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Responsibility

In document Designing Secure and Usable Systems (Page 72-75)

4 Empirical Research: EGSO Case Study

4.5 Grounded Theory Analysis

4.5.2 Responsibility

El viaje no fue muy largo. Ellos se bajaron en Saint Cloud; era la fiesta de la ciudad, y todos se paseaban por todos los rincones. Todos jugaban toda suerte de juegos. Podía verse hazañas , becerros con cinco patas, ovejas con dos cabezas, gigantes de cuatro años que parecían hombres de treinta con barba y mostachos. Finalmente, había un burro que tenía la cabeza allí donde los otros burros tienen la cola.

Esta última maravilla podía ser contemplada dentro de una carpa donde había otras bestias curiosas. El burro estaba solo en un ambiente separado de los demás animales por una lona. El fenómeno no había sido anunciado sino después de una conversación misteriosa entre el señor Abel y el propietario de los animales fenómenos.

¡Entren, señores, señoras, entren! Se entra allí de uno en uno, señores, señoras. ¡Entren!

Kersac entró primero pagando dos céntimos. El no tardó en salir riéndose a carcajadas.

Muchos le preguntan:

¿Qué, pues? ¿Qué hay? ¿Es verdad que el burro tiene la cabeza donde los otros burros tienen la cola?

Responde Kersac:

¡Muy cierto! ¡Y vale la pena los dos céntimos para verlo y jurarle el secreto al bravo propietario del animal! ¡Qué broma! ¡Qué buena obra!

* * *

La alegría de Kersac excita la curiosidad de todos los invitados a la boda y de todas las personas presentes. Todo el mundo quería entrar y ver, y todos salían riendo como Kersac y discretos como él.

Finalmente, esta considerable conglomeración de gente de donde nadie se quería ir, y donde todos reían y aplaudían llamó la atención de los gendarmes. Ellos no pudieron obtener ninguna explicación de la gente, y para saber de qué se trataba, ellos tendrían que entrar en su turno.

Ellos entraron. . . sin pagar. . . en calidad de gendarmes. . . y vieron dentro de un establo un burro doblado de la cabeza a la cola, es decir, a una cola amarrada a las barras donde se dispone la hierba para que coman, delante de los espectadores.

* * *

Los gendarmes no sabían si debían reír o castigar.

El señor Abel se interpuso y les dijo que fue él que había inventado esta diversión. Esto gustó tan bien a la causa del jefe del establecimiento, que fue autorizado a continuar con la mistificación. Esto le producía más dinero que el resto de las casas de fieras.

* * *

Continuando su paseo a lo largo de las carpas y de las tiendas vieron una barraca con un estrado sobre el cual desfilaban un hombre con la cara pálida y aspecto extenuad, una mujer con el rostro marchito que expresaba sufrimiento, y un pequeño niño con una flaqueza excesiva cuyas mejillas hundidas anunciaban la miseria.

El aspecto de esta familia golpeó penosamente al señor Abel. Después de observarles por un instante, se fue detrás del velo de fondo y habló unos instantes con el hombre. Luego volvió, tuvo una conversación con Caín y con Set.

Los tres pasaron enseguida atrás de la barraca, y la familia extenuada desapareció para dar lugar, poco después a tres salvajes con largas barbas y con tez cobriza.

Uno de ellos hizo un formidable redoble de tambor. Y un segundo gritó con una voz que se impuso al ruido del tambor y dijo: “¡Venid, señores, señoras, venid a ver el efecto maravilloso del. . . Martillo Mágico. . . que convierte los centavos en piezas de plata (en francos), y las piezas de plata en piezas de oro (de veinte francos).

* * *

La multitud no tardó en conglomerarse ante esta barraca.

“Se va a hacer un solo experimento GRATIS, señores y señoras, después del cual uno deberá dar su dinero a la persona que hará la colecta. La presentación va a comenzar. ¿Quién me da un centavo? ¡Un centavo, señores! ¡Un centavo para obtener veinte!”

Una mano se alarga y da un centavo.

El salvaje toma el centavo, lo levanta en alto para que todos lo puedan ver, lo coloca sobre la superficie de un tronco de madera y se aleja.

El segundo salvaje, que tenía un pesado martillo en la mano dio un golpe sobre el tronco.

El primer salvaje toma el centavo y se lo mostró a la multitud: El centavo se había convertido en una pieza de veinte centavos, es decir, un franco.

La multitud aplaudía. El propietario del centavo recibió la moneda de un franco, y una multitud de otras manos presentaron sus centavos. El mismo salvaje los recibía y los devolvía convertidos en francos. Pero algunas veces la operación fallaba y los propietarios de los centavos entrampados murmuraban.

* * *

Uno de los salvajes les dice: “El martillo mágico no hace nada por los avaros, por los jugadores, por los bebedores, por los malos. El lee dentro del corazón, y a cada uno le da según sus méritos.”

Los centavos de los niños se encontraban siempre convertidos en piezas de un franco. Una o dos veces el martillo mágico cambió un centavo en una pieza de dos francos.

El salvaje les dice: “¡Vamos, señores, dadle al martillo mágico monedas de veinte centavos (de un franco) para convertirlos en monedas de oro de veinte francos después de la primera vuelta de la colecta. Los que no los den en la colecta no tendrán derecho a la metamorfosis. ¡Los que den mucho serán recompensados!

