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the Interventions for Challenges Encountered in Teacher Professional Development

CHAPTER 4: DATA PRESENTATION AND ANALYISIS

4.3. DATA PRESENTATION

4.3.4 the Interventions for Challenges Encountered in Teacher Professional Development

E

I

n la primavera de 1211, Gengis Kan reunió sus fuerzas. Todos los hombres en condiciones de llevar armas, desde el Altai hasta la montaña de Chingan, debían presentarse en su campamento, situado a orillas del río Kerulo.

Lo que intentaba emprender era demasiado importante, demasiado decisivo respecto al destino de todos los nómadas, para que pudiese decidirse en un consejo de guerra ordinario. Ante los oficiales reunidos de todos sus ejércitos, declaró que había llegado el momento de vengar de la opresión secular del Imperio Chin a todos los pueblos que vivían en tiendas. Devolverle todo el mal que había hecho, hacerle pagar todas las traiciones que había cometido contra los anteriores kanes.

Los guerreros recibieron con aplausos y gritos de júbilo la noticia de que su victorioso gran kan quería llevarlos al rico país de las maravillas, donde les esperaba el mayor botín que soñaran en su vida.

Sólo Gengis comprendía cuán arriesgada era su empresa; sabía que ponía en juego la existencia de su Imperio mongol, apenas formado. Si eran batidos en un país extranjero, a miles de kilómetros de sus territorios, quedarían exterminados. Todos los países vecinos, sometidos con tantas dificultades, invadirían y saquearían su territorio. Las tribus sometidas volverían a sublevarse, y los pueblos que había conseguido reunir volverían a separarse. De la gloria de los Burtschigin, que él había forjado, nada quedaría, y hasta el nombre de mongol, que elevó a un título de honor, desaparecería por completo. Lo arriesgaba todo, su vida y su imperio, a una sola jugada.

Sin embargo, nada había olvidado para asegurarse el triunfo. En las fronteras reinaba la paz y, más allá de las mismas, vivían muchos aliados suyos. El país de que menos se fiaba, Hsi-Hsia, estaba tan debilitado que no le era posible pensar en la guerra, y si entre los jefes había todavía algunos sedientos de libertad e independencia, que le obedecían a la fuerza, se los llevaba a todos consigo, con sus hijos, parientes y guerreros. Dejaba tras de sí un país parcamente ocupado por mujeres, niños y ancianos, amén de una pequeña tropa de unos 2000 hombres para mantener el orden, y se llevó a Chin 200 000 jinetes.

Esta empresa era tan ingente y tan grande el peligro, que no se podía permitir que un chamán cualquiera implorase la bendición de los dioses, ni hacer que la guerra dependiese de una incierta profecía. Por consiguiente, el mismo Gengis, en calidad de Sutu-Bogdo (el enviado de Dios), quiso implorar los poderes divinos, mientras que, en la calle, todo el pueblo clamaba incesantemente al cielo: «¡Tengri! ¡Tengri!». Gengis oraba en su tienda, manteniendo un diálogo con los dioses. Les demostraba que sólo pretendía vengar la sangre vertida de sus antepasados. Les citaba el nombre de todos los kanes que habían sido muertos por los chinos, enumeraba los ataques contra el nuevo y valeroso pueblo nómada, refería las felonías y tretas de los hombres de Chin. El Eterno Cielo Azul no podía permitir que su pueblo elegido continuase

sufriendo semejantes injusticias. Por eso le pedía que le mandase todos los buenos espíritus para ayudarle; y también todos los malos, porque, asimismo, el poder de éstos era grande. E imploraba el permiso de poder mandar a todos los hombres de la tierra para unirse contra Chin.

Durante tres días permaneció en su tienda, sin beber ni comer, implorando a los dioses. Al cuarto día el gran kan apareció ante su pueblo, para anunciar a la multitud entusiasmada que el cielo le había prometido la victoria.

