Kersac llegó a París en la madrugada y tomó un coche como le había recomendado Juan que le había dado la dirección de un hotel de la calle Saint Honoré, cerca de la calle de Saint Roch.
El tomó un cuarto en el sexto piso y desayunó copiosamente para comenzar. Luego hizo su arreglo personal completo, se puso su bella chaqueta, y siguiendo las indicaciones de una mujer de servicio, se fue a Juan, al hotel de la señora de Grignan. Eran las ocho cuando él llegó allí.
¿A quién busca, señor? le pregunta el conserje. Le dice Kersac:
¿Y a quién quiere que busque, mi bravo hombre, si no es a mi pequeño Juan? Le pregunta el conserje:
¿A cuál pequeño Juan, señor? Le dice Kersac:
¿Cómo que a cuál pequeño Juan? El que está en esta casa, ¡por Dios! Yo no conozco otro y no otro que valga como él.
El conserje sonrió. El comprendió lo que pedía Kersac. Le dijo el conserje:
Si usted quiere entrar, señor, yo voy a prevenir a Juan que usted lo busca. ¿A quién hay que anunciar, señor?
Le dice Kersac:
Kersac, su amigo Kersac. Le dice el conserje:
Sígame, por favor, señor. Le dice Kersac:
Con mucho gusto, mi amigo.
* * *
Kersac le siguió paso a paso. Al llegar a la escalera, él se detuvo. Le dice Kersac, mirando a todos lados:
Pero, ¿por dónde hay que subir? Le dice el conserje:
Hay que subir la escalinata que está frente a usted, señor. Le dice Kersac:
¿Sobre esta hermosa tela, que han puesto a todo el largo? Le dice el conserje, sonriendo:
Sí, señor. No hay otro camino. Le dice Kersac:
Pues bien, perdóneme un poco. Mi pequeño Juan no se molesta. . . y él camina encima todos los días?
Le dice el conserje, sonriendo:
Diez veces, veinte veces al día, señor. * * *
Dice Kersac: “¡Si tendrá buen sentido hacer que uno camine sobre estas bellas telas como ésta!
Kersac se agachó, pasó su mano sobre el tapiz y dijo: “Es suave como de terciopelo. ¡Esto serviría para lujosas cubiertas de caballo! ¡Y de excelentes limousines, que os conservarían bellamente abrigados!”
No obstante, Kersac se decidió a poner un pie, luego el otro sobre el bello tapiz. El subía lentamente con respeto por el bello paño, mirando a cada paso si lo había ensuciado con sus botas cubiertas de polvo.
El conserje le hizo entrar en una antecámara y fue a prevenir a Barcuss. * * *
Juan va a estar muy contento dijo Barcuss. Yo lo voy a enviar al señor
Kersac. El está aquí al costado dentro de la oficina. ¡Juan! Rápido, ven a ver a tu amigo Kersac, que acaba de llegar.
Le dice Juan:
¡El señor Kersac! ¡Qué dicha! ¿Dónde está él?
A penas había dicho estas palabras, se abrió la puerta del vestíbulo y apareció la cabeza de Kersac.
¡Señor Kersac! ¡Querido señor Kersac! gritó Juan corriendo hacia él.
¡Juan! ¡Mi bravo muchacho! respondió Kersac apretándole con sus brazos y
abrazándole de todo corazón!
¡Querido señor Kersac repitió Juan. ¡Qué bien que haya venido, que se haya molestado a dejar vuestra granja! ¡Cuán feliz soy de verle! Deme noticias de mi mamá. Si usted supiera cómo estoy de contento por saberla en casa suya! ¡Ella debe estar muy feliz en casa suya!
Le dice Kersac:
Yo me halago que ella no es desdichada, amigo mío. ¡Pero cómo has crecido! ¡Y no te has puesto feo, lo puedo decir con toda verdad! ¡Bello muchacho! ¿Sabes que estás casi tan grande como yo? ¿Qué edad tienes, pues?
Le dice Juan:
Diecisiete años y tres meses, señor Kersac. Le dice Kersac:
¡Eso es! ¡Está bien así! Yo tengo 38 años.
Juan, tú deberías proponerle al señor Kersac tomar alguna cosa dijo Barcuss
que les había observado y escuchado sonriendo. Kersac le dice:
¡Bien, gracias, señor! Usted es muy honesto. Yo he comido al llegar un buen pan redondo y un plato de queso. Pero vuestro pan de París no se puede comparar con el pan del campo. Este no tiene volumen. Uno lo puede tragar y se siente siempre con el estómago vacío.
* * *
Barcus se pone a reír y le pide a Kersac que espere un instante. El fue a encontrarse con el señor de Grignan que se estaba arreglando.
