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Carlos llegó de su trabajo hace un rato, durante ocho horas administra un garaje. Apaga la radio, se acomoda en la silla y me comenta sus últimas lectu- ras. Ceba un mate y acepta empezar con la entrevista, una vez más volvemos a hablar de historia. Yo vengo de dar una clase sobre la lucha de las obreras de Kraft y de ensayar una obra de teatro sobre Los Pichiciegos, la novela de Fogwill sobre la guerra de Malvinas. Carlos me lleva casi veinte años. A comienzos de los noventa, cuando yo era estudiante de Historia, me ayudó a traducir textos del francés y, muchas otras veces, nos encontramos temprano en la puerta de alguna fábrica para distribuir volantes o para reunirnos con otro compañero. Carlos fue el primero que me describió a los “maos” franceses que agitaban en la puerta de las fábricas a los obreros inmigrantes porque éstos habrían devenido el nuevo sujeto de la historia. Una idea que le parecía tan divertida como equivocada.

Fraile Muerto, su querido pueblito de nacimiento, está en el comienzo de su relato. En ese pequeño pueblo rural, perteneciente al departamento uru- guayo de Cerro Largo, donde nació el 19 de febrero de 1950. Carlos Isabelino Ladreche Carleo era el menor de tres hermanos. Su padre Saúl Federico era agricultor, propietario de una pequeña chacra, y su madre, Isabel Ana, era una

profesora de música que, luego de terminar la secundaria, intentó ingresar a la universidad pero no fue admitida por ser mujer. En Fraile Muerto, Isabel era co- nocida como Beba y se convirtió en una militante cultural: junto a un pequeño grupo de jóvenes, intervenía en todas las actividades culturales del pueblo. Beba preparaba obras de teatro, peñas folklóricas y los actos del Liceo y de la Liga del Trabajo, la mayor parte de estas actividades las realizaba en el Club Obrero, un espacio que implicaba una definición social, pues el Obrero se oponía al Club Uruguay, que reunía a las clases acomodadas del pueblo y los alrededores.

A los 12 años Carlos ingresa al Liceo y al poco tiempo comienza a partici- par en la organización que representa los intereses gremiales de los alumnos. En 1968, con 16 años, termina el Liceo y se traslada a Mero, capital del distrito, para asistir al Preparatorio. Durante 1969 otros jóvenes lo invitan a los llama- dos “grupos de mate”, un espacio de reflexión impulsado por Conrado de León, un joven sacerdote ligado a los curas tercermundistas. Las reuniones solían co- menzar con una charla sobre las injusticias sociales que sufrían las empleadas domésticas y los trabajadores rurales, luego se debatía la repercusión en Mero de las movilizaciones por el boleto estudiantil y se comentaban las novedades del Mayo Francés (Markarian, 2012: 75-98). Por entonces, el movimiento estu- diantil liceal y universitario de Montevideo estaba hegemonizado por la Unión de Juventudes Comunistas (UJC) con la que competían numerosos grupos de la nueva izquierda. El relato de Carlos sobre esos años es tan entusiasta que pasa por alto las “Medidas Prontas de Seguridad” que dicta el gobierno nacio- nal en junio de 1968, medidas que acentúan duramente la política represiva hacia el movimiento popular.

En 1970 Carlos ingresa a la Facultad de Veterinaria y se suma a la agita- ción general que ese año protagonizan los estudiantes secundarios, los traba- jadores de la energía nucleados en la UTE, los obreros de los frigoríficos y los bancarios. Sobre esos conflictos obreros que contaban con la solidaridad de la Federación de Estudiantes Universitarios de Uruguay (FEUU) relata Carlos:

En 1970 estaba fuerte el movimiento estudiantil, moviéndose, por distin- tas reivindicaciones, seguíamos con la cuestión del presupuesto, esa era

esencial, cada vez el presupuesto era más chico, ahí entré a participar jun- to con la gente -como muchos del interior que llegábamos-. Apoyábamos los cortes de ruta, hacíamos peajes, tratábamos de hacer finanzas de esa manera (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013).

El voluminoso y documentado estudio sobre el Partido Comunista Uru- guayo (PCU) publicado recientemente por Gustavo Leibner ofrece en su úl- timo capítulo una reconstrucción de esa movilización. Sostiene Leibner que “las luchas estudiantiles de 1970-1971 afectaron también a Preparatorios. Par- ticularmente el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo (IAVA) que en 1968-1969 había sido un centro de radicalización juvenil y había confluido muchas veces, por mera vecindad, con las movilizaciones universitarias, predominando en él las corrientes más ‘ultras’” (Leibner, 2011: 582). Siguiendo esa investigación, las agrupaciones que actuaban a la izquierda del PCU y estaban animadas por jóvenes como Carlos, conformaron la “ultraizquierda” uruguaya.

