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The IMPI report and the tabloidisation of the media.

EXTENDED LITERATURE REVIEW: TABLOIDISATION, JOURNALISM STANDARDS AND THE ZIMBABWEAN MEDIA LANDSCAPE

2.15 The IMPI report and the tabloidisation of the media.

Si bien este proceso de diferenciación gradual y de institucionalización de los mercados del trueque sexual tiende a centralizarse espacialmente en torno a la red de locales comerciales del barrio de “Chueca”, como expresión del proceso de

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hegemonía cultural del sector dominante de “gays centrales”, a lo largo de su desarrollo histórico esta economía sexual se ve sujeta a procesos de dualización creciente de sus mercados en una dinámica interna de segmentación paralela de los actores, las escenas y los escenarios que acabará configurando la actual diversificación de lugares de encuentro y contextos de socialización y sociabilidad que caracteriza de un modo tan singular estas economías de trueques sexuales. La clave parece residir en una dinámica de determinación recíproca entre procesos económicos más amplios y las lógicas propias del campo sexual: por una parte, la centralidad que ocupa en estas economías sexuales el valor de cambio de los capitales corporales como mediadores de la circulación de las prestaciones en su interior, al establecer principios de subjetivación sexual y posiciones objetivas en el campo sexual del homoerotismo; por otra parte, la imbricación de estas lógicas sexuales en los procesos más amplios de la economía capitalista, de forma que los intercambios en las economías contemporáneas de trueques sexuales se presentan cada vez más mediados por el mercado y las prácticas de consumo ostentoso –la industria cultural y del ocio “rosa”, la red de locales comerciales, las tiendas de ropa y complementos, etcétera.

A resultas de ello, la comunidad sexual se fragmenta en una multiplicidad de identidades al calor de estas dinámicas de dualización interna de las economías del trueque sexual. Estos procesos de división y polarización interna que atraviesan la comunidad sexual se pueden rastrear etnográficamente a partir de la distribución geográfica en el espacio urbano de los diferentes sectores de esta comunidad. Podremos contextualizar así las tensiones que configuran el imaginario de los sujetos sobre los estilos de vida sexual en el marco de las relaciones homoeróticas locales. De este modo las oposiciones simbólicas que articulan los discursos sobre los barrios de Lavapiés y Chueca sugieren una confrontación entre sectores sociales a propósito de sus estilos de vida en general y, particularmente, de sus estilos de vida sexual que se presentan como objetos en juego donde se articulan determinantes de clase, ideológicos y culturales con procesos de distinción al interior de la comunidad sexual de acuerdo a la distribución desigual de sus capitales corporales. En tanto las dinámicas centralizadas en el barrio de “Chueca” se van consolidando como un exponente de las lógicas hegemónicas, “Lavapiés” se va definiendo cada vez más como el espacio alternativo, y en ciertos aspectos contra-hegemónico, de unos estilos de sociabilidad sexual relativamente independientes respecto a las representaciones y prácticas dominantes en el “ambiente” de Chueca47.

47 A raíz de la emergencia en la escena pública del Movimiento Quince de Mayo (15-M), en 2011, se

ha intensificado significativamente la presencia en el barrio de Lavapiés de un asociacionismo alternativo a los colectivos LGTB vinculados a la escena sexual de Chueca, renovando la agenda de reivindicaciones sexuales y de crítica al patriarcado (despatologización de la transexualidad, el transgenerismo, etcétera) con otras cuestiones de alcance estructural, como la crítica al capitalismo, al colonialismo y a la sociedad democrática. Colectivos como Asamblea Transmaricabollo de Sol (convocante del Orgullo Indignado de 2011, que partió de la plaza de

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Divisiones entre estilos de vida sexual, modos de ser y estar que tienden a expresar esta

dualización de los mercados formalizados del trueque sexual en mercados centrales

