• No results found

Induced Sorting Algorithms

¡Cuán árida se presenta a veces la subida a las cumbres a que lla- ma la Eterna Ley a determinados seres! Y no por prerrogativas, ni privilegios, ni preferencias. Es la santa y divina libertad del alma, consciente de los grandes deberes que le incumbe cumplir.

¡Cuán majestuosa y grande es la fuerza de la conciencia en las almas llegadas a una elevada evolución!

Osarsip meditaba en el silencio de su habitación particular, en unos días de tranquilo descanso buscado en el castillo del Lago Merik a donde volvía con sus familiares, después de solucionados los más graves problemas del país.

Era una tibia noche sin claridades de luna pero con un cielo tan profusamente iluminado de estrellas, que permitía ver claramente la alta silueta del joven cuando bajaba la escalera que desde la terraza conducía hasta las orillas del lago.

Las doncellas, en las habitaciones de la Princesa Real, ejecuta- ban melodías y danzas clásicas, imitando las alegorías fantásticas creadas por poetas de aquel tiempo en honor de las grandes rei- nas-matriarcas del remoto pasado.

Y resonaban los nombres de una hija del sol que prendió en los pliegues de su velo azul, el alma hechizada de un poderoso príncipe de las tierras altas donde nace el Nilo.

Y tan fuerte llegó a ser el hechizo que aquel príncipe abandonó riquezas, pueblo y país, y transformado en un blanco ánade volaba en torno a las torres del templo de la diosa hasta conseguir que ella le dejara vivir entre los lirios de su jardín encantado.

Las melodías y las danzas tomaban tonalidades de epopeya que celebraban hazañas heroicas de una Matriarca-reina de los países de las nieves eternas, que vestida de doncel guerrero, sal- vaba su país y su pueblo de caer en las garras salvajes de razas invasoras.

A estas veladas de la Princesa Real podían concurrir los mora- dores del Castillo y algunos escasos visitantes íntimos que acudían de vez en cuando a visitarla.

Y fue así que, cuando Osarsip paseaba solitario por las orillas del lago, sintió que unos remos castigaban con fuerza en el agua del canal. La luz de las antorchas iluminó el pabellón de la pe- queña embarcación, y Osarsip vio los colores de Atón Mosis, el médico real.

Su corazón palpitó de alegría porque era de seguro su gran amigo Hur que tanto le comprendía y le amaba.

Y se acercó al muelle para recibirlo. Era él en efecto, que venía con su padre y su hermanita Merik.

Pero con sorpresa advirtió que no traían consigo paz ni alegría, sino por el contrario zozobra, inquietud y ansiedad. Tanto es así, que de inmediato le preguntó:

– ¿Qué os pasa? Parecéis intranquilos.

–A hablar con la Princesa Real y contigo es que llegamos aquí –contestó el médico.

Hur se tomó del brazo de su amigo y la niña de la mano de su padre, y caminaron en silencio hacia el Castillo que como un gran monumento blanquecino sobresalía sobre la oscura sombra de las palmeras y las acacias que le rodeaban

Osarsip le llevó a la salita de estudio para no interrumpir con noticias desagradables la alegre velada de su madre con sus da- mas.

El médico expuso la penosa situación que empezaba a temer para su hija Merik a quien la Reina Madre obligaba a entretener a su segundo hijo Albek, que por grandes antagonismos con su hermano mayor se mantenía apartado en las habitaciones que le estaban destinadas. Se decía que era algo enfermizo, quizá para disimular el verdadero motivo de su retraimiento.

–Y mi niña, aquí presente –añadió Atón Mosis–, se me queja de falta de respeto hacia ella por parte del joven príncipe. Fue

necesario simular que tiene una afección al pecho para obtener el permiso de retirarla a mi casa. –Osarsip escuchaba en silen- cio–.

“Quería pedir a la Princesa Real que me socorra en esta difí- cil situación, albergando aquí a Merik en calidad de atacada del pulmón que necesita este buen aire y buena tranquilidad para recuperarse. La niña, como la ves, esta perfectamente sana, y su palidez sólo se debe a las malas impresiones sufridas. Te asegu- ro que en las actuales situaciones, no encuentro otro medio de salvarla del peligro que la amenaza. Y he pensado que tan solo la Princesa Real y tú podéis ayudarme.

–Lo has pensado bien, Atón Mosis. Los genios benéficos que sirven al Eterno Invisible te dieron sin duda esa inspiración –les contestó Osarsip, en cuyo rostro siempre sereno, el médico advirtió un relámpago de sobresalto.

– ¿Verdad que habías temido algo de esto, Osarsip? –tornó a preguntar el médico.

–Sí, es verdad, desde que la Reina Madre la pidió para formar entre sus damas he temido esto mismo que sucede.

– ¿Crees posible que la Princesa, tu madre, me otorgue este inmenso servicio?

