Chapter 2. Characterization of the Mexican coffee sector
2.6. The institutional structure of the Mexican coffee sector from 1993 to 2004
Después de la segunda mitad del siglo XX las sociedades latinoamericanas adelantaron un proceso de urbanización importante de las ciudades, con una población en crecimiento que demandó mayor acceso a servicios educativos y laborales, presionando transformaciones estructurales en las dinámicas de la región. Procesos que iban desde el tránsito a la democracia en contextos de dictadura militar -como ocurrió en el Cono Sur- hasta la demanda de mayores aperturas democráticas que hicieran frente al bipartidismo político de naciones como Colombia.
Esos cambios producidos en la década de los setenta fueron acompañados también de un resurgimiento del feminismo a lo largo y ancho del país, sin desconocer como antecedente el proceso social y político que centenares de mujeres colombianas adelantaron en las primeras décadas del siglo pasado, por el reconocimiento de la ciudadanía y de sus derechos civiles y políticos. Esos movimientos de mujeres que conocemos como de las modernas también coincidieron con explosiones feministas en Estados Unidos, en Europa y en América Latina en esa década de cambio que fueron los años veinte del siglo XX.
Paralelo a las reivindicaciones y a la configuración del movimiento social de mujeres que se produjo a partir de 1970 con sus propios escenarios, proveniente en su mayoría de sectores de clase media y urbana, articuladas a escenarios académicos, se fue madurando la perspectiva de irrumpir en los escenarios de producción de conocimiento, debido a la ausencia de herramientas de análisis para explicar esa diferencia insistente entre lo masculino y lo femenino. Y las reflexiones comenzaron a florecer.
En la academia colombiana se reconoce como antecedente de los estudios de género el trabajo adelantado por Virginia Gutiérrez de Pineda desde la década de los setenta, con su obra Miscegenación y cultura en la Colombia colonial, 1750-1810, publicada en 1999, interrogó sobre los arreglos culturales que regulan la familia en diferentes contextos del país, si bien no con una mirada feminista, si con una perspectiva problematizadora sobre los roles que asumían las mujeres (Wills, 2007, p.423). En el mismo contexto, los trabajos de Ligia Echeverri fueron pioneros en el cuestionamiento jurídico del Estado por no reconocer la constitución diversa de formas familiares en el país y el divorcio para el matrimonio católico (Puyana, 2007, p.127). Otro antecedente, según Vanessa Gómez Pereira (2010), es la consideración de la mujer como agente del progreso en la lógica de posicionamiento de los proyectos de desarrollo para el tercer mundo y en las
transformaciones impulsadas por la Nueva Historia en su propósito de analizar la vida cotidiana (p.37).
Respecto al posicionamiento del concepto de desarrollo como antecedente de los estudios de género, en el caso de América Latina, se deriva una tensión en el ámbito académico y político por el contexto en que posicionó en la agenda mundial sus dos caras de la moneda. Una cara que expresa el carácter dominante del desarrollo, producto del pensamiento hegemónico occidental y otra que expone la posibilidad de resistencia en algunos escenarios, de la periferia y que lo reinterpreta como un elemento que amplía la movilización social (Torres, 2012, p.57-58). Por lo tanto, existía ya una tradición de reflexión sobre relaciones desiguales y sobre relaciones de poder. Es así como desde 1950 se estableció un orden geopolítico en las relaciones norte-sur que recreó la noción de tercer mundo, y que privilegió en el caso de América Latina, las misiones extranjeras validadas por las visitas de especialistas que diagnosticaban la situación socioeconómica de la región. “De esta manera, se acentuó no sólo el discurso sino también una geopolítica que hizo coincidir las fronteras del subdesarrollo con el SUR, concordando a la vez con el esquema centro- periferia y con el tercer mundo” (Torres, 2012, p.61).
