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6 The Rise of IBM in the computer industry: 1954-

6.6. Implications for software work

Resultan bastante valiosas las reflexiones del profesor Mauricio Bedoya al decir que “el poder es un problema de gobierno definido como conducción de la conducta de los otros (individuos o grupos)” (Bedoya, 2018, p. XVI); y luego, al parafrasear a Foucault (2001) al decir que “gobernar es realizar una estructuración del posible campo de acción de los otros” (p. XVI). Así, con estas reflexiones, se tratará de dejar consignado, en un primer momento, cómo las maquinarias de la sujeción permiten a los poderes “conducir la conducta de los otros y estructurar el campo de acción de los otros” (p XVI.).

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Cuando se menciona sujeción se hace referencia al “ejercicio mediante el cual las subjetividades se vuelven sumisas al poder de centro. En este plano no solo se encuentra la producción de sujetos sometidos, sino que da lugar, también, a la interceptación de subjetividades en resistencia” (Useche, 2016, p. 38), por lo tanto, al hacer referencia a las

maquinarias de sujeción, éstas serán entendidas como el engranaje de diversos dispositivos de dominación cuyo fin es lograr el sometimiento de los sujetos.

Las maquinarias de sujeción, como se mencionó unas líneas arriba, son el resultado del acoplamiento de viejos y “nuevos” dispositivos de dominación. Dentro de esos viejos dispositivos resaltan los sistemas normativos y reglamentarios a través de los cuales se ordenan las experiencias sociales, elaborando, a su vez, un orden jerarquizado que es respaldado por una fuente última de legitimidad (Nosetto, 2017). En este escenario Foucault (1968, citado en Nosetto, 2017) muestra al discurso jurídico–político como una herramienta del poder hegemónico para lograr su dominio sobre los seres humanos y los territorios.

[…] el discurso jurídico–político conecta la sujeción actual con un acto fundador de derecho, en el que el consentimiento de sujetos libres dio lugar a un orden civil que desde entonces somete sin oprimir. De este modo, toda sujeción presente, toda dominación política queda galvanizada por el acto primitivo por el que unos sujetos acordaron libremente la constitución de un orden civil. Remisión entonces del súbdito al sujeto (Nosetto, 2017).

Foucault considera que la fuente última de legitimidad que respalda al dispositivo de los sistemas normativos y reglamentarios es el Estado, y, desde esa misma fuente última de legitimidad, es de donde se desprende otro de los dispositivos de dominación cuyo tiempo de operación se puede contar en siglos: el discurso. Este dispositivo emerge como el escenario donde se establecen los juegos de poder, sujeciones y resistencias a esos poderes hegemónicos, pero también como otra herramienta que se usa para dominar.

Se trata aquí de mostrar el discurso como un campo estratégico, donde los elementos, las tácticas, las armas no cesan de pasar de un campo al otro, de intercambiarse entre los adversarios y de volverse contra aquéllos mismos que los utilizan. Es en la medida en que es común que el discurso puede devenir a la vez un lugar y un instrumento de enfrentamiento. No es porque se piense de manera diferente o porque se sostengan tesis contradictorias que los discursos se oponen. Es, en principio, porque el discurso es un arma de poder, de control, de sujeción, de calificación y de descalificación en que él es el juego de una lucha fundamental […] Para la relación de fuerzas, el discurso no es

41 solamente una superficie de inscripción sino también un operador (Foucault, 2001: 123–124 citado en Nosetto, 2017).

Comprender el discurso como “un arma de poder, de control, de sujeción, de calificación y de descalificación” en donde se da “el juego de una lucha fundamental”, resulta clave para comprender, por ejemplo, que hay unos saberes hegemónicos y aceptados por el poder y unos saberes negados o sometidos por el mismo. Estos “saberes sometidos” son aquellos ligados a las tradiciones de la resistencia social, a las luchas contra–hegemónicas, también a los que han sido minusvalorados por la ciencia dominante y excluidos de los discursos de poder. Foucault los describía como: “[…] toda una serie de saberes que estaban descalificados como saberes no conceptuales, como saberes insuficientemente elaborados: saberes ingenuos, saberes jerárquicamente inferiores, saberes por debajo del conocimiento o de la cientificidad exigidos” (Foucault, 2002: 21 citado en Useche, 2016, p. 17).

Así las cosas, en este escenario las luchas por los saberes toman dimensiones de luchas por lo simbólico; un escenario de confrontación en el cual el poder usa al discurso como un instrumento para administrar violencias, en este caso, simbólicas, pero simultáneamente se encuentra un magma de posibilidades otras en las que pueden constituirse y florecer gran variedad de resistencias.

