5 EMPIRICAL RESEARCH METHODOLOGY
5.3 Research philosophy
5.3.2 Implications for research design and methods
A lo largo de la historia, nuestra sociedad ha ido organizando de manera diversa un universo de significaciones en relación con la maternidad y con la idea de que la mujer es naturalmente considerada como madre. Actualmente, se le considera como una función por medio de la cual la mujer puede seguramente alcanzar su realización y su adultez. Desde esta posición, la maternidad se encuentra dando el sentido que la feminidad no tiene en la vida social, por lo tanto, hace pensar que el hecho subjetivo y social que define lo que es ser mujer es el ser madre.
En un primer momento es necesario establecer la diferencia que existe entre reproducción y maternidad. Para Fernández (1994), la reproducción está referida al orden de la especie, mientras que la maternidad es un fenómeno circunscrito al orden de la cultura. Por lo tanto habrá que pensar la maternidad como una función social más que como un fenómeno natural inherente al sexo biológico de las mujeres.
De Beauvoir (1989) sustenta esto mencionando que la maternidad de la mujer realiza integralmente su destino fisiológico; la autora afirma que ése es el destino natural, si se considera que todo su organismo se halla orientado hacia la perpetuación de la especie. Pero, como ella misma lo menciona, el ser humano no se encuentra nunca abandonado a la naturaleza, y en el caso de la maternidad no es la excepción ya que no se trata de un fenómeno dirigido al azar, sino regido por las voluntades, así como el deseo inconsciente de cada individuo.
La naturalización de un hecho social como la maternidad pone a las mujeres en posiciones limitadas que, como lo menciona Fernández (1994), legalizan las diferentes acciones tanto en el concebir, parir y criar a los hijos, como en los discursos más abarcativos en torno a la mujer, producto del medio cultural en el que nos encontremos.
Para Ávila (2004) la maternidad es comúnmente considerada por la mayoría de las personas como un hecho natural o dado, que realiza y completa a la mujer, fructifica el amor de la pareja y concretiza el triunfo de la vida ante la muerte al trascender en los hijos. Es también una función considerada instintiva y fundante de la identidad femenina, en tanto que instituye y legitima la supuesta esencia femenina y la supuesta división natural del mundo en dos esferas (público y privado), que complementa y armoniza con el orden heterosexual y el orden social.
Definida por Sánchez, A. (2004) la maternidad es la institución que le asigna el lugar de madre a la mujer a partir de la relación social por la cual ésta se hace cargo de las necesidades del recién nacido y comprende las construcciones culturales del género, ya sea modelos, normas, ritos, valores, representaciones, discursos y teorías que pautan esta relación, que definen sus objetivos y las condiciones sociales en las que “debe darse”. Así es como en la mayoría de los contextos sociales es esperado que la maternidad se ejerza bajo un lazo conyugal y que sean las mujeres quienes desempeñen una labor de crianza. Es decir, todas esas experiencias de maternidad son diversas pero están pautadas, preescritas y son simbolizadas a partir de las elaboraciones culturales de la propia institución de la maternidad en cada cultura.
Según Sánchez, A. (2004) las mujeres se vinculan a la institución de la maternidad a través de ciertos ejes de significados que dan sentido a sus experiencias. El
primero de esos ejes es el que alude al discurso biológico, el cual se erige como el legitimador de las experiencias de la maternidad como eventos “naturales”. El segundo eje básico en la simbolización de la maternidad lo constituyen aquellos significados referidos a la relación de la pareja heterosexual que definen la sexualidad femenina como un instrumento para la procreación, por lo tanto, mientras que para la mujer la maternidad se reconoce a partir del argumento biológico de haber dado a luz, la paternidad se instituye desde lo social, una vez que él reconoce la relación sexual legítima con la madre del hijo. En dicho esquema la mujer trata de establecer una relación amorosa con el fin de consolidar una pareja conyugal y una familia; así la pareja y el hijo se construyen como significados del ejercicio sexual de las mujeres.
Por último, el tercer eje de simbolización de la maternidad lo constituye la familia, es a partir de este eje de significados que la madre asume la tarea de introducir al hijo o hija a la cultura a través de las tareas de crianza y socialización.
