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CHAPTER THREE: RESEARCH METHODOLOGY 3.0 Introduction

3.8 Unit of analysis

economías de trueques, referidas llanamente como “ligar” o “ligue”, a veces figuradamente como “salir de caza” o “ir a pillar”, se inscriben en la lógica de esta circulación de prestaciones sexuales colectivizadas –es decir, independientes respecto a una díada sexual- y organizadas en torno a la práctica sexual –es decir, a propósito de la participación como agente sexual en una comunidad sexual de pares (“sexo anónimo”, “con desconocidos”). En la medida en que en esta economía sexual los actores entran más en relación con la comunidad sexual de pares que con un otro conocido y reconocido, las codificaciones de las interacciones, es decir, la etiqueta que rige la sociabilidad sexual de los actores en los lugares de encuentro (cuartos oscuros, clubs de sexo, zonas de cruising) se imbrica en la misma circulación colectiva de prestaciones sexuales de una forma que hace indisociable la interacción respecto al intercambio. Debido a que en el trueque sexual las cosas dadas y devueltas se resuelven en el mismo acto de intercambio, la reducción del lapso que media entre el “ligue” propiamente dicho y la práctica sexual –en contraste con la economía del don que tiende a diferirla- hace que las interacciones ritualizadas que envuelven las transacciones, las maneras de ver y dejarse ver, de elegir y ser elegido, se inscriban en una dinámica orientada principalmente hacia la consecución del intercambio mismo, plegándolas a las exigencias que éste impone (anonimato, brevedad, lenguaje corporal); máxime cuando las disposiciones corporales de seducción y erotización del “ligue” se presentan, por la acción de ese carisma sexual del “morbo”, imbricadas en el mismo intercambio de prestaciones sexuales, es decir, en la misma práctica sexual, multiplicando así la centralidad corporal de las cosas intercambiadas.

Puesto que no es exigible un (re)conocimiento del otro en su totalidad, sino en tanto agente sexual, es decir por las cualidades sexuales expresadas a través de la composición de su capital corporal, las formas de sociabilidad sexual o “ligue” tienden a condensar en el mismo acto de intercambio las prácticas sexuales y las

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ritualizaciones de la interacción corporal. En definitiva, al tratarse de una economía orientada por un interés principalmente sexual, y al caracterizarse por la volatilidad de sus intercambios, las formas de “ligue” tienden a restringir la interacción a un mero (re)conocimiento de los atributos sexuales del otro, más que a un (re)conocimiento total de la persona –que sería más propio de un sistema de intercambios totales donde los dones sexuales circulan en una economía material y simbólica más amplia, como en las relaciones de “pareja”. Al restringir el reconocimiento del otro a sus aspectos principalmente sexuales, es decir, al primar las valoraciones sumarísimas de los capitales corporales de los sujetos, el “ligue” permite a los actores instrumentalizar la expresividad sexual de sus capitales corporales en los lugares de encuentro, ver y dejarse ver, estimando sobre esta base las afinidades electivas que habilitan el intercambio de prestaciones sexuales dentro de la comunidad sexual de pares, es decir, elegir y ser elegido. Se explica así el papel subsidiario que tienen las comunicaciones verbales respecto a la gramática corporal que articula las comunicaciones y, en general, la sociabilidad sexual en las zonas de cruising, pero también en bares y clubs de sexo, donde los actores ponen en relación de intercambio sus prestaciones sexuales en función de las equivalencias establecidas según la composición de sus capitales corporales.

El “ligue” en los lugares de encuentro sexual, a veces referido metafóricamente como “ir de caza” (Álvaro, 37) o “de pesca” (Adrián, 31), expresa el sentido de la sociabilidad sexual que envuelve los intercambios en el marco de estas economías de trueques. En un mercado caracterizado por el bajo precio de la práctica sexual, en cuartos oscuros, clubs de sexo y zonas de cruising las maneras de interactuar y relacionarse en el seno de esta comunidad sexual de pares se articulan de tal forma que los intercambios condensan los elementos instrumentales y expresivos de la práctica sexual: “el sexo

entre hombres es muy directo, no hay tanta complicación como entre hombres y mujeres… que hay todo un preámbulo, y hay toda una ceremonia, no… el sexo entre hombres es muy directo… no hay tanta… cómo te diría yo… tanta ceremonia” (José

María, 64). A menudo comparado espontáneamente con un ámbito de relaciones heteronormativas donde se tiende a diferir o posponer la práctica sexual (en tanto epítome de un sistema de dones sexuales), la sociabilidad que envuelve estos trueques no puede comprenderse al margen de la centralidad que tiene la práctica sexual en esta economía, inscribiendo el “ligue” en el seno de una circulación de prestaciones sexuales que, si por una parte lo eximen de la “ceremonia” del don (heterosexual), lo dotan por otro lado de una rica estilización de las disposiciones corporales y de una ritualización precisa de las interacciones, de las formas apropiadas de ver y dejarse ver, de elegir y ser elegido, de implicarse en un intercambio o desentenderse, como podemos colegir a partir de esta escena que describe Julián en una zona de cruising: “se están persiguiendo

mucho tiempo… o sea, van dos chicos, se cruzan por aquí y se dan media vuelta, se vuelven a cruzar por allí, se miran, no se dicen nada y se vuelven para allá… luego, cuando ya se van persiguiendo un tiempo es cuando se meten [entre los matorrales]”

(Julián, 24).

