2.4 Web-based system performance testing
2.5.7 Impact of wide area network effects
temente de cuáles sean las decisiones que finalmente se adopten —integración de los dos Ejércitos, integra- ción de los combatientes maoístas en otras fuerzas o cuerpos de seguridad del Estado, reintegración en la vida civil—25es importante que las necesidades espe- cíficas de las mujeres sean tenidas en cuenta. Por otra parte, cabe destacar el riesgo de estigmatización que existe para aquellas mujeres que han empuñado un arma durante un conflicto armado. Existen numerosos prejuicios sociales hacia estas mujeres cuya transgre- sión de la división público-privado, y la asignación de tareas que conlleva esta división sexista, supera con creces los límites de lo socialmente aceptado. Este riesgo de estigmatización conlleva que pueda producir- se una autoexclusión de los beneficios que puedan obtenerse en los procesos de reforma del sector de la seguridad, como ha sucedido en muchos procesos parecidos en otros países, por lo que se trata de un colectivo al que prestar una particular atención para garantizar la igualdad y la no exclusión.
A priori, dos serían las cuestiones que habría que tener en cuenta de manera primordial. En primer lugar, garantizar que las mujeres combatientes tengan acceso en pie de igualdad a todas las oportunidades o benefi- cios que puedan ofrecerse para favorecer bien la inte- gración en las Fuerzas Armadas u otros cuerpos de seguridad, bien su reintegración en la vida civil. Así pues, los requisitos que se establezcan no deberían ser excluyentes, discriminatorios o insensibles a las des- igualdades de género. En segundo lugar, debería hacer-
se un diseño de la reforma de este sector teniendo en cuenta las necesidades especiales de las mujeres, no sólo de las combatientes, sino también de las civiles. Un elemento de enorme relevancia al hablar del ámbito de la seguridad es el de la violencia contra las mujeres. Más de un tercio de las mujeres nepalíes han experi- mentado la violencia doméstica,26 lo que además representa un elevado porcentaje sobre toda la violen- cia experimentada por las mujeres en el país.27 De hecho, éste es uno de los primeros elementos apunta- dos por las organizaciones de mujeres al señalar cuáles son los principales retos a los que debe hacer frente el país en el proceso de rehabilitación posbélica. Así pues, esta cuestión debe ser abordada de manera urgente, ya que estos elevados índices de violencia tie- nen enormes consecuencias sobre la vida y la salud de las mujeres y suponen un serio obstáculo al ejercicio de los derechos de ciudadanía, además de perpetuar la sumisión y reclusión de un amplio número de mujeres en el ámbito privado.
c) La reintegración de las mujeres
combatientes
La incorporación de la perspectiva de género en los pro- cesos de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) es muy reciente, y ha estado centrada funda- mentalmente en las fases del desarme y la desmovili- zación, que son las que han recibido una mayor aten- ción, tanto por los actores locales involucrados en estos procesos, como por la comunidad internacional. Así pues, son muy escasas las experiencias de procesos de reintegración de antiguas combatientes que hayan incorporado la perspectiva de género. No obstante, del análisis de cómo se ha aplicado esta perspectiva en las escasas experiencias que han existido, así como en las otras fases del DDR, y partiendo de las numerosas reflexiones que se han efectuado sobre cómo debe incorporarse la perspectiva de género en los procesos de construcción de paz en un sentido más amplio, pue- den extraerse algunas ideas útiles para diseñar proce- sos de reintegración que tengan en cuenta la perspecti- va de género.
Trabajar desde una perspectiva de género en los proce- sos de construcción de la paz implica partir de una pre- misa básica fundamental. Los conflictos armados tie- nen un impacto diferenciado en hombres y mujeres como consecuencia de la estructura de género presen- te en todas las sociedades. Cabe señalar que la impor- tancia de llevar a cabo procesos de DDR, y más concre- tamente de reintegración, desde una perspectiva de género no sólo recae en el beneficio que pueda suponer para las mujeres particulares que participen en este proceso. Incorporar la perspectiva de género en cual- quiera de las etapas que conforman un proceso de construcción de paz puede redundar en una mejora de la situación de las mujeres en general, por lo que es importante establecer un vínculo entre las políticas y
25. Estrictamente, la reintegración en la vida civil no forma parte de la reforma del sector de la seguridad, pero se ha considerado interesante apuntar este elemento por su estrecha vinculación con este ámbito.