I

II

niciaron la marcha patrullas desplegadas en forma de abanico, con lo cual ninguna fuente, ningún lugar apropiado para acampar, ningún mensajero adversario, podían pasar inadvertidos. Luego, tres poderosos cuerpos de ejército al mando de los mejores oerlok: Muchuli, Subutai y Dschebe. Después, en tres divisiones —centro, derecha e izquierda—, el grueso del ejército. De este modo, el ejército mongol recorrió setecientos kilómetros, desde el río Kerulo hasta la frontera china, atravesando las montañas y la parte este del desierto de Gobi. Todo ello sin perder un solo hombre. Ni siquiera se necesitaba montar guardia nocturna ni hacer preparaciones para las etapas. Los guerreros llevaban consigo todo cuanto precisaban. Cada jinete tenía su caballo de reserva. Para alimentarse en los desiertos llevaban rebaños. Con gran previsión, se eligió la mejor época del desierto para la marcha, cuando el Gobi tenía, a la vez, agua y hierba. Y, ya en país enemigo, la guerra mantendría a la guerra. El lugar de abastecimiento de los mongoles se hallaba siempre ante ellos: en el país que se disponían a conquistar.

El emperador de Chin tenía su residencia en Yen-King (Pekín), la capital central del reino. Si Gengis quería emprender algo más que una expedición de pillaje, dicha ciudad debería ser su objetivo, y, en efecto, sus vanguardias parecían marchar directamente sobre ella, allá donde dos muros bien defendidos, separados entre sí por cincuenta y hasta cien kilómetros, protegían la llanura ante Pekín de las incursiones de los pueblos salvajes del norte.

Aunque la corte pretendía vivir en paz, estaba bien equipada. Formidables ejércitos se hallaban concentrados cerca de la capital, y se pusieron inmediatamente en camino al recibir la primera noticia de la marcha de los mongoles, con el fin de atacarlos en los desfiladeros, contenerlos gracias a sus fortalezas estratégicamente situadas, y luego aniquilarlos en las regiones difíciles situadas entre ambas murallas. De pronto, llegó del oeste la terrible noticia: los movimientos de las tropas mongolas sólo habían sido fintas. Gengis Kan, con su principal ejército, acababa de atravesar sin apenas lucha la Gran Muralla, a unos doscientos kilómetros al oeste, en un lugar donde la guarnición estaba constituida únicamente por mercenarios ongutas, y había llegado, como caído del cielo, a la fértil provincia de Schan-si.

Por consiguiente, los ejércitos imperiales debían, en lugar de marchar hacia las fortalezas cercanas, dirigirse cientos de kilómetros más hacia el oeste, atravesando montañas impracticables. Como, al mismo tiempo, Gengis, con las tropas de vanguardia que se encontraban más al norte, se desviaba hacia el oeste y sus caballos adelantaban mucho más que las tropas chinas, compuestas en su mayor parte de infantes, éstas fueron atacadas por ambos lados y desorganizadas por completo. Los cuadros chinos, que marchaban en apretados pelotones, ofrecían a los tiradores mongoles un blanco excelente. La lluvia de flechas los desconcertó por completo y el ejército fue incapaz de resistir el subsiguiente ataque de 200 000 jinetes que

maniobraban en filas cerradas. En este primer combate fue aniquilado el mejor ejército del emperador chino. Schan-si estaba a punto de caer a los pies de Gengis Kan.

Este dividió sus tropas. Para poder alimentarse con los productos del país, era necesario que se diseminaran en amplias llanuras. Esto no ofrecía ningún peligro mientras el servicio de enlaces funcionase tan bien que, a la primera aparición de cualquier ejército enemigo, pudiera acudirse en dos o tres días al lugar amenazado. Y, en efecto, nunca quedaron interrumpidas, ni allí ni en las subsiguientes expediciones de guerra de Gengis Kan, las relaciones entre él y sus generales, donde quiera que éstos se hallasen. La táctica de marchar separados y luchar juntos había sido ideada y llevada a cabo por él a su más alto grado de perfección, haciendo que los mongoles apareciesen, siempre de un modo sorprendente para sus enemigos, en cualquier lugar por increíble que fuera, y que todos los ejércitos estuviesen juntos cuando se trataba de una batalla decisiva.

