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Estos días mi sensibilidad, un mucho anquilosada, se ha sentido bruscamente sacudida en una vibración extrema e inusitada. ¿Qué me ha sucedido entre el largo rosario de días de sopor y mi enérgi- co despertar? Acabo de leer El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Sus páginas están impregnadas de la intensa nostalgia de días pasados y dichosos, de la infinita amargura de verles alejarse y difuminarse en un crepúsculo sereno para enlazar con amaneceres de días nefas- tos, trágicos, en los que se negó a hombres, niños y mujeres, toda libertad, seguridad y respetos de la dignidad humana.

¿Quién no recuerda hoy a Stefan Zweig, sus sueños de confrater- nidad universal... y la cohorte larga, muy larga, de los millones de asesinados y torturados en los campos de concentración? ¿Quién tiene presente, vivo en la memoria, al maravilloso escritor, mejor, al hombre honrado, tremendamente verídico consigo mismo, que no escribió solamente para estremecer a sus lectores y gozar él mismo de la gloria y de la tranquilidad que le proporcionaban sus cuantio- sos derechos de autor, sino que, todo alma, penetrado hasta las entrañas del momento crucial de aquella época en la que perecie- ron tantos valores espirituales, sin fuerzas ya para resistir lo que él creyó una pérdida definitiva, se hundió voluntariamente en el mundo de las tinieblas eternas?

Debió morir en la misma ofuscación desesperada con que murie- ron nuestros heroicos compañeros en Alicante y en Madrid: Modes- to Cubas, suicidándose al entregar a los fascistas la 33 División; Mauro Bajatierra, luchando dentro de su casa asediada por los fran- quistas triunfantes en la capital de España. Suicidio consciente y voluntario fue también la muerte de los generales Aranguren, Esco- bar, Pérez Salas, negándose a abandonar España. Todos ellos debie- ron sentir la amarga punzada del «¿para qué?» y ante la creencia del triunfo definitivo del fascismo, prefirieron la muerte.

Como Stefan Zweig, también se suicidaron en la playa de Alican- te nuestros hermanos Máximo Franco y Evaristo Viñuales y cientos duciría irremisiblemente, al reverdecimiento y consolidación de los

regímenes autocráticos. Ensayemos de nuevo de rehacer una convi- vencia social pacífica y liberadora. Guardando siempre ante nos- otros la visión exacta de las posibilidades que limitan nuestras aspi- raciones. Sacrificio que podemos hacer en aras de una paz efectiva y duradera.

Eduquemos a nuestros hijos al margen del virus bélico patriote- ro y nacionalista.

Procuremos que nuestras mujeres se salven también de la epide- mia del Militarismo. Que no sufran la ofuscación de los atuendos militares. Que comprendan que los bustos femeninos están siem- pre más agraciados bajo las livianas telas de seda o de percal, que aprisionados bajo las rigideces de una guerrera de soldado y que su fina sensibilidad e inteligencia tiene más sabia y humana aplicación en valorizar las Artes, la Enseñanza, la Ciencia, la Literatura, el Tra- bajo y la crianza de los hijos, que colaborar en empresas de destruc- ción y de muerte.

Si a pesar de esta prudente y generosa conducta, los mastodon- tes del poderío mundial intentan llevarnos a una nueva matanza, no aceptemos sacrificios contrarios a nuestros intereses. Sacrifiquemos antes, en provecho propio y en el de los trabajadores del mundo. Aceptemos una sola guerra: la guerra social.

El axioma «si quieres la Paz prepara la guerra» es falso y desmo- ralizador. Nobel también creyó que «la guerra acabaría con la gue- rra» pero se equivocó. La bomba atómica, el horror más grande que ha conocido el mundo, no parece que haya tenido su epílogo en Hiroshima, antes bien, se muestran nuevos deseos de nuevas y más destructivas pruebas y aplicaciones. Y no olvidemos que, por mortí- fera y horrenda que sea un arma de guerra, siempre se hallará un genio maléfico que encuentre un móvil, o una idea, para fanatizar y exaltar la mente y el corazón de los hombres para lanzarlos al sacri- ficio de una muerte que le han dicho que es heroica, honrosa, libe- radora y salvadora de sus semejantes.

Ha pasado 16 años en prisión. Ha estado en casi todos los presi- dios de España y en las subsiguientes cárceles de tránsito, para lle- gar finalmente al Sanatorio Antituberculoso de Cuéllar, sanatorio para presos. Ha sufrido la ablación de un pulmón y a consecuencia de esa operación —casi siempre experimentales en los presos— le ha quedado la mano derecha completamente inválida. ¿Falta algo a este vía crucis sin justicia?

Hemos hablado de los amigos que han quedado diseminados por todos los presidios de España. Todos ellos cumplen condenas de 20, 30 y más años. Rememoramos: ¿resistirá Nicolás Mallo, con su tuber- culosis ósea; Carrasquer con su ceguera y sus perturbaciones gástri- cas; César Broto cojo y que hace unos meses se cortó los dedos traba- jando en una sierra; Manolo Martínez enfermo del pecho; Horcajada, Bruno Rodríguez ya ancianos; Miguel Monllor, Enrique Mazos y tan- tos otros de una y otra tendencia, todos magníficos militantes de la CNT?, y todos ellos separados del mundo, sometidos a un aislamien- to feroz, sin que para ellos exista Cruz Roja, ni Cuáqueros, ni Cáritas, ninguna organización de carácter humanitario que se acuerde de esos muertos-vivos de las prisiones españolas.

