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En el judaísmo helenístico se dieron las más diversas diferen- cias de matiz en la actitud fundamental hacia la Torá, desde el liberalismo de los alegoristas consecuentes consigo mismos hasta la más estricta observancia a su tenor literal; desde la negligencia de los judíos filohelenos hasta el más riguroso celo por la ley de los Padres. Sin embargo, el judaísmo helenístico, y en especial, el alejandrino, pues de éste es del que nuestro testimonio procede casi exclusivamente, podemos decir que se presenta como una activa fuerza de expansión, como una conciencia religiosa de mi- sión, como una confesión de fe y un mensaje.

Tres son las principales aspiraciones de éste: la proclamación del verdadero Dios, del verdadero camino de la piedad y de la verdadera esperanza para los hombres.

28 Cf. A. Piñero - J. Peláez, El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los

Frente al politeísmo helenístico, el judaísmo proclamaba el

monoteísmo, la insensatez de la idolatría y la incomparabilidad del

verdadero Dios con los dioses del helenismo. Esto se formulaba, eso sí, utilizando la terminología abstracta helenística: a Dios se le podía llamar Creador, Comienzo de toda generación (Sab 13,3), Generador (OrSib III 296,726) o Hacedor de todo (V 328), e inclu- so se podía afirmar, con Filón, la intervención en la acción creado- ra de Dios (a quien el Pseudo-Aristeas [185; Sab 7,25] llama panto-

crátor) de entes intermedios (fuerzas, la Dínamis, el Logos).

La verdadera piedad consiste en el cumplimiento de la Torá o Ley de Dios. Los judíos estaban impresionados por la seriedad del llamamiento a la virtud que hacía la filosofía helenística. Pero ellos identificaron la virtud con la sumisión a la soberanía del verdadero Dios expresada en el cumplimiento de la Torá. Por eso afirman sin reparos que el obrar bien es un don que la divinidad concede al hombre, siendo, por tanto, el fruto de la adoración al verdadero Dios. Filón está completamente convencido de que los prosélitos experimentan, inmediatamente después de su conversión, una re- novación moral completa, de la misma manera que los apóstatas judíos incurren, a la inversa, en la ruina moral.

La verdadera esperanza para los hombres reside, según los ju- díos, en la celosa adoración del verdadero Dios y en la observan- cia de su Torá29, y esta esperanza incluía también al mundo no

judío. Para los no judíos había dos caminos: hacerse prosélito o “temeroso de Dios”.

Los prosélitos o conversos al judaísmo, realizaban su ingreso en esa religión mediante la circuncisión, un baño bautismal y la ofrenda de un sacrificio en el Templo. La circuncisión represen- taba uno de los grandes impedimentos para su conversión, pues ésta, para la mentalidad antigua, constituía una desagradable de- formación del cuerpo y una operación dolorosa. Al prosélito se le estimaba judío y se le debía tratar como a judío de nacimiento.

La otra vía era la de hacerse “temeroso de Dios” (sebómenoi-

phoboúmenoi ton theon). A éstos no se les consideraba miembros

de la comunidad cultual judía, aunque constituían un círculo muy próximo a ella, pues tomaban parte en el servicio divino judío

y observaban algunos preceptos escogidos e importantes de la Ley, como el sábado y los preceptos alimenticios. Los temerosos de Dios se separaban claramente del paganismo de su entorno ya que habían abandonado el culto pagano para adherirse a la adoración del único Dios verdadero. El centurión Cornelio de Hch 10,2 era uno de éstos: rezaba al Dios de Israel, hacia donativos al pueblo de Dios, pero era considerado pagano hasta el punto de ser su casa y su mesa intangibles para los judíos fieles a la Ley (Hch 11,3). A los que habían nacido paganos no se les exigía la aceptación total de la Torá, con la que se transformaban en judíos; se podía honrar también al verdadero Dios sin convertirse en judío pleno por medio de la circuncisión. Este aserto aislado, que co- menta Josefo negativamente, tal vez deba tomarse en serio, habida cuenta de los grandes grupos de los llamados “temerosos de Dios” que aparecen sobre todo en el libro de los Hechos.

También era preciso esperar como no judío la salvación de Israel. Esta esperanza podía orientarse hacia este mundo y poner en primer plano la proximidad salvadora de Dios en la vida del individuo o podía hacer hincapié en la convicción de una vida bienaventurada después de la muerte o en el retorno maravilloso de los tiempos paradisíacos.

En cualquier caso, podemos concluir que el núcleo fundamen- tal del mensaje del judaísmo helenístico, más que en una heleniza- ción aguda de los judíos consistió en la transmisión de la proclama judeobíblica. Este mensaje se selló con la proclamación del ver- dadero Dios, mediante la negativa, tan escandalosa, a tomar parte en los cultos paganos; con la proclamación del verdadero camino de la piedad, mediante el cumplimiento de los preceptos, también escandalosos de la Torá y con la proclamación de la verdadera esperanza, mediante la profesión de fe en la misión de Israel, in- cluso en las épocas sombrías, de la inmensa mayoría de los judíos de la Diáspora.

CAPÍTULO

III

EL

CAMBIO

GENERAL

DE

LA

RELIGIÓN

JUDÍA

AL

CONTACTO

CON

EL

HELENISMO

Luis VEGAS MONTANER - Antonio PIÑERO Universidad Complutense

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