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4.2 Descriptive Analysis of Variables

4.2.1 Independent Variables

Un adm irado ateo dijo en su día al gran científico y místico francés Blaise Pascal (1623-1662): «O jalá tu­ viera la mism a fe que tú, para actuar igual que tú». Y Pascal le respondió: «A ctúa com o yo y tendrás fe».

L o s sabios judíos com partían un punto d e vista similar; es decir, que « a través de la acción, se movi­ liza y fortalece la voluntad. Incluso en el caso de que alguien lleve a cabo una buena acción, movido por algo indigno... si persiste, terminará actuan­ do por motivos ju sto s» (Adler, 67).

11. Satisfechos con lo que tenemos

Sólo son felices... los que tienen la mente fijada en algún objeto que no sea su propia feliádad: la felicidad de otros, las mejoras de la Humanidad o, incluso, algún arte o proyecto... Así, apuntando hacia otra cosa, encontra­ mos incidentalmente la felicidad.

John Stuart Mili, A utobiografía', p.

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Amy y Sarah habían sido íntimas amigas desde pri­ maria. D e adolescentes compartieron de todo: ropa, música, citas, películas, y hasta los más íntimos secre­ tos y esperanzas. Su relación no tenía implicaciones sexuales; Amy y Sarah eran sencillamente «íntimas am igas». Solicitaron plaza en la misma universidad y cuando se licenciaron estaban seguras de que segui­ rían siendo siempre tan amigas. Pero Sarah empezó a salir con Jeff, un compañero de su clase de Historia, y pasaba cada vez menos tiempo con Amy, que solía 1. Trad. de Carlos Mellizo, Alianza, 2008.

ser muy reservada. Amy se enfadó, se puso celosa y al final se enfrentó a Sarah gritándole entre sollozos: «¿C ó m o me has podido hacer esto? ¡Eres una volu­ ble y una falsa!». Pasaron m uchos meses hasta que Amy consiguió aceptar que Sarah la seguía aprecian­ do, pero que tenía que seguir su vida. A partir d e ahí Amy consiguió encontrar un nuevo círculo de ami­ gos y quedaba con Sarah de cuando en cuando.

Séneca establece una distinción que resulta im­ portante para la psicología hum ana y podría haber ayudado mucho a Amy: la diferencia entre la nece­

sid ad y el deseo. Escribe: «E llo s y nosotros coinci­

dim os en esto: en que el sabio se basta a sí mismo. Con todo, el m aestro quiere tener también un ami­ go,... aunque él se baste a nivel person al» (E pístolas

m orales a Lucilio, IX : 3, énfasis de este autor). La

cultura « p o p » en que estam os inmersos tiende a di- fuminar esta distinción, algo que podem os ver en el aluvión de canciones que nos asaetean con frases com o «T e necesito, cielo», « ¡N o pu edo vivir sin tu am or!». El psicólogo Albert Ellis, que lleva tiempo liderando una corriente con la que rebatir tales su ­ puestos culturales, convendría con Séneca en que la persona realizada busca la am istad, pero no la ne­

cesita. R ecordem os que la piedra angular d e la filo­

sofía estoica es que antes de que podam os ser ami­ gos -y antes de que podam os a m ar- tenemos que

am arnos a nosotros m ism os y alcanzar nuestra pro­ pia independencia. En la m isma carta (IX : 8), Séne­

ca nos dice: « E l que mira hacia sí m ism o y con esa disposición llega a la am istad, discurre m al». Y añade: « S i quieres que te amen, am a tú ». E l filósofo quiere decir que la am istad no d ebe buscar benefi­ cios afectivos o psicológicos, menos aún m ateria­ les. L a respuesta tan petulante que tuvo Amy ante la relación que mantenía Sarah con Je ff, por com ­ prensible que sea, indica que la am iga estaba «u ti­ lizando» a Sarah para satisfacer alguna necesidad interior, y no tanto disfrutar del cariño en sí. L a verdadera am iga no ve en la otra persona una pro­ longación de sus necesidades, sino el recipiente en el que verter lo mejor y más delicado d e sí misma. «¿P ara qué te procuras un am igo ?», se pregunta Séneca: «P ara tener por quien morir, para tener a quien acom pañar al destierro, oponiéndom e a su m uerte y sacrificándom e por é l» (E pístolas m orales

a Lucilio, IX : 10).

E sta última imagen podría interpretarse com o la reelaboración del fam oso mito griego de Dam ón y Pitias. Resum iéndolo brevemente, cuando Dionisio -e l tirano de Siracu sa- condenó a m uerte a Pitias, le dio un tiem po para que arreglara sus asuntos, siem ­ pre que su am igo Dam ón accediera a servir de re­ hén. Dam ón aceptó. C uando Pitias regresó, según lo convenido, D ionisio se quedó tan im presionado que liberó a los dos.

*

A quien sus bienes no le parecen muy cuantiosos, aun siendo dueño de todo el mundo, ése es un desgracia­ do. Epicuro.

Séneca, Epístolas morales a Lucillo, IX: 20

N o hem os dedicado dem asiada atención a los epicú­

reos, una escuela filosófica que com petía con los es­

toicos en la G recia del siglo IV a. C. Fundada por Epicuro (341-270 a. O , esta escuela ha sido ma- linterpretada, por defender supuestam ente el «c o ­ m am os y bebam os y cantem os», e incluso el más ab­ soluto libertinaje. N ad a m ás lejos de la verdad. Epicuro simplem ente señalaba que lo que habría que conseguir en la vida era asegurarse responsable­

m ente los placeres y evitar dolores innecesarios. Los

placeres intelectuales estaban p o r encima de los sensuales, puesto que estos últim os suelen generar problem as a largo plazo. Q u e el epicureism o no dis­ taba tanto del estoicism o ya lo indica Séneca cuan­ do cita con aprobación las palabras de Epicuro.

L a idea de que la auténtica satisfacción consiste en sentirse com placido con lo que se tiene también apa­ rece en el Talmud. En Pirkei Avot, 4: 1, encontra­ mos, por ejemplo, lo siguiente: «¿Q u ién es rico? Aquel que se contenta con lo que tiene». Toperoff corrobora que esta m ishná no se refiere simplemente a las «riquezas materiales», sino a sentirse contento y satisfecho. Cita las palabras del sabio del siglo XIII,

Ja c o b Anatoli, que dijo: «S i alguien no puede conse­ guir lo que quiere, debe querer lo que tiene» (197). E sta noción talmúdica de la felicidad, com o señala Toperoff, enfatiza lo que ya hemos descrito en algu­ na ocasión com o «la gran virtud del agradecimien­ to » (Pies, 2000: 208-9). Y de manera similar en el Tao Te Ching, leemos la afirmación: «S i comprendes que tienes suficiente, / eres auténticamente rico»2 (Browne, 309). D e ahí que el concepto estoico de la felicidad com o plenitud agradecida resuena en buen número d e antiguas tradiciones espirituales.

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