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INTEGRATED APPROACH TO TERRITORIAL DEVELOPMENT

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2.2.1. Las condiciones históricas de Auschwitz: Reflexiones en psicología y sociología.

El principio de intercambiabilidad, que Marx identificó como característico de la sociedad capitalista en su estudio de los mecanismos de intercambio de las mercancías, también fue identificado por Adorno como un rasgo central a la hora de comprender el totalitarismo en tanto ligado a la tradición de la Ilustración y al sistema capitalista en su conjunto. Adorno, como la mayoría de los miembros de la Escuela de Frankfurt, estaba interesado en analizar las posibilidades de supervivencia del totalitarismo en la democracia liberal72 tras su temporal derrota con el nacionalsocialismo. No lo vio simplemente como una peculiaridad histórica ya superada con la capitulación del proyecto nazi, sino en continuidad con el sistema de producción capitalista sobreviviente, aun cuando irreductible a él.

La conversión de todos los valores en valores de cambio, es equivalente a la reducción de los individuos a ejemplares intercambiables de una abstracta subjetividad. Se trata de un proceso que estaba en el centro de la homogeneidad totalitaria y que sobrevivió en las democracias liberales de posguerra, pues tiene sus raíces en la estructura económica capitalista, que no sólo no resultó amenazada con la derrota temporal de su versión totalitaria, sino que se presentó a sí misma como su verdadera opositora victoriosa. El principio de intercambio, según Adorno, removió el aspecto del tiempo –propio de la vida humana–, para concentrarse en el desarrollo objetivo de una ley natural (segunda naturaleza) que terminó preparando a los individuos para que continuamente se conformaran con lo que estaba inmediatamente presente, sin preocuparse por transformarlo: “intercambio es la forma racional de la siempre-mismidad mítica” (Adorno, 2003: 143)73.

                                                                                                                         

72 “El nacionalsocialismo permanece, y aún hoy no sabemos si es un mero fantasma de lo que fue tan monstruoso

que se dilata después de su muerte, o si no ha muerto del todo, si la voluntad de cometer lo innombrable sobrevive en la gente así como en las condiciones que los encierran” (Adorno, 2003: 3-4).

73 Para un análisis ulterior del carácter nunca-cambiante de los bienes mecánicamente producidos y su relación con

88 Concepciones ideales como la “abstracta igualdad de los hombres”, arraigadas en el progresivo espíritu de la Ilustración, terminaron revelando las tendencias más totalitarias cuando intentaron realizar sin más lo abstracto en lo concreto, haciendo colapsar en una zona indiscernible lo normativo (deber ser) y lo descriptivo (ser), e intentando alcanzar la igualdad mediante los medios de la homogénea intercambiabilidad capitalista: “la técnica de los campos de concentración es la de hacer a los prisioneros iguales a sus guardias, a los asesinados asesinos. La diferencia racial es elevada hasta convertirse en un absoluto de tal forma que pueda ser abolida absolutamente, pero sólo en cuanto nada que sea diferente puede sobrevivir […] los voceros de la tolerancia unitaria, correspondientemente, siempre están listos para tornarse intolerantes ante cualquier grupo que se torne refractario” (Adorno, 2005a §§66: 103). La profunda anti-utilidad de los campos de concentración, que se resiste a cualquier análisis meramente económico, adquiere otra luz si se lee a la luz de la lógica instrumental de la repetición mecánica, en la que las distinciones pierden muy pronto su valor. La propia división del trabajo se vio distorsionada en los campos de concentración a tal punto, que Primo Levi está en lo cierto al afirmar que el crimen más demoniaco del nacionalsocialismo fue el haber concebido los sonderkommandos, es decir, haber convertido a las víctimas en victimarios encargándoles las labores más atroces y evitando la posibilidad de establecer una separación que, no obstante, se mantiene en el acto ético del escritor con su propia denuncia de tal indiferenciación.