26. Sharma Paudel, G., “Domestic Violence against Women in Nepal” en Gender Technology and Development, Vol. 11, n.º 2, pp.199-233, 2007. 27. Dhakal, S., “Nepalese women under the shadow of domestic violence” en The Lancet, Vol. 371, n.º 9612, pp.547-548, 2008.
proyectos concretos y la voluntad de llevar a cabo trans- formaciones sociales de mayor calado en pro de la equidad de género en una determinada sociedad.28 Por otra parte, una premisa fundamental debería ser la de considerar a las mujeres como un colectivo plural, con necesidades e intereses diferentes, y con realida- des distintas fruto de la edad, la pertenencia étnica, la procedencia social, las circunstancias familiares o el contexto rural o urbano en el que vivan o del que proce- dan, entre otras cuestiones. Así pues, se debería evitar la homogeneización del colectivo femenino a la hora de diseñar estrategias de reintegración y se debería tener en cuenta la pluralidad de situaciones y capacidades de las mujeres desmovilizadas. Es importante tener presente la enorme variedad de tareas desempeñadas por las mujeres en el seno de las organizaciones arma- das, que pueden ir desde la participación activa en el combate, hasta tareas vinculadas al sostenimiento de estos grupos como la cocina, la enfermería, la logísti- ca, entre otras, sin olvidar que en ocasiones las mujeres integrantes de las organizaciones armadas han sido víc- timas de la explotación sexual.
Los procesos de reintegración de antiguos combatientes deberían ser diseñados de tal manera que no excluyan a
las mujeres en su desarrollo.La reintegración implica
para muchas mujeres el retorno a una sociedad en la que siguen imperando rígidas reglas y estructuras de género que contrastan en muchos casos con la experien- cia vivida en el seno de las organizaciones armadas.29A
pesar de que éstas suelen mantener patrones sexistas en su organización en la mayoría de casos, también es cierto que la propia realidad del conflicto armado y las necesidades internas organizativas de estos grupos pue- den haber dado lugar a relaciones más igualitarias. Así lo demuestra el propio hecho de que las mujeres hayan tenido la posibilidad de participar activamente en unas organizaciones tradicionalmente muy masculinizadas. Así pues, el retorno a una situación en la que las muje- res se enfrentan a situaciones de discriminación, espe- cialmente en los ámbitos económicos y de participación social, puede ser especialmente traumático para ellas. Las mujeres combatientes pueden sufrir la estigmatiza- ción como consecuencia de la transgresión de los roles
socialmente asignados a hombres y mujeres que ha
supuesto su participación activa en el combate o su ingreso en una organización armada.30Por otra parte, y especialmente en el caso de aquellas mujeres que ocu- paron puestos destacados en el seno de estas organiza- ciones, su retorno a la vida civil y la pérdida del estatus ocupado durante el conflicto armado puede ser también fuente de frustraciones.
