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No es muy numerosa pero, para nosotros, ofrece el más alto interés. Los «viejos» como ellos nos llaman de una forma despectiva aunque no exenta de un tono familiar, y, hasta quiero creer, de cariño, aus- cultamos todas las palpitaciones del corazón de esta nuestra pro- moción juvenil del momento. Seguimos atentos sus inquietudes, movimientos, pensamientos y actos, ya que ellos representan, en cierto modo, la prolongación de lo que fueron para nosotros los años mozos, primaverales y fecundos. Son también el eslabón que une, que refuerza, que alarga la cadena ascensional hacia un maña- na que anhelamos sea siempre mejor y, quizás, hacia la posible cul- minación de nuestras ideas de socialismo libertario.

Nosotros, los viejos, les cedemos gustosos y esperanzados los puestos de combate, ya que los jóvenes que vienen a reemplazarnos son, para nosotros, la más codiciada y feliz recompensa a nuestra vida azarosa de militantes y exiliados. Nos retiramos sosegados a zonas que requieren menos movilidad, pero nunca podremos dejar de des- plegar una gran actividad de sostén moral afectivo y de consulta.

Nos duele, claro está, que se intente imponer una ruptura con el cese de la trabazón normal que debe ligarnos a los jóvenes. Son guio- nes de nuestra propia vida que se pretende desintegrar y aventar. Para los jóvenes es distinto, al menos en apariencia. La ruptura signi- fica para ellos vivir sin tutelas, más o menos molestas, su propia exis- tencia, gozar plenamente la sensación de independencia, de madu- rez, de enjuiciamiento y de seguridad. Con mucha frecuencia olvidan que se forjaron una personalidad moral e intelectiva gracias al influjo y a la obra de sus progenitores y maestros. Ufanos y orgullosos creen descubrir a cada instante cosas nuevas, insospechadas, concebidas exclusivamente por ellos solos y se tornan soberbios, aunque de una soberbia inofensiva y llena de petulancia bien propia de la juventud.

Así, en el curso de la existencia humana vemos reproducirse por un instante el rompimiento de una generación con otra. El fenómeno se va repitiendo invariablemente. Engaño, espejismo, error, puesto que —¿Y no te duele salir de España, así sin más ni más, sólo para

ganar dinero?

—A mí me es igual estar en España que en la China. La cuestión es recoger alguna perra. Yo tengo en Alemania a Juan, mi novio. Tengo suerte de conocer a alguien allí, pues mire, toda estas chicas no conocen a nadie. Ninguna sabemos alemán ni cosa que se le parezca, ¡válgame Dios!, pero todas estamos decididas a vivir mejor y ganar dinero.

El tren está a punto de salir. Nos despedimos. La joven se va a Alemania. Instintivamente siente un sobresalto. Me acuerdo de los «Verboten», «Ausweis», «Achtung», los himnos guerreros, las pisadas de las botas de los soldados, los aviones, la guerra... No, hoy Alema- nia es la paz, la prosperidad económica. Pero ¡cuánto sufrirá esta muchacha de Freganal de la Sierra perdida en la selva del idioma germánico! ¡Qué lástima de coraje empleado para conquistar en el extranjero un jornal y unos medios de vida!

La mujer española, la de los pueblos sobre todo, tan casera, tan poco activa, tan apegada al terruño, ha tenido que hacerse fuerte, acuciada por la necesidad extrema, y salir en manada hacia el mundo para subsistir. Solamente por este imperativo, pues ignoran todo lo que es el régimen actual de España y carecen en absoluto de inquie- tudes morales y sociales. El tipo del emigrante económico que sólo aspira a ganar un buen jornal, vestir bien y divertirse.

Según datos oficiales hay hoy en Francia 400.000 españoles. 6.000 son muchachas del servicio doméstico. En Alemania hay 40.000, en Inglaterra 6.000, en Suiza 12.000, en Bélgica 5.000 y hasta para la leja- na Australia han salido numerosos aviones llenos de chicas para servir. Marta sufrió nueve años de presidio y perdió a su marido y sus padres luchando por hacer de España un país libre, abierto a todas las conquistas sociales. Su hija no sabe nada de todas esas ambiciones. El ambiente de la escuela religiosa y de la calle le modeló un espíritu cerrado a esos horizontes y sólo sabe que ha de tener un piso más bonito que el de la vecina, vestir mejor que ellas, tener un marido tan burro como el de ella e ir a misa sin creer en Dios, por estar bien con los señores del pueblo.

aproximarse laboriosamente a ella, descubriendo verdades parcia- les que considera como provisionales y revisables».

Ateniéndonos a este sabio pensamiento en el momento actual, creemos, pensamos y exponemos honradamente, sin acrimonia ni desdén para quien no opine como nosotros, que nos encontramos en un momento que nos interesa estudiar y decidirnos sobre un dilema que ofrece dos posiciones claves: nuestra integración volun- taria y definitiva al exilio o la de poner en juego todas nuestras energías y recursos para intentar la recuperación de España.

