“A finales de los setenta las científicas sociales feministas han puesto en tela de juicio numerosos conceptos que eran paradigmáticos para el marxismo, el funcionalismo o el estructuralismo y han construido un
enfoque teórico-metodológico que permite abordar el análisis sistemático de las relaciones sociales entre hombres y mujeres”130
Durante estos años y a través de los diferentes trabajos de análisis e investigación que las mujeres han realizado en los diferentes ámbitos académicos, se ha llegado a crear y teorizar un número significativo de categorías de análisis de la sociedad y de la historia; elaboradas desde distintas materias del conocimiento académico pero sin perder de vista la interdisciplinaridad, y sin perder de vista el movimiento de mujeres. Es decir, sin perder nunca de vista la práctica política puesto que se trata de instrumentos de análisis y de creación de saber de las mujeres, no saber sobre las mujeres:
“Estas categorías de análisis son, cuando logran separarse del orden simbólico patriarcal superando el régimen de mediación en él vigente, códigos culturales con que dar a la relación con una misma, con el presente y con el pasado, con la experiencia histórica de quienes han vivido antes que nosotras, un orden simbólico autónomo femenino, un simbólico que nos permite establecer entre las mujeres relaciones libres. La teoría se convierte así ( y ésta es una definición de Luisa Muraro) en las palabras que hacen ver lo que es.”131
A continuación esta misma autora, Ma. Milagros Rivera, nos da las categorías o instrumentos de análisis, los cuales se agrupan en combinaciones diversas hasta constituir modelos de interpretación de la realidad y de la historia. Y dentro del pensamiento feminista occidental, ella distingue (al menos) cuatro corrientes teóricas, cuatro modelos de interpretación, ya claramente desarrolladas y una quinta que está tomando forma probablemente definitiva en años recientes. Estas corrientes teóricas nos dice que son: 1) El feminismo materialista; 2)Los estudios lesbianos; 3) La teoría de los géneros; 4) El pensamiento de la diferencia sexual. La quinta es una corriente que se denomina a sí misma de análisis de política cultural y/o “estudios subalternos”.
130Méndez, Lourdes (1993). Op. cit., p. 50
131Rivera G., Mª Milagros (1994). Nombrar el Mundo en Femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista. Barcelona. Icaria, p. 60
A continuación se hará el desarrollo de los conceptos básicos que han servido como premisas para el estudio y análisis del pensamiento occidental desde una perspectiva no androcéntrica. Con estas categorías, las investigadoras han revisado al conjunto de ciencias, particularmente las ciencias sociales, y han re-elaborado o re-definido muchas de las teorías supuestamente universales, y han dejado al descubierto el sesgo ideológico del sistema patriarcal en el que vivimos.
Patriarcado
Este concepto es muy antiguo y está presente en nuestra tradición cultural, pero su sentido valorativo ha cambiado en los últimos tiempos. Hasta prácticamente la segunda guerra mundial, hablar de una sociedad patriarcal hacia referencia a un tipo ideal y a menudo idealizado de existencia previo a la revolución industrial. Pero la verdadera polémica en torno al patriarcado se inicia en los años sesenta cuando la teoría feminista comienza a consolidarse y el patriarcado será definido por Kate Millet como política sexual.
Amelia Valcárcel nos dice que el patriarcado será definido como una política sexual ejercida fundamentalmente por el colectivo de los varones sobre el colectivo de las mujeres, cuyo origen tendrá dos tipos principales de explicaciones, biológicas o económicas.
“Su modo de funcionamiento social y simbólico se convertirá en el centro de análisis de la teoría feminista. Su definición tipo, puesto que es a su vez un tipo ideal, se da en clave de sistema. El patriarcado es el sistema de dominación genérico en el cual las mujeres permanecen genéricamente bajo la autoridad a su vez genérica de los varones; sistema que dispone de sus propios elementos políticos, económicos, ideológicos y simbólicos de legitimación y cuya permeabilidad escapa a cualquier frontera cultural o de desarrollo económico. El patriarcado es universal y es, sin embargo, una política que tiene entonces solución política.” 132
Esta categoría por tanto, nos permite dar cuenta de las relaciones
sociales en las que vivimos. Victoria Sau133 dice que la sociedad es
capitalista o socialista, occidental u oriental, tecnológica o subdesarrollada, esta denominación es necesaria pero no suficiente. Denota una parte de la realidad pero no da cuenta de toda ella. El término patriarcado en el sentido moderno, aceptado y manejado ya en el mundo académico por especialistas de ambos sexos, no tiene empero todavía la difusión y divulgación que requiere, pero no precisamente por negligencia o casualidad. Todo orden de cosas tiene unos puntos de referencia básicos y los del paradigma patriarcal son acontecimientos pretéritos de los que no se habla, aunque actúan de forma tácita e inconsciente, de modo que ciertos aspectos “últimos” de la realidad parecen venirnos dados y ya no son tan siquiera cuestionables.