Cualquier proceso de reintegración requiere de una correcta identificación de las personas que se benefi- ciarán de éste. Es necesario señalar que algunas muje- res tienden a autoexcluirse de los procesos colectivos de desmovilización antes de que se inicie la fase de
asistencia a las personas combatientes.31Esta realidad
obedece a diversas razones que deben ser tenidas en consideración para garantizar que todas las mujeres
Cuadro 8.4. La importancia del entorno familiar y comunitario en los procesos de reintegración de mujeres Para que un programa de reintegración incorpore de manera adecuada la perspectiva de género no debe estar exclusivamen- te dirigido a las personas combatientes, sino también a sus familias y personas dependientes al cargo de éstas. Una política de reintegración que no tenga en cuenta este entorno personal y familiar puede acabar siendo excluyente para las mujeres, ya que puede llevar a que éstas renuncien a la asistencia o beneficios del programa para atender a las personas a su cargo. La conciliación de la vida familiar y laboral debe ser una de las piedras angulares de este proceso, teniendo en cuenta la diversidad de situaciones familiares en las que pueden encontrarse las mujeres desmovilizadas. Por otro lado, es importan- te que mediante las políticas de conciliación no se refuerce el rol reproductivo de las mujeres, multiplicando la carga asumi- da al incorporarse al mercado laboral al tiempo que se hacen cargo de sus responsabilidades familiares. Estos procesos pue- den servir por tanto para fomentar una mayor concienciación en los hombres sobre la necesidad de un reparto equitativo de tareas entre hombres y mujeres.
Por otra parte, la reintegración debe tener en cuenta no únicamente el entorno inmediato de la persona desmovilizada, sino el conjunto de la comunidad en la que esta persona se reintegrará, para no generar nuevos conflictos y divisiones sociales, ni reforzar sentimientos de agravio. La población civil de una determinada comunidad que haya padecido las consecuencias y el impacto de un conflicto puede albergar sentimientos de hostilidad hacia las personas desmovilizadas si éstas reciben bene- ficios materiales o sociales a cambio de su desmovilización y la comunidad no resulta en cambio directamente beneficiada. Para no generar desequilibrios sociales ni situaciones de injusticia, es importante que la comunidad pueda beneficiarse directamente de los procesos de reintegración. Así, proyectos de reintegración de base comunitaria en los que participen en el diseño ex combatientes, comunidades de acogida y otros sectores de la sociedad civil como ONG pueden facilitar la rein- tegración y la mejora de las condiciones de vida de la población víctima de un conflicto armado. Los procesos de reintegra- ción en los que no se incorpora a la comunidad pueden contribuir al incremento de la estigmatización de las mujeres ex com- batientes, y pueden llegar a provocar un incremento de la violencia contra las mujeres si la comunidad percibe que son éstas las que están recibiendo beneficios individuales en detrimento del resto.
28. Schroeder, E. Multi-country Demobilization and Reintegration Program (MDRP) Gender Desk Study, World Bank, 2005.
29. Farr, V., Gender-aware disarmament, demobilization and reintegration (DDR): a Checklist, UNIFEM, octubre de 2008, en <http://www.women- warpeace.org/webfm_send/1614>.
30. Bouta, T., Gender and Disarmament, Demobilization and Reitegration. Building Blocs for Dutch Policy, Conflict Research Unit, Netherlands Institute of International Relations “Clingendael”, La Haya, 2005.
que lo deseen puedan recibir el mismo apoyo que el resto de combatientes en su proceso de reintegración. Como se señaló anteriormente, el hecho de haber sido combatiente o de haber estado integrada en un grupo armado irregular puede implicar una estigmatización para algunas mujeres, y es por esta razón, y para evitar ser identificada como tal, que algunas mujeres se excluyen de estos procesos. Por otra parte, y especial- mente en los casos en que las mujeres tienen a su car- go personas dependientes, si estos procesos no se dan con la suficiente celeridad, algunas mujeres optan por buscar medios de subsistencia por su cuenta, sin espe- rar a que éstos les sean proporcionados. También es necesario añadir que en muchas ocasiones, la presen- cia de las mujeres en una organización armada queda invisibilizada, lo que también dificulta enormemente su acceso a los procesos de reintegración. Así pues, para garantizar la inclusión de las mujeres se debe lle- var a cabo una identificación exhaustiva de quiénes podrían ser incluidos, así como campañas de informa- ción específicas dirigidas a las antiguas combatientes o asociadas a grupos armados.