Le dice Barcuss:
Señor, ¿me permitiría ofrecerle un vaso de vino al señor Kersac, el amigo de Juan que acaba de llegar y que tiene el aspecto de un muy bravo hombre?
Le dice el señor de Grignan:
¡Ciertamente, mi amigo! Dele todo lo que usted quiera. Le dice Barcuss:
¿Y el señor quisiera permitirme darle un pequeño permiso a Juan para que esté libre para pasear a su amigo?
Le dice el señor de Grignan:
Yo no pido nada mejor, mi bravo Barcuss, pero es a usted que eso le afectará. Le dice Barcus:
¡Oh, señor! Yo no me hago problemas por el trabajo! El conserje me dará una manito . Y da placer obligar a un buen muchacho como Juan y a un bravo hombre como el señor Kersac.
Le dice el señor de Grignan:
¿De veras tiene el aspecto de un bravo hombre? Le dice Barcuss:
¡De un brazo hombre hecho y derecho, señor. Un hombre de cinco pies y ocho pulgadas por lo menos, con unas espaldas, unos brazos y unos puños como para hacerle dormir a un buey. Y con esto, un aire muy bueno, el aire de un buen hombre hecho y derecho. ¿Y si el señor quisiera permitirme que le proponga quedarse aquí?
Le dice el señor de Grignan:
¡Con mucho gusto, Barcuss! Usted puede proponerle, si él no está aquí sino por pocos días, dormir y comer conmigo. De este modo Juan le verá a su antojo y usted no se fatigará con el trabajo.
Le dice Barcuss:
Muchas gracias, señor. Yo le propondré de parte del señor. * * *
Barcuss se retiró muy contento y entró con diligencia en la antecámara donde él encontró a Kersac y a Juan, conversando con animación.
Le dice Barcuss:
Señor Kersac: El señor os propone quedarse aquí con él. Nosotros tenemos el alojamiento y la mesa para ofreceros.
Juan saltó de sobre su silla:
¡Gracias, señor Barcuss! Es un efecto de vuestra bondad, yo lo veo bien. Es usted que le ha pedido al señor.
Le dice Kersac:
Pero Juan, dile pues que es indiscreto esto. Se dice que en París cada uno a su rincón. Yo no quiero desplazar ni molestar a nadie. Yo prefiero volver al hotel.
¡Oh, mi querido señor Kersac! Si el señor lo permite. . . Si el buen señor Barcuss le ha pedido. . .
Dice Barcuss:
Acepte, acepte sin temor, señor Kersac. Nosotros tenemos bastante alojamiento como nos haga falta. Veamos, ¿decidido?
Le dice Kersac, golpeándole en la mano:
¡Decidido! ¡Asunto concluido! ¡Yo me quedo! Vosotros tenéis el aspecto de gente buena aquí. A mí me gustaría conocer a los señores de Juan. Yo amo mucho a la gente buena.
Le dice Barcuss:
Usted les verá pronto, señor Kersac. * * *
Juan, ¿en cuál cuarto pondremos a nuestro amigo? Le dice Juan:
En el mío, yo os ruego señor Barcuss. Yo lo veré mucho mejor. Le dice Kersac:
A mí también me gustará más eso. Eso me hará recordar la noche cuando tu me cuidaste bien, Juan, en el albergue de Malansac. ¿Y este Juancito que tú querías hacer que yo lo ame? A propósito, ¿dónde está ese animal del Juancito?
Le dice Juan:
El está bien ubicado, según lo que él me ha dicho, pero yo no le veo a menudo. Le pregunta:
¿Cómo así? Le dice Juan:
Porque. . . porque él tiene ideas que no son las mías, y gustos que yo no tengo. * * *
Barcus interrumpió la conversación para ayudarles a ir a desayunar.
Juan, que tenía buen apetito, no hizo que se lo repitieran. El llevó a Kersac para presentarlo al cocinero y a los otros domésticos.
Kersac desayunó por segunda vez, como si él no hubiera desayunado una primera vez. Después Juan le propuso ir a ver su cuarto.
Le dice Kersac:
¡Costal de papel! ¡Mi pequeño, cómo estás alojado! ¿Y todas estas cosas son tuyas?
Le dice Juan:
Todo, todo, señor. ¡Mire bien! Vea mis hermosos trajes, mi ropa de cama, estos excelentes libros. Todo esto me ha sido dado por el mejor de los hombres, el más encantador y al mismo tiempo en más generoso. Usted adivinará que se trata del señor Abel que yo hablo.
Le dice Kersac:
¡Ah, si! ¡Este bravo señor que tú amas tanto! Le dice Juan:
Y que tengo tantas razones de amarle. ¡Si usted supiera cómo él ha sido y cómo es tan bueno con Simón y conmigo! ¡Y cómo me da buenos consejos! ¡Y cómo tiene él la bondad de amarme! Es eso lo que me conmueve más. Que él, gran artista, rico, espiritual, tan concurrido), tan mimado , quiera bien amar a un pobre doméstico, un muchacho como yo!