En la actualidad se pueden encontrar diversas discusiones respecto al tema de la maternidad desde el discurso feminista y desde el discurso de las propias mujeres quienes se plantean diferentes preocupaciones que mujeres de generaciones pasadas no; tales como la preocupación del futuro personal, reflexiones acerca del deseo o la ausencia del mismo por ser madres, la voluntad de realizar una experiencia distinta del ser mujeres, etc. que de alguna manera han desembocado en plantear nuevas posibilidades que permitan la existencia o aparición de nuevos modelos de mujeres diferentes al de la madre.
Por otro lado no podemos dejar de reconocer que en nuestra cultura se sigue pensando que el tener un hijo es la aspiración máxima de todo ser humano, y si se trata
de una mujer, no existe lugar a dudas al respecto, ya que en el imaginario popular se cree que una mujer sin hijos es una mujer incompleta a quien el medio cultural se encargará de elaborar una serie de mensajes sobre su incompletud e inadecuación de su vida. Y en muchas ocasiones se olvida que tanto la maternidad como la no maternidad son hechos que obedecen a condiciones profundas interiores de una manera de afrontar y resolver la vida. Tiene que ver con un mundo de incapacidades y capacidades vitales, por una parte, y por la otra, con una manera distinta y un rechazo consciente de la definición hegemónica de la feminidad.
Además sobre el imaginario social de la maternidad (la madre amorosa encargada de la familia) se ha construido un andamiaje simbólico muy denso, en el que se articulan niveles del orden de lo biológico, lo cultural, lo psicológico, lo religioso y lo político, mismos que implican que su estudio sea un tratamiento complejo. Pues es importante destacar que en fenómenos como la feminidad y particularmente la maternidad no se trata únicamente de fenómenos adscritos al escenario cultural sino que se mezclan muchos factores tanto psíquicos, conscientes e inconscientes.
El deseo de ser madre o de tener un hijo no es un hecho homogéneo para todas las mujeres. Pero, independientemente de las determinaciones psíquicas e inconscientes, que en cada una se juega a través de la historia personal o familiar, para postergar o para francamente no expresar el deseo de ser madre, otra de las cuestiones relevante es el hecho cultural y político que represente esa elección.
Como lo comenta Ávila, Y. (2004) en la cultura occidental predomina el mito del amor materno como si se tratara de un sentimiento ahistórico, universal, propio de todas las mujeres, o un hecho instintivo o natural, propio de la feminidad o de la naturaleza
femenina. El cual si no es experimentado por las mujeres se le considera como una agresión a la propia especie humana en general y al gremio femenino en particular.
Intentando cambiar situaciones como estas es que en un principio se tienen registros como los ocurridos en la primera mitad de la década de los setentas, cuando las feministas se habían preocupado más por todos aquellos aspectos de explotación económica que suponía el ejercicio de la maternidad sin necesariamente cuestionar la maternidad misma (Osborne, 1993). Sin embargo, es hasta la segunda mitad de dicha década, cuando esas mismas feministas se encontraban ya en edad más avanzada, que se enfrentan a la maternidad (hasta ese momento pospuesta) como una opción y no ya como imposición. Es en ese momento cuando empiezan a realizar reflexiones que interrogaban ya no sólo por la ausencia del hombre en el cuidado de la infancia sino de todo aquello que fuera capacidad nutricia hacia los demás. Lo cual refleja la complejidad psicológica del deseo de las mujeres por ser madres y de las implicaciones de la maternidad como institución.
Por otro lado, las feministas también se platearon, en otro tiempo, la disyuntiva entre no ser madres y la dedicación al trabajo, por un lado, o la maternidad, por el otro. En la actualidad parece existir lo que Giménez (citada en Osborne, 1993) llama el “Síndrome de las dos cosas a la vez”, es decir, llevar a cabo tanto el rol de ser madre como el de la propia profesión, que en el caso de los hombres no se da tal disyuntiva.