Por otra parte, es importante que los procesos de rein- tegración no supongan para las mujeres una vuelta
atrás en la consecución de determinados derechos, así como de autonomía e independencia económica y
de decisiones.Por lo tanto, se debe favorecer que las
mujeres puedan poner en práctica aquellos conoci- mientos y habilidades desarrolladas en actividades no necesariamente consideradas habitualmente femeni- nas. Los programas de reintegración deben garantizar que no se perpetúa una división sexista del trabajo, relegando a las mujeres a sectores profesionales con- siderados tradicionalmente femeninos y consecuen- temente peor remunerados y valorados socialmente.32 Los programas de reintegración económica deben tener entre sus objetivos primordiales el poner fin a la dependencia económica de las mujeres y contribuir a su emancipación. Además, los proyectos de reintegra- ción económica deben evitar que se generen guetos de ex combatientes y personas dependientes que se vean abocadas a situaciones de pobreza o de econo- mía irregular. No debería fomentarse por tanto que estas personas desempeñen trabajos no pagados o con salarios excesivamente bajos que puedan llevar- les a buscar formas de subsistencia que fomenten la marginación o a la participación en actividades de economía ilegal.
32. Oza Ollek, M., Forgotten females: Women and girls in post-conflict disarmament, demobilisation and reintegration programs, McGill Univer- sity, Montreal, 2007; Farr, op. cit.
A continuación se recogen las conclusiones relativas a los ocho capítulos que configuran el informe. En el año 2008 se registraron 31 conflictos armados, 30 de los
cuales seguían activos al finalizar el año (la guerra
entre Rusia y Georgia se inició y finalizó durante el 2008). Aunque la cifra total de conflictos armados es prácticamente la misma que la del año anterior (30), cabe destacar que el listado de 2008 incorpora tres nuevos casos —India (Nagalandia), Pakistán (Balu- chistán) y Rusia (Ingushetia)— y no incluye tres con- flictos que finalizaron en 2007: Côte d’Ivoire, Palesti- na (enfrentamientos entre Fatah y Hamas) y Líbano (Naher al-Bared). La gran mayoría de los conflictos armados en 2008 acontecieron en Asia (14) y en Áfri- ca (nueve), mientras que los restantes tuvieron lugar en Europa (cuatro), Oriente Medio (tres) y América
(uno). En todos los casos sin ninguna excepción el
Estado fue una de las partes contendientes en la dis- puta. Aparte de los conflictos internacionales entre Georgia y Rusia e Israel y Palestina, la mitad de los conflictos fue de carácter interno internacionalizado (15) y prácticamente la otra mitad (14) de carácter interno.
Aunque los conflictos armados son multicausales, es remarcable que casi dos de cada tres conflictos (19 de 31) hacen referencia principalmente a aspiraciones
identitarias o demandas de mayor autogobierno.Exis-
ten otros 16 casos en los que la incompatibilidad prin- cipal está vinculada a la oposición a un determinado Gobierno o al sistema político, económico, social o ideológico de un Estado. En cinco de estos casos — Iraq, Chad, R. Centroafricana, RD Congo (este) y Somalia—, varios grupos armados luchaban para acce- der o erosionar al Gobierno central. Por otra parte, en siete de los 11 casos en los que la oposición al sistema era una de las causas principales del conflicto, varios grupos armados buscaban la creación de un Estado islámico o estaban acusados de mantener vínculos con la red al-Qaeda —Argelia, Afganistán, Filipinas (Min- danao-Abu Sayyaf), Iraq, Pakistán (noroeste), Rusia (Chechenia), Rusia (Ingushetia) y Yemen—, mientras que en los tres casos restantes —Colombia, Filipinas (NPA) e India (CPI-M)— los grupos insurgentes perse- guían el establecimiento de un sistema político y eco- nómico de tipo socialista. Finalmente, en otros cuatro casos —Iraq, Nigeria (Delta del Níger), RD Congo (este) y Sudán (Darfur)— el control de los recursos fue una de las causas relevantes de la disputa, aunque muchos otros conflictos también fueron alimentados o agudizados por el control de los recursos o el territorio. En lo concerniente a la intensidad, en 10 casos —Afga- nistán, Chad, Colombia, Iraq, Israel-Palestina, RD Congo (este), Pakistán (noroeste), Somalia, Sri Lanka, Sudán (Darfur)— durante gran parte del año se consta- taron unos niveles muy elevados de violencia que generaron una cifra notablemente superior a las 1.000