El “ligue”, al poner en juego un estilo de interacción donde las disposiciones corporales actúan como expresión de una relación de capital corporal y a la vez como la superficie de inscripción de la práctica sexual, expresa el registro apropiado de relación con esa alteridad que constituye la comunidad sexual de pares, caracterizado en palabras de

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Cristóbal por un “anonimato total… es que no hay mediación de la palabra, y a veces ni

de la vista” (Cristóbal, 49). Este “anonimato”, que resume la filosofía del trueque sexual,

es una forma de hablar del carácter colectivizado y despersonalizado de un sistema de intercambios volátiles donde el sujeto participa en tanto agente sexual dentro de una comunidad sexual de pares. Eximiendo la interacción de un conocimiento profundo y continuado sobre el otro, que sería expresivo de una vinculación más personalizada y duradera, el protagonismo de la expresividad corporal de los actores en los lugares de encuentro, al formar parte de la misma circulación de prestaciones sexuales, configura una gramática de interacción que refuerza la naturaleza fundamentalmente sexual de los intercambios: “con los ligues… generalmente se está con la persona sexualmente y

no… a veces no se tiene diálogo con esa persona… no se tiene diálogo ni nada… luego cada cual por su camino” (Norberto, 43). La intencionalidad sexual que anima los

intercambios del trueque (“estar sexualmente con la persona”) parece excluir prima

facie la posibilidad de una interacción basada en la conversación o en el “diálogo”,

restringiendo las interacciones a sus referentes corporales y a un reconocimiento sexual, o sea parcial, de los otros: “normalmente se mira… lo más común es que se toca, se toca

así por encima del pantalón… y si te gusta te tocas con él […] no es con base a palabras ni a nada de eso, ni al diálogo ni nada de esas cosas” (Gabino, 36). El hecho de prescindir

de la conversación produce una estilización de los códigos de interacción que va de la insinuación (“mirar”, “guiñar el ojo”, “hacer señas”) al exhibicionismo (“mostrar”, “exhibir”), envolviendo toda la sociabilidad en los lugares de encuentro y orientándola hacia la consecución del intercambio de prestaciones sexuales: “las personas están

pasando… y ellos tienen su pene fuera y lo muestran, lo exhiben, si está erecto… algunos no lo tienen erecto… hay quienes hacen señas de que quieren pues… hacer un fellatio o que se lo hagan” (Gabino, 36).

En el siguiente relato de Ismael hallamos de forma sintética elementos constitutivos de estos códigos de relación que tipifican las interacciones en el seno de las economías del trueque sexual, caracterizadas por acortar el lapso que media entre el “ligue” y la práctica sexual, cuando no fusionándolos en el mismo acto de intercambio: “como

normalmente no hay comunicación verbal pues en este espacio cuando te cruzas con alguien pues ya empieza a haber ahí algún tocamiento… o lo que sea… o incluso hay gente que ahí mismo tienen sus relaciones sexuales” (Ismael, 33). Sostenido por un

lenguaje corporal o “gestual” que tiene como horizonte inmediato el intercambio de prestaciones sexuales, el “ligue” se comprende mejor como el conjunto de prácticas que articula la sociabilidad sexual dentro de la comunidad de pares, haciendo posible la determinación de las afinidades específicas que dan lugar a la circulación de prestaciones sexuales en su interior, es decir, a la posibilidad de elegir y ser elegido: “[E.-

¿Habláis?] no, casi no… o sea… previo yo creo que no, que es más… gestual… es más, mirarse, tocarse… si hablamos es más después… pero también ha habido veces que me ha pasado de ponerte a hablar con alguien… me ha pasado con un chico que sí que estuvimos ahí hablando bastante antes y tal y cual, y luego ya nos fuimos por ahí”

(Ismael, 33). La referencia a la interacción verbal (“hablar con alguien”) mediante el marcador temporal “ha habido veces” refuerza su carácter excepcional y es indicativo del tipo de restricciones que se interponen normalmente a un estilo de interacción (“hablando bastante”) que excede los límites del puro intercambio de prestaciones sexuales puestas en juego en una economía de trueques. En resumidas cuentas, la sociabilidad sexual en los lugares de encuentro sigue una lógica más corporal que verbal donde la resolución del intercambio de prestaciones sexuales se hace sobre la marcha, al calor de la misma práctica sexual y articulada por la expresividad corporal a través de gestos e insinuaciones, posturas y posiciones, tanteos y roces que excluyen, en principio, la necesidad de una comunicación verbal sostenida que acompañe la interacción: “es