Nuevamente hacen aparición las violencias simbólicas, pero puestas en juego con el

híbrido cultural de resistencia en tiempos de globalización y neoliberalismo; ahora, se presentarán en los juegos del lenguaje. Al respecto Jesús Ibáñez muestra que “los juegos de lenguaje pregunta/respuesta reproducen las relaciones de poder: los que mandan pueden preguntar, los mandados deben responder” (1991, p. 12). Esto se expande al terreno de la producción de conocimientos en donde quienes sustentan poderes hegemónicos de orden global (juegan aquí las negaciones de las simultaneidades epistémicas espacio–temporales), están destinados a producir conocimientos, a ser quienes llevan las riendas de la evolución cognitiva de la especie humana; mientras que los dominados, aquellos que se encuentran en la periferia, están destinados a consumir los conocimientos que los poderes hegemónicos producen y, además, les permiten conocer.

En efecto, uno de los argumentos más interesantes de Said es que la Europa moderna se representa a sí misma sobre la creencia de que la división geopolítica del mundo (centros y periferias) es legítima porque se funda en una división ontológica entre las

42 culturas. De un lado está la «cultura occidental» (the West), representada como la parte activa, creadora y donadora de conocimientos, cuya misión es llevar o «difundir» la modernidad por todo el mundo; del otro lado están todas las demás culturas (the Rest), representadas como elementos pasivos, receptores de conocimiento, cuya misión es «acoger» el progreso y la civilización que vienen desde Europa. Lo característico de «occidente» sería la racionalidad, el pensamiento abstracto, la disciplina, la creatividad y la ciencia; el resto de las culturas fue visto como pre–racional, empírico, espontáneo, imitativo y dominado por el mito y la superstición (Castro-Gómez, 2005, p. 26).

Si con el dispositivo de los sistemas normativos y reglamentarios el poder logró estructurar campos jurídicos para sujetar la acción de los otros, con el dispositivo de los discursos hegemónicos no solo se viabilizó el sometimiento de los sujetos a esos campos jurídicos, sino que, junto con las violencias simbólicas, el dispositivo de los discursos hegemónicos también logró estructurar unos campos arbitrarios de exclusiones, segregaciones, de centros, periferias y administración de legitimidades; desde allí, las producciones de conocimiento desde voces y latitudes geográficas subalternas, entramados culturales, modos particulares de relaciones con el mundo excluidas por el dispositivo del discurso, se entrelazan para configurarse como potencia, como poder periférico que enmarca sus luchas en la lucha por la producción de sentidos.

Al engranaje de las maquinarias de sujeción, se acopla el dispositivo de las máquinas tecnológicas de información. El desarrollo tecnológico ha representado uno de los mayores avances evolutivos de la raza humana; no obstante, en lo que atañe a las tecnologías de la información, y al uso que las estructuras hegemónicas les da como un dispositivo de dominación, éstas han alcanzado rápidamente un grandísimo poder; no solamente porque a través de ellas fluyen los discursos hegemónicos con gran facilidad y con una sutilidad tal, que una inmensa cantidad de sujetos los incorporan en sus

habitus sin siquiera percatarse, sino también porque coloca a una importante cantidad de sujetos en un estado de alineamiento tan profundo, que logra que los sistemas normativos arbitrarios, excluyentes e injustos dejen de ser observados, juzgados y resistidos. Las tecnologías de la información son el dispositivo de dominación más fuerte de las maquinarias de sujeción.

Félix Guattari ya llamaba la atención sobre la preponderancia de los factores subjetivos en la lógica capitalista y, en particular, sobre la forma en que las máquinas tecnológicas de información operan en el corazón de la subjetividad humana, no solo en su memoria, en su inteligencia, sino también en su sensibilidad, en sus afectos, en sus fantasmas inconscientes (Pál Pelbart, 2010, p. 22)

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Las tecnologías de la información sumen a los sujetos en un profundo letargo, están creando seres sin una memoria significativa de sí mismos. Las auto–narraciones se revisten cada vez más de una superficialidad, siendo esto uno de los efectos de llevar unas vidas sin profundidad; la carencia en la construcción de lazos sociales, naturales, políticos, lazos consigo mismo, dotados de profundidad, crean generaciones de seres humanos sin un pasado por contar; seres fugaces condenados a la cadena de producción de sujetos obsolescentes; seres sin rostroy, por lo mismo, condenados al olvido.