víctimas mortales,aunque en algunos casos como Sri
Lanka o Somalia tal cifra es mucho más elevada. Casi
la mitad de los conflictos (13) registraron una intensi- dad media, mientras que los ocho restantes —India (Nagalandia), Filipinas (Mindanao-Abu Sayyaf), Filipi- nas (NPA), Myanmar, R. Centroafricana, Rusia (Che- chenia), Rusia (Ingushetia) y Yemen— tuvieron una intensidad baja. En cuanto a la evolución respecto del año anterior, en 14 de los 30 conflictos activos a fina- les año se produjo un incremento de las hostilidades, en nueve casos la situación de conflictividad no regis- tró alteraciones significativas y en siete casos se cons- tató una reducción de la violencia: India (Assam), India (CPI-M), Iraq, Myanmar, R. Centroafricana, Tai- landia (sur) y Yemen. En términos agregados, por tan- to, la situación de conflictividad se deterioró sensible- mente respecto de 2007.
Al finalizar el 2008 se contabilizaron 80 escenarios de
tensión. Respecto al año anterior, la situación en paí-
ses como Mauritania, donde un golpe de Estado en agosto devolvió al país la inestabilidad pasada; Nica- ragua, por las protestas de fraude electoral formuladas por la oposición; o la inestabilidad en las repúblicas del norte del Cáucaso, entre otras, contribuyó al aumento del número de crisis a escala mundial. Al mismo tiempo, la disminución de los niveles de violen- cia respecto al año anterior en un contexto permitió dejar de considerarlo conflicto armado, aunque man- tuvo elevada la tensión. Fue el caso del enfrentamien- to interno en Palestina, donde los enfrentamientos entre Fatah y Hamas tuvieron episodios de violencia esporádicos pero intensos. En términos geográficos, las tensiones se concentraron principalmente en Áfri-
ca (27) y Asia (25),y Europa albergó 14 de ellas. En
América y Oriente Medio hubo siete escenarios de ten- sión en cada zona.
Continuando con la tendencia observada en los últi- mos años, la mayoría de las tensiones tuvieron un
carácter marcadamente interno. Un 68% tuvieron
como protagonistas actores del propio país y un 15%, aún siendo internas, se caracterizaron por tener ele- mentos de internacionalización, en varios casos debi- do a la presencia en el territorio de misiones interna- cionales y a su papel activo. El resto (17%) fueron tensiones internacionales, es decir, en las que estaban implicados dos o más Estados, y la mayoría se concen- traron en África (54%). Respecto a los factores que motivaron las tensiones, todas ellas con carácter mul- ticausal, destaca la oposición a la política del gobierno
como principal factor de inestabilidad. En un 43% de
los casos las actuaciones gubernamentales generaron movimientos de oposición política y social, y en la mayoría de los casos también de carácter armado, que se enfrentaron a las autoridades con el objetivo de acceder o erosionar el poder. Ello generó en numero- sos contextos protestas masivas, como en Bolivia, don- de los posicionamientos del presidente se enfrentaron a los de las autoridades de los departamentos orienta- les, o en Tailandia, donde semanas de manifestaciones y de cargas policiales provocaron la dimisión de dos
Conclusiones
primeros ministros. Finalmente, más de un tercio de las tensiones (40%) tuvo una intensidad baja, mien- tras que un 40% se situó en niveles medios y un 20% en altos.
Respecto a los procesos de paz, el análisis de 70 pro- cesos de negociación que se desarrollaron en situacio- nes de conflicto o tensión permitió constatar que 58 de ellos (83%) tienen abiertos diálogos o negociacio-
nes formales de paz,lo que, con independencia de su
evolución positiva o negativa, representa un dato signi- ficativo y esperanzador y reafirma la tendencia históri-