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que claro, muchas veces también es un lenguaje no verbal… a veces te dicen ‘Oye, ¿te apetece metértela?’ y a veces no hace falta decirlo, sino ya es un poco por los gestos, porque la persona se te ponga delante tuya y tú detrás… o si te empiezan a tocar el ano, pues ya… pues que ya la persona está un poco tanteando, y tú estás ahí tanteando también un poco, qué le puede ir o qué no le puede ir” (Ismael, 33).

Esta forma de intercambio que se caracteriza por la imbricación solidaria del “ligue” en el despliegue de la práctica sexual, es decir, que pone la sociabilidad en los lugares de encuentro al servicio de la circulación de las prestaciones sexuales, coloca en primer plano los aspectos expresivos de los cuerpos en las interacciones dentro de la comunidad de pares: lejos de suceder de forma aleatoria o arbitraria estas transacciones se desarrollan de una manera reglada y altamente ritualizada. Si la participación en esta economía sexual se vive como una experiencia de disolución en la asamblea sexual de pares (“anonimato”), que es el producto en el orden de la interacción de las condiciones de intercambio que impone este comercio de prestaciones sexuales, ello es debido a que la interacción ritualizada de gestos y miradas que envuelve característicamente la sociabilidad sexual, el “ligue”, hace que la relación con la alteridad sexual en clave de reconocimiento del otro como totalidad tenga un carácter subsidiario dentro de una economía donde el sujeto participa como agregado en una comunidad sexual en la que se inscribe de acuerdo a las equivalencias establecidas por razón de su capital corporal.

Cargadas de condensaciones corporales que tipifican las prestaciones sexuales y las dotan de sentido –como en los sexual scripts que describe Gagnon67-, la estilización característica de las interacciones que se produce en esta economía sexual orienta las disposiciones corporales de los actores hacia un juego expresivo de insinuaciones, de seducciones por el gesto y, particularmente, por el

intercambio de miradas que configura el registro de interacción apropiado a estos

intercambios sexuales que suceden dentro de la comunidad sexual de pares. El “mirarse” o el “cruzarse miradas”, si por una parte significa sexualmente a una alteridad singular dentro de la comunidad sexual de pares, restringe por otra parte el conocimiento de esa alteridad a un mero reconocimiento de sus atribuciones sexuales, es decir, a una valoración sumarísima de su capital corporal. Ello es coherente dentro de una lógica de intercambio donde se delimita el alcance de la vinculación mutua al juego estrictamente sexual de las prestaciones dadas y recibidas; es decir, donde lo contrario se interpretaría como una voluntad de extender más allá un vínculo que se vive cargado de condensaciones sexuales, pero sin obligaciones afectivas ni expectativas duraderas, un contrato tácito que no está concebido para extender la corresponsabilidad con el otro más allá de una complicidad sexual.

67 Véase Gagnon (2008).

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La mirada o, más particularmente el intercambio de miradas, acota un espacio ritualizado de interacción en el que los sujetos, abriendo un canal intersubjetivo de sociabilidad sexual, habilitan las condiciones expresivas que posibilitan los intercambios de prestaciones sexuales: “normalmente la gente camina… y se da uno cuenta que la

persona le gusta porque la persona lo mira a uno, se queda uno mirando con la persona… entonces uno sabe que ahí puede haber ligue, y ya también si uno se entiende con la persona pues tiene relación con ella… si te gusta… y si uno se entiende con la persona” (Norberto, 43). A menudo animados por una etiqueta de discreción que

multiplica las ambigüedades características del “ligue”, y más en la calle o en las zonas de cruising que en los bares y clubs de sexo, como cuando alguien “te guiña el ojo” (Christian, 28), este cruce de miradas constituye el registro de comunicación propio de un estilo de sociabilidad que se concibe por y para la práctica sexual, sin necesidad de mayor explicitación verbal: “en los servicios… además era divertido… en ese aspecto me

lo tomaba un poco como un juego… ¿me gustaba uno?, pues lo miraba… me iba detrás de él… y aquel que tenías al lado, lo mirabas, para arriba, para abajo… y se hacía en las cabinas de los aseos, allí nos lo montábamos” (Ramón, 32). Al precio de renunciar a un

conocimiento y reconocimiento total del otro como totalidad, más propio de una economía de los dones sexuales, esta estilización y ritualización de los códigos de interacción a través de la mirada no es ajena a la centralidad que tienen esas valoraciones sumarísimas de los capitales corporales en la escena sexual, es decir, del ver y hacerse ver para poder elegir o ser elegido, inscribiendo estas interacciones ritualizadas, el “ligue” propiamente dicho, en la misma lógica de intercambio de las prestaciones sexuales: “la gente suele ir más directa… que a lo mejor se cruzan, se echan

una mirada y rápidamente saltan a los matorrales y ya está… por una mirada” (Rafael,

48).