Y es probable que sea esta absolutización de la lógica instrumental de la utilidad en el seno de un proyecto absolutamente anti-utilitario, que sólo tiene su fin en la muerte total, lo que permanezca como un desafío insoportable al que el pensamiento debe responder. No obstante, con ello se ha radicalizado catastróficamente la propia dinámica del sistema capitalista en su intento por englobarlo todo y consumirlo todo al precio de la propia existencia de su sistema. Es en el seno de esta conciencia reificada de la burguesía, en la que las personas son fácilmente asimiladas a las cosas y a su uso utilitario, en donde se cultiva el terreno para cosificar lo “otro”, lo “extraño”, lo “diferente”. Como Adorno lo señaló, “la frialdad de la mónada societal, el competidor aislado, fue la precondición” de una generalizada indiferencia por el destino del otro (Adorno, 2005b: 30).

89 La siguiente pregunta, formulada en un interesante pasaje de su Mínima Moralia, es reveladora en cuanto a los peligros que Adorno veía en la desmesurada extensión de la lógica de la intercambiabilidad económica a todo el conjunto de la dinámica socio-cultural: “la demanda, presentada como obvia, de que todo logro intelectual pueda ser realizado por cualquier miembro de una organización, hace del más destellado técnico académico la medida del intelectual: ¿dónde encontrará este hombre la habilidad de criticar su propia tecnificación?” (Adorno, 2005a §§83: 129). La capacidad de la razón instrumental para suprimir todo valor no-intercambiable, cerró la puerta para cualquier auto-reflexión crítica que pusiera en entredicho la solidez de sus axiomas, atrofiando la experiencia mediante un sobrevalorado ‘realismo’, en el que el denominado por Adorno ‘tipo manipulativo’ “ni siquiera por un segundo piensa o desea que el mundo fuera diferente de cómo es, está obsesionado por el deseo de hacer cosas, indiferentemente del contenido de sus acciones” (Adorno, 2005b: 27)74.

Esta fue la línea de análisis seguida en el trabajo colectivo The Authoritarian Personality (1950), en donde Adorno, en colaboración con especialistas de varias disciplinas, intentó identificar las tendencias socio-sicológicas del tipo totalitario, concentrándose en su incapacidad de reacción, su falta de auto-reflexión y su inhabilidad para la experiencia (Adorno et al, 1950). Rasgos visibles en la información empírica proveniente de las entrevistas que realizaron como parte del documento. Como previamente lo había sugerido en la Dialéctica de la Ilustración, el anti-semitismo era “un síntoma que satisface una función ‘económica’ en la psicología del sujeto […] como el resultado de un conflicto” entre el estereotipo negativo y la experiencia personal que lo contradice, una tensión que origina un mecanismo –en el ‘carácter manipulativo’– por medio del cual éste termina personalizando su propia estereotipada hostilidad (Adorno et al, 1950: 627-629).

El anti-semita, del que Adorno y Horkheimer afirmaron: ‘siempre desea básicamente imitar su imagen mental del judío’, exorciza el odio frente a su propia imagen mediante la exteriorización de su violencia: no-ser-lo-que-quiere-ser se resuelve mediante la violenta

                                                                                                                         

74 Analizando el sobrevalorado realismo del ‘tipo manipulativo’ en The Authoritarian Personality, Adorno sostuvo:

“trata todas las cosas y personas como un objeto a ser manejado, manipulado, y medido exclusivamente por los patrones prácticos y teoréticos del sujeto” (Adorno et al, 1950: 767).

90 eliminación de ese ‘otro’ que le permite verse como diferente-de-lo-que-es sin nunca reconocer dicha diferencia como constitutiva de su ser. La abolición de la diferencia racial en la homogeneidad de la única raza adquiere una dimensión individual alimentada por la personalización de los estereotipos sociales y la hostilidad que los acompaña. El individuo sólo puede construir su propia identidad sobre la base de hostilizar la identidad distinta, aquello que le es diferente, primero en la forma del estereotipo que evalúa lo ‘otro’, lo ‘distinto’, lo ‘extraño’ como inferior, como menos digno, no-humano, inhumano y, finalmente, como absolutamente desdeñable; y, en segundo lugar, mediante la invisibilización de este gesto al inscribirlo en una lógica técnica despersonalizada en la que se siguen principios ajenos en los que el individuo ya no está comprometido.