Esta misma autora nos da una explicación de la importancia del reconocimiento de que vivimos en una sociedad patriarcal y es desde ahí de donde debemos partir para analizar este modelo y dar una nueva visión para un cambio de paradigma. Puesto que este reconocimiento explícito de la sociedad patriarcal nos permite su estudio y análisis desde todas y cada una de las áreas posibles del conocimiento, incluido el arte, e incluso de los intersticios entre ellas.
“Este hecho supone por sí mismo la facultad de superación de la sociedad patriarcal y el desarrollo de una cultura femenina, no en el sentido de que puedan existir dos culturas excluyentes, sino en el de que, al ser la mujer en el patriarcado una no-existente, la cultura masculina es la cultura de la opresión, la discriminación y la persecución. Al incorporarse la mujer a la cultura, sus primeros pasos en ella necesariamente son denunciar, describir y analizar el modelo patriarcal a fin de poder superarlo y ello da salida al conflicto, sin la floración del cual no hay cambio posible.”134
133Sau, Victoria. (1986). Aportaciones para una lógica del feminismo. Cuadernos Inacabados. Barcelona. La
sal. Ediciones de les dones, p. 37
Una vez planteada la importancia que tiene el concepto patriarcado para el análisis del sistema social en el que vivimos, se hará el desarrollo de esta categoría, iniciando con sus orígenes, y viendo cómo se inserta en el discurso feminista para los Estudios de Género.
Del origen del patriarcado Gerda Lerner apunta que es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres en un proceso que tardó casi 2,500 años en completarse. Su primera forma apareció en el estado arcaico, y su unidad básica de organización era la familia patriarcal que expresaba y generaba constantemente sus normas y
valores. Las funciones y la conducta que se consideraba que eran las
apropiadas a cada sexo venían expresadas en los valores, las costumbres, las leyes y los papeles sociales.
“También se hallaban representadas, y esto es muy importante, en las principales metáforas que entraron a formar parte de la construcción cultural y el sistema explicativo.(...) La sexualidad de las mujeres, es decir, sus capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía antes incluso de la creación de la civilización occidental.(...)El colectivo masculino tenía unos derechos sobre las mujeres que el colectivo femenino no tenía sobre los hombres. Las mismas mujeres se convirtieron en un recurso que los hombres adquirían igual que se adueñaban de las tierras.” 135
Siguiendo a esta misma autora, se puede decir que “el intercambio de mujeres”, término acuñado por Claude Lévi-Straus, para referirse a la cosificación de las mujeres, no significa que las mujeres hayan sido cosificadas y convertidas en mercancía, lo que se trata así es su sexualidad y su capacidad reproductiva. Su sexualidad, uno de los aspectos de su cuerpo, estaba controlado por los otros. Las mujeres, además de su desventaja física, fueron reprimidas psicológicamente de una manera muy especial. Pero ellas, al igual que para los hombres de grupos subordinados y oprimidos, la historia consistió en la lucha por la emancipación y en la liberación de su situación. Las mujeres aún cuando fueron muy explotadas, siempre conservaron su poder de
135Ibidem, p. 310
actuación, aunque muy limitado en comparación con los hombres. Pero las mujeres lucharon contra otras formas de opresión y dominación distintas que las de los hombres y su lucha, hasta la actualidad, ha quedado detrás de ellos.
“El sistema patriarcal sólo puede funcionar gracias a la cooperación de las mujeres. Esta cooperación le viene avalada de varias maneras: la inculcación de los géneros; la privación de la enseñanza; la prohibición a las mujeres a que conozcan su propia historia; la división entre ellas al definir la <respetabilidad> y la <desviación> a partir de sus actividades sexuales; por medio de la discriminación en el acceso a los recursos económicos y el poder político; y al recompensar con privilegios de clase a las mujeres que se conforman.”136
Las mujeres han participado durante milenios en el proceso de su propia subordinación porque se las ha moldeado psicológicamente para que interiorice en la idea de su propia inferioridad. La ignorancia de su misma historia de luchas y logros ha sino una de las principales formas de mantenerlas subordinadas.
Durante todos estos milenios hemos asistido a la construcción de
esta institución, y Ana de Miguel137define como instituciones patriarcales
a todas aquellas que están relacionadas de un modo u otro con la opresión de la mujer. El patriarcado es el sistema de relaciones que institucionaliza y legitimiza dicha opresión. Es, pues, un sistema de dominación.
