! Recuerda que el orgullo fue la perdición de todos, de Wang-Chan, de Baibuka-Taiang y del emperador Chin». Pero se sentía satisfecho. Había alcanzado el pináculo de su poder. Desde las montañas que se perdían en el cielo, hasta el océano, donde terminaba el mundo, su palabra era ley. En el este, el fiel Muchuli trabajaba despacio, pero incansablemente, en la definitiva sumisión del Imperio de los Chin. En el oeste, Dschebe cabalgaba a través de los llanos, los valles y las gargantas del Pamir, para comprobar si existía en algún sitio una tribu que aún no fuese vasalla de su soberano.
Por su parte, Dschutschi había cumplido su misión: terminar la obra que el joven Temudschin no se atrevió a concluir treinta y cinco años antes (cuando, con ayuda ajena, fue en busca de Burte, que había sido raptada), por temor a romper el equilibrio entre los pueblos de Mongolia. Su venganza sobre los merkitas fue tardía, pero no por eso menos completa. Recorrió las selvas en todas direcciones y destruyó por completo una tribu tras otra.
Únicamente tenía intención de perdonar a un solo hombre, un hijo de Tuchta-Beg. La magnífica puntería del príncipe de los merkitas entusiasmaba a los mongoles, que, sin embargo, eran los mejores arqueros del mundo. Dschutschi pidió que se conmutara la pena a su prisionero, como un favor especial.
Gengis Kan sabía por experiencia que ser condescendiente con los antiguos enemigos sólo conllevaba el inicio de una nueva guerra, y rechazó la petición. «El pueblo merkita es el más abyecto de todos los pueblos. El hijo de Tuchta es una hormiga que, con el tiempo, se convertirá en serpiente y en enemigo de nuestro imperio. Después de haber dado muerte a tantos reyes y ejércitos, ¿qué significa un hombre más?». Esta respuesta disgustó a Dschutschi, pero no se atrevió a exponerse a la cólera de
Gengis Kan. El príncipe merkita murió, y Dschutschi se dirigió a Kiptschak para desahogar su cólera con los pueblos de las estepas pertenecientes a su uluss, los kirgisos y los tumatos, que desde hacía bastante tiempo habían olvidado ser vasallos de Gengis Kan.
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III
a caída de Kara-Chitan y la presencia de un ejército mongol al oeste del Irtysch fueron dos acontecimientos que asombraron al Asia anterior.
Hasta entonces sólo sabían de Gengis Kan lo que de él les habían explicado los comerciantes musulmanes. Dado que, treinta años antes, fue reconocido por China como un jefe bárbaro sumamente útil y, por lo tanto, se le juzgó con méritos suficientes para obtener un título de funcionario chino, los musulmanes suponían que se trataba de un príncipe amante del orden, que cuidaba bien a los comerciantes y con quien se podían tener ventajosas relaciones comerciales.
Luego, los musulmanes trajeron la noticia de que el gran kan había conquistado el lejano Imperio de los Chin, país del que no se tenía más que una idea muy vaga, y el mundo islamista empezó a interesarse. Este se hallaba en poder de un gran conquistador, el sha de Choresm, Alá-ed-Din Mohamed.
Descendiente de un esclavo turco que fue nombrado gobernador de la provincia de Choresm por un sultán selyúcida, Mohamed había heredado de su padre el imperio independiente de Choresm, que se extendía desde el mar Caspio hasta la región de Buchara, y desde el lago Ural hasta la alta meseta persa. Con incesantes guerras consiguió ampliar su reino por varios puntos cardinales. Por el norte, rebasó el Sir- Daria, penetrando en las estepas kirgisas; por el este, conquistó el Imperio transoxiano con Samarcanda y Fergana, sometiendo en el sur a las tribus montañesas de Afganistán y extendiendo su dominio hasta más allá del Irak persa. Celebrado como «la sombra de Alá sobre la tierra», como «un segundo Alejandro», como «el grande» y «el victorioso», empezaba a planear la conquista del mundo islámico y exigió al califa de Bagdad, el mismo de quien hablaban las cartas de Jacobo de Vitry, el predicador de las cruzadas, que lo reconociese como sultán y le jurase sumisión.
