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Individual Earnings Variability: 1973-1985

3.3 Earnings variability for the bottom of the distribution

3.3.1 Individual Earnings Variability: 1973-1985

El contencioso dinástico que supuso la Guerra de Sucesión significó, por una parte, una guerra internacional en la que se vieron involucrados, por causas muy diferentes, la mayor parte de las potencias de Europa Occidental —desde el Im­ perio Austríaco a Portugal y desde Italia a las Is­ las Británicas—; pero, por otra, acabó por con­ vertirse, a partir de 1705, en una guerra civil, en la que se enfrentaron los partidarios de la Casa de Austria y los de la C asa de Borbón. Los mo­ tivos que llevaron a unos y a otros a adoptar una postura concreta fueron muy complejos y las op­ ciones se decantaron por el amplio mundo de in­ tereses que anidaba detrás de cada uno de los bandos en lucha.

El ambiente que había en la Península antes de que em pezara la guerra era poco propicio a un proyecto conjunto y en multitud de hojas vo­ landeras y panfletos se manifestaba un senti­ miento de aversión recíproca entre castellanos

y catalanes. Sin embargo, en ningún momento de la guerra se advirtió ninguna intención de los países de la Corona de Aragón por desligarse de Castilla y por romper el principio de unidad ya conseguido, aunque el proyecto unificador de los Reyes Católicos, transcurridos doscientos años, se encontraba todavía en estado muy embriona­ rio. Incluso en Cataluña, donde la resistencia a Felipe V fue más enconada, siempre se creyó que se luchaba por el conjunto España, desde la opción austríaca.

El desarrollo de los acontecimientos apunta a que sin la presencia de un ejército extranjero, que ya había fracasado en su intento de 1704, tal vez la sublevación de los países torales no se hubiese producido, o cuando menos no hubiese alcanzado las dimensiones que tuvo. El proble­ ma de los fueros no estaba en juego. Felipe V los había jurado en las C ortes de 1701-1702. El respeto que el Borbón mostró hacia los dere­ chos torales de Navarra y de las provincias vas­ cas nos induce a pensar que pudo haber hecho lo mismo con los de la Corona de Aragón. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos, a partir de 1705, condujo a una situación muy di­ ferente.

Con todo, la tenaz adhesión a la causa del ar­ chiduque y la desesperada resistencia de Barce­ lona en los tramos finales de la guerra no pue­ den explicarse sólo por motivos de preferencia hacia una dinastía, sino por la oposición a los De­

cretos de Nueva Planta. La dura represión lle­

vada a cabo por los borbónicos en Valencia, des­ pués de la batalla de Almansa, tuvo que fortale­ cer la voluntad de resistencia catalana, y la cues­ tión de los fueros pasó a un primer plano. Den­ tro del conjunto del Principado, Barcelona era la que más perdía. Ello nos explica su postura numantina hasta el final.

Motivaciones nacionales La G u e rra de S u ­ cesió n no e s sólo la (ase n acional de un conflicto e u r o ­ p e o : a d q u irió d i­ m e n sio n e s de g u e­ rra civil p o r el e s ­ ta llid o d e v ie jo s c o n f lic to s n u n c a bien re su e lto s en el p asad o . La S e ­ ce sió n c a ta la n a de 1640 (página a n te ­ rior), largo conflic­ to e n tre C a ta lu ñ a y el r e s to del E s ta ­ do d u ra n te el XVII, se agudizó p o r la d e c id id a v oluntad d e lo s h a b ita n te s de la C o r o n a de A ragón d e im pedir un re c o rte en s u s d e r e c h o s fo ra le s . El viejo co n flic to a c a b a r í a c o n la d e s t r u c c i ó n m o ­ m e n tán e a de s e c u ­ lares in stitu c io n es qu e, com o la G e- n e r a l i t a t , f o r m a ­ b a n p a r t e d e la ese n c ia del pueblo ca ta lán .