Indagando en la estructura inconsciente del sujeto, The Authoritarian Personality profundizó en la importancia que juega la ignorancia, el pensamiento rotulado, la ideología y la personalización política, en el origen y ulterior desarrollo del totalitarismo:

“cada vez más anónimos y opacos procesos sociales hacen increíblemente difícil integrar la limitada esfera de la experiencia de la vida personal con dinámicas sociales objetivas. La alienación social se esconde tras la superficie del fenómeno en el que se expresa lo opuesto: la personalización de actitudes políticas y hábitos ofrece la compensación por la deshumanización de la esfera social, que está a la base de la mayoría de los agravios de hoy en día. En tanto cada vez menos cosas dependen de la espontaneidad individual en nuestras organizaciones políticas y sociales, más la gente está tentada a adherirse a la idea de que el hombre lo es todo y a buscar un substituto para su propia impotencia en la supuesta omnipotencia de grandes personalidades” (Adorno et al, 1950: 671)75.

Lo individual (psíquico) y lo social (colectivo) se encuentran completamente conectados para Adorno. La atrofia de la experiencia publica de deliberación, diálogo, crítica y disentimiento, se correlaciona con la atrofia de la experiencia personal, carente de sentido y de autenticidad, sin que el segundo pueda modelarse sobre la imagen del primero ni viceversa. La

                                                                                                                         

75 La importancia de la espontaneidad, otro de los rasgos que el análisis del totalitarismo de Adorno comparte con el

de Hannah Arendt, es uno de los motivos centrales en su Mínima Moralia. Cuando Adorno investigó por el carácter psicótico como pre-condición de la masa totalitaria en la integración de la sociedad, no dudó en afirmar que: “rápidas reacciones, imperturbadas por una constitución mediadora, no restauran la espontaneidad sino que establecen una persona como un instrumento de medida empleado y calibrado por una autoridad central. Entre más inmediata su respuesta, más profundo el avance de la mediación realista: en los puntuales irresistibles reflejos, el sujeto está enteramente extinguido” (Adorno, 2005a: 231).

91 personalidad carismática que llena el espacio vacío por la pobreza de una vida pública precaria y carente de sentido, cuando no completamente inexistente (alienada), muy pronto llena también el espacio abierto por la imaginación de la mente individual que termina personalizando las mismas actitudes que circulan ahora como moneda corriente de la ideología oficial. La espontaneidad, que es la marca esencial de la libertad individual, se transforma en su opuesto: la adherencia, la aclamación mecánica y repetible, ciega y sorda.

Adorno encontró una correlación entre el ‘síndrome autoritario’, en el que las “condiciones sociales en tanto razones de la deprimida situación de un grupo” son transformadas “en cierta forma de bien merecido castigo” (Adorno et al, 1950: 762), y el ‘tipo manipulativo’, considerado por él como el extremo del estereotipo en el que “rígidas nociones se convierten en fines más que en medios, y todo el mundo es dividido en vacios y esquemáticos campos administrativos. Hay una casi completa falta de catéxis objetiva y de lazos emocionales” (Adorno et al, 1950: 767). El ‘tipo manipulativo’, como una reminiscencia del ‘síndrome autoritario’, ni siquiera necesita experimentar odio frente a los judíos. Su inhumano trato frente al ‘otro’ es, de hecho, más radical precisamente por la ausencia de un contacto personal con él, de cualquier registro emocional en su aproximación. Su voluntad de transformar cualquier relación en un frio problema de carácter técnico-administrativo y su incapacidad de reflexionar sobre sus propios actos76 son la huella de su firme existencia.