El poder secular del califa de Bagdad era insignificante, pues sólo se extendía sobre Mesopotamia. No obstante, según la doctrina del profeta, tenía una inmensa importancia como jefe espiritual de los mahometanos. La política del califa con las nuevas dinastías que pretendían ser autónomas era la misma que empleaban los papas con los emperadores alemanes en cuanto éstos empezaban a ser demasiado poderosos. El califa Nasili-Din-Illahi se negó a reconocer al sha Mohamed como sultán, rechazando que su nombre apareciera en las oraciones públicas, y se esforzó en constituir una coalición con los príncipes todavía independientes contra Mohamed. Sin embargo, durante la conquista de Afganistán, las cartas que describían estos intentos cayeron en manos del sha y en cuanto tuvo en su poder las pruebas de las intrigas del califa, convocó un concilio que anuló los derechos de Nasir al trono y nombró un contracalifa.
Así pues, Mohamed podía, sin ofender la santidad del califa, empezar sus preparativos para una campaña contra Nasir con la finalidad de destronarlo definitivamente.
Mientras se dedicaba a estas ocupaciones, el sha oyó hablar del nuevo soberano del este, más allá de Kara-Chitan. Desconocía el mundo mongol; tan sólo tenía vagas noticias de las conquistas en el lejano Imperio de Chin, y la súbita aparición de los caballeros mongoles en las estepas kirgisas le obligó, como medida de prudencia, a dejar para más tarde la marcha sobre Bagdad. Empezó la construcción de fortalezas en el este y el norte, y envió embajadores a Mongolia.
Gengis Kan sabía mucho más del mundo islámico que el sha del mongol. Miles de objetos llegaban del islam, que sus nómadas sabían aprovechar admirablemente: cotas de malla resistentes a las flechas, cascos y escudos de acero, sables curvos finamente forjados, magníficos adornos para las mujeres, vasos de cristal, tapices y alfombras blandas como plumas, sedas admirables. Así pues, recibió a los embajadores y les ordenó comunicar a Mohamed lo siguiente:
«Conozco la grandeza y poder de vuestro sha. Él es dueño del oeste, pero yo lo soy del este, y deseamos vivir en paz. Nuestras fronteras se tocan en Kiptschak y convendría que los comerciantes pudiesen viajar libremente de un país al otro».
También él le correspondió con otra embajada, provista de ricos presentes, lingotes de plata, jade, prendas de pelo de camello, pieles. Para halagar al sha, todos los delegados eran mahometanos (comerciantes ujguros del este de Turkestán). El jefe era el comerciante Mahmud Jelwadsch. Se les ofreció una pomposa recepción que incluso dejó muda de estupor a la corte del orgulloso sha; no obstante, enseguida empezaron las preguntas.
Mohamed deseaba saber si el gran kan era dueño de muchos pueblos; si verdaderamente conquistó el Imperio de Chin, y, por último, de una manera disimulada, exigió la información más importante para él: si el kan de los mongoles podía llegar a constituir un peligro. Advirtió al embajador:
—Eres muslim, originario de Choresm; así pues, debes decirme la verdad sin reticencias. Tú conoces la grandeza y poder de mi imperio. Dime: el ejército del kan ¿es tan poderoso como el mío?
¿Acaso esta pregunta no ocultaba una amenaza? El sha hizo observar a Mahmud Jelwadsch que era originario de Choresm; quería decir con ello que se consideraba señor suyo y, por lo tanto, la contestación debía satisfacerle. Por otra parte, como islámico, Mahmud estaba obligado a decir la verdad a su príncipe… El enviado pensó en los magníficos y ricamente engalanados caballeros del soberano islámico, así como en las hordas del gran kan, tan pobremente equipadas y que, al fin y al cabo, estaban compuestas de salvajes. Así pues, su contestación fue un modelo de diplomacia:
—El esplendor del ejército de Gengis Kan es, comparado con el fulgor del sultán del mundo, como el brillo de una lámpara comparado con la luz del sol que ilumina la tierra. Además, el número de tus guerreros es superior al suyo.