(“Chueca”) y mercados alternativos(“Lavapiés”): de un lado los espacios de sociabilidad sexual de los “gays centrales” articulados alrededor de la red comercial del barrio de Chueca, frente a los cuales Lavapiés representa un polo “marginal” o “alternativo”, como se desprende de esta descripción de Eduardo, que regenta un bar BDSM en Chueca: “una vez que ya Chueca es nacional e internacionalmente conocido como barrio

gay pues cada vez atrae más gente, cada vez más mercado, cada vez más negocios, gente que viene a vivir… y es una bola que va aumentando… en estos momentos Chueca es el barrio gay, yo pienso, no te voy a decir el primero del mundo, pero de los primeros del mundo en concentración y en cantidad de negocios que se autodefinen dirigiéndose al mundo gay [E.- Y Lavapiés…] claro, existe una especie de cosa como gravitacional […] en Lavapiés pues cada vez se queda un poquito más marginal, pero bueno hay un par de sitios, hay unos cuantos sitios por ahí en Lavapiés” (Eduardo, 38). En la medida en que

Lavapiés ocupa una posición subordinada geográfica y simbólicamente (“marginal”) respecto a los locales de Chueca, que atraen las dinámicas y valores dominantes, la órbita relacional de este barrio se concibe en clave de un espacio de socialización y sociabilidad sexual “al margen del emporio comercial de Chueca”, como veremos en el siguiente relato de Arturo. Se constituye propiamente como un espacio disidente de las lógicas dominantes, incluso contra-hegemónico frente a lo que se ha definido ya como el “capitalismo rosa” de Chueca, y particularmente de una forma de sociabilidad y de unos estilos de vida sexual mediados por prácticas de consumo que consolidan una manera de entender el homoerotismo de forma solidaria con los procesos dominantes de la sociedad capitalista. En el espacio urbano y simbólico de esta comunidad sexual local, el eje Lavapiés-Chueca representa posturas encontradas de vivir las relaciones sociales, y particularmente las relaciones homoeróticas, que se traducen en formas antagónicas de entender el movimiento LGTB, como podemos colegir del relato de Arturo, militante a lo largo de los años noventa de la Radikal Gay48: “íbamos más por Lavapiés… Chueca

siempre era un mundo en el que estábamos, porque no dejaba de ser también un espacio de socialización y cada vez más amplio… y podía ser divertido… y era distinto… pero siempre éramos un poco críticos […] pero sí teníamos un cierto rechazo por la forma de socialización de Chueca […] y luego durante esta época sí que es cierto que nos movíamos más por Lavapiés también porque los locales maricas de Lavapiés eran más mezclados, entonces estábamos nosotros con nuestras amigas lesbianas en la Lupe […] todo al margen de lo que es el emporio comercial de Chueca y de lo que es el gusto mayoritario de Chueca… entonces hay gente que usa ambos barrios, y hay gente que

Lavapiés hasta la Puerta del Sol) o Acera del Frente, se vinculan a distintos Centros Sociales Ocupados, como Patio Maravillas (en Tribunal), Casablanca o La Tabacalera (en Lavapiés), para articular diversas acciones de protesta dirigidas contra la mercantilización del ocio ligada a la especulación urbana en torno al barrio de Chueca, contra la influencia en las políticas públicas de los lobbies empresariales como la AEGAL (Asociación de Gays y Lesbianas de la Comunidad de Madrid), contra el racismo de las redadas policiales a los inmigrantes, etcétera.

48 La Radikal Gay se funda en 1991 a raíz de su escisión de COGAM (Colectivo de Lesbianas, Gays,

Transexuales y Bisexuales de Madrid), y se sitúa a la vanguardia durante los años noventa de unas reivindicaciones sexuales que no pueden desligarse de posicionamientos ideológicos libertarios y antifascistas.

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jamás se ha acercado a Lavapiés… pero sí, tiene que ver un poco con la marginalidad del barrio, con la historia del barrio, con el activismo político del barrio, con el movimiento okupa que ha estado instalado en el barrio, con los movimientos asociativos vecinales, y un poco pues lo alternativo” (Arturo, 46).

