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La Constitución pastoral del Vaticano II desarrolla en su primera parte una síntesis de los temas fundamentales de la antropología cristiana. Es pertinente hacer alusión al contexto en que se desarrolló el Concilio y de algunos aspectos relevantes: por una parte, está la ciencia moderna con el método experimental. A partir de aquí se afirma, por algunos que este sería el único conocimiento seguro y que lo único que existe es la materia. De acuerdo a este método se comprueba cómo funciona y cómo está compuesto el cuerpo del ser humano, llegando a la conclusión de que su funcionamiento es sólo biológico y que por tanto lo espiritual no existe. Por otra parte, el progreso sólo se mide en términos de bienes materiales, llegando a confundir la política con la economía. Este modo de pensar va generando nuevos problemas a nivel ecológico por el abuso de la naturaleza; la persona humana se va degradando en cuanto a su valor. El modelo de sociedad que se está desarrollando es el capitalista burgués y el ser humano que conforma esta sociedad es adinerado, agnóstico, egocéntrico, ilustrado, trabaja con eficacia y paga sus comodidades. El fruto es un individualismo egoísta, allí también está presente el colectivismo totalitario. Es evidente que a estos modelos de sociedades subyace una comprensión del ser humano reduccionista. Cabe afirmar que el contexto en que se desarrolla el Concilio es de una realidad ambigua y compleja a la vez.

El Concilio tiene como meta llegar a la cultura para poder tener un diálogo entre ésta y la fe. El destinatario de la Gaudium et Spes, es toda la humanidad; no sólo está escrita para los hijos e hijas de la Iglesia, sino para que accedan a ella católicos y no católicos. Según la Gaudium et Spes, el nuevo quehacer de la Iglesia en el mundo actual, es la salvación no ya de las almas, sino de todas las realidades humanas, la salvación del mundo.

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La Constitución tiene dos partes: doctrinal y pastoral. En la primera parte desarrolla la doctrina del ser humano, del mundo y la relación entre ambos. El tema principal sobre el que la Iglesia puede y debe hablar con el mundo es el ser humano. Después de hacer una introducción sobre la situación del hombre en el mundo, pasa a presentarnos en su primer capítulo la dignidad de la persona humana. Es una exposición de lo que es el hombre y parte de la afirmación bíblica

de que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios; describe lo que es la

conciencia y la libertad. En el capítulo segundo trata de la comunión entre las personas o la comunidad humana. La comunidad es un reflejo de lo que es Dios; es una perspectiva social que no está reducida a la solidaridad horizontal humana, sino que muestra que la comunión entre los seres humanos también es fruto de la gracia de Dios. En el capítulo tercero trata sobre la actuación del hombre en el

mundo. Da un criterio fundamental: “La ley de la perfección humana y por tanto de

la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor (GS 38)”. Por otra

parte, el creer en otra vida no puede servir de pretexto para evadir responsabilidades y descuidar las tareas temporales viviendo de esta manera una fuga del mundo. Al contrario, la fe obliga al creyente a vivir un compromiso más auténtico y responsable (GS 39,43). Finalmente, en el cuarto capítulo, afirma que la Iglesia, al tiempo que cumple su misión trascendente, también ofrece ayuda al mundo histórico y no es posible separar ambas cosas.

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes desarrolla en su primera parte, como ya se dijo antes, una síntesis de los mayores temas de la antropología cristiana. La novedad que presenta este documento es que se puede considerar que es la primera vez que el Magisterio de la Iglesia aborda de esta manera el tema de la antropología, por las razones antes expuestas; la formulación que hace es la siguiente:

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Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre, y por cierto el hombre uno y entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien centrará las explicaciones que van a seguir.(GS, nº 3).

Es necesario resaltar las razones que la GS ofrece en el nº 3 cuando afirma:

En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. (GS, n°3).

Con esta misma idea insiste más adelante: “En realidad [...] los desequilibrios que

fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón del ser humano. Son muchos los elementos que se combaten en el interior del hombre [...] el hombre experimenta múltiples limitaciones; [...] son cada día más numerosos los que se plantean... las cuestiones más fundamentales: ¿qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido del dolor,

del mal, de la muerte?”. Aquí se demuestra claramente que el ser humano para sí

mismo es un problema, que la autoconciencia de alguna manera está en crisis y que los avances científicos y tecnológicos definitivamente no han podido responder a la pregunta existencial sobre la identidad del hombre.

