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Todas las armas de influencia analizadas en este libro funcionan mejor en unas condiciones que en otras. Para defendernos adecuadamente de cualquiera de estas armas, es esencial que conozcamos sus condiciones óptimas de funcionamiento; así sabremos cuándo somos más vulnerables a su influencia.

En el caso del principio de la sanción social, hemos visto ya una ocasión en la que funcionó al máximo: entre los miembros de la secta de Chicago. Fue la pérdida de confianza lo que despertó el ansia de conversiones.

En general, cuando no estamos seguros de nosotros mismos, cuando nos encen- tamos en una situación poco clara o ambigua, cuando reina la incertidumbre, es cuando nos mostramos más propensos a observar las acciones de los demás y aceptarlas como correctas (Tesser, Campbell y Mickler, 1983).

Sin embargo, al examinar las reacciones de otras personas para resolver nuestra incertidumbre, tendemos a descuidar un aspecto sutil pero importante. Es probable que esas personas estén comprobando asimismo la sanción social.

Especialmente en las situaciones ambiguas, la tendencia a observar lo que hacen los demás puede dar lugar a un fenómeno fascinante, denominado ignorancia pluralista. Una comprensión en profundidad de este fenómeno nos ayuda a explicar un suceso que se produce con relativa frecuencia en los Estados Unidos y que ha sido calificado a la vez de enigma y de desgracia nacional: la no prestación de asistencia a muchas víctimas necesitadas de ayuda.

El ejemplo clásico de este tipo de pasividad, y el que ha suscitado mayores controversias en círculos periodísticos, políticos y científicos, empezó con un homicidio en el municipio neoyorquino de Queens.

Una mujer de cerca de treinta años, Catherine Genovese, fue asesinada en las proximidades de su casa, muy entrada la noche, cuando regresaba de su trabajo.

El asesinato no es un acto que se pueda tomar a la ligera pero, en una ciudad del tamaño y las características de Nueva York, el caso Genovese sólo mereció unas líneas en el New York Times. La historia de la muerte de Catherine Genovese habría desaparecido con ella ese día de marzo de 1964, de no haber sido por un error.

Ocurrió que el redactor jefe de la sección de sucesos del Times, A. M. Rosenthal, estaba citado para almorzar una semana más tarde con el comisario de policía de la ciudad.

Rosenthal preguntó por otro homicidio ocurrido también en Queens y el comisario, creyendo que se refería al caso Genovese, le reveló un hecho asombroso que se había descubierto durante la investigación policial.

Era algo que dejó a todos, incluido el comisario, horrorizados y ávidos de explicaciones. La muerte de Catherine Genovese no había sido un suceso rápido y silencioso, sino un largo, estruendoso y atormentado acontecimiento público.

Su asaltante la había alcanzado y atacado en la calle tres veces a lo largo de 35 minutos antes de silenciar definitivamente con una navaja sus gritos en demanda de auxilio.

Aunque parezca increíble, 38 de sus convecinos lo observaron, protegidos tras las ventanas de sus apartamentos, sin siquiera mover un dedo para avisar a la policía.

Rosenthal, un reportero que ya había ganado el premio Pulitzer, sabía reconocer una historia interesante allí donde surgiera. El mismo día de su almuerzo con el comisario encargó a un reportero que investigase el comportamiento de los espectadores en el caso Genovese.

Una semana después el Times publicaba en primera página un largo artículo que iba a crear un torbellino de controversias y especulaciones. Los primeros párrafos marcaban el tono y el enfoque del relato:

Durante más de media hora, 38 respetables ciudadanos de Queens observaron cómo un asesino perseguía y apuñalaba a una mujer en tres ataques sucesivos en los jardines Kew.

Por dos veces el sonido de las voces de esos vecinos y el resplandor de las luces de sus dormitorios interrumpieron y ahuyentaron al asesino. Tras cada una de esas interrupciones, el asesino buscó a su víctima y la apuñaló de nuevo.