Y es aquí donde T. W. Adorno y Hannah Arendt (2005) encuentran un terreno común. Arendt también vio que el horror totalitario se expresó más claramente allí donde el calor de las emociones bestiales en la violencia infringida había sido sustituido por la frialdad de las cuentas técnico-administrativas a la hora de infligirla. En donde los cadáveres de seres humanos eran reducidos a registros de producción de una hoja de cálculo de gestión burocrática. Así mismo, de sus estudios también se concluye que las tendencias totalitarias tenían su raigambre en una generalizada incapacidad de pensar, producida como resultado de la sistemática substitución de

                                                                                                                         

76 En Mínima Moralia lo puso en los siguientes términos: “la inhumanidad consumada es la realización del sueño

humano de Edward Grey, una guerra sin odio” (Adorno, 2005a §§33: 56). Mas adelante afirmará, en su intento por explicar cómo la tortura y el asesinato sin placer se encuentran directamente relacionados con una equivalente ausencia de mesura, que: “los horrores alemanes parecen haber sido cometidos más como resultado de medidas de una planeación ciega y un alienante terror que por gratificación espontánea” (§§67: 103). Este tipo de observaciones también se encuentran presentes en la obra de Arendt (2004a).

92 una aproximación crítica a la experiencia vivida, por el estereotipo y la ideología. Adorno no falló en reconocer su mutuo acuerdo en relación con este aspecto esencial, a pesar de sus importantes diferencias con Arendt: “no importa cómo mire uno la obra de Hannah Arendt, y yo tomo una visión extremadamente crítica en relación con ella, ella está sin lugar a dudas en lo cierto cuando identifica el mal con la trivialidad (banalidad). Pero yo lo pondría en la otra forma; Yo diría no que el mal es trivial, sino que la trivialidad es mal –trivialidad, esto es, la forma de la consciencia y de la mente que se adapta al mundo tal y como es, que obedece el principio de inercia” (Adorno, 2003: 439). Si paginas atrás mencionamos que la serie representatividad- igualdad-intercambiabilidad delimitaba una primera trayectoria totalitaria, vista a partir de su polo colectivo, una segunda trayectoria puede obtenerse de la serie inercia-repetitividad-rigidez- estereotipo, vista a partir de su polo individual. Y si la actividad critica de la mente en su capacidad auto-reflexiva emergía como potencialidad contestataria al modelo totalitario en su primera trayectoria, la espontaneidad de la acción y el pensamiento, que rompe con los esquemas convencionales y acostumbrados y des-adapta al mundo haciéndolo extraño y novedoso, se ubica como una segunda potencialidad contestataria en esta segunda trayectoria.

2.2.2. Masificación.

“Hace algunos años los periódicos americanos anunciaban el descubrimiento de un bien- preservado dinosaurio en el estado de Utah. Se hizo énfasis en que el espécimen había sobrevivido su especie y era millones de años más joven que los previamente conocidos. Este tipo de noticias, como el humorísticamente repulsivo delirio por el monstruo del lago Ness y la película de King Kong, son proyecciones colectivas del monstruoso estado total. La gente se prepara para su terror al familiarizarse con imágenes gigantes” (Adorno, 2005a §§74: 115). Las imágenes, como los lugares, poca a poco forman la relación estética que se construye entre las personas y que configuran la forma del estar-con-los-otros sobre la cual descansa la posibilidad de la política. Esta espacialidad del estar-juntos vio en el totalitarismo la fatalidad de exacerbar las metáforas orgánicas de la masificación. No obstante, en su negación también destacó la necesidad de repensar la fluidez de los espacios, desconcertantes en su potencialidad democrática, como esenciales para la revitalización de la política. Espacios fragmentarios fluidos, en donde la individualidad pueda ser expresada y la espontaneidad recreada, se oponen a

93 los espacios homogéneos de la masificación gigantesca, en donde una esfera pública diversa resulta sacrificada.