El ejército A lo la rg o de la g u e r r a cam b iaro n el siste m a tra d ic io ­ nal d e re c lu ta de so ld a d o s (que a h o ­ ra p ro ce d ían de los m u n ic ip io s ) y la p r o p ia o r g a n iz a ­ ción m ilitar.

El ejército y las reclutas

El desarrollo de la Guerra de Sucesión supuso la lucha general en la península Ibérica durante más de una década —desde el ataque angloho- landés a Rota de 1702 hasta la rendición de Bar­ celona en 1714—, cosa que no había ocurrido desde la conclusión de la Guerra de Granada en 1492. Ello obligó a una profunda modificación en la estructura del ejército. Un ejército que había luchado en los campos de batalla de Europa du­ rante más de doscientos años, pero que había asumido unos cometidos muy diferentes a los que ahora se le iban a pedir.

Ya hemos visto que en 1703 el número de tro­ pas que se asignaban a la Península era de tan sólo 17.265 hombres, con una fuerte concentra­ ción en Andalucía y en los presidios norteafrica- nos, que se elevaba a más del cincuenta por cien­ to del total. La escasez de esta cifra rayaba en lo ridículo, y la distribución de las tropas dejaba amplios espacios totalmente desguarnecidos. Para afrontar una guerra tal como se planteó la de Sucesión era imprescindible una transforma­ ción de esta situación. La misma vino por una doble vía: una profunda reforma de las estruc­ turas militares y un reclutamiento masivo de hombres.

La reforma se inicó a comienzos de 1703, al decretarse el uso reglamentario de fusiles y ba­ yonetas, que sustituyeron a los tradicionales y ya anacrónicos mosquetes y picas. Aquel mismo año se ordenó en la Corona de Castilla, para am­ pliar la plantilla de las unidades, el alistamiento de un hombre por cada cien vecinos, y en 1704 la vieja estructura organizativa de los tercios se sustituyó por la de los regimientos. La nueva or­ ganización que estaba adquiriendo el ejército borbónico y la propia dinámica del conflicto obli­ gó a una recluta permanente de hombres, que se formulaba sobre la base que proporcionaba el número de vecinos de cada lugar.

Estos reclutamientos no despertaron gran en­ tusiasmo, sino más bien un rechazo bastante ge­ neralizado, lo que hizo que las autoridades loca­ les, forzadas desde arriba, sostuviesen una te­ naz lucha con los vecinos para conseguir los cu­ pos de hombres que se les reclamaban. Los mis­ mos fueron satisfechos en muchas ocasiones mediante procedimientos poco ortodoxos, pese a la voluntariedad que se mencionaba en todas las órdenes de reclutamiento. Las deserciones, a veces masivas, fueron con frecuencia la res-

E1 ejército

L o s n u e v o s re g i­ m ientos form ados p a ra sa tisfa c e r las n e c e s id a d e s de la g u e r r a e s t a b a n eq u ip ad o s co n a r ­ m as m o d e rn a s (fu­ siles y b ay o n e ta s), muy d iferen tes de los m o sq u e te s y pi­ c a s que utilizaban lo s v ie jo s te rc io s q u e d o m i n a r o n g ran p a rte de Eu­ ro p a en el xvi. 45

El ejército

La re c lu ta fo rz o sa no fue bien recibi­ d a en los m edios ru ra les, d o n d e to ­ d o s l o s b r a z o s e ra n p o c o s en é p o ­ c a d e c o se c h a . Los d e s e r to r e s fueron b u sc a d o s y c a sti­ g ad o s se v e ra m e n ­ te (arriba y d e re ­ cha), p e se a lo cual en A ragón se dio u n c o n s i d e r a b l e im pulso a las uni­ d a d e s de v o lu n ta­ rios qu e, co m o los

m igúele te s, se o c u ­

p aro n de d efe n d er su te rrito rio .

puesta de los reclutas a su obligado servicio mi­ litar; pese a todas estas dificultades el ejército de Felipe V, al final de la guerra, superaba los ochenta mil hombres.