Tres ejércitos mandados por sus hijos Dschutschi, Tschagatai y Ugedei habían penetrado, formando abanico, en la rica provincia. Gengis en persona, con Tuli, su hijo menor, rodeó la residencia occidental Ta-tung-fu, y Dschebe, con un quinto ejército, fue enviado hacia el este para informarse acerca del paso a las llanuras de Pekín.

Cuando consiguió tomar con rapidez por asalto un paso débilmente defendido, Gengis levantó el asedio de la residencia occidental, sus hijos abandonaron las fortalezas y ciudades conquistadas, y el alud mongol se abatió en la baja llanura del este de Chin, hasta los muros de Pekín.

Tan sólo al hallarse ante la gigantesca urbe Gengis se dio cuenta de lo absurdo de su empresa. ¡Qué fosos, qué defensas, qué murallas! A caballo recorrió el perímetro de las fortificaciones. ¡Qué enormidad! Nunca se había imaginado que existiera un conglomerado humano tan grande.

¿Qué podía hacer? ¡Jamás podría tomar aquellas gigantescas murallas defendidas por centenares de miles de hombres! ¡Nunca sería dueño de Chin! ¡Qué gran imperio, coronado con semejante ciudad gigantesca! Ya había derrotado cuatro ejércitos, cualquiera de ellos más grande que todas sus tropas juntas, y le acababan de informar de que de todas partes acudían ejércitos todavía mayores. Hacía medio año que sus jinetes recorrían el país, saqueándolo, y ahora sabía que tan sólo se encontraban en una provincia, Schan-si, y que acababa de penetrar en una segunda de igual extensión, llamada Tschi-li, y que el Imperio Chin estaba compuesto de una docena de provincias semejantes. ¿Adónde dirigirse primero? ¿Qué conquistar en primer lugar?

En su cerebro germinó la idea de desistir de un plan imposible: no se podía dominar a Chin. Todo lo demás lo había conseguido: los mejores ejércitos del emperador estaban destrozados; sus mongoles, enriquecidos con el botín y los esclavos; y la importancia de su gran kan había crecido de un modo extraordinario.

Dschebe, con un nuevo empujón hacia el este, había llegado hasta el confín del mundo, hasta allá donde la tierra se cambia en agua. ¿Qué más podía desear? Él era el vencedor, pero si empezaba el asedio y tenía que levantarlo después sin tomar Pekín, su esfuerzo sería en vano.

Y Gengis dio orden de retroceder.

Quizá no conviniese regresar inmediatamente a Mongolia, sino invernar en las cercanías para observar los acontecimientos en Chin. Estalla todavía indeciso entre situar sus cuarteles de invierno en Tschi-li, en Schan-si o fuera de la Gran Muralla.

E

III

l ejército ya disponía los preparativos para la marcha, cuando un general chino se presentó en el campamento. La victoria de los bárbaros había sembrado el desaliento en las esferas de la corte de Pekín. Hacía ochenta años que Chin no había sufrido semejante ataque de pillaje. Generalmente, los ladrones se retiraban al presentarse las tropas imperiales; pero esta vez parecían buscar la lucha, pues apenas se presentaba un ejército, éste era atacado desde todas partes por los nómadas. Con su jefe parecía no poder contar; por fin había conseguido llegar a las puertas de la capital y en Pekín se esperaba un asalto salvaje, el cual, rechazado de un modo sangriento, enseñaría a los bárbaros que valía más conformarse con ricos regalos y volver a sus territorios. Aquel gran kan no permitía a sus jinetes acercarse a más de un tiro de flecha de las murallas. De lejos, se les veía cabalgar alrededor de las fortificaciones y, repentinamente, sin parlamentar siquiera, levantaban el campamento. ¿Qué planeaban? ¿Adónde se dirigían?

Y Chin tomó la iniciativa de parlamentar.