–No lo pongas en duda, ni por un momento. ¿Te agradará, Merik, cambiar el lujo y fastuosidad de la corte por el retiro y quietud de la vida junto a mi madre?

Osarsip suavizó su voz cuanto pudo al acercarse a la entristecida adolescente y hacerle esta pregunta.

La pobrecita, que debía haber soportado a toda fuerza el ahogo que una íntima angustia le producía, se echó a llorar desconso- ladamente. Su padre intervino y Osarsip sintiéndose culpable, le decía suavemente:

–Te hice daño, Merik, porque soy muy torpe para consolar. Perdóname y no llores más, que mi madre y yo haremos cuanto podamos para que aquí lo pases bien.

El joven Hur, que era todo una revelación de energía y de fuer- za, demostraba una indignación silenciosa, que cuando estalla es como una tempestad.

Pero por fortuna no llegó a estallar, porque la velada había terminado en el salón de la princesa, las damas se retiraban, y ella quedaba sola.

Los visitantes se encaminaron hacia allá.

Cuando la niña vio la blanca figura de Thimetis, de pie, en el centro de la gran sala, corrió hacia ella sin tener en cuenta las

enojosas leyes de la etiqueta, y echándose de rodillas a sus pies, se abrazó de sus rodillas y un nuevo acceso de llanto la acometió.

– ¿Qué te ocurre, pobre niña, que vienes a mí como una tór- tola herida? –le preguntó la Princesa acariciándola, mientras la levantaba suavemente.

–Ya hablaremos, señora, si me permites unos momentos hablar sin testigos –contestó Atón Mosis, sin aceptar aún, la invitación a sentarse que ella les hacía.

Thimetis pasó con él a un gabinete contiguo y lo que hablaron la Princesa Real y el médico real quedó entre ellos dos.

El hecho ocurrido era el siguiente: el joven Faraón Amenhepat se había prendado de la pequeña Merik y cuando la Reina Madre hizo que la niña jugara a las damas y a diversos juegos por el es- tilo, con su hijo Albek, éste a su vez se encariñó con ella, y en tal estado de cosas los dos hermanos resultaron rivales.

La ventaja, naturalmente, debía llevarla el Faraón, pero Merik no gustaba de ninguno de los dos.

Y en un momento en que ambos disputaban duramente por ella, el Faraón dio un feroz puntapié a su hermano que cayó al suelo gimiendo por el dolor.

Asustada, la niña había escapado por los jardines y se había refugiado en el Templo detrás de la gran estatua de Isis, donde el pastóforo guardián la había encontrado dormida, cuando iba a cerrar las puertas. Enterado uno de los Comisarios del Templo, la llevó él mismo a casa de su padre porque ya anochecía.

La Princesa Real, escuchó el relato del médico, en profundo silencio. Luego habló así:

–Buen padre, Atón Mosis, ya sabes que puedo darte este nombre como se lo doy igualmente a mi maestro Amonthep. Voy a reve- larte un secreto que no te hubiera dicho a no haber llegado este caso. Osarsip ama a tu hija y piensa desposarse con ella, cuando crea llegado el momento oportuno. Creo que para librarla de las alocadas pretensiones de los príncipes reales, debemos celebrar esponsales de Osarsip con tu hija, si ambos están de acuerdo. Es- tando Osarsip de por medio, nadie se atreverá con ella. Ya sabes, Atón Mosis, cómo mi hijo se ha impuesto en el Gran Palacio y en el pueblo.

Conmovido en extremo el médico por la gran noticia que la prin- cesa le daba, dobló una rodilla en tierra y le besó ambas manos.

–Dicen verdad los hombres sagrados del Templo, que eres tú la consolación de todas las angustias de nuestras vidas. Que el Dios Único te colme de dones.

Y llamaron a Osarsip primeramente. Impuesto de lo que ocu- rría, aceptó la insinuación de su madre, y trajo él mismo a Merik para que su padre la enterase de lo proyectado.

La niña, para quien Osarsip era el primero y gran amor de su corta vida, miró con asustados ojos a la Princesa Real, a Osarsip, a su padre, y bajó los ojos al pavimento sin contestar palabra.

Entonces el joven se acercó a ella, le tomó una mano, y sere- namente le preguntó:

– ¿Me quieres lo bastante, Merik, como para aceptarme de compañero para toda la vida?

Ya próxima a llorar, la pequeña apretó a su pecho la noble mano que estrechaba la suya; lo miró muy hondo y no contestó nada. Se había anudado un sollozo a su garganta y nada podía decir.

Todos comprendieron lo que aquella escena muda significaba. –Mañana a mediodía celebramos los esponsales de Osarsip y Merik –dijo en alta voz la Princesa Real, acercándose a los jóvenes y besando tiernamente a los dos.