En la Corona de Aragón, pese a las explosio­ nes populares en favor del archiduque que en al­ gunos lugares fueron muy generales, la nota do­ minante también fue la apatía. Con todo, la crea­ ción de compañías de migueletes constituye la muestra de un cierto voluntariado, que culmina­ ría en la defensa que los barceloneses hicieron de su ciudad en la ofensiva final de las tropas borbónicas. Pero, aún en este caso, Barcelo­ na y alguna otra población como Cardona representan una voluntad de resistencia poco común, siendo más frecuente una defensa me­ nos ardiente.

Los agobios económ icos

Si las dificultades para dotar al ejército de los me­ dios humanos que la guerra requería fueron gra­ ves, los agobios económicos para la dotación de ese ejército no fueron a la zaga. El costoso man­ tenimiento de la guerra obligó a un considerable esfuerzo fiscal por todas partes.

En el campo, los Borbones resucitaron, con poco éx ito , viejos im puestos abolidos. En 1705 se decretó una resolución por la que se gra­ vaban todas las tierras, rentas de dehesas, de ca­ sas y de cabezas de ganado. Este impuesto le­ vantó numerosas protestas por lo que quedó de­ rogado en gran parte.

También se establecieron gravámenes para pagar el alojamiento y los utensilios de las tro­ pas. En 1708 se pidió un donativo al estamento eclesiástico que se recaudó con grandes dificul­ tades. A los concejos municipales se les exigió de forma continua el precio del armamento y de los uniformes de los reclutas del vecindario que desertaban.

Con todo, uno de los aspectos de mayor in­ terés en lo referente a las contribuciones lo te­ nemos en el llamado eufemísticamente Real Do­ nativo. Se pidió en 1709 y la base del mismo se estableció en doce reales por vecino. A todas las ciudades se les asignó una cantidad global en función de un determinado censo de población. La lucha de las autoridades municipales por re­ ducir las cifras que se les adjudicaban a los ve­ cinos fueron intensas y generales.

Se pidieron continuamente caballos, paja, tri­ go, contribuciones especiales de todo tipo que hundieron, aún más, las difíciles condiciones en que se encontraban las haciendas locales.

Para hacer frente a esta auténtica avalancha de peticiones, se concedieron numerosas licen­ cias, las cuales iban desde sacar trigo de los de-

La economía L a s d i f i c u l t a d e s p a r a c o n s e g u i r f o n d o s c o n q u e c o s t e a r la la r g a g u erra o bligaron al fisco a c a rg a r con m a y o re s c o n trib u ­ ciones los p ro d u c ­ to s de p rim e ra n e ­ c e s i d a d . El v e n ­ d e d o r de vinagre, cu y a im agen a p a ­ re c e so b re e s ta s lí­ neas, sab ía que su m e rc an c ía llevaba un re c a rg o adicio­ nal, el tem ido « a r­ b itr io » , s o b r e el precio final al c o n ­ sum idor.

P ese a la d u re z a de la co n tien d a la a c ­ tividad económ ica en la C o r o n a de A ragón no decayó; to d o s su s re c u rs o s se p u sie ro n al s e r ­ vicio de la ca u sa d e l a r c h i d u q u e C a rlo s de A ustria.

pósitos municipales con promesas de reintegra­ ción, hasta autorizaciones para arrendar a par­ ticulares tierras de aprovechamiento comunal, pasando por los odiados arbitrios, es decir, re­ cargos en el precio de artículos de primera ne­ cesidad: vino, carne, vinagre, aceite, etc.

También en la Corona de Aragón el esfuerzo económico fue considerable para hacer frente a las necesidades de la guerra. Así, por ejemplo, en 1705 y 1706, Barcelona acuñó trescientas mil libras en moneda de plata para satisfacer las ne­ cesidades financieras del archiduque. Y en 1707 se fundieron objetos de plata para efectuar nue­ vas acuñaciones.

Los recursos financieros del Principado se ten­ saron al máximo desde el principio y aumenta­ ron por todas partes las cargas fiscales, pero los ingresos no llegaron nunca a cubrir los gastos derivados de la guerra. Fue necesario recurrir a empréstitos que debilitaron la confianza pública en las instituciones financieras; la Taula de Can-

vi (Mesa de Cambios) fue una de las que perdie­

ron la confianza y, en varias ocasiones, se vio obligada a cerrar.