La mujer hizo la colecta en la asamblea. Muchos pusieron pequeñas monedas blancas (de un franco).

* * *

En ese momento el Juancito se mezcló con la multitud y atrajo las miradas del principal de los salvajes.

En la segunda colecta, él avanzó y dio una moneda de un franco para obtener una de veinte francos.

Le dice el salvaje:

¡Dé, señor, usted va a estar satisfecho! ¡Atención, martillo, haz tu oficio! ¡Convierte en oro la plata!

El martillo golpea, el Juancito alarga su mano ávida, y levanta. . . ¡un centavo! Le dice el salvaje:

Vuelva a hacerlo, señor, el martillo se ha equivocado, ¡pucha! A veces se equivoca. ¡Vamos, martillo, vuelve a golpear! ¡Recompensa o castiga!

El Juancito dio una segunda moneda de un franco. El martillo golpea, y el Juancito recibe. . . ¡un centavo! ¡Ustedes me roban! gritó el Juancito, encolerizado.

* * *

El salvaje dice: “Todo el mundo puede ver, señor, que yo no tengo nada en la mano,

nada en los bolsillos no tenía pantalón. ¡Haga una tercera prueba, señor! ¡Ensaye!

¡Usted no pierda por esperar!

El Juancito, murmurando, extendió la mano con una tercera moneda de un franco. El martillo golpeó, y el salvaje hizo ver una moneda envuelta en un papel.

Le dice el salvaje:

¡Aquí tiene, señor! ¡Esto debe ser algo bueno! ¡La moneda está oculta! ¡Hay algo escrito en el exterior del papel!

El salvaje leyó: “Para el Juancito”.

El abrió el papel y leyó en voz alta: “¡Ladrón!”

Y dijo: “¡Un centavo! ¡Siempre lo mismo! ¡Damas y caballeros, este es un martillo mágico que recompensa o castiga!

El Juancito quedó atónito y furioso. Y la multitud repetía: “¡Ladrón, ladrón!” El temor le sobrecogió, y se retiró prudentemente y desapareció.

* * *

Después del Martillo Mágico los salvajes cambiaron de melodías tyrolienses a coplas alegres y divertidas. La multitud aplaudía, el tarro se llenaba de centavos.

Después de las canciones vinieron los juegos de prestidigitación, los juegos de ingenio, etc. Finalmente, un redoble de tambor anunció que la presentación había terminado.

Los salvajes, fueron aplaudidos intensamente y abandonaron el estrado. Se desvistieron, se lavaron la cara dentro de la barraca, y volvieron a ser Caín, Abel y Set.

Ellos le dieron al pobre charlatán el producto de las colectas que ascendía a más de 50 francos. Esas pobres gentes que pedían limosna dieron testimonio de un grande reconocimiento a estos tres amigos a quienes agradecieron con lágrimas en los ojos.

* * *

El señor Abel y sus amigos buscaron juntarse con su gente, a quienes habían perdido de vista, y no tardaron en encontrarla.

Juan había estado preocupado de la larga desaparición del señor Abel, pero Kersac le dijo que sin duda él se había ido al salón de los cien cubiertos para apresurar la cena. Nadie le había reconocido en el show de los salvajes.

El señor Abel invitó al grupo a venir a tomar su cena. La proposición fue acogida con gozo. El desayuno-almuerzo estaba lejos, y se proponían dar honor a la cena.

Los invitados se ubicaron en sus asientos. La cena comenzó con el mismo silencio religioso del desayuno. E igual que en la mañana, fueron animándose después de los primeros platos, y se pusieron alegres y bulliciosos cuando se aproximó el asado.

La cena estuvo exquisita; los vinos estuvieron al pelo, y empezaron a cantar. * * *

Cuando le tocó el turno al señor Abel, él entonó con Caín y Set una de las coplas que habían cantado sobre los caballetes del saltimbanqui. Sólo entonces fueron reconocidos, interrogados, aplaudidos.

Se reían mucho de la invención del Martillo Mágico y de la trampa en que se le hizo caer al Juancito.

Después de la comida que duró desde las siete hasta las nueve se hicieron escuchar los violines, y empezaron las danzas.

Cuando estaban bastante animados, le grita a Juan:

¡Ahora nosotros dos, pequeño Juan, como en el Café Métis: ¡La lección de baile! Y los dos, riéndose, se pusieron en posición, como en el Café Métis y comenzaron la danza que tanto había divertido a los curiosos de la calle, y que tuvo el mismo efecto en el salón de cien cubiertos de Saint Cloud. ¡Todo el mundo reía y aplaudía!

* * *

La velada se prolongó tan alegremente hasta la una de la mañana. Y en la estación encontraron coches estacionados por orden del señor Abel para todos los invitados. Y cada uno volvió a su casa.

Antes de separarse, el señor Abel le dijo a Juan y a Kersac que él iría a desayunar a la mañana siguiente en la casa de la señora de Grignan, y que les llevaría a la Exposición de Cuadros que debía abrir dentro de pocos días, y que por el momento sólo estaba abierta a los artistas.

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