El concepto de patriarcado que se originó en el movimiento feminista vino a cumplir una doble función: se convirtió en parte de la ideología del movimiento y en un elemento movilizador, y sirvió también para revisar críticamente las teorías sociales predominantes; en ambos casos tuvo consecuencias importancias y de gran relevancia.
“En cuanto a ideología permitió cuestionar otras propuestas de cambios sociales, revolucionarias o reformistas, mostrando que el sistema de
136Lerner, Gerda (1990). Op. cit., p. 316- 317
137Miguel, Ana de “El feminismo y el progreso de la humanidad: democracia y feminismo en la obra de John
Stuart Mill” en Amorós, Celia (coord.) (1992). Actas del Seminario Permanente Feminismos e Ilustración. Madrid. Instituto de Investigaciones Feministas, p. 292
opresión de las mujeres tenía sus propios mecanismos específicos que eran de gran complejidad y afectaban a todas las instituciones y organizaciones sociales. Como concepción científica aportó una ruptura epistemológica muy interesante. Toda teoría científica no es más que una hipótesis que requiere su verificación posterior y la visión patriarcal de la sociedad no está eximida de este requisito. Pero, como Khun ha señalado, las ciencias avanzan precisamente cuando se producen estas rupturas epistemológicas.”138
A partir del concepto de patriarcado se produjo una cantidad de investigaciones en todas las ciencias, algunas investigaciones trataban de otra interpretación a partir de los datos que ya existían; se realizaban investigaciones expresamente para comprobar ciertas hipótesis de trabajo; y en general las ciencias sociales sufrieron una revisión de muchas de sus afirmaciones respecto a la condición femenina, y sobre muchas de sus teorías globales sobre la sociedad. Pero también estas investigaciones permitieron estudiar la validez de las teorías hechas desde el movimiento feminista desde una perspectiva mas militante. El concepto de patriarcado también fue revisado a partir de los datos obtenidos, con todas sus diferencias y matices, la teorización sobre la sociedad patriarcal, fue importante para muchas de las acciones emprendidas por el movimiento feminista y le permitió un esquema para analizar de qué modo la sociedad generaba la discriminación femenina, de mayor relevancia que cualquier elaboración ideológica anterior.
“Con todas sus En primer lugar, la afirmación de que existía un sistema de dominación sobre las mujeres, el patriarcado, apuntó a la necesidad de convertir al feminismo en un movimiento político profundamente contestatario y transformador. En segundo lugar, al mostrar la complejidad y extensión de este sistema de dominio, indicaba que las transformaciones necesarias eran múltiples y de largo alcance.”139
138Astelarra, Judith (1988). Op. cit., p. 41 139Ibidem, p. 46
Al igual que otros conceptos, la teoría del patriarcado, en la medida en que comenzó a ser utilizada por las científicas sociales exigió matices que llevó a su reconceptualización como sistema de género o a la revisión crítica de las teorías sobre roles sexuales. Lo que no podemos dejar de señalar es la conceptualización sobre el patriarcado en la que se añadió un elemento importante: la afirmación de que se trata de un sistema que se basa en la utilización del poder y en este sentido es una organización política.
Contrato sexual y heterosexualidad obligatoria
Dentro de los análisis que aportó la categoría “patriarcado” hay dos conceptos y dos instituciones muy importantes para la vida y la
historia de las mujeres. Uno es el de heterosexualidad obligatoria, el otro,
el de contrato sexual. Dos conceptos estrechamente vinculados entre sí,
dos instituciones necesarias para la continuidad misma del orden sociosimbólico patriarcal.
Y siguiendo a Judith Astelarra podemos decir que ya en la época de la Revolución Francesa, algunas pensadoras observaron que las mujeres estaban excluidas del contrato social, ese famoso pacto originario fundador de las sociedades humanas que se ha hecho famosos en le formulación de Jean-Jacques Rousseau. El mayor esfuerzo de elaboración de este concepto se ha hecho, sin embargo, en los años ochenta de nuestro siglo, concretamente desde la teoría política. El contrato sexual sería, según Carole Pateman, el pacto entre hombres -o entre algunos hombres- sobre el cuerpo de las mujeres. Un pacto desigual y, seguramente, no pacífico, porque no sería un acuerdo libre entre mujeres y hombres. Un pacto siempre implícito, que es esencial para entender el patriarcado, el género, la subordinación social y el desorden simbólico en que vivimos las mujeres en cualquier época histórica de predominio masculino.
El contrato sexual es, pues, previo al contrato social en las formaciones patriarcales. El contrato sexual comporta, para las mujeres, una pérdida muy importante de soberanía sobre sí y sobre el mundo. Una soberanía que se refiere a las funciones que su cuerpo tiene
capacidad de desempeñar en el sociedad y también a las cosificaciones simbólicas que definen lo que el sexo femenino es en la cultura de que se trate.