Al iniciar el capítulo 1º que trata sobre la dignidad de la persona humana insiste

de nuevo en la pregunta ¿qué es el hombre? el texto continúa diciendo que“[...] son

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Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o

hundiéndose hasta la desesperación (GS 12)”. Esto es muy comprensible ya que

el ser humano es un misterio que se debe esclarecer y no sólo un problema que se debe resolver. Este misterio se ilumina cuando el Concilio tiene como punto de partida la definición bíblica del ser humano como imagen de Dios (GS 12,3) y

como punto de llegada el Verbo encarnado. “En realidad el misterio del hombre

sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22). De esta manera

se ve cómo el Concilio plantea la cuestión antropológica, no desde la filosofía, la psicología o la sociología, sino desde un aspecto relevantemente bíblico- antropológico- teológico.

El Concilio parte de la categoría imagen de Dios y con ésta se está indicando la

relación fundamental que vincula al ser humano con su Dios y la capacidad de

éste para con su creador. “La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado “a

imagen de Dios”, con capacidad para conocer y amar a su creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla

glorificando a Dios.” (GS 12,3)

En la relación con Dios radica la dignidad humana:

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente ese amor y se entrega a su Creador. (GS 19,1).

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El ser humano es el sujeto de un diálogo surgido del amor de Dios, de ahí surge el

respeto que se debe tener por todo ser humano. “El Concilio inculca el respeto al

hombre, de modo que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar, de su vida y de los medios

necesarios para vivirla dignamente”. (GS 27,1) “La excelsa dignidad de la persona

humana impone su superioridad sobre las cosas puesto que goza de derechos y de deberes universales e inviolables, fundamentados en el hecho de ser imagen

de Dios”. (GS 26,1)

Otro aspecto fundamental que se desarrolla con profundidad en el capítulo 2, que

presenta el documento, es la relación interpersonal. “Pero Dios no creó al hombre

solo: en efecto, desde el principio los creó hombre y mujer” (Gn 1,27). “Esta

asociación constituye la primera forma de comunicación entre personas. Pues el hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni desplegar

sus cualidades sin relacionarse con los demás”. (GS 12,4)

Por otra parte, el documento muestra cómo la verdadera libertad es signo eminente de la imagen de Dios en el ser humano:

Pues quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión, de modo que busque sin coacciones a su Creador y adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección. La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa”. (GS 17,1)

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Es muy significativo cómo el capitulo finaliza recogiendo el contenido cristológico

de toda auténtica antropología cristiana: “Realmente el misterio del hombre sólo se

esclarece en el misterio del Verbo encarnado. [...] Así pues no es nada extraño que las verdades ya indicadas encuentren en él su fuente y alcancen su culminación. El que es imagen de Dios invisible (Col. 1,15) es el hombre perfecto. En él la naturaleza humana ha sido asumida no absorbida, por eso mismo también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime. Pues él mismo, el hijo de

Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”. (GS

22,1-2)

En conclusión el documento presenta a la persona como un ser relacional y la primera y fundamental de estas relaciones es su relación con Dios, seguida ésta de la relación de igualdad con los demás. La persona tiene un valor irreductible que no se puede disolver en un anonimato colectivista de la especie.

Desde la antropología eclesial concretamente en la Gaudium et Spes, el concepto de persona tiene que ver con la libertad y la dignidad del ser humano; el hombre es digno porque es imagen y semejanza de Dios.

En este segundo capítulo se ven con claridad aspectos que logran definir el concepto de persona. Entre los más relevantes están el hecho de que el hombre sea creatura de Dios, creado a imagen y semejanza de Dios, por lo que participa su conciencia, libertad, autonomía y su dignidad. En últimas, el hombre concebido como persona es un ser libre, autónomo y digno desde la antropología del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento, de los escritos paulinos y en la Teología

Eclesial. Por supuesto, esto “presenta a la persona como un individuo43”, hace de

la persona un individuo capaz de decidir.

43 P. Alberto Munera, SJ.

66 CAPITULO III