El desarrollo se promovió como la tabla de salvación para superar la pobreza y sus consecuencias en América Latina, sin dejar de sorprender la amplia filantropía del primer hacia el tercer mundo. Pero lo que hubo entre líneas al impulsar este discurso, fue claramente una postura de resguardo de la seguridad continental frente a la creciente amenaza del comunismo, que empezaba a expandirse por todo el mundo y que encontró en la revolución cubana un foco de propagación para Latinoamérica. De ahí que la preocupación generó no sólo diagnósticos sino también políticas intervencionistas, especialmente de los Estados Unidos, para el caso de América Latina, y de Europa en lo que corresponde a Asia y África. (Torres, 2012, p. 61)
En ese contexto, durante los años sesenta y setenta las mujeres fueron consideradas como agentes del progreso y los organismos multilaterales establecieron programas como Mujeres en Desarrollo (MED), soportado en la división sexual del trabajo que relega a la mujer a la esfera doméstica (Escobar citado en Gómez, 2010, p.37), pero que hizo énfasis en generar procesos de empoderamiento, con una mirada sobre los roles tradicionales de género rescatando la perspectiva de la estabilidad y continuidad que la representación de lo femenino aportaba.
El Movimiento de Mujeres, en particular la llamada segunda ola del feminismo, que tuvo su desarrollo a partir de los años setenta, permitió la aparición de diferentes grupos que impulsaron el uso del término empoderamiento y el debate alrededor de su significado. El campo conocido como Mujer en el Desarrollo (MED), expresión del feminismo liberal, se caracteriza por un rechazo a la visión reduccionista que sobre la mujer tenían las teorías del desarrollo bienestaristas. Si bien es cierto que la concepción sobre la mujer en las teorías de desarrollo ha cambiado en razón de los límites que el enfoque del bienestar impone, los esquemas alternativos de antipobreza y necesidades básicas tampoco están exentos de limitaciones. (León, 2000, p. 195)
La puesta en escena del MED no sólo se da como parte de un enfoque basado en la representación de lo femenino, sino que de alguna manera también fue una oportunidad. El MED posibilitó el contacto entre las feministas del primer mundo y las de estas latitudes en ambientes académicos y de cooperación internacional, donde la asignación de recursos para América Latina y la incorporación del tema de mujer y desarrollo en las agendas de los Estados sirvió para apalancar el impulso y el diseño de políticas públicas, así como la producción de materiales que trazaban rutas y estrategias para la inserción de las mujeres en la economía moderna, con especial atención en las mujeres rurales (Gómez, 2010, p.40-41). La lógica de los programas de Mujer y
Desarrollo respondió a “la precarización de la situación alimentaria en muchos países del tercer mundo y la disminución de fondos para servicios sociales por crisis económicas (Escobar, 2004, citado en Gómez 2010, p. 42).
De igual manera, la movilización internacional alrededor del establecimiento de la Década de la Mujer (1975-1985) declarada en la Conferencia Mundial del día Internacional de la Mujer realizado en México, por la Organización de Naciones Unidas y la aprobación de la Asamblea General de la ONU de la Convención para la Eliminación de todas las formas de discriminación a la Mujer (1979), brindaron un impulso importante al desarrollo de los estudios de mujer en la región bajo la necesidad de adelantar lecturas diagnósticas, promovidas inicialmente por centros académicos independientes y ONG´s (León, 2007, p.27).
En Colombia los primeros estudios sobre la mujer comenzaron a divulgarse en publicaciones orientadas al reconocimiento de la mujer en instituciones sociales como la educación, el trabajo y la familia, destacando su rol en la producción, reproducción social y en el desarrollo. Estas investigaciones fueron realizadas por mujeres en centros privados como en la Asociación Colombiana de Estudios de Población, ACEP, gracias al liderazgo de Magdalena León (1977), y en la Universidad de los Andes y en el Centro de Estudios para el Desarrollo, CEDE, con Nora Rey de Marulanda y Elsy Bonilla de Ramos. Luego, en 1986, grupos feministas publicaron el libro Voces insurgentes, en el que se recogen diversas visiones e investigaciones puntuales sobre la historia de las mujeres y la relación de la mujer con el arte, los medios de comunicación y la sexualidad. (Laverde, 1986, citada en Puyana, 2007, p. 126-127)
Posteriormente, en la década de los ochenta, se asumió el enfoque de Género en Desarrollo (GED), que retoma las orientaciones de la Tercera Conferencia Mundial sobre la Mujer, organizada por Naciones Unidas realizada en Nairobi en 1985, porque “centra la atención no sólo
en las relaciones desiguales entre los géneros sino también en las estructuras que generan la desigualdad. Es decir, los cambios en las relaciones de género requieren transformaciones profundas de las estructuras existentes” (Valdés, 2006, p.2). Además de la conformación de mecanismos de alto nivel de gobierno, con asignación de recursos económicos para medir el impacto de las políticas que se implementaran.