Nadie telefoneó a la policía durante el asalto; un testigo la llamó cuando la mujer estaba ya muerta. Esto ocurría hace dos semanas. El inspector jefe adjunto, Frederick M. Lussen, responsable de los detectives de ese municipio y con 25 años de investigación de homicidios a sus espaldas, todavía no se ha recuperado de la impresión.

El inspector Lussen es capaz de relatar con total tranquilidad muchos crímenes, pero el apuñalamiento de los jardines Kew le desconcierta por completo, y no tanto por el asesinato en sí mismo, como por el hecho de que la «buena gente» del vecindario fuese incapaz de llamar a la policía. (Ganzberg, 1964)

La conmoción y la perplejidad fueron las reacciones habituales entre quienes conocieron los detalles de la historia. La primera impresión conmocionó a la policía, a la gente de la prensa y a los lectores.

Rápidamente surgió la perplejidad. ¿Cómo era posible que 38 «buenas personas" hubieran dejado de actuar en semejantes circunstancias? Nadie podía comprenderlo. Los propios testigos del asesinato estaban aturdidos. «No sé», contestaba uno tras otro. «Simplemente no lo sé.»

Algunos ofrecieron endebles razones para su actitud. Así, dos o tres explicaron que estaban «asustados» o que no querían «meterse en líos». Estas razones, sin embargo, no resisten el menor análisis: una simple llamada anónima a la policía habría bastado para salvar la vida de Catherine Genovese sin poner en peligro la seguridad ni el tiempo libre de los testigos.

No, no era el miedo de los observadores ni su renuencia a complicarse la vida lo que explicaba su acción; había algo más que ni siquiera ellos adivinaban.

Pero la confusión no es un buen tema periodístico.

Por tanto, la prensa y los demás medios de comunicación —varios periódicos, emisoras de televisión y revistas que buscaban ampliar detalles— insistieron en la única explicación con que se contaba en aquel momento: los testigos, como cualquiera de nosotros, no se habían preocupado lo suficiente por temor a verse involucrados.

Los estadounidenses se estaban convirtiendo en gente egoísta e insensible. Los rigores de la vida moderna, especialmente de la vida en las grandes ciudades, les estaban endureciendo. Avanzaban de manera inexorable hacia la «sociedad fría», impasible e indiferente a la suerte de los ciudadanos.

En apoyo de esta interpretación, comenzaron a aparecer con regularidad noticias en las que se detallaban diversas formas de apatía pública. Idéntica orientación seguían las observaciones de diversos comentaristas sociales de salón que, como casta, parecen incapaces de admitir la perplejidad cuando hablan para la prensa.

También ellos veían el caso Genovese como un hecho de trascendencia social a gran escala. Todos utilizaron la palabra apatía que, curiosamente, figuraba en los titulares de la primera página del Times, aunque cada uno la interpretaba de una forma.

Unos la atribuían a los efectos de la violencia en televisión y otros a la agresividad reprimida, pero la mayor parte la achacaban a la «despersonalización» de la vida urbana, con sus «megalópolis» y a la «alienación del individuo con respecto a su grupo».

El propio Rosenthal, el periodista que sacó a la luz este suceso y que posterior- mente escribió un libro sobre él, se mostró partidario de la teoría de la apatía causada por la vida urbana.

Nadie puede decir por qué ninguno de esos 38 ciudadanos descolgó el teléfono durante el ataque a la señorita Genovese, porque ni ellos misinos lo saben. Cabe suponer, sin embargo, que su apatía fuera de la variedad que se da en las grandes ciudades.

Cuando uno está rodeado y presionado por millones de personas, es casi cuestión de supervivencia psicológica evitar las intrusiones, y la única forma alcanzar ese objetivo consiste en prestar la mínima atención posible a los demás.

La indiferencia hacia el vecino y hacia sus problemas es un reflejo condicionado cuando se vive en Nueva York, como lo es en otras grandes ciudades. (A.M. Rosenthal, 1964)

A medida que la historia de Genovese fue creciendo —aparte del libro de Rosenthal, sirvió de tema a numerosos artículos en periódicos y revistas, varios documentales de televisión y una obra de teatro— atrajo la atención de dos profesores de psicología de Nueva York, Bibb Latané y John Darley.