El Anciano médico secó disimuladamente dos lágrimas que, furtivas, se le habían escapado, y los cuatro pasaron de nuevo al salón donde esperaban los demás.

Fueron llamados los tres sacerdotes maestros del Aula, el Go- bernador del Castillo, el Jefe de Guardias y su esposa Jacobed, Enabi y su hermano y las más antiguas damas de la Princesa Real, que anunció a todos la gran noticia: la celebración de los espon- sales al mediodía siguiente.

El entusiasmo de Hur fue delirante.

–Ahora soy en verdad tu hermano –le decía a Osarsip abra- zándole.

La Princesa hablaba a media voz con Amram y ambos miraban como en éxtasis a Osarsip que sacaba rosas amarillas de un gran jarrón que adornaba el salón, y las prendía en forma de diadema en la oscura cabeza poblada de bucles de la pequeña Merik cuya risa infantil resonaba como gorjeo de pájaros.

–Nunca vi tan dichoso a nuestro hijo, Amram. ¿Le viste sonreír alguna vez? –preguntaba Thimetis.

–Creo que es ésta la primera vez –contestaba el Gobernador. – ¡Cuánto temor sufre mi corazón por estos momentos de dicha suprema que veo en él!...

– ¡No seas pesimista, esposa mía!

–Los misioneros divinos jamás andan por un camino de rosas. Que la Madre Isis arranque todas las espinas del rosal que brota esta noche para nuestro hijo, Amram. ¡Que así lo haga!

– ¡Que así sea! –contestó él, uniéndose al grupo bullicioso y feliz que formaban todos en el gran salón.

“El amor es más fuerte que la muerte, y más poderoso que un ejército ordenado para la batalla”, cantaba en su poema idílico el rey sabio.

En perfecto acuerdo con esa frase milenaria, le añadimos que el verdadero amor sabe dar grandiosas solemnidades aun a las más tiernas escenas familiares. Y tal ocurrió a los esponsales de Osarsip y de Merik que sólo fueron presenciados por sus fami- liares íntimos, por los tres sacerdotes maestros y las damas de la Princesa Real.

Prometidos el uno al otro con todas las formalidades acostum- bradas, dos días después la Princesa Real, Osarsip y Atón Mosis, se presentaban en el Gran Palacio de Menfis y pedían audiencia al Faraón, que la concedió de inmediato. Cumplían la costumbre, ya hecha ley para los príncipes y nobles de más elevada jerarquía, de dar aviso al soberano cuando se concertaba una alianza futura.

Fue la Princesa Real quien hizo el acostumbrado anuncio. –Había pensado desposarla yo, pero si mi real sobrino se me anticipó no estoy desconforme –contestó muy sereno el joven Faraón–. ¿Cuándo se realizará la boda?

–No hay plazo fijado, mi noble hermano –dijo Thimetis– y si algo tienes que observar será un honor para ellos el complacerte.

–Osarsip debe hacer una campaña de gran importancia para el país en este mismo año, lo cual le tendrá ausente por un tiempo que no puedo precisar su duración. En tal caso la boda será a su regreso.

Aunque la Princesa y Atón Mosis sospecharon un subterfugio del Faraón, no pusieron reparo alguno cuando Osarsip contestó con grande tranquilidad:

–Muy bien, señor, será como lo dices. ¿Puedo saber qué cam- paña es la que he de realizar y cuándo? Asuntos graves estamos resolviendo al presente y antes de partir he de verlos resueltos –observó el joven Superintendente.

–Ya lo sé –contestó el Faraón–. En veinte días podrás resol- verlos todos y después de esa fecha será la partida. Negocios con Siria y el país de Azur son más urgentes aún.

Pasado un breve rato de conversaciones sin importancia, la Princesa Real pasó a los salones ocupados por la reina madre y sus damas. Osarsip y Atón Mosis se dirigieron al pabellón lateral del Templo de Isis, donde habitaba el Pontífice y los Hierofantes de su Consejo.

La Princesa Real fue recibida de inmediato por la Reina, que estaba en extremo nerviosa y desconsolada.

–Vienes con admirable oportunidad, Thimetis, amada hija del que fue mi gran Esposo Rey. –Y el abrazo que dio a la hija de Ra- msés I, decía bien claro del grave disgusto que la viuda sufría.

– ¿Qué os pasa augusta señora? –preguntó Thimetis asom- brada.

–Lo más terrible que puede pasar. Tu hermano, el Faraón, ha encerrado en sus habitaciones a mi hijo Albek, con dos guardias armados a la puerta y a mi primo Balduino, Príncipe de Córcega, le ha mandado salir de Menfis y del país en el término de veinti- cuatro horas. ¿No es éste un atropello indigno de un Faraón? –Y la Reina Madre rompió a llorar a grandes sollozos que estremecían todo su cuerpo.

