“¿Qué debemos hacer?” (Lc 3,14)
1) A medida que avanza el Adviento, y en un tiempo crepuscular en la que ésta escasea, la liturgia nos invita a la alegría: “¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!”; “Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta”. Es a causa de la acción salvífica de Dios que los miembros del pueblo redimido
“sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación”. En el caso de los cristianos, la razón evidente de esta invitación a la alegría es el ya próximo nacimiento del Señor: “El Señor está cerca. No se angustien por nada”; con la consecuente promesa del Bautista: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”.
2) Ante esta inminente llegada del Señor, que viene a traer el gozo del Espíritu y a “recoger el trigo en su granero”, pero que también “consumirá la paja en el fuego inextinguible”, hay que
disponerse con decisión. Es interesante notar que, posiblemente debido a esta urgencia, todos los sectores de la sociedad de entonces queden representados en las preguntas dirigidas a Juan Bautista respecto de “qué debemos hacer”: primero le preguntaba la gente en general, luego los publicanos y por último los soldados. ‘¿Qué hacer?’: se trata de la pregunta ética más fundamental, a partir de cuya respuesta puede construirse un estilo de vida. Pero para ello, todos deben prepararse, si bien a cada uno el Bautista le hace propuestas diferenciadas.
Al primer grupo le dice: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”. Es decir, que una primera forma de preparación, para todos posible, es la de dar cabida solidaria al otro, compartiendo lo que se tiene: bienes, dones y recursos. Al segundo grupo, de los publicanos, que eran los recaudadores de impuestos, aquellos que tenían legitimidad social para cobrarlos y por esto mismo muy mal vistos por la gente (porque sus ingresos e intereses eran diametralmente opuestos a los del común), les pide que “no exijan más de lo estipulado”. A los soldados, que en una época en la que no existía la policía eran quienes tenían poder de coacción, los exhorta a que “no
extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo”.
3) Mirando el conjunto de los caminos de preparación a la venida del Señor, vemos que todos quedan en alguna forma involucrados, pero que hay exigencias particulares para los grupos con mayor responsabilidad y poder socio-económico y político- militar. En estos últimos casos, se pide mantener la equidad y no hacer un uso injusto y arbitrario de la fuerza. Pero en todas las situaciones, la preparación a la venida del Señor tiene connotaciones sociales: tiene que ver con la preocupación por los demás y el bien común.
La inequidad y la pobreza, como expresión de una ‘deuda social’ escandalosa en Argentina, deberían convertirse en preocupaciones prioritarias en la agenda pública de nuestro país. Denotan una mala distribución, debido en parte a cuestiones que tienen que ver con el déficit de desarrollo humano, pero también al efecto nefasto de políticas corruptas, prácticas especulativas, y presiones corporativas por parte de diferentes sectores de la sociedad, que denotan en su conjunto fallas dirigenciales de fondo, como así también un deterioro ético general y una ‘falta de pasión por el bien común’. Ante este panorama, todos podemos hacer algo. Sobre todo si tenemos un espacio social de irradiación o de poder significativo.
Podemos preguntarnos en primera persona: ¿Qué debo hacer? ¿Cómo estoy preparando la venida del Señor? ¿Soy realmente ‘peregrino a la ciudad celeste y ciudadano de la ciudad terrena’?
[Domingo IIIº de Adviento (C): Lc 3,14-18;Sof 3,14-18; Is 12,2- 6; Fp 4,4-7]
"¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a
otro?" (Mt 11,3)
1) La perplejidad de Juan el Bautista frente al misterio de Jesús, no le impide hacer de su parte todo lo posible para preparar el camino del Señor. El más grande de entre los nacidos de mujer (v.11), ya encarcelado, manda preguntar a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?" (v.3).
Esto nos hace pensar que no debemos esperar a tener todo meridianamente claro para poner manos a la obra, sino que muchas veces es preciso arriesgarnos a partir de cierta 'oscuridad'. En ocasiones, las cosas se van clarificando en la medida en que las emprendemos.
2) La respuesta de Jesús se atiene a los hechos: "Los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres" (vv.4-5). Todos estos signos estaban asociados inequívocamente al advenimiento del Reino de Dios (ver, por ejemplo, Is26,19).
El discernimiento es la actitud mediante la cual vamos descubriendo por dónde pasa el plan de Dios. Existen indicios o frutos que nos hablan de la presencia del Espíritu en determinadas circunstancias. También hay personas que pueden ayudarnos a descubrir esa presencia con mayor facilidad.
Podemos preguntarnos: ¿Asumo en la vida una verdadera actitud de discernimiento?
"Los publicanos y las prostitutas creyeron en él" (Mt 21,32)
A veces, quienes de acuerdo a los cánones sociales vigentes parecían estar peor posicionados para comprender las cuestiones atinentes al Reino de Dios, terminan entendiéndolas mejor que los más capaces y favorecidos. En este caso, Jesús hace notar que los publicanos y las prostitutas aceptaron mejor que los escribas y fariseos el mensaje de Juan el Bautista. Al respecto, un estudioso contemporáneo de la Biblia, J. Meier, titula su prestigiosa investigación sobre el Jesús histórico con la sugerente expresión "un judío marginal".
Podemos preguntarnos: ¿Estoy atento/a a los discretos signos de la presencia de Dios en mi vida cotidiana? ¿Me dejo interpelar y convertir por esa misma presencia?
"¡Feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!" (Lc 7,23)
La presencia de Jesús se pone de manifiesto en sus signos de liberación: la gente vive mejor, recupera sus capacidades, se eleva a lo mejor de sí misma. Éste es el único argumento que esgrime Jesús cuando los discípulos de Juan le mandan preguntar si era Él quien debía venir: vayan a decirle 'lo que ven'.
Hoy transitamos una crisis generalizada de confianza, y por eso, la Palabra de Dios debe ser proclamada con el firme respaldo de testimonios creíbles. De ahí que podamos preguntarnos: ¿Soy agente de liberación en los entornos en los que vivo y me muevo?
"Mi amor no se apartará de ti" (Is 54,10)
Una de las actitudes que más se condice con el amor es la de la presencia. Dios se compromete a no abandonar a su pueblo, que ama como a la esposa de su juventud. En esta fidelidad hasta el fin, el Señor nos revela su cariño (verIs54,1-10).
El misterio de la Encarnación nos habla de una presencia inédita y amorosa del Dios-con-nosotros; que a su vez estamos llamados a cultivar también los cristianos de cara a las variadas situaciones de vida que afligen a las personas concretas que vamos encontrando en nuestro día a día.
Podemos preguntarnos: ¿Me hago presente ante el hermano sólo y desamparado?
"El testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan" (Jn 5,35)
El evangelizador no es el Evangelio: éste es Cristo. Como Juan el Bautista, cada uno de nosotros está llamado a testimoniar que Jesús es la luz verdadera. El anunciador de Buenas Noticias no debe sustituir a la misma Buena Noticia hecha carne. Como el Bautista, tampoco nosotros somos dignos de desatar la correa de las sandalias de Jesús.
Y acerca de la superioridad de Jesucristo, Palabra del Padre, respecto de quien lo anuncia, el mismo Señor atestigua: "El testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan" (Jn 5,35).
Podemos preguntarnos: ¿Busco dar testimonio humilde de Jesús en mi vida cotidiana?