Esta contestación gustó a Mohamed. El tratado comercial fue concluido con la mayor satisfacción por ambas partes, y mientras por un lado y por otro se equipaban
caravanas, el sha se dirigió hacia el oeste, contra el califa, a la par que Dschebe- Noion marchaba contra Kara-Chitan.
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IV
l mismo tiempo que la noticia de los preparativos del sha para avanzar contra Bagdad, llegó a la corte del califa el comunicado de que en el oeste, más allá de las montañas afganas, se había formado un poderoso imperio. El califa también averiguó (por los cristianos nestorianos, cuyas comunidades estaban repartidas por toda Asia) que el dueño del este era un cristiano enemigo del sha.
Esta era una noticia en la que se entremezclaban algunos errores, rumores y hechos reales, constituyendo un ramillete multicolor. Se debía, sobre todo, a la difusión de la leyenda del preste Juan, «el rey cristiano de Oriente», que se había forjado un siglo antes.
Este suceso tuvo lugar en la época de los grandes combates de China. La dinastía de los Liao acababa de derrumbarse bajo el ataque de los Chin y, para escapar a la destrucción, uno de los más enérgicos príncipes de la dinastía Liao, Yeliu-tasche, se dirigió con un ejército hacia el oeste, atravesando el desierto de Gobi y fundando en el Turkestán el Imperio Kara-Chitan. Cuando, poco después, este nuevo «poderoso Imperio del este» venció en una sangrienta batalla a los seldschukos, cuyo dominio se extendía desde Egipto hasta el Pamir, la noticia de esta victoria se extendió por todo Oriente y llegó incluso a oídos de los cruzados, que por aquel entonces combatían contra Damasco. Era evidente que este enemigo, que inoportunamente se mostraba en el este, también debía de ser cristiano; y como, desde la campaña de Alejandro Magno, se sabía que la India, el país de las maravillas, estaba en el este, la fantasía convirtió a Yeliu-tasche, el príncipe chitano, en un «rey cristiano de la India», al que se bautizó con el nombre de «preste Juan», y como los más valerosos caballeros cristianos habían sido vencidos por los seldschukos, se adjudicó al preste Juan un poder inconmensurable y se hizo de él un «Rey de Reyes»… Así llegó la leyenda a Europa desde Oriente, donde se siguió creyendo en ella.
El Imperio seldschuko decayó; en su parte este se levantó, pujante, el Imperio Choresm del sha Mohamed, pero las luchas contra Kara-Chitan continuaron. Y cuando Gutschluk, que en su juventud fue cristiano nestoriano, empezó a perseguir el islamismo, no les quedó duda alguna a los nestorianos de que el poderoso Imperio oriental era un imperio cristiano, y su soberano, un descendiente del preste Juan, enemigo del sha.
El califa estaba dispuesto a aliarse con el mismísimo diablo para salir de tan apurado trance. Así pues, se dirigió al patriarca nestoriano de Bagdad para que le sirviese de intermediario. La secular convivencia había aletargado la oposición entre la población cristiana y la mahometana. Los dos jefes espirituales se entendían a la perfección y, mediante la promesa de derribar una mezquita construida cerca del barrio cristiano, el patriarca se declaró dispuesto a dirigir, con el califa, cuyo poder secular era inferior al de la comunidad, una carta al «rey de Oriente». Este podría devastar el país mientras el sha de Choresm atacaba el oeste, con el acicate de unas
gloriosas victorias y un magnífico botín.
El califa y el patriarca debatían sobre a quién harían transmitir aquella misiva al soberano de Oriente. El único camino disponible pasaba por el país del sha de Choresm; por consiguiente, el mensajero no podía llevar consigo carta alguna, puesto