En una historia personal como la de Martín, caracterizada por la evitación de las relaciones de competitividad en la escena sexual de Chueca (“tener que estar ligando”, “sentirse observado”), la preferencia por el barrio de Lavapiés es reveladora de ese desplazamiento de la centralidad del capital corporal que se da en estos espacios de sociabilidad alternativa (“menos puesta en escena”), configurándose como un escenario donde las exigencias respecto a la circulación de su capital corporal (que él mismo percibe como devaluado) son menos acuciantes y, por tanto, ofreciendo un contexto de sociabilidad sexual más habitable donde no parece necesario recurrir a la artificiosidad de interpretar un “personaje”: “por Lavapiés más que por Chueca […] Lavapiés es menos

puesta en escena que Chueca, sí… sí… sí, en Chueca todo el mundo es uno mismo y su personaje […] de hecho, el sitio que más me gusta ahora mismo en Chueca es un sitio de chicas… que es realmente los sitios en los que me lo paso bien… supongo que también tiene que ver conmigo, y con mi forma de estar en el mundo… si estoy en un sitio donde siento que no hay posibilidades de tener que estar ligando o sentir que tal… estoy más cómodo, más relajado, me lo paso mejor… […] o si estoy en sitios donde no me siento observado, ni me siento… donde paso más desapercibido” (Martín, 34). Su preferencia

por un “sitio de chicas” no puede entenderse fuera del marco de esta competitividad en razón de los capitales corporales y de las dinámicas de clasificación y encasillamiento que lo relegan a posiciones subordinadas dentro del “ambiente gay”.

Por su parte, haciendo salvedad de la red comercial de locales de sexo (“porque vas a lo que vas”), a Álvaro podemos atribuirle un discurso crítico respecto a la mercantilización de “lo gay”. Desde una posición social fragilizada por su condición de “parado”, a la que ha llegado a lo largo de un periplo personal de movilidad social descendente en relación con su origen familiar (padre médico), “Chueca” representa en su discurso la contradicción entre unas expectativas generacionales y de clase (ligadas al rendimiento del título universitario en el mercado laboral) y unas aspiraciones personales frustradas por su participación subordinada en una sociabilidad destinada a sujetos con un poder adquisitivo con el cual no puede parangonarse: “me revienta un poco lo del negocio,

siempre me ha reventado… cuando abrían los primeros restaurantes gays que se llenaban, a pesar de ser malísimos algunos, pero claro, como es gay… y las librerías, con una selección de libros bastante cutres, pero hay que leer gay… y no sé, esas cosas nunca las he entendido… los bares sí porque vas a lo que vas, conocer gente, para pareja o para pasarlo bien o para besarte delante de alguien y que nadie diga nada… perfecto… pero un restaurante, una librería… eso me suena muy raro… entonces nunca me gustó la parte negocio de Chueca… no me gusta en lo que se ha convertido de barrio tan-tan-tan lleno de eso, pero bueno… no está mal” (Álvaro, 37). Su reflexión, en términos críticos

pero sin escatimar cierta ambivalencia en su relación con las instituciones homonormativas (“no está mal”), se integra en un discurso sobre Chueca como espacio hegemónico de reproducción del “estereotipo gay” en el que se aúnan

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característicamente un estilo de vida sexual recreativo y tendencias dominantes del mercado de consumo (“ropa de la calle Fuencarral”), en definitiva, una “cultura gay” que, representando una especie de vanguardia en el ámbito de las relaciones homoeróticas, se sitúa a medio camino entre un target de mercado en el que se no se reconoce y la producción de referentes culturales compartidos en torno al homoerotismo.