La economía

La propaganda

Un factor de sumo interés en el transcurso de la guerra fue la propaganda. Utilizada tanto por los partidarios del Borbón como por los del Aus­ tria, intentó legitimar los derechos y actuaciones de cada uno a la par que buscaba la descalifica­ ción del enemigo.

En esencia, los argumentos que se barajaron en favor o en contra de cada uno de los conten­ dientes fueron de diferente índole. En el campo eclesiástico, la causa de Felipe V estuvo muy re­ lacionada con las tensiones que surgieron con la Santa Sede y que pusieron a los dominios de Fe­ lipe V al borde del interdicto y del cisma, así como con las suspicacias que suscitaba el rega- lismo habitual de los monarcas franceses; ambas circunstancias fueron aprovechadas por los par­ tidarios del archiduque que, a través de nume­ rosos opúsculos y panfletos, atacaron a los bor­ bónicos. Por su parte, el punto más débil del de­ nominado por sus partidarios como Carlos III, era su alianza con ingleses y holandeses, a los que se consideraba como herejes y enemigos mortales de la religión católica.

La propaganda

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La labor p ro p a g a n ­ d ística fue decisiva en am b o s b an d o s. El m e m o r i a l d e a r r i b a ju s tific a b a la c a u sa de C a ta lu ­ ña. P o r su p a rte , la ay u d a d e n a c io n e s c o n s id e ra d a s «he­ rejes» a la ca u sa d e C a rlo s de A us­ tr ia le r e s tó ap o y o p o p u la r en la tra d i­ cional C astilla. L.ii >Miv * ^ ^ y -- --- --r- •; *f u K m 0 Ii l¡ ¡r ¡! !¡ H ' X JÍ ii ií. IL ii_ ü 1» ILn ú u it M rt i n u n n r S L H I íO E -U-- -- u e l i i j b j 49

La propaganda

La g ra n d e z a de la c o rte de Luis XIV (arrib a) se d u cía a la n o b le za de C a s ­ tilla , d e s e o s a de em ular las fiestas de V ersalles en el a lc á z a r m adrileño.

En el campo laico los argumentos giraron fun­ damentalmente en torno a la admiración o anti­ patía que Francia podía despertar. Por un lado, la patria de origen del Borbón podía levantar al­ tas cotas de animadversión en muchos que la consideraban enemiga tradicional y culpable de numerosas humillaciones, así como grave com­ petidora económica. Pero por otro, para los me­ nos, Francia era un punto de referencia a imi­ tar, pues consideraban que de la instalación en España de una dinastía francesa, con la grande­ za y el poderío que el país vecino disfrutaba, sólo se derivarían beneficios. La propaganda de unos y de otros trató de estimular estos sentimientos en las dos direcciones.

La gran abundancia de hojas volanderas, fo­ lletos, panfletos y escritos de toda índole que vie­ ron la luz durante los años de la contienda, po­ nen de manifiesto la suma importancia que la propaganda tuvo como arma arrojadiza durante la guerra.

La guerra entre 1705 y 1710

El año 1705 fue el del comienzo generalizado de la contienda. Tras la indecisa batalla naval de Marbella (agosto de 1704), la circulación de la flo­ ta aliada por el Mediterráneo les permitió efec­ tuar en el verano de 1705 sendos desembarcos en la costa valenciana y catalana, que culmina­ ron aquel otoño con la sublevación de Valencia y Barcelona. En ambas capitales se produjeron rápidamente importantes movimientos antibor­ bónicos y en favor de Carlos III. En toda C ata­ luña y Valencia, salvo plazas muy concretas y es­ casas, se proclamó la soberanía del pretendien­ te austríaco, contando con un amplio respaldo popular.