El general enviado como parlamentario debía informarse de las intenciones de los nómadas, debía expresar al gran kan el asombro del emperador: Chin vivía en paz con los mongoles, Gengis Kan era el tschao-churi del emperador, el plenipotenciario contra los rebeldes de la frontera. ¿Por qué, pues, había invadido a Chin?

Gengis Kan quedó sorprendido al oír semejante mensaje: había devastado las provincias más florecientes de su imperio y, no obstante, el poderoso emperador pretendía vivir en paz con él. Aquel enorme país, aquellas poderosísimas fortalezas y ciudades, pertenecían al emperador y, en lugar de atacarle, le preguntaba por qué había invadido su imperio. ¿Se ocultaba en ello alguna debilidad que hubiese escapado a su perspicacia?

Gengis Kan recibió al general con todos los honores que le correspondían, y empezó a sonsacarle. Chin había elegido mal su parlamentario: descubrió ante el gran kan el estado interior del país.

Los chinos consideraban que los emperadores Chin, que desde hacía cerca de un siglo reinaban en el norte de China, eran unos usurpadores. Aunque el país se había unificado, aunque habían vencido en la guerra contra el Imperio Sung, en el sur de China, y pudieron arrancarle las provincias situadas al sur del Huang-ho; aunque se hubiesen adaptado por completo a los usos y costumbres chinos, no dejaban de ser bárbaros del norte, de Manchuria, que habían derribado a la antigua dinastía Liao, y los chinos nunca los reconocerían como emperadores legítimos. El pueblo se sentía oprimido por ellos y de ninguna manera podía quererlos. En el sur, los emperadores Sunz eran sus enemigos; al noroeste, entre Yen-king y Corea, estaba Chitan, el país de origen de los Liao, donde vivía todavía un príncipe de la antigua dinastía; desde luego, en calidad de vasallo del emperador Chin… Si Gengis Kan quisiera ayudar a la dinastía Liao a reconquistar sus derechos, el general, también descendiente de los

Liao, estaba dispuesto a servirle… Y como él, eran muchos en el país los que pensaban de la misma forma.

Gengis examina atentamente su situación: con sus jinetes era más fuerte que cualquier ejército Chin, pero no podía tomar las gigantescas fortificaciones ni conservarlas, aun en el supuesto de que las pudiera asaltar. Cualquier guarnición mongola estaría perdida en aquel mar de gente. Pero si, mediante los Liao, pudiera ganarse el favor de las masas populares… ¿Por qué no hacer fuertes a los Liao, si éstos querían ponerse bajo su mando supremo?

Finalmente, se decidió: proseguiría la guerra. No se quedó en Tschi-li ni en Schan-si. Marchó hacia el norte. Allí estaba la doble muralla, que debía impedirle la entrada en Chin. Desde el exterior no le ofreció ninguna resistencia digna de ser citada, y entre el interior y el exterior de la Gran Muralla se encontraban incontables potros imperiales, la poderosa remonta china. Con un solo golpe se halló en posesión de incalculables rebaños de caballos, que le quitaron toda preocupación concerniente al equipo de sus jinetes e impidió el abastecimiento de caballos a los ejércitos chinos. Los ejércitos que en lo sucesivo podría enviar en su contra el emperador Chin se compondrían, casi en su totalidad, de infantes, a los que, con sus rápidos jinetes, alcanzaría donde y cuando quisiera.

Montó su campamento más allá de la Gran Muralla, lejos de todo peligro de ser atacado por sorpresa, y envió una embajada a Chitan, al príncipe Liao.

L

IV

a primavera de 1212 presenció, de pronto, el estallido de una rebelión en Chitan, mientras Gengis Kan exigía tributo a las provincias situadas al norte de la Gran Muralla. Derrotó al ejército enviado contra él y, persiguiendo a los fugitivos chinos, traspasó la Gran Muralla y apareció de nuevo en Schan-si. Pero allí se encontró con una sorpresa: las ciudades se habían provisto de nuevas defensas, y las fortificaciones arrasadas habían sido reconstruidas durante el invierno. Así pues, tenía que emprender de nuevo la conquista.