A veces vivido como una experiencia cercana al juego y al lance, o bien a la aventura y la experimentación, esta inserción de los sujetos en los mercados del trueque conlleva la incorporación paulatina del universo de reglas y regulaciones que articula esta economía de prestaciones sexuales. Los actores aparecen ligados corporalmente al juego sexual como producto de la adquisición por mímesis de los esquemas prácticos que regulan estas interacciones ritualizadas y el sentido de las reglas de intercambio. Las disposiciones sexuales incorporadas a lo largo de sus trayectorias sexuales, por y desde la emulación de las prácticas compartidas en estas economías de trueques sexuales, son el resultado práctico de una aprehensión de estas reglas del juego, o sea de los esquemas de percepción y acción que permiten interpretar la escena sexual, deliberar el sentido de las inversiones y jugar de una forma razonable con las reglas del juego. En definitiva, la adquisición de las competencias del “ligue” es una derivada de la incorporación paulatina de unas disposiciones corporales que, siendo el resultado de la socialización y la sociabilidad continuada en este comercio de trueques sexuales, se ajustan apropiadamente a las finalidades de este campo particular de intercambios, es decir, al orden de una circulación de prestaciones sexuales dentro de la comunidad sexual de pares. Y es justamente a medida que esta incorporación

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de los valores y códigos del trueque sexual se lleva a cabo, cuando se vuelve posible para el sujeto reconocer los actores y sus prácticas, las escenas y sus reglas, sin necesidad de explicitar ni poner en palabras esa especie de aprehensión gestáltica, al primer golpe de vista, que se hace del juego y de lo que está en juego.

A través de sus relaciones continuadas en los mercados de trueques sexuales los actores adquieren un sentido práctico de las convenciones que regulan estas formas de intercambio en el seno de la comunidad sexual de pares. De una forma paralela a su iniciación sexual, la adquisición de estas disposiciones sexuales ligadas a las economías de trueques implican la aprehensión o, mejor, la incorporación práctica del universo de reglas que articula los intercambios –es decir, la naturaleza colectivizada y despersonalizada de las relaciones, así como el principio de devolver equilibradamente lo recibido-, y a partir de la cual se producen no sólo las disposiciones corporales, sino también los esquemas de interpretación y reconocimiento de la escena sexual y de los actores: “yo no sabía… o sea, que había sitios de ligue, de ligar e irte, de tener sexo y tal,

pero yo no sabía que eso funcionaba así… claro, al principio […] al principio no tuve relaciones… al principio no, tardé bastante en tener relaciones […] no me sabía bien desenvolver ahí, entonces incluso estaba con miedo… a mí me daba miedo, era un espacio desconocido para mí, y no sabía lo que podía pasar” (Alfonso, 52). A menudo

esta inserción en los mercados de trueques va acompañada de una experiencia de iniciación sexual que se vive con el carácter de una auténtica exploración (“espacio desconocido”), no sólo de disposiciones sexuales que comprometen diversos usos corporales, sino también de espacios y esquemas de sociabilidad que, como en el caso de Alfonso o de Maurice, exigen la adquisición paralelamente de disposiciones prácticas hacia la interacción y el intercambio en estas escenas sexuales: “[E.- Ya, pero este

parque es muy grande…] sí, pero cuando tú pasas por aquí tú ves directamente que… [E.- Reconoces la gente…] sí… sí, sí… [E.- ¿En qué lo notas?] yo pienso que la mirada de las personas ¿no?” (Maurice, 32). La incorporación paulatina de estas reglas de interacción

produce esquemas de interpretación y de acción que permiten reconocer los códigos de una forma de sociabilidad sexual muy sutil en función del (re)conocimiento del juego en sus espacios específicos, como afirma Julián a propósito del “cancaneo” en un parque de la ciudad: “el lugar es fácil de reconocer, por la gente…se reconocen entre ellos

directamente” (Julián, 24).

Sobre todo en el contexto de las zonas de cruising, la participación en el juego sexual inculca los principios de percepción y reconocimiento de la escena y de los actores, simultáneamente a la incorporación práctica de esta ritualización de las interacciones que son encarnadas y representadas en los lugares de encuentro: “estuve ahí sentado en

la salida de metro con un chaval, con un amigo mío, y prácticamente sabíamos los que venían aquí… se les nota, se les ve… simplemente, según vienen por el paseo, andando, se les nota que vienen aquí [E.- ¿En qué se lo notas?] pues se nota… (risa) no sé, se les