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59including the identification of double-

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La facilitación de las sesiones se realizó de manera conjunta, colaborativa y complementaria. Esta forma de realizar el trabajo acompañadamente, fue relevante para el grupo y su progreso, ya que las interacciones facilitadoras que se gestionaron, se vieron enriquecidas con las competencias de cada facilitador y las de las personas que participaron en el taller. A continuación, revisamos el papel del facilitador y su función dentro de los grupos y/o talleres, como fue el caso.

El facilitador es indispensable y un factor muy importante en los grupos de encuentro. Su papel es también prioritario en los talleres, como el que sirve de base a este documento. Los autores revisados hablan de su experiencia en grupos de encuentro, lo que será trasladado a la modalidad de taller.

Sobre el papel del facilitador, Rogers (1973), señala que el facilitador no desea imponer verdades absolutas, promueve el diálogo honesto entre los facilitados, confía en

que el grupo tiene los elementos necesarios para darse cuenta de sus problemas y ello permite que elija sus propias metas con una actitud respetuosa hacia las actitudes y sentimientos mostrados por cada integrante del grupo. En sus propias palabras: “La eficacia del facilitador disminuye, cuando presiona al grupo, lo manipula, le fija reglas e intenta conducirlo a sus propias metas inexpresadas” (Rogers, 1973, p. 75).

Abonando a lo expresado hasta este punto, se considera conveniente enfatizar, que más allá de investirse con el manto de facilitador o facilitadores en todo momento, el trabajo de facilitación acompañado se caracterizó por la búsqueda de un encuentro entre personas, en donde ambos facilitadores sabían la capital trascendencia para el fenómeno grupal, de constituirse como personas despojadas de pretensión alguna, para poner “de relieve los rasgos humanos de la persona a la cual se considera facilitador”

(Rogers, 2013, p. 167).

Cada una de las siete sesiones de trabajo estuvo planeada con anterioridad respondiendo a un propósito específico, sin embargo, las actividades se adecuaron según las necesidades de los participantes en la sesión correspondiente, es decir, que partiendo del plan de trabajo de cada sesión las actividades llegaron a ser ajustadas para cumplir con el propósito de la sesión y con la situación de los participantes.

Barceló (2003), por su parte, define la actitud del facilitador de la siguiente manera: “El facilitador centrado en la persona muestra acercamiento, amor, realiza una opción decidida y valiente de generosidad afectiva y sabe manifestar ese amor, sin esperar nada a cambio”. (p.142). En la intervención realizada, los facilitadores se guiaron por aquellas condiciones que Rogers (1985), menciona fundamentales para el encuentro, que, si bien señala que es terapéutico, son trasladadas al terreno de la facilitación del potencial humano. Estas se mencionan a continuación: a) Que dos personas estén en contacto, o sea, en una relación, b) que la persona que es denominada cliente, se encuentre en un estado de incongruencia o de vulnerabilidad o angustia, es decir, que esté en una situación de conflicto, c) que la segunda persona, denominada el terapeuta, -en nuestro caso, el facilitador-, sea congruente en la relación con el cliente, d) que el facilitador experimente consideración positiva incondicional y una comprensión empática respecto

al marco de referencia interno del cliente y, e) que el cliente perciba, al menos en algún mínimo grado, esta consideración positiva incondicional y comprensión empática.

Corey (1981), enfatiza que “cuanto mayor sea el grado en que los facilitadores se impliquen con el grupo como personas, mayor será la posibilidad de que los miembros cambien y crezcan” (p. 326). Esta implicación se tradujo en la participación activa de los facilitadores en las actividades realizadas, compartiendo sus experiencias de pérdida cuando fuera prudente para el avance del grupo. Corey (1981), agrega que “el rol del terapeuta consiste en acompañar a los clientes en sus viajes hacia el auto- descubrimiento” (p. 335). Bajo esta premisa de acompañamiento, los facilitadores del taller, permitieron que las asistentes encontraran sus propias respuestas, propiciaron el diálogo entre ellas y respetaron el ritmo de participación de cada una.

Habiendo dejado claros los atributos del desempeño de los facilitadores, se definirá colaboración. Según la Real Academia de la Lengua Española (2016), colaborar significa trabajar con otra persona (s) en la realización de una obra. A lo largo de las siete sesiones que duró el taller, ambos facilitadores intercalaron sus responsabilidades desde la planeación hasta la ejecución de cada una de las sesiones, poniendo en uso sus diferentes habilidades, ya fuera para la dirección de las actividades o para contestar las dudas de las participantes. Aun sin previo acuerdo, a lo largo de las sesiones, los dos facilitadores dieron espacio a sus colaboraciones, sin interrumpirse, brindando la posibilidad al otro de aportar algo más a lo ya dicho.