Adoptando la primera, se puede aceptar toda la integridad y la pureza anarquista inmarcesible. Es muy digno el que piense así. Como internacionalista convencido, se encuentra ante un pueblo tan suyo como el que perdió y, por lo tanto, se puede dedicar a propagar el anarquismo sin paliativos ni frenos, a crear grupos más o menos numerosos, a publicar algún periódico y revista, a celebrar alguna conferencia, etc., etc., y a esperar nuevos adeptos al correr de los años. Que conste que nos parece muy loable esta actitud y la respeta- mos de todo corazón.

La segunda, que consiste en el intento de recuperación de España, es algo más complejo y exige más actividad, más inteligencia y más fir- meza para hacer algo práctico sin perder las esencias ideológicas de nuestro origen. Así, sin disminuir nuestra íntima, fuerte y segura con- cepción que con Malatesta definiríamos así: «La sociedad anarquista no puede ser mas que una sociedad de hombres que cooperen volun- tariamente al bien de todos». Bien anclada en nosotros esta máxima, buscar nuevos horizontes de combate, agenciarnos nuevos refuerzos, no desdeñar opiniones para cooperar en tareas comunes, buscar los factores de coincidencia entre todos los elementos opositores al régi- men franquista. Aprender a conocer la España actual. Tratar de cono- cer el terreno y sus habitantes. Como ha dicho un arrepentido fascis- ta y exilado actualmente: «Aprendamos a pensar en español». No discriminemos sobre el hombre y fijémonos solamente en el sentido de la frase. Ésta quiere decir que debemos ajustar la actuación y sus módulos a la fisonomía de nuestro país en la actualidad. Los elemen- tos de la intelectualidad están muy avanzados en conocimientos, aun- que en sentido que nosotros quisiéramos puntualizar y clarificar. Los unos, atraídos por el comunismo, y los otros, con una mezcolanza los díscolos de hoy, los jóvenes intrépidos con concepciones que ellos

creen nuevas, pronto son arrastrados por la loca y acelerada carrera que es la vida y se encuentran rápidamente en su propio ocaso. En la concatenación del vivir humano y no puede ser de otro modo.

En nuestro caso, no olviden los jóvenes que al alcanzar su momen- to de madurez, encontraron ya una organización sólidamente estruc- turada y en marcha, a través de avatares sin fin, después de haber sufri- do un desastre que hubiera hecho naufragar para siempre a cualquier otra colectividad que no poseyera una osamenta tan poderosa y bien estructurada como la nuestra. Ella fue creada y conservada por los vie- jos y los jóvenes-viejos, pues las juventudes que integraron nuestra organización en los años de la guerra-revolución tenían entonces 20 y 30 años y hoy pasan de 50. Su consecuencia nos debería llenar de orgullo, ya que, tanto en el interior como en este interminable exilio, ha habido muy pocas defecciones, ya que las bajas habidas lo han sido, casi en su totalidad, por los imperativos de la muerte.

Tengan también presente los jóvenes que nos queda mucho camino que recorrer. Juntos tendremos que afrontar la difícil y espi- nosa etapa de una posible reintegración a España y lo debemos hacer todos de común acuerdo, aunque estemos situados cada uno en el puesto de nuestras posibilidades físicas.

¿Que existen nuevos problemas? Siempre los hubo. Acordémo- nos a últimos y principios de siglo el debate entre comunistas anar- quistas, colectivistas e individualistas y más tarde los problemas que se plantearon con las Federaciones de Industria, la Alianza con la UGT, los treintistas y la FAI y, para culminar, las divergencias del exi- lio. Y es ley de vida que así ocurra. Siempre a lo largo de ella se pre- sentan nuevas situaciones, nuevas concepciones ideológicas y cien- tíficas que nos obligan a analizar, a enjuiciar, a revisar, a superar nuestras tácticas de combate para obtener resultados más fecundos. Creemos que algunos de nuestros jóvenes se encuentran dentro del marco de estas inquietudes. No descubiertas por ellos, pues algunos viejos hemos meditado sobre ello, en âme et conscience, hace ya muchos años. Será muy oportuno recordar estas frases de Malatesta sobre el particular: «La ciencia, investigación de la verdad con métodos positivos racionales y experimentales, no se imagina nunca el haber encontrando la verdad absoluta y se contenta con

nas sobre cosas concretas y de fácil asimilación. Los nuestros es dis- tinto; tienen que forjar su formación moral e intelectual con gran esfuerzo; compulsar, estudiar filosofías, corrientes ideológicas, ana- lizar y orientarse entre el peligroso fárrago de la propaganda comu- nista y las contradictorias y confusas concepciones del capitalismo moderno, para elegir las ideas libertarias que, de haber sentido común en el mundo y verdaderos deseos de confraternidad en la comunidad humana, podrían ser dique al comunismo.

Los viejos comprobamos con tristeza que no tendremos las ener- gías de antaño para intervenir con eficacia en la lucha que nos plan- teará una eventual vuelta a nuestro país. Ahora más que nunca necesitamos la aportación de estos jóvenes para que luchen y pro- paguen nuestras ideas en el concierto de la nación. Esto sin dema- gogias ni estridencias, de una manera persuasiva y generosa, sin amenazas de eliminación del adversario, sino aprovechando todas las fuerzas y energías compatibles para ir tendiendo a crear un clima de concordia entre los españoles, siguiendo siempre una línea ascensional hacia nuestros ideales. Firmeza sí, pero también tolerancia y comprensión para el que no piense como nosotros.