Estos debates en el campo del Género en el Desarrollo (GED) permitieron llevar la discusión un paso más adelante, en cuanto fue cada vez más claro que la intervención en lo estratégico implica tener en cuenta lo práctico, pero imprimiéndole un carácter político. Sólo en la medida que lo práctico sea estratégico puede considerarse como feminista. Surgió entonces la pregunta de cómo puede darse esta conversión, qué medios y herramientas pueden utilizarse. Entre las respuestas a estos interrogantes que aún no terminan, surgió la idea del empoderamiento como una manera alternativa de percibir el desarrollo, desarrollo que viene de abajo hacia arriba como un aporte de las bases. Todo esto implicó para el Movimiento de Mujeres hacer énfasis en la creación de conciencia y la organización. (León, 2000, p.197)
Al considerar las condiciones de las mujeres del tercer mundo ancladas a la lógica del empoderamiento, desde la perspectiva del desarrollo, se promovió la investigación sobre la situación jurídica, económica y social de las mujeres. Así como el impulso de los estudios de demografía con énfasis en el análisis del control de la natalidad y las formas de intervención social sobre el cuerpo de las mujeres (Meertens citada en Gómez, 2010, p. 42), y los trabajos de Magdalena León sobre las condiciones de participación social y la situación económica de las mujeres en el sector agrario (Escobar, citado en Gómez, 2010, p. 43).
Además del concepto de desarrollo, el otro elemento que preparó el ambiente académico para la incorporación de los estudios de género fue, como ya hemos señalado, el avance logrado por la
Nueva Historia, con problemas, enfoques historiográficos y metodologías que cuestionaron los grandes relatos y sujetos heroicos promovidos por la historia oficial. En este ámbito se destaca el historiador Jaime Jaramillo Uribe considerado el pionero de la renovación de los estudios históricos en el país, labor que lideró desde la creación y dirección del Anuario de Historial Social y Cultural creado en 1963 y la creación del departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia en 1965 (Cataño, 2018, p.123).
La emergencia de diversos temas de interés causados por el giro cultural de la historiografía, que iban desde el periodismo, la cultura, la vida cotidiana, las epidemias, las fiestas, los delitos y demás favoreció visibilizar el rol de las mujeres en los procesos sociales. Se reconocen como antecedentes los trabajos desarrollados por Susy Bermúdez desde la historiografía colombiana, en los que se aborda el rol de la mujer durante el siglo XIX en espacios como la familia y la iglesia (Gómez, 2010, p.45).
La producción historiográfica que incorporó la problemática de las mujeres se fortaleció con el desarrollo del proyecto pedagógico la Nueva Historia de Colombia (NHC), publicación que visibilizó el análisis histórico de sujetos ausentes de las narrativas tradicionales como los indígenas y los campesinos, y que incluyó también la reflexión sobre las mujeres (Gómez, 2010, p.46). Coincido aquí con Vanessa Gómez cuando considera que estos desarrollos de la historiografía colombiana posibilitaron que los primeros esfuerzos por visibilizar a las mujeres como sujetos históricos dentro de la historia social y la historia cultural, abonarían un terreno fértil veinte años después, para encontrar la influencia de la formación feminista en los trabajos de varias historiadoras como Magdala Velásquez, que en 1995 impulsó proyectos como la colección “Las Mujeres en la Historia de Colombia”, Beatriz Castro con la obra colectiva en 1993 “Historia de la vida cotidiana en Colombia” y Susy Bermúdez con “El «bello sexo» y la familia durante el
siglo XIX en Colombia. Revisión de publicaciones sobre el tema” publicada en 1993 y trabajos anteriores como “Mujer y familia durante el olimpo radical” de 1987.
Para ir tejiendo con firmeza esta urdimbre, podemos decir entonces que los esfuerzos individuales de algunas académicas fueron allanando los caminos en disciplinas como la historia, la antropología, la economía y la demografía. Los debates teóricos en los campos de conocimiento y el contexto de las agendas gubernamentales promovidas por las agencias de cooperación constituyeron dos fuentes que no sólo anteceden los estudios de género en Colombia, sino que en simultáneo tendrían algún nivel de incidencia en las dinámicas del movimiento feminista y el movimiento social de mujeres en el país.