Carlos recuerda que en 1971 los universitarios retomaron la lucha calleje- ra: “La FEUU sí estaba bien organizada y estructurada, pero después, la masa a nivel de los distintos centros, les pasaba por arriba a lo que pudiera haber organizado la FEUU”. En la Facultad de Veterinaria el activismo se organizaba en cuatro tendencias atravesadas por un fuerte proceso de radicalización: los comunistas, los socialistas, la “nueva izquierda” y los sectores progresistas del Partido Nacional, liderados por Wilson Ferreyra Aldunate.4 Durante los años se- senta la conducción del Centro del Estudiantes de Veterinaria estuvo en manos del bloque afín al nacionalismo, lo que Carlos atribuye al origen de clase media y alta de los estudiantes.5 Ese liderazgo se interrumpe en 1972, un año después

4 Carlos recuerda que el nivel de la discusión política en la Facultad de Veterinaria era

menor al de la Facultad de Medicina, donde activaban más de siete agrupamientos.

5 En su relato Carlos enfatiza que, con un mínimo de apoyo familiar, era posible estudiar

sin trabajar, y señala que “la gente más humilde, o del interior, podía conseguir becas, vivir en una pensión estudiantil, usar el boleto estudiantil, almorzar en el comedor universitario por un quinto de lo que valía la comida en un boliche porque era algo que estaba subsidiado, y además disponían del boleto estudiantil” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013).

de que a nivel nacional, el Partido Nacional se escinda y la izquierda se agrupe en el Frente Amplio (FA). En las elecciones de Veterinaria de 1972, la izquierda presenta una sola lista y le gana al grupo nacionalista la mayoría estudiantil.

Carlos acompaña al grupo de simpatizantes del nacionalismo que en 1971 se suma al Movimiento 26 de Marzo (26M), grupo izquierdista liderado por Mario Benedetti, Daniel Vidart y otros intelectuales, junto a referentes sindica- les portuarios, bancarios y cañeros del departamento de Artigas, los llamados “peludos”. Carlos se entusiasma con la descripción de estos trabajadores del campo: “eran chicos, no se afeitaban mucho, se dejaban el pelo largo, entonces se les decían los peludos, y porque hay un tatú en Uruguay que se llama el Tatú Peludo, que escarba muy a fondo y es de una resistencia, una persisten- cia en las cosas, para vivir, entonces, la referencia era doble, que la principal era la del peludo que luchaba para vivir” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013). Por su parte, Carlos se vestía con jean, remera, también usaba barba y pelo largo pero, ante una nueva pregunta, recuerda que no era difícil distinguirlo de aquellos peludos.

De su llegada a Montevideo subraya la positiva sorpresa que le generó la gran cantidad de mujeres que militaban y las actitudes menos machistas con que se entablaban las relaciones de pareja. Al poco tiempo de instalarse en la capital uruguaya, Carlos conoce a Araceli, una militante del 26M que se convierte en su pareja. A pesar del peso numérico de la militancia femenina, tanto en el 26M como en Veterinaria, las direcciones tendían a estar en manos de varones. Una excepción era Lucía Larroca, una estudiante comunista que tenía una sólida formación política y gran capacidad oratoria con la que se destacaba en las asambleas. Cuando Carlos se refiere a su novia Araceli, que también tenía una importante formación, insiste en que ello se vincula a su origen proletario:

“Carlos: Ella venía de clase obrera, porque el papá había sido obrero del Frigorífico Nacional hasta los años sesenta, una cosa así, donde hi- cieron el primer achique del Frigorífico Nacional que fue el que más gente tenía, concentraba obreros, que exportaba a nivel internacional. Hacía el

famoso corned beef y otros productos… pero después, el Frigorífico nacio- nal, aparte de la carne y productos de la carne, hacía de frutas y verduras. Hacia salsas, hacia dulces…

Adrián: Pero contame un poco más de ella, cómo era ella.

Carlos: El padre había sido obrero del frigorífico, la madre era obre- ra, que había empezado en una joyería y después se había especializado,

obrera especializada en trabajos en anillos, cadenas, pulseras, tallaba” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013, destacado del autor).