El trabajo conjunto posibilitó la sensación de confianza en los facilitadores, lo que es consistente con el trabajo de acompañamiento frente a un grupo, pues en estos términos, resulta paradójico que el facilitador trabaje en solitario. Por otra parte, aun cuando el número de participantes del taller era escaso, la presencia de los dos ayudó a conformar grupo y los llevó a actuar como participantes y dirigentes a un mismo tiempo. Así, uno dictaba el rumbo de las actividades, mientras que el otro se tornaba en un participante más; papeles que fueron intercalados cada tanto durante las sesiones. Esta dinámica, y el saberse juntos en la misma empresa, alimentó la confianza en las propias capacidades a través de la mutua retroalimentación y planeación conjunta de las sesiones.

En la obra de Rogers, en busca de alusiones al trabajo de dos o más facilitadores frente a un grupo, se encontró, que a partir de 1973 y en lo sucesivo, Rogers “trabajó junto con su hija Natalie, Maureen O’Hara y John Wood, entre otros, en talleres de grupos”

(Segrera y cols., 2014, p. 337), con lo que se establece un precedente consistente con el trabajo de facilitación – acompañada, propuesto en este apartado.

En del campo de la educación existe el concepto, co-enseñanza, que Beamish y cols., (2006, citados en Rodríguez, 2014), definen como una en que “los profesionales complementan y combinan sus competencias curriculares y metodológicas en función de una meta para todos los alumnos” (p.221). La co-enseñanza se caracteriza, según Rodríguez (2014), por un trabajo que persigue una misma meta de manera coordinada, demuestra paridad al ocupar alternadamente roles de profesor, alumno, experto, novicio, dador y receptor de conocimientos y habilidades. Esta colaboración es voluntaria, por lo tanto, las ideas que surjan al interior del grupo pueden ser aprobadas o rechazadas, pero nunca impuestas. Durante las sesiones, y debido a la naturaleza cambiante del grupo, los facilitadores se invistieron del rol de asistentes, compartiendo y recibiendo la experiencia y conocimiento de las participantes. En la enseñanza colaborativa en el campo de la educación, las funciones del profesor se distribuyen entre los miembros del equipo, de esta manera el aprendizaje se construye de manera conjunta.

En la indagación realizada, se encontró escaso material sobre la co-facilitación o facilitación colaborativa. Los trabajos, por lo general, se refieren a un solo facilitador, particularmente en el contexto del trabajo grupal, y para el caso de la co-facilitacion, se establece un facilitador titular y un co-facilitador, o sea, un “facilitador complementario”, que en el en ejercicio práctico, funge como un ayudante o subalterno del facilitador titular. Para efectos de este documento, definimos la facilitación colaborativa, como la participación conjunta y complementaria, de dos facilitadores al frente de un grupo o taller. Con objetivos en común y con el mismo nivel de responsabilidad frente al grupo, es decir, que el estilo de trabajo descrito en los párrafos anteriores, no se ajusta a la denominada participación colaborativa, sino a un estilo de trabajo más parecido a un dúo, con características semejantes y/o complementarias y con una función común. En esta modalidad, cada uno de los dos facilitadores, atiende un aspecto específico del taller,

previamente acordado, sin que esto limite su participación en otras áreas de la sesión. Fue pues, un esquema de trabajo de tipo multitarea, que sirvió al propósito de realizar una intervención en la comunidad, que atendiera una problemática social, en la que, como se mencionó, facilitadores y participantes se encontraron en un contexto igualitario, en el que confluyeron como personas iguales, lo que gestionó el poder de cada individuo. En palabras de Segrera, Cornelius-White y Behr (2014); “La valoración altamente democrática, igualitaria de la contribución de cada persona como igual a la del facilitador (en contraste con otras orientaciones centradas en el experto), afirma el poder personal de cada participante” (pp. 337- 338). Para Rogers (en Segrera, Cornelius-White y Behr, 2014), dentro de un grupo, cada participante es facilitador de los otros: “Los facilitadores que colideren encuentros de grupos centrados en la persona se preparen psicológicamente como equipo y reflexionen juntos con todo cuidado sobre el proceso en evolución” (p. 345).

A lo largo de este capítulo se revisó la distinción entre pérdida y duelo, la conformación de la vida cotidiana y la importancia de la facilitación colaborativa, además de los conceptos del Enfoque Centrado en la Persona (ECP) que rigen este trabajo y de aquellos otros provenientes de la Sociología de la vida cotidiana que lo dotan de un marco interdisciplinar.