Y, para ir dando fin a este trabajo, repetimos que la sabiduría de los viejos es la de ir cediendo nuestro sitio a los jóvenes, con des- prendimiento, pero recomendándoles que cumplan su misión con tanta pericia, entusiasmo y espíritu de sacrificio como el que emple- amos nosotros. Pueden y deben ejercer plenamente toda su liber- tad y actividad de militantes, sin relegar por ello al desprecio y al ostracismo a los combatientes activos de ayer.

«No se muere completamente cuando nuestros esfuerzos han contribuido al progreso de la Humanidad. Nos integramos a la ener- gía cósmica, pero nos proyectamos con nuestras obras en el tiempo. De hombre a hombre, de generación en generación, los que han practicado tan noble tarea entran en la inmortalidad»*. Así, pues,

continuamos este lazo de unión y fraternidad de hombres y genera- ciones y, con la mano tendida, ponemos punto final.

Espoir, diciembre de 1962. Firmado: Kyralina. rara y confusa para nosotros, mezcla de cristianismo y, estamos tenta-

dos de decir, anarquismo. Ellos lo denominan así, pero no es tal, por- que en el fondo se trata de la defensa intangible del nuevo Estado. De una u otra forma, los intelectuales sienten la vibración de nuevas inquietudes. Pero el pueblo…, aquel pueblo tan sabio en problemas sociológicos y humanitarios, con un sentido libre de la vida que nos dejamos, no existe, está extinguido. Hoy el obrero español no puede leer ninguna publicación que lo oriente en la selva intrincada de patrañas fascistas. No puede ir a la reunión del Ateneo de la barriada, que lo ilustraba; no tiene el local del sindicato en donde se bañaba en ideas de libertad y de justicia; no puede asistir a mítines ni conferen- cias. El obrero actual de España trabaja, trabaja mucho, va al cine, al fútbol y a los toros, vive como puede y al llegar al límite extremo de no poder conseguir ni siquiera eso, cosa que sucede con frecuencia, emigra para ganar dinero.

Deberíamos conocer esta vida de cerca, tratar de trabajar en lo posible sobre el terreno, estar atentos a todas las manifestaciones que puedan producirse contra el régimen, protestas más o menos abiertas, sobre todo las huelgas. Si hubiéramos estado preparados en las últimas que adquirieron una amplitud inesperada, hubiésemos podido orientar y reforzar al interior y quizás la magnífica acción de los huelguistas habría tenido un desenlace más fructífero. Si bien no abunda el caso del obrero ilustrado y rebelde, no hay que olvidar que, a pesar de la sangría represiva y de la cortina de humo de la pro- paganda embustera de los dirigentes y plumíferos franquistas, los obreros logran de vez en cuando dar una nota de vitalidad y de des- contento que sería útil poder canalizar en el momento de la acción.

Mientras escribo estas líneas, no puedo apartar de mi mente las terribles condenas de que han sido víctimas nuestros jóvenes. Ayer mismo, acusados de haber participado en la publicación de Juven-

tud Libre, dos jóvenes han sido condenados a once años de presidio,

sin que afecte gran cosa al mundo que se llama democrático, libre y cristiano. Esto viene a reforzar mis aprensiones del escaso resultado que se obtiene por tanto sacrificio. El militante joven representa una esperanza del porvenir, es un tesoro que no tiene equivalente, al que conviene preservar de sacrificios definitivos. Los comunistas

grientas y de los que nos han abandonado inexorable y sistemática- mente cada día, en el área peninsular y esparcidos por el mundo, quedamos suficiente masa de militantes para operar el resurgimien- to que propiciamos. Pero esto ha de ser pronto, pues la marcha ver- tiginosa del tiempo y de los acontecimientos no admite dilaciones.

Para ello urge romper con el inmovilismo. Hay que suprimir acti- vidades y expedientes secundarios; hay que abandonar las diversio- nes rutinarias; hay que renovar, rejuvenecer y vigorizar el equipo o los equipos representativos, dotándoles de acuerdos y orientacio- nes concretas que los sitúen en condiciones de cumplimentar rigu- rosa y rápidamente los acuerdos que se adopten; hay que suprimir esas barreras mentales, más difíciles de franquear para algunos que los Pirineos que siempre nos han separado de la España libre y com- batiente; hay que secundar —en vez de interferir y entorpecer— al gran número de militantes que en el interior se han salvado todavía del naufragio, los cuales, nos consta, con nuestra comprensión y ayuda, levantarán una CNT capaz de enfrentarse con éxito al régi- men de Franco que contribuirá a restablecer las libertades y los derechos del pueblo español.

¡Actuar por y para la liberación de España! ¡Ésa ha de ser nuestra divisa!

España Libre, Nueva York, 1964. Sin firmar.

Artículo autentificado por Helenio Molina.