Al actuar orgánicamente con los determinismos de clase y las inercias del origen social, la distribución desigual de los capitales entre los actores, y específicamente de sus capitales corporales y económicos, pero también culturales y simbólicos, funciona como un dispositivo de regulación de la concurrencia y la competencia en los mercados sexuales del trueque, determinando las formas de reclutamiento y afiliación de los actores en los diferentes sectores de estos mercados, así como la circulación de las prestaciones en su interior. Estas dinámicas de dualización de las economías del trueque sexual, donde se condensan relaciones de clase y de capital corporal entre sectores diferentes y diferenciados de la comunidad sexual, determinan unas divisiones en los mercados sexuales que tienden a jerarquizar estos circuitos de intercambios en sectores hegemónicos o mercados centrales, como los “bares”, “clubs de sexo”, “discotecas” y “saunas” del “ambiente”, frente a otros mercados subalternos o periféricos que se constituyen alrededor de los lugares de encuentro en la “calle”, “parques” y “jardines”, “baños” y “aparcamientos”. Y en la medida en que estos procesos de dualización se van desplegando al calor del desarrollo histórico de las economías del trueque sexual, las dinámicas de estratificación ligadas a la distribución desigual del capital corporal tienden a segmentar estos sectores en una multiplicidad acotada de escenas y agentes sexuales: por una parte, los locales comerciales, como los bares de “pijos”, “chulos”, “osos”, “maduros”, los cuartos oscuros de “leathers” y de “alternativos”, las discotecas de “musculocas”, los clubs de sexo de “moda” o “desfasados”, las saunas de “ambiente” o bien de “abuelitas” y “chaperos”, y por otra parte, las zonas de cruising como los parques de “cancaneo”, “aparcamientos” de “casados” o “bisexuales”, “descampados llenos de viejitas”, “baños de señores”, etcétera.

Distribución geográfica de los mercados sexuales en el mapa de la ciudad

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Distribución geográfica de los mercados sexuales en el mapa de la ciudad

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De este modo, una descripción de los lugares de encuentro que se constituyen a propósito de estas economías del trueque sexual permite diferenciar las zonas de cruising o los lugares públicos de encuentro sexual, es decir, los mercados

periféricos de trueques sexuales, respecto a los locales de sexo de la red comercial

del “ambiente”, los mercados centrales, en la medida en que ambos configuran circuitos de sociabilidad sexual relativamente independientes, y en algunos puntos contrapuestos. Por su parte, la red comercial de locales de sexo, ubicada mayoritariamente en el barrio de Chueca, pero también parcialmente en Lavapiés, se inscribe en las relaciones económicas más amplias del mercado capitalista y aparece como expresión de una sexualidad legítima o hegemónica, ligada a la reproducción ideológica del consumo de bienes y de un estilo de vida sexual muy definido por la industria cultural del ocio: la “zona gay” de los locales de “moda” en Chueca, frente a la escena “más alternativa” de Lavapiés, pero hasta cierto punto opuestas ambas a las zonas “periféricas” de cruising, espacios menos delimitados y formalizados cuyas mismas características les hacen ocupar, como veremos, un lugar subordinado en el imaginario sexual de los sujetos.

Los mercados centrales de trueques sexuales, es decir, la red comercial de locales de sexo, emergen históricamente como un espacio de encuentro más o menos formal y formalizado que, al construirse simbólicamente por oposición a otros lugares más informales, como la calle o las zonas de cruising, se definen como un contexto netamente sexual y ligado directamente a la producción de una identidad colectiva sobre la base del homoerotismo compartido (los “gays”). Estos locales ofrecen un ámbito propio de socialización y sociabilidad sexual y se constituyen históricamente como el lugar de encuentro par excellence donde se materializa esta economía del trueque de prestaciones sexuales: “bares de sexo… bares de sexo puro y duro, eso existe

también en Madrid, yo también he ido, pero bares duros-duros-duros… [E.- ¿De qué tipo?] pues que te obligan a entrar totalmente desnudo, y lo que hay dentro de los bares es sexo sin contemplaciones, ahí no hay ‘Hola, qué hay, me llamo Antonio, me llamo Jorge… cómo estás’, no, ahí hay comida de polla al instante… morreo en la boca y sexo… sexo por sexo” (Samuel, 56). Esta red comercial de locales, que ocupa un espacio de