Antonio Izquierdo está ya libre, entre nosotros y no le faltará el calor espiritual y fraterno. Todos le queremos, pero él medita, está triste. Piensa que allá en aquellas prisiones quedó su salud y con su mano inútil le va a ser muy difícil abrirse paso en la dura selva del trabajo. Su salud de los años mozos se consumió de resistir tantos años de encierro.

No tengo la pretensión de que algún potentado del mundo democrático lea estas líneas. Ninguno de ellos tiene interés en recordar la epopeya española del 1936 al 1939, en la cual las fuer- zas liberales y libertarias fueron las primeras que se enfrentaron en el mundo con las enormes del fascismo. La democracia anémica y vergonzante ha relegado al más completo olvido a los pioneros españoles.

Tampoco las organizaciones obreras que se mueven dentro del marco de las democracias se muestran muy interesadas por nuestra tragedia.

Somos el movimiento más sacrificado de la tierra. No obstante, aún queda en muchos de los nuestros energías suficientes para pro- de otros. Los libertarios españoles oteaban ansiosos la línea del

horizonte esperando el barco que debía conducirles bajo otros cie- los más clementes; pero en el horizonte sólo aparecieron las naves negras del fascismo, conduciendo soldados que venían a matarles o a apresarles y ante la visión del encarcelamiento a perpetuidad o, lo que era más seguro, la ejecución, prefirieron el suicidio.

¡Oh, pobres atormentados de sueños de libertad, idealidad, de moral, de sentimientos fraternos, de arte, de poesía, de música! Hicisteis mal en mataros, aunque en el mundo de hoy ¿tienen acaso mucha validez esas aspiraciones? Tal vez el discurrir de una vida normal os habría conducido a experimentar la igual sensación de pérdida, de inutilidad, a la amarga conclusión del derrumbe de los anhelos generosos.

La lectura de El mundo de ayer la enlacé con la de Testamento

español de Arthur Koestler. Y la angustia recomenzó. Ante mi mente

desfilaban los cuadros de la cárcel de Málaga; las noches de «saca», los pasos precipitados de los carceleros, el ruido de cerrojos, de puertas que se abren y cierran presurosas, las letanías del cura, los gritos de «¡Madre!», el susurro de cantos revolucionarios... y al rato el trac, trac, trac, de los fusiles. Y aquel niño de 14 años que había que fusilar. ¿Cómo se las iban a componer para que no llorase y gri- tase? Resolvieron el problema emborrachándole para ejecutarle.

Creo que sufro una pesadilla y que tal vez Koestler ha exagerado un poco la nota trágica. Pero no, no ha exagerado. Tengo docenas y cientos de testimonios de esa época de desenfreno criminal. Pienso que habré de cambiar de lecturas. Mi cerebro está obsesionado de tan dolorosos recuerdos y, justamente, estos días, un hecho inespe- rado ha venido a exasperar estas impresiones.

Ha llegado de España un compañero: Antonio Izquierdo. Ha veni- do a visitarnos y está ante nosotros. Sonriente, algo tímido, pálido. Sus ojos son bondadosos e inteligentes. Las visiones de mis últimas lecturas se han materializado. Antonio Izquierdo fue detenido y juz- gado cuando tenía 14 años. Le pedían la pena de muerte, pero lo absolvieron. No por mucho tiempo, pues a los 18 años lo volvieron a detener, a juzgar y esta vez lo condenaron a muerte. Pasó seis meses en la angustia diaria del peligro de ser ejecutado. Más tarde le fue conmutada la pena de muerte por la de reclusión perpetua.

aquellas figuras hubiesen sido hechas por una muchacha de diecio- cho años. Todo en ellas respiraba el verdor de la juventud.

Todas las líneas, todas las figuras, toda la decoración están traza- das con vegetales, hojas, flores y pétalos. Nada de lápices ni de pin- turas. ¡Pero que bien esta adolescente ha sabido producir, como ella dice, la métamorphose du bouquet! ¡Cómo ha trasladado a los cua- dros ese arte sutil ingenuo, lleno de jugosa frescura y de tierno humorismo! No puedo olvidar el cuadro titulado Equilibrista. ¡Qué humorismo más lleno de gracia, de ingenio y de originalidad el de la figurita de la mujer atravesando el hilo atado al cuello de una jira- fa a cada extremo! ¿Y los patos? ¡Qué gracia tienen sus gordas pan- zas y sus cuellos larguiruchos!

Cincuenta cuadros ha presentado en la exposición. En todos, vemos animales, personas, plantas y paisajes, cantando una égloga a la paz campesina y a la naturaleza. Violeta tiene un sentido inma- nente del arte que lo esparce a manos llenas sobre sus creaciones.

No quiero poner punto final sin dedicar unas líneas al que presen- ta la exposición, Helenio Pérez, otro muchacho, hijo de libertarios, poeta y literato, el cual tejió una verdadera filigrana literaria y poética en el texto del catálogo y algunos de los títulos de los cuadros.

Todo esto es muy alentador. Espero que estas juventudes sean siempre los cultos y sólidos militantes de nuestras ideas, cuya belle- za han sabido llevar ya al arte y a la literatura.

Estos muchachos artistas, hijos de libertarios, pueden tender la mano a otros artistas y libertarios también, como Vivancos, y formar una entente de cordialidad que remoce y vivifique nuestro Movi- miento.

España Libre, Toulouse, abril de 1958. Firmado: Lola Iturbe. seguir la lucha por la recuperación de nuestros puestos de combate

en el interior de nuestra desdichada España.

España Libre, Toulouse, febrero de 1958. Firmado: Lola ITURBE.

Lluvia de flores sobre el cartón.