Cuando se forma el FA, Carlos participa en dos niveles: en el comité estu- diantil del 26M, que si bien tenía vínculos con los Tupamaros no reivindicaba su línea militar, y en el comité de base del barrio, en el que toma contacto con el activismo fabril socialista y comunista. Por entonces, el obrero del frigorífi- co devino una figura destacada en el discurso de la izquierda frenteamplista, sobre todo luego de que en la campaña electoral de 1971 fuera asesinado un obrero del Frigorífico Artigas. Desde la “Agrupación 12 de agosto” de la Facul- tad de Veterinaria, Carlos integra el conocido Frente Estudiantil Revoluciona- rio (FER), que se dividirá por las disputas internas de la izquierda, entre otras cuestiones por el posicionamiento respecto de la lucha armada. La agrupación de Carlos contaba con unos cincuenta militantes, la mayoría de los cuales se inclinaba por la línea contraria a la del foquismo, e ideológicamente pretendía apoyarse en autores de la izquierda nacional, en Mariátegui y en lecturas dis- persas de Marx, Lenin y Mao.6

Desde mediados de 1972, la magnitud de las operaciones represivas esta- tales cobra nuevas dimensiones para Carlos. Una tarde le compra a un compa- ñero la revista Respuesta, órgano de la nueva izquierda estudiantil, y toma el colectivo a Las Piedras, para ir a un acto del FA. Absorto en la lectura, escucha repentinamente que alguien le grita “¡Abra la boca!”, levanta la vista y un po-

6 Por entonces, Carlos, como varios de sus compañeros, consideraban muy valiosa la

presencia creciente de las “agrupaciones rojas” del Partido Comunista Revolucionario (PCR), pero ello no le impedía rechazar el combate frontal que generaban con el resto de la izquier- da alineada con los soviéticos y cubanos.

licía le introduce el caño de su pistola. Otros policías lo bajan del colectivo y lo llevan detenido por unas horas. Tiempo después, la casa donde vive junto a cuatro compañeros de estudio es cercada por los fusileros que irrumpen con ametralladoras y que registran toda la casa, incluida la instalación eléctrica. Asombrado y risueño, Carlos cuenta que no encontraron las “pruebas” que buscaban porque, como en el cuento de Edgar Alan Poe, no revisaron el lu- gar más obvio, el cajón del escritorio; allí Carlos había guardado un volante de los Tupamaros.

Al poco tiempo, Carlos y su grupo vuelven a encontrarse con otra eviden- cia de la creciente ola represiva que se vive en Montevideo. A fines de 1972, Carlos y varios de sus compañeras y compañeros son detenidos durante una pintada callejera para el FA:

“Nos agarraron, venían con los vehículos, los camellos, los chanchitos, que eran las típicas… y nos levantaron. Primero nos pusieron alrededor de los árboles, nos revisaban, nos pateaban, pero te daban con la punta de acero, ‘Ahí en las piernas’ eran típicas esas cosas que hacían, era un hostigamien- to permanente, porque estaban ya en esa época, digo, muy militarizadas todas las fuerzas, sobre todo lo que eran las fuerzas especiales de la policía estaban completamente militarizadas” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013). Pero el carácter sistemático e ilegal de la represión que comenzaba a ins- talarse en Uruguay se les terminó de develar en la detención. Durante las seis horas que estuvieron encerrados, los policías no sólo no dieron intervención al juez ni a los abogados, sino que les hicieron escuchar los gritos de los presos torturados. Según los policías, éstos eran militantes del MLN-T y se les aplicaba de “picana” y “submarino”, dos métodos de tortura a los que sería sometido el grupo de Carlos si volvía a ser detenido.

Más allá de este hecho, la colaboración del aparato judicial con que contaban las fuerzas represivas apareció en su amplia dimensión ante los ojos de Carlos cuando circuló entre la militancia del 26M la información de- tallada de las persecuciones y detenciones de los abogados dedicados a la

defensa de los presos políticos y gremiales. Estas novedades no impidieron que, a comienzos de 1973, Carlos y Araceli (que ya integraba la dirección del brazo estudiantil del 26M) se casaran y fueran a convivir en la casa que había sido allanada.

A comienzos de 1973, el proceso de movilización estudiantil en defensa de la educación adquiere alcance nacional y está atravesado por un fuerte en- frentamiento entre la vieja izquierda agrupada en el PCU y la nueva izquierda que reunía a maoístas, guevaristas y trotskistas y anarquistas. Carlos rememora la perplejidad que le causó presenciar uno de los choques:

“Cuando se hace una marcha por la educación muy importante, que se movilizó por primera vez todo el país, haciendo postas de una ciudad a otra, de un departamento a otro, hasta llegar a Montevideo y rodear el pa- lacio legislativo, ahí nos encontramos con una cuestión que yo nunca me pude olvidar porque fue el primer frentazo que tuve, la primera cues- tión que me descolocó, que las dos corrientes de izquierdas distintas, la tradicional y la nueva, chocaron como si fueran enemigos y yo con otros muchachos, de mi facultad y de otras que yo conocía, queriendo apartar al medio y nos pasaban por arriba de un lado y del otro”7 (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013, destacado del autor).