El neoliberalismo–sistema moderno tardío, es una maquinaria que impide que una inmensa mayoría de hombres y mujeres se constituyan a sí mismos como sujetos capaces de tejer redes de significaciones profundas con el mundo; es una maquinaria que roba el presente de las personas y sus futuros pasados. “El llamado capitalismo tardío logró penetrar y colonizar dos enclaves […] aparentemente inviolables, la

naturaleza y lo inconsciente” (Pál Pelbart, 2010, p. 21). La sociedad de consumo, apoyada en las maquinarias de la sujeción, ha llevado a una buena parte de la humanidad a un estado de

[…]desvanecimiento de los afectos, al alejamiento de la gran temática del tiempo, de la memoria y del pasado, a la irrupción de un eterno presente de fascinación con su efecto alucinógeno, a la deshistorización generalizada (p. 21).

Seres sin un pasado, son seres a la deriva y sin nociones de futuro más allá del estructurado por los poderes. Representan la faceta más profunda del sometimiento. Las maquinarias de la sujeción los han arrojado al frenesí de un continuo presente donde imperan las leyes del mercado. A través del dispositivo de dominación de las tecnologías de la información, el poder ya no solamente estructura el campo de acción de los otros, sino que ahora estructura sus sueños, sus anhelos, deseos, miedos, su espíritu.

El último dispositivo de dominación que será nombrado y que le da funcionamiento a las maquinarias de sujeción es la obsolescencia, que lo amplía a dimensiones ontológicas del ser. Originalmente la obsolescencia programada se inserta en los ámbitos empresariales y de manufactura de casi todos los bienes y artefactos que se producen y se consumen alrededor del mundo; lo anterior se refiere a una política extendida por el globo terráqueo, así los productos que se fabrican no pueden extender demasiado tiempo su vida útil, garantizando un continuo movimiento económico, de producción y consumo.

44 […] la obsolescencia programada [es una] estrategia empresarial, basada en el diseño, planificación, proyección y control de la vida útil de los productos, con el objetivo de dinamizar la demanda y estimular el consumo; impulsando a los particulares a adquirir tras la pérdida de funcionalidad de sus bienes o su caducidad (Pineda, 2015, p. 327). Parafraseando al profesor Mauricio Bedoya (2018), el neoliberalismo es una racionalidad que, en el uso de los juegos de verdad, construye una realidad que presenta como única posible; realidad que moldea las maneras de sentir, de vivir, de consumir; y, la noción continua de riesgo e inseguridad10 devela el dispositivo de la obsolescencia del ser.

Esto es advertido por Bauman (2007), por Han (2012, 2014), por Bedoya (2018) y otros autores que, gracias a sus postulados, es posible comprender que la obsolescencia del ser se configura como un dispositivo construido por la racionalidad neoliberal el cual, siguiendo las políticas de la obsolescencia programada, pone unas fechas de caducidad a los sujetos, insertando la vida en un continuo frenesí en el cual la amenaza constante de hacerse obsoletos –y por tanto inútiles para la vida del mundo económico– obliga a los sujetos a estar en una lucha constante por gestionarse a sí mismos, tal como una empresa se gestiona.

La demanda del neoliberalismo de unos sujetos en constante gestión de sí mismos se configura en un frenesí que, por un lado, ha desplazado la reflexividad sobre sí y sobre los otros como constitutivos de sí a terrenos ontológicos de superficialidad; y, por otro, ha quebrado en gran medida las posibilidades del acontecimiento de establecer relaciones humanas y con el mundo dotadas de significado y profundidad, en últimas, de vivir una vida cuyo centro sea la vida en sí, y no la economía.

Lo anterior da cierre a una breve exposición de algunos de los dispositivos centrales que componen a las maquinarias de sujeción, en donde los viejos dispositivos de dominación –marcos normativos y discursos hegemónicos– se entrelazan en su funcionamiento con nuevos dispositivos de dominación –tecnologías de la información y obsolescencia del ser– que persigue el objetivo de construir seres humanos dominados en todas sus dimensiones; además, edifica una realidad cuya única manera de vivir sea bajo los preceptos de la vida hecha economía.

10 Con el desmonte de los Estados solidarios, la racionalidad neoliberal tiene como objetivo la

constitución de un sujeto en condiciones de constante riesgo e inseguridad (laboral, educativa, de salud, etcétera.); de esta manera logra someter la vida a las condiciones del mercado.

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