Le dice Kersac:
Yo amo a este señor Abel, y a ti yo te amo tanto como tú le amas, y de quien tú hablas con tanta amistad.
Le dice Juan:
Es que uno es tan agradecido con quienes le aman cuando uno está solo, lejos de su familia.
Le dice Kersac:
¡A quien se lo dices! ¡A mí, que no tengo familia ni a quien amar! Yo también quiero tener una familia; me pesa mucho el vivir solo.
Le dice Juan:
¿Y cómo hará usted para tener una familia? Le dice Kersac:
¡Por Dios! ¡Yo me casaré! Nada más difícil que eso. Como hace Simón. Le dice Juan:
Pero Simón es joven, y usted ya no lo es. . . Le dice Kersac:
Lo sé bien. Así yo no desposaré una joven de dieciocho años como hace Simón. Yo tomaré una mujer de mi edad, más o menos.
Juan:
¿Y dónde la encontrará? Le dice Kersac:
Ella ya ha sido encontrada, ¡pues claro! ¡Es tu madre!
Juan, sorprendido de buenas a primeras y riendo enseguida, le dice:
¡Mi mamá! ¡Mi mamá! Pero usted no piensa en ello, señor. Mi mamá tiene como 33 o 34 años. . .
Le dice Kersac:
Y yo tengo tengo 38-39 años. Tú ves, Juan, yo tengo necesidad de alguien de confianza, cerca de mí para gobernar mi granja; y además, alguien buena y cuidadosa que me pueda amar, alguien formal, ahorradora que me detenga cuando yo quiero hacer gastos. Alguien limpia, agradable que no repele a la gente que viene a la granja para hacer negocios conmigo. Yo encuentro todo eso en tu madre. Ella parece más joven que su edad, pero eso no importa; eso vale más que si habría que tomarla como a mi madre ¿Te disgusta esto mi amigo?
Le dice Juan:
¿Cómo me va a disgustar esto, señor? ¡Al contrario, es una dicha, una dicha muy grande. ¡Pobre mamá, que ha sido tan desdichada! ¡Y el buen Dios le envía la oportunidad de llegar a ser la mujer de un bravo y excelente hombre como usted, señor! ¡Mi querido señor Kersac! ¡Usted será pues mi padre! ¡Ah, ah. Ah! ¡De todas maneras es chistoso!
Le dice Kersac:
Tú no pensabas en esto, ni yo tampoco cuando yo te llevaba en mi carreta a Malansac. Y bien, tú no creerías otra cosa. . . Es que yo me he apegado tanto a ti en esa
jornada en la carreta, que me he puesto a ver a tu madre por ti, que yo he cuidado de ella por ti, y que la idea de hacerla mi mujer me ha venido por ti, para volverte a ver algún día y para hacerte de un destino. Además, debo decir también que yo he recibido, hace aproximadamente tres meses una carta de alguien que yo no conozco ni de Eva ni de Adam. El ha firmado como “un amigo” y me dice: “Si usted quiere ser feliz, señor Kersac, y si usted es el bravo, el excelente hombre que yo creo, despose a la madre de vuestro joven amigo Juan. Usted no tendrá que arrepentirse.”
Y añade:
Esta carta ha hecho que yo me decida. Yo he pensado en tu futuro, en el mío, y me he dicho: “Elena será mi mujer, y Juan será mi hijo.”
Le dice Juan:
¡Gracias, señor! ¡Gracias, mil gracias! Yo realmente tengo mucha felicidad de haber encontrado dos hombres tan excelentes como usted y el señor Abel.
Le dice Kersac:
¡Ah, eso! Dime, pues, yo quisiera mucho ver a tu señor Abel. Yo le amo, nada que de escucharte hablar.
Le dice Juan:
Yo se lo diré, señor; yo se lo diré. Por el momento, señor, yo voy a mi trabajo, para no dejarle todo quehacer al este buen señor Barcuss que se esfuerza por darme tan buen tiempo.
Le dice Kersac:
Yo quiero ir contigo allí; yo no te dejo ni como plantilla. Yo ya te veo como a mi hijo. Pero no le hables de esto a nadie excepto a Simón. Se reirían de mí, y eso no me convendría. Yo les daría una paliza de puñetes que le dañarían la nariz.
Le dice Juan:
Permítame, señor de decírselo al señor Abel. Yo tengo la costumbre de hablarle de todo lo que me interesa.
Le dice Kersac:
XXIV
KERSAC Y EL SEÑOR ABEL