Al revisar el tema Carlos renueva sus cuestionamientos a la postura del PCU ante al golpe militar de 1973: este partido llamaba a apoyar una supuesta fracción militar peruanista que habría participado del golpe y cuyo impulso progresista habría sido puesto de manifiesto en los primeros comunicados

7 En febrero de 1973, ante los comunicados 4 y 7 emitidos por las Fuerzas Armadas

cuando avanzan sobre el gobierno, los comunistas decían que había sectores “peruanistas” o “velazquistas” en referencia al General peruano Velazco Alvarado, el líder nacionalista que estatizó el petróleo y lanzó diversas políticas reformistas en 1968. Carlos relata que ante esos comunicados: “nosotros decíamos que no, no tenía que ver una cosa con la otra. Ahí fue la partición total, el debilitamiento, la cuña que metieron a fondo los milicos, o sea… quedaron como dos aguas en la izquierda” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013).

golpistas.8 Para Carlos, esa “increíble” posición del PCU fue la que impidió que la huelga general con ocupaciones de fábrica, convocada en junio de 1973 por la Convención Nacional de los Trabajadores (CNT), se transformara en una insurrección abierta que frenara a los militares golpistas. La huelga, que contó con el apoyo activo de la FEUU y el conjunto de la Universidad, fue resistida por el nuevo gobierno cívico militar a través de una dura represión. De todos modos, el gobierno recién pudo estabilizarse cuando la CNT levantó la huelga (Leibner, 2011: 576-578).

El efecto de la intervención universitaria y de los golpes represivos sobre los espacios estudiantiles de Carlos y Araceli fue devastador. En sus palabras, “evidentemente, el pre-exilio fue más duro”: no podían actuar ni deliberar po- líticamente porque la caída de numerosos compañeros los había dejado aisla- dos al tiempo que no conseguían trabajo. En ese contexto, deciden pasar las fiestas en Fraile Muerto. Al llegar, se enteran de que podrán rendir exámenes en febrero o marzo de 1974. Araceli y Carlos ya no tenían contactos con sus responsables políticos y deciden volver a Montevideo: “Nosotros entendimos, como militantes, que la gente que habían querido llevarse presa ya se la ha- bían llevado, la habían chupado y todo lo demás” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013). Pero poco antes de esa vuelta, se encuentran con un militante del 26M que les avisa del copamiento militar de la casa donde vivían en Montevideo. Suegros y cuñados se reúnen, les compran los pasajes y les piden que se vayan rápido. Si bien los temores eran fundados – pues luego se enteraron de que existió una circular militar que requería la captura de ambos –, pudieron salir sin problemas del puerto de Montevideo porque los organismos represivos los buscaban en Fraile Muerto. Carlos recuerda:

“No teníamos nada, así que nos prepararon un bolso con cosas, con un poco de ropa para disimular y ahí nos fuimos al puerto, directamente, de noche, en vapor de la carrera. En ese tiempo salían miles de uruguayos en el barco, se llevaban hasta los colchones y además estaban todos los 8 Sobre este aspecto en el Partido Comunista de Argentina ante el golpe militar, véase el

carteles en el puerto: “el último que se vaya, que apague la luz”. Parecía dantesco, porque estaban todas las chimeneas de la planta de ANCAP

[Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland] en rojo, así en el fondo,que era como que iluminaba con el reflejo todo rojo, porque ANCAP está muy pegada al puerto y a mí, lo que más me dolió en realidad eran… las familias que se despedazaban. Unas se iban enteras y otras se hacían mierda, se iban unos y otros quedaban. Muy desgarrador, porque las risas, las cosas que había; era todo muy nervioso, muy loco” (Entrevista a Carlos Ladreche, 2013, destacado del autor).

En el relato que elabora Carlos cuarenta años después se reconocen las huellas de la formación militante obrerista: junto al motivo de la tristeza y la escena dantesca de la multitud en el puerto, Carlos trae al centro del recuerdo el faro rojo de la fábrica estatal, el reflejo de la clase obrera sobre el todo, que ilumina el desbande de la familia popular uruguaya. Como veremos en el apar- tado siguiente, con la derrota política que lo empuja al exilio porteño, Carlos termina una etapa de su educación militante, la que lo llevó de Fraile Muerto al izquierdismo montevideano. En la otra orilla, emprende una nueva etapa que, bajo la luz de otro faro rojo, el del maoísmo, lo llevará al exilio parisino.