Preocupaciones dirigidas a la discriminación laboral, económica o al uso del cuerpo femenino como objeto sexual han dejado de lado la explotación de las mujeres en tanto que “objetos reproductores” (Giménez, citada en Osborne, 1993), pues la maternidad se da como un hecho, transmitiéndose el mensaje tanto a mujeres como
hombres de que no serán verdaderos adultos si no se convierten en madres y padres. De esta forma es como muchas mujeres forman una familia y se convierten en madres por una situación que va más allá de las elecciones personales. Y no sólo se ven impulsadas a la maternidad por un sexismo institucionalizado sino por la promesa de una serie de gratificaciones psicológicas y sociales que se asocian comúnmente a la maternidad, idealizándola y esperando que a partir del hecho de convertirse en madres llegue la realización personal, la completud, y la satisfacción más grande jamás experimentada.
Resaltar únicamente los aspectos positivos de la maternidad y además distorsionar la realidad de muchas mujeres que se dedican a sus tareas maternales en solitario, sin ayuda alguna, genera una realidad preocupante en la cual se construyen modelos que sólo dejan lugar a la frustración ya que son inalcanzables. Frente a un modelo de madre ideal que disfruta intensamente todos los aspectos de la maternidad sin experimentar algún sentimiento negativo, todas aquellas mujeres que no se sientan así por alguna razón, pueden llegar a experimentar un profundo sentimiento de culpa por no estar cerca de ese ideal preescrito. En relación con esto podemos nombrar las numerosas investigaciones hechas que demuestran la vulnerabilidad de este grupo de mujeres a experimentar sentimientos de frustración o depresión.
Desde otro sentido, en términos del poder que otorga la maternidad, Newland (1982) hace un análisis de este hecho como uno de los medios que la mujer tiene para coaccionar de alguna forma en las esferas de poder, ya que en sociedades como la nuestra con un dominio masculino, los niños son uno de los pocos bienes que las mujeres pueden controlar. Por lo tanto, para dicha autora, mientras menor sea el control que tienen las mujeres sobre otro tipo de recursos, mayor será la tendencia a depender de la crianza de los hijos para ejercer algún tipo de presión sobre su entorno. Aunque este tipo de enfoque
no deja de lado el precio que las mujeres tiene que pagar por ejercer esta forma de poder, es decir, los costos a su salud por numerosos partos o la limitación de otras actividades por tener que satisfacer las necesidades de sus hijos.
Por lo común el trabajo de la mujer fuera del hogar no ha sido tan altamente valorado como su ejercicio de la maternidad en plenitud, siendo mal recompensadas o discriminadas por ejercer otro tipo de actividades que históricamente han sido ejercidas por hombres. Así que, con un ensalzamiento de la maternidad y la mala valoración de otros roles, la crianza de los hijos se convierte en muchas sociedades la única opción que brinda una posición respetable a las mujeres.
La sociedad de consumo utiliza muy bien el concepto de abnegación para servir mejor, reafirmando el rol social de nacer niña, para ser madre. Y con el mito de que la madre es la responsable de la crianza y la educación de los hijos, pues como lo menciona Saldaña (2006) la sociedad en general omite sus responsabilidades y presenta una doble conducta, ya que por un lado se enaltece la maternidad y por otro se le desprecia. En nombre de la maternidad se ha limitado a la mujer en el ambiente doméstico y de esta forma se desestima su derecho a desarrollar su potencial como ser humano.
Para esta periodista es necesario entender que la maternidad es un enriquecimiento que trasciende el embarazo y el alumbramiento, para dar inicio una relación que abre paso a la posibilidad de la humanización de un nuevo ser. Reconociendo que es tarea y compromiso de todos y cada uno de nosotros, tanto hombres como mujeres. La maternidad no debe ser sinónimo de opresión, frustración, o renuncia a las posibilidades y oportunidades en todos los ámbitos de la vida. Pues como
ella lo propone, sería bueno ver a al sociedad como ente maternizador, donde la atención, el cuidado, la educación hacia los niños y niñas no sea tarea sólo de la madre, sino también del padre y de la comunidad.
Es preciso entonces reorganizar la cotidianeidad, y trabajar con ahínco en la formación de nuevos patrones para renovar nuestra convivencia. Para estar de acuerdo que toda la sociedad debería tener un “rol materno” de respeto y protección a la infancia, para que la maternidad dejara de ser el destino de toda mujer y se convirtiera en una opción madura, que tanto a mujeres como a hombres les brinde la posibilidad de crecer como personas, trasmitir conocimiento y reconstruir nuestras sociedades.