Al año siguiente, en 1706, Mallorca se unía a los austracistas, y en Aragón, tras un primer in­ tento fallido en Zaragoza, se proclamó rey a C ar­ los III en muchos lugares, decantándose al final también la capital por el austríaco. Las tropas de Felipe V aparecían atenazadas. Por el oeste, por Portugal, atacaban los aliados; por el este, des­ de la Corona de Aragón, ocurría lo mismo con el apoyo de los naturales del reino.

La ofensiva lanzada por los aliados desde Por­ tugal a lo largo del Tajo llegó hasta Madrid, don­ de entraron las tropas del archiduque, a la vez que Felipe V y su familia, acompañados de la ad­ ministración borbónica, abandonaban la corte y se dirigían a Burgos. En este momento crítico la lealtad de los castellanos le salvó la corona. A la frialdad con que fueron acogidas las tropas in- vasoras en Madrid, se sumó la resistencia de las ciudades castellanas que no reconocieron al ar­ chiduque como soberano. No se produjo el efec­ to de adhesiones en cadena que los aliados es­ peraban con la ocupación de la capital. Por el contrario, la hostilidad generalizada les obligó a abandonar Madrid y dirigirse a Levante.

Guerra total A m e d id a que la g u e r r a c r e c ía , la p o b la ció n iba s u ­ friendo el d e s g a ste d e u n a co n tie n d a en la q u e ta rd e o te m p ra n o se veía involucrada. La o r ­ ganización de p a ­ tru lla s de cam p esi­ n o s p a ra e v itar los sa q u e o s de los so l­ d a d o s se hizo fre­ c u e n te . 51

Guerra total El 25 d e abril de 1707, en las c e r c a ­ n ía s d e la po b la­ c ió n a l b a c e te n s e d e A lm a n s a , la s tr o p a s del d uque de Berw ick, al s e r ­ vicio de F elipe V, rea liza b an una m a­ n iobra envolvente s o b r e el e jé r c ito aliad o de lord G a- lloway y les d e r r o ­ t a b a n , d a n d o el c o n tro l de V alen­ cia y A ragón a los b o rb ó n ico s.

Allí, en la frontera de Murcia, se produjo uno de los episodios más sangrientos de la guerra. El obispo de esta ciudad, don Luis Belluga, ani­ mado de un ardiente celo, organizó la defensa contra los «herejes», y se formaron verdaderos batallones de clérigos que no desdeñaron com­ partir la sotana con el trabuco, contagiados por el espíritu combativo de su prelado.

El 25 de abril de 1707 en los campos de Ai- mansa se dio una de las batallas más decisivas de nuestra historia: 25.000 hispanofranceses, bajo el mando de un inglés al servicio de Fran­ cia (el duque de Berwick) aplastaron a un ejér­ cito de efectivos similares, integrado por ingle­ ses, portugueses, holandeses y alemanes man­ dados por un francés al servicio de Inglaterra (lord Galloway).

Las consecuencias de la batalla fueron fulmi­ nantes: el reino de Valencia y la mayor parte del de Aragón cayeron en poder de las tropas bor­ bónicas, así como las comarcas exteriores de Cataluña (Lérida y su campo, y la tierra de Tor- tosa).

Dos meses después de la batalla de Almansa y eliminados los núcleos de resistencia —en al­ gunos casos, como en Játiva, fueron intensos—, Felipe V se sintió lo suficientemente fuerte como para promulgar los Decretos de Nueva Planta, por los que se abolían los fueros de Valencia y Aragón y se reducían sus leyes a las de Castilla; era el 29 de junio de 1707. La Nueva Planta fue el revulsivo que estimuló la resistencia catalana frente al Borbón hasta las últimas consecuen­ cias, en defensa de los fueros.

Guerra total La b atalla de Ai- m ansa, en el tr a n s ­ c u rs o de la cual se p ro d u jero n a lre d e ­ d o r d e c in c o mil m u e r t o s , s u p u s o una grave d e rro ta p a r a los p a r ti d a ­ r io s del a r c h id u ­ q u e C a r l o s . L o s b o r b ó n ic o s r e c u ­ p e ra ro n la iniciati­ va m ilitar que p e r ­ d ie ro n tra s a b a n ­ d o n a r M adrid.

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