Íntimamente relacionadas con las instituciones del contrato sexual están la práctica y la institución de la heterosexualidad obligatoria. Se trata de una institución -como decía- necesaria para la continuidad del patriarcado. Es una institución que afecta a hombres y a mujeres mediante el recurso a la definición, y por tanto, a la limitación de los contenidos de su sexualidad. Yo voy a referirme a sus consecuencias para las mujeres:
“...el contrato social favorece desde sus orígenes a unos hombres más que a otros porque de entre ellos lo redactan a su vez los más fuertes, los que se apoderaron de más mujeres, aunque posiblemente a cambio de la promesa de alimentar a todo el grupo.”140
Otra implicación que tiene este concepto es la imposición sobre las mujeres del modelo de sexualidad reproductiva como único modelo que ellas deben conocer y practicar, y no sólo eso, sino hacer propio. Además de que este modelo conlleva la definición del cuerpo femenino -nunca del cuerpo masculino- como un cuerpo violable.
Otras pensadoras feministas han dado su definición acerca de
este concepto, y Ma. Milagros Rivera141 comenta que Carla Lonzi lo
presenta como una forma de sexualidad masculina que a las mujeres nos sería impuesta en las sociedades patriarcales. Definición que fue revolucionaria cuando fue formulada en 1972, y Ma. Milagros Rivera la sigue sosteniendo en su segunda parte: efectivamente la heterosexualidad es obligatoria en las sociedades patriarcales, y a las mujeres nos viene impuesta. En cuanto a que sea una forma masculina de sexualidad, me parece importante y útil el matiz siguiente: lo femenino y lo masculino no son conjuntos cerrados de atributos que circulan por la sociedad y por la historia impenetrables entre sí y con vida propia; pensar así no hace más que reforzar, en un círculo vicioso,
140Sau, Victoria (1986). Op.cit., p. 24
un sistema de género que es opresivo para las mujeres. Cualquier atributo se hace femenino en mi o en cualquier otra mujer que haya asumido por decisión política el hecho casual y necesario de haber nacido en un cuerpo sexuado en femenino. Es decir, el deseo que llamamos heterosexual es femenino cuando una mujer lo entiende libremente como una parte de su sentido de sí y del mundo, no obstante la innegable indoctrinación desde las instancias del poder social.
En los últimos años, nos comenta, el concepto “heterosexualidad obligatoria” ha sido ampliado por Teresa de Laurentis para dar cabida a las implicaciones que ella piensa que esa institución está teniendo entre las propias pensadoras feministas (o entre una parte de ellas). Teresa de
Laurentis ha hablado de fundamentalismo heterosexual. Con esta
expresión alude a las resistencias, por parte también de mujeres, a aceptar espacios femeninos separados, ya sean éstos espacios materiales o espacios simbólicos.
Mujer
“Es una categoría difícil de definir porque no tenemos pistas claras para determinar ni con seguridad ni duraderamente qué es lo que en ella procede del orden sociosimbólico patriarcal, ni qué es lo que en ella procede de la resistencia al patriarcado, ni qué es lo que en ella procede del pensar en otros términos la experiencia personal de vivir en un cuerpo sexuado en femenino;...”142
Esta categoría nos plantea un problema al querer definirla, pues se trata de definir de qué hablamos cuando hablamos de nosotras, cuando hablamos de mujeres; y esto conlleva a su vez definir lo que cada mujer tiene, de donde parte cuando se adentra en la realidad, cuando se plantea dialogar con el mundo.
Aunque una parte de la teoría feminista ha considerado fundacional la definición de la categoría de mujer para cualquier afirmación política posterior, definirla implica que hay que cerrarse políticamente en cuanto a las experiencias que se pueden articular
142Ibidem, p. 61
como parte del discurso feminista: si se define como la representación de un grupo de valores o disposiciones, se vuelve normativa, en cuanto a su carácter, y por tanto, en principio, excluyente.
Esto ha generado un problema teórico y uno político, por un lado una variedad de mujeres de diversas posiciones culturales se han negado a reconocerse como “mujeres” en los términos articulados por la teoría feminista, lo que conlleva a que esas mujeres queden fuera de la categoría y se ven forzadas a suponer que o no son “mujeres” como habían creído hasta ese momento o esta categoría fracasa en su intento de reconocer la intersección del género con la raza, la clase, la etnicidad, la edad, entre otras.
“En respuesta a la exclusión radical que hace la categoría de mujeres de formaciones culturales hegemónicas por un lado y a la crítica interna de los efectos de exclusión de la categoría desde dentro del discurso feminista por otro, las teóricas del feminismo se enfrentan ahora con el