hegemonía cultural y delimita un ámbito de homonormatividad y autonomía simbólica propia, se identifica casi mecánicamente con las economías del trueque sexual en el imaginario de los sujetos: “¿qué pasa en los barrios gays?, pues que son lugares para

ligar, nada más y nada menos” (Maurice, 32). Lo característico de estos locales son unas

formas de sociabilidad sexual compartidas, donde las actividades comerciales y las interacciones se conciben en torno a la promoción de una sexualidad lúdica o recreativa: “pueden tener la fiesta de la… sin camiseta, fiesta de todos en bolas” (Ismael, 33), o “hacen noches temáticas… de botas, de cuero… o de todos con todos” (Álvaro, 37). Auténticas instituciones centrales en la socialización y sociabilidad del homoerotismo, alrededor de esta red comercial de locales los sujetos participan de la producción y transmisión de valores, prácticas y representaciones sexuales compartidas, a partir de las cuales los sujetos se implican en relaciones de afiliación y habitabilidad en las

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distintas escenas del “ambiente”: “salgo por bares, por ejemplo, voy al Cruising… al

Hot… al LL… al Odarko… al Strong… que tienen cuartos oscuros […] es más o menos igual, parecida en todos los sitios, más o menos… se folla y se liga yo creo de la misma manera” (Daniel, 32). La ambientación de los locales, la decoración y la disposición de

los espacios, está concebida para crear y recrear una atmósfera de estímulos sexuales propiciatoria de esa sexualidad recreativa y grupal orientada al trueque de prestaciones sexuales, y en torno a la cual, a menudo describiendo itinerarios en un circuito formalizado de locales, los sujetos articulan sus preferencias sexuales y configuran sus estilos de vida sexual. Ligados a las estructuras mayores del mercado de consumo y al proceso paralelo de diferenciación gradual del campo sexual del homoerotismo, los mercados del trueque sexual tienden a especializarse en sectores que multiplican los estilos de vida sexual vinculados a esta red de locales, particularmente a través de procesos de reclutamiento y cierre sexual que delimitan los diferentes sectores de la comunidad sexual en torno a esta red comercial: “está ahora todo como con mucho

cliché y muy clasificado… el Risk para pijos, el Black and White para chulos, el Leather para mayores, es de gente así de mediana edad… y con un gran cuarto oscuro … el LL… con actuaciones, a estas alturas… travestis trasnochadas, ¡por dios!… La Noite de chulos… luego, los especializados en osos, gordos y demás, como son el Enfrente, el Hot y el Bear […] el Delirio que está ahora muy de moda es un sitio para gente joven”

(Cristóbal, 49). La institucionalización y formalización de esta red de locales comerciales centralizados en el barrio de Chueca supone la confluencia de elementos ligados a la búsqueda colectiva de la habitabilidad del estigma gay, a la segregación en el espacio urbano por razón sexual y a la especialización del “mercado rosa” y del “ocio sexual” que, en el ámbito de la sociabilidad homoerótica, configuran unos estilos específicos de interacción sexual estructurados a partir de la mercantilización del tiempo de ocio49: “yo

no hubiera tenido la posibilidad de haber montado mi bar fuera de Chueca, no hubiera sido admitido, sin embargo, comercialmente crea zona, concentra mercado y entonces pues hay muchísimos clientes” (Eduardo, 38).

Si a lo largo de este proceso histórico de formalización de los mercados sexuales del homoerotismo “Chueca” va saturando un espacio de significación sexual para la comunidad gay local, las zonas de cruising o los lugares públicos de encuentro sexual se van definiendo cada vez más en oposición geográfica y simbólica respecto a esta red de locales comerciales. Las zonas de cruising aparecen en los imaginarios sexuales de los sujetos como espacios de una sexualidad subalterna, caracterizados por una ambigüedad problemática en el seno de la comunidad