Se susurraba a media voz por los ámbitos del Gran Palacio que el Príncipe Balduino sostenía amistad íntima con la Reina. A poco de morir el Faraón su esposo, el hermoso y gentil príncipe de Córcega pasaba cada año una temporada en Menfis, hospedado en el Palacio Real. Y las personas que lo sabían relacionaban esta amistad con la venida al mundo fuera de hora del hijo segundo de la Reina. Algunas imaginaciones audaces y atrevidas se entre- tenían en tejer un romance entre ella y él, antes del desposorio con el Faraón, a lo cual había sido obligada por conveniencia de Estados, según la vieja costumbre en todas las Cortes reales del mundo, y aún no faltó quien pensara que la muerte de Ramsés I podría no haber sido natural sino provocada, en procura de una viudez prematura para la joven y hermosa Gala.

Todos estos disimulados rumores habían ido acumulando un odio sordo en el alma del joven Amenhepat, que ahogó en forzado silencio durante su minoría de edad, pero viéndose en el trono con todos los poderes de Gobernador obraba según creía que debía hacerlo.

Respetaba a su madre, pero no a Balduino ni al jovencillo Albek. Tal era el estado de cosas cuando Osarsip se había incorporado al Gobierno de Egipto.

La Princesa Real, Thimetis, no desconocía estos desagradables rumores, pero en su retiro del Lago Merik, podía aparecer como que todo lo ignoraba.

Y mientras ella se esforzaba en tranquilizar a la Reina Madre, Osarsip y Atón Mosis consultaban con el Consejo del Templo la situación planteada al Superintendente Virrey.

Osarsip, que el lector ya conoce, de tal manera había refundido en uno solo el pensar y el sentir de todos ellos, que ambos visitan- tes encontraron que el Pontífice y los Hierofantes conocían aún más claramente que ellos toda aquella madeja de hilos blancos y negros.

Y el Pontífice habló así:

–Osarsip, hijo mío, y tu mí amado Atón Mosis: nada puede ven- cer al amor verdadero, más fuerte que la muerte y más poderoso que un ejército ordenado para la batalla. Osarsip tiene en noso- tros una indestructible muralla de amor. La tiene igualmente en su morada del Lago Merik. La tiene también en la gran mayoría del pueblo. ¿Qué pensáis que puede hacer la mala voluntad, si la hay, de tres o cuatro seres aunque uno sea Faraón, otro Reina Madre, el tercero Príncipe de Córcega, y el cuarto hijo ilegal, sin más derecho que al amor de la mujer que le trajo a la vida?

“No temáis nada, absolutamente nada. Osarsip, hijo mío, tú estás doblemente guardado por nuestro amor y por el amor de tus padres, más fuerte acaso que el nuestro.

“¿Sabes a dónde es la misión que te dan?

–A Siria y a las orillas del gran río que baja del Norte (Éufrates). Parece que hay amenaza de conflicto con el Rey de Azur. No estoy del todo enterado.

Poco después la Princesa Real salía del Gran Palacio y se re- unía con su hijo y Atón Mosis, que les llevó de nuevo al castillo del Lago Merik.

Con la suavidad acostumbrada, Thimetis había conseguido que la Reina Madre le cediera a la pequeña Merik para retenerla en el Castillo a su lado. Resentida profundamente como estaba la Reina en contra de su hijo el Faraón, aceptó con alegría que Osarsip se desposara con ella. Sentía el placer de vengarse así de las injurias injustas, según ella, que el Faraón había hecho a ella, a Balduino y a su hijo Albek.

–Te cedo a Merik con loca alegría. Guárdala bien porque es larga la garra del Faraón. Te confieso que yo la quería para mi pobre Albek que no tiene alegría ninguna en su vida –había dicho la Reina al terminar la visita de la Princesa Real.

Muchas inquietudes causaban a Thimetis las misiones enco- mendadas a su hijo. Y mientras navegaba en la popa de su góndola entre su hijo y Atón Mosis, su amor tejía una red de fuertes hilos de bronce para proteger el amor de su hijo y también la vida de su hijo.

hielo que refieren los archivos secretos de mi madre. Seré otra Walkiria y salvaré a este nuevo Abel que el cielo ha puesto a mi lado para alumbrar a este mundo con la claridad divina de men- sajero de Dios.

La encontramos de nuevo en su habitación acompañada de Amram, al cual acaba de informar su decisión de acompañar a su hijo en su viaje al Medio Oriente.

– ¿Crees tú que esta decisión mía pueda desagradar al Faraón? –preguntaba Thimetis a su esposo, que firmaba órdenes de pago a todo el personal de guardia y servicio del castillo del Lago Merik.

–No lo creo –contestaba él–, tu generosa renuncia a tus dere- chos como hija única de la Esposa Reina, te ha dado la absoluta

Related documents