En aquella interesante entrevista con Elías Canetti, a la que hice referencia algunas líneas atrás, Adorno (2003) estrechó su común entendimiento de la personalidad paranoica del tipo totalitario con cierto tipo de proyectos arquitectónicos caracterizados por la masividad, la enormidad y el gigantismo; cualidades presentes en casi todos los proyectos que Hitler le sugiriera a Speer (Canetti, 1981). De acuerdo con Canetti, el objetivo de estos proyectos arquitectónicos era el de posibilitar el continuo crecimiento de la masa, potenciando su entusiasmo mediante dicho aumento en un modo tal que cada individuo terminara comportándose de la misma forma que cualquier otro individuo de la misma masa (principio de intercambiabilidad). Estos proyectos también buscaban proyectar la inmortal durabilidad de su idea a través de la monumentalidad de su arquitectura. Un modo de asegurar la constante reproducción del eterno culto al líder –a lo largo de las generaciones por venir– en lo que Walter Benjamin denominó el tiempo vacio de siempre-lo-mismo (Benjamin, 1999 y Buck-Morss, 1989).

El ideal totalitario de un ‘poder absoluto’ debía reflejarse en la grandeza de sus edificaciones. Las imágenes no sólo familiarizaron a las personas con el gigantismo, preparándolos para el ‘estado total’, sino que sirvieron de testimonio para asentar el poder previamente alcanzado por una unidad política ciega frente a sí misma (Canetti, 1981). En sus memorias, Speer sostuvo que la efectividad de la apariencia era mucho más importante para Hitler que la funcionalidad de los espacios a la hora de hacer sus sugerencias arquitectónicas (Speer, 1969). El elemento paranoico de la masa emana de esta ilusoria necesidad de crecer constantemente por el mero hecho de su crecimiento, incorporando cada vez más cosas a ella ante el temor de ver sus propias fuerzas deterioradas77. La ilusión del tipo dominante se hace más fuerte y termina por transformar la realidad según su propio ideal, sin importar las circunstancias o lo contradictorio que pueda resultar con aquello que una experiencia –casi del todo silenciada–

                                                                                                                         

77 Otra potencial convergencia entre la filosofía de Hannah Arendt y la propuesta de Adorno puede entreverse en

este análisis del crecimiento. Lo que Arendt resaltó de la contribución burguesa al totalitarismo fue precisamente el traslado del crecimiento por el crecimiento mismo, bajo la forma de un principio de acumulación económico a lo político, con lo cual éste resultaba sacrificado. Cfr. Arendt (1982) y Villa (2008).

94 aún tiene por decir. El tipo de espacios sociales en que se recrea esta masa está diseñado para celebrar la ciega aclamación del líder. No hay en ellos ninguna oportunidad para la deliberación, están organizados para la ritual auto-afirmación de una masa homogénea en la que las diferencias son completamente superfluas y eliminables en el canto unísono de una partitura fija e inmodificable (Canetti, 1981).

Adorno sugirió que la individualidad, experimentada como una carga bajo la sociedad burguesa, estaba lista para ser dirigida hacia el sentido figurado de un ego colectivo (Adorno, 2005: 14), en el que la ciega identificación con una voluntad general sentaba las bases sobre las cuales edificar una sociedad totalitaria. La falta de afecto, característica del ‘tipo manipulativo’, llevo a una “completa e incondicional identificación de la persona con el grupo al cual resultaba pertenecer” en una distorsionada visión de la lealtad (Adorno et al, 1950: 771)78, que no habría sido posible sin la estatización de la política en la forma de su creciente ‘masificación’ espacial. Benjamin, de quien Adorno aprendió tantas cosas, también terminaría por influenciar su intento de responder con la politización de la estética -en donde Adorno celebró la oportunidad de re- inventar las diferencias, el conflicto y la contingencia– a la estatización de la política, que habría visto su máximo desarrollo en los proyectos masificadores del totalitarismo alemán. Es, en últimas, la conversión de los individuos, diferentes y diversos, en una masa homogénea a ser moldeada con los aparatos técnicos de un Estado masificado.

La masificación no es solamente una forma de organizar ornamentalmente a un sujeto colectivo completamente alienado, desprovisto de espontaneidad y antagónico a la individualidad. También se trata de extender como principio relacional de homogeneidad la

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