Para conseguir una rápida victoria, dejó de sitiar las pequeñas ciudades y asedió la capital de la provincia, Ta-tung-fu, la residencia del oeste. Inmediatamente acudieron los ejércitos chinos de desbloqueo, pero fueron derrotados. Trató de tomar por asalto la fortaleza, pero también aquella hermosa ciudad era inexpugnable para sus jinetes. Y, mientras dirigía el asalto, le hirió una flecha.

De repente empezaron a llegar de Chitan malas noticias: habían aparecido las tropas imperiales, que por doquier ahogaban la rebelión y cercaban al príncipe Liao.

Chin era demasiado fuerte.

Cualquier otro jefe hubiera desistido de una lucha desesperada y regresado a sus seguras estepas. Sin embargo, Gengis había conseguido nuevos aliados, que le convencían de que Chin sería derrotado. Era, pues, menester luchar hasta el fin.

Nuevamente se retiró tras la Gran Muralla y empezó a ejercitar a sus mongoles en el arte del asedio. Envió al asediado príncipe Liao a Dschebe-Noion (Príncipe Flecha) con algunos tuman.

Dschebe, durante una expedición invernal, eliminó los ejércitos imperiales en Chitan, trató de tomar por asalto la residencia este, Liao-yang, y fracasó tal y como Gengis había fracasado ante Ta-tung-fu, la residencia oeste. Las fortalezas eran inexpugnables para los mongoles.

Entonces recurrió a la táctica preferida de éstos: hizo circular el rumor de que acudía un ejército de Chin para el desbloqueo, mandó levantar el asedio y ordenó una retirada tan precipitada que dejase toda la impedimenta y las tiendas abandonadas ante Liao-yang. Después de dos días de retirada, ordenó a los mongoles montar sus caballos de refresco y, en una noche, desanduvo lo andado. Su treta tuvo éxito: encontró a toda la guarnición y parte de los habitantes hurtando en su campamento. Todas las puertas de la ciudad estaban abiertas… Arrolló a los saqueadores y asaltó la plaza. El resultado fue que el príncipe chitano, quien empezaba a vacilar, se declaró rey de Liao-tung y dispuso su reino bajo la protección de Gengis Kan. En la primavera siguiente, los mongoles se tomaron las cosas en serio: la tercera expedición empezó con la conquista sistemática de las provincias del norte. Ahora no dejaban ninguna ciudad atrás: ante las fortalezas más débiles se ejercitaban para habérselas contra las más potentes. Tuli, el hijo menor de Gengis Kan, y su yerno

Tschiki daban ejemplo, escalando los primeros las murallas. Sus otros hijos y los generales luchaban por la posición de los desfiladeros, que ocupaban uno tras otro. Y se cumplió, por fin, la promesa del general Liao: cuando ya no quedaba la menor duda de que la invasión de los mongoles no era una simple expedición de pillaje, sino que se trataba de una conquista bien planeada, varios generales de origen chitano se pasaron, con sus tropas, al bando de Gengis Kan.

Pronto llegó a ser no tan sólo dueño de toda Schan-si, sino que ocupaba ya por todas partes las llanuras de Pekín.

Y en aquel momento, cuando el peligro era más amenazador, estalló en la «residencia central» una rebelión pasajera.

Como de costumbre en los trances de apuro, el emperador había concedido la acostumbrada amnistía y llamado a los generales sancionados. Uno de éstos, el eunuco Hu-scha-hu, a quien el emperador había confiado el mando de un ejército, ocupó de improviso Pekín, dio muerte al gobernador, se apoderó del palacio imperial y mató a Yun-chi.

Gengis interrumpió todas las acciones y se dirigió a Pekín con la esperanza de que las puertas de la inexpugnable fortaleza se abrirían ante él. ¿Pues qué podía significar un motín si no una rebelión de los partidarios de Liao? Ignoraba que los chitanos de la dinastía Liao eran, en el fondo, tan extraños a los chinos como los manchurianos a la dinastía Chin. Hacía quinientos años que también ellos eran conquistadores extranjeros, y sólo como tales habían adoptado las costumbres, los