Ambos examinaron los informes del caso Genovese y, partiendo de sus conocimientos de psicología social, llegaron a la explicación que parecía menos probable de todas: el hecho de que hubiera 38 testigos presentes.

Las versiones anteriores del suceso habían destacado invariablemente que no se hubiese emprendido acción alguna a pesar de que 38 individuos lo habían presenciado. Latané y Darley formularon la hipótesis de que nadie había ayudado precisamente porque había muchos observadores.

Estos psicólogos propusieron dos razones fundamentales que impulsarían a alguien a no prestar su ayuda en una situación imprevista cuando están presentes otros espectadores. La primera es bastante clara.

Cuando hay varias personas que pueden proporcionar la ayuda requerida, se reduce la responsabilidad personal de cada individuo: «tal vez alguien busque ayuda o lo haya hecho ya.»

Si todo el mundo piensa lo mismo, la ayuda nunca llegará. La segunda razón es más interesante desde el punto de vista psicológico; se basa en el principio de la sanción social y en ella interviene el efecto de la ignorancia pluralista.

A menudo una situación de emergencia aparentemente no lo es. Ese hombre tendido en la acera, ¿ha sufrido un ataque al corazón o simplemente duerme tras una fenomenal borrachera?

El alboroto de la puerta de al lado, ¿es un asalto que requiere la presencia de la policía o una pelea conyugal especialmente ruidosa en la que cualquier intervención sería inapropiada e inoportuna? ¿Qué está ocurriendo realmente?

Ante tanta incertidumbre, existe una tendencia natural a mirar alrededor para buscar una pista en las acciones de los demás. Podemos saber, por la reacción de los demás testigos, si el asunto en cuestión es una emergencia o no.

Pero es muy fácil olvidar que probablemente las demás personas que presencian el suceso están observando también la sanción social. Dado que a todos nos gusta aparecer serenos y templados ante los demás, es probable que observemos esa sanción con tranquilidad, lanzando rápidas miradas a quienes están a nuestro alrededor.

De esta forma, cada uno de nosotros verá que los demás están tranquilos y no emprenden acción alguna. En consecuencia, y por el principio de la sanción social, se interpretará que el suceso no constituye una emergencia.

Por esta vía, según Latané y Darley (1968b), se llega al estado de ignorancia pluralista, «en el cual cada persona decide que, puesto que nadie está preocupado, nada está mal.

Mientras tanto, el peligro puede haber alcanzado el punto en el que un solo individuo, no influido por la aparente calma de los demás, habría reaccionado.»5

5Las consecuencias potencialmente trágicas del fenómeno de la ignorancia pluralista quedan de manifiesto en la siguiente información distribuida desde Chicago por la agencia UPI:

Una estudiante universitaria fue golpeada y estrangulada a la luz del día en las proximidades de una de las más populares atracciones turísticas de la ciudad, según informó la policía el pasado sábado.

El cuerpo desnudo de Lee Alexis Wilson, de 23 años de edad, fue descubierto entre unos arbustos, junto al muro del Art Institute, por un niño de 12 años que estaba jugando en aquella zona con unos amigos.

La policía supone que la víctima se encontraba cerca de la fuente que hay en la plaza del Art Institute cuando fue atacada. El asaltante la arrastró después hasta los arbustos. Al parecer, la joven fue objeto de violencia sexual, informó la policía.

Se calcula en varios centenares el número de personas que tuvieron que pasar por el lugar del suceso. Un individuo informó a la policía de que había oído un grito hacia las dos de la tarde, pero no se preocupó de averiguar su origen porque nadie más le había prestado atención.

Figura 4.2

¿Víctima?

En ocasiones como ésta, en que no está clara la necesidad urgente de prestar ayuda, es probable que ni siquiera una verdadera víctima reciba asistencia en medio de la multitud.

Imaginemos la influencia que puede tener la actitud del transeúnte que aparece en primer plano sobre la del que le sigue inmediatamente, a la hora de decidir si se trata en realidad de una situación de emergencia.