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44 a.C.
Las ruinas de Apolonia se hallan cerca de la costa del sur de Albania, a unos 160 kilómetros al norte de la isla de Corcira (tam bién conocida como Corfú) y a unos 80 hacia el sur desde el puerto de Dyrrachium (conocido antiguamente como Epidamnos, nombre que les resultará familiar a los lectores de Tucídides). La ciudad se alzaba sobre una colina de gran extensión frente al río Aous, donde aún pueden verse las ruinas de las antiguas murallas. En la actualidad, las columnas de mármol de la Sala Consistorial y una calle empedrada evidencian que el lugar había sido prós pero. En primavera, ese lugar está cubierto de flores silvestres. No muy lejos de allí se encuentran los cimientos de unos baños pú blicos y de una gran stoa, una columnata techada. También hay un pequeño teatro, u Ocleon, con asientos para 600 espectadores, cuyas gradas han sido restauradas y donde se celebran conciertos de música popular. Un teatro mayor, con 7.500 asientos, está en muy mal estado. La pequeña acrópolis, o ciudadela, está en un ex tremo de la ciudad. Allí crecen algunos olivos y la vista de los al rededores es espectacular. Albergaba originalmente un templo, probablemente dedicado a Apolo o a su hermana Artemisa.
La ciudad de Apolonia, aunque muy olvidada en la actuali dad, fue «una ciudad grande e importante»1 según el orador Ci cerón. Fue fundada en el siglo vil a.C. y durante muchos años fue un lugar de poca relevancia, porque sólo se caracterizaba por tener acceso a las tribus belicosas de Iliria y Macedonia. Era más fácil y más seguro para los italianos que viajaban a Grecia o al Oriente Medio viajar por mar desde Brindisi.
Sin embargo, Roma necesitaba un enlace entre Italia y sus nuevas provincias, sobre todo para el desplazamiento rápido y seguro de los ejércitos. Con ese objetivo se construyó la Vía Eg natia en el año 130 a.C. Esa carretera, que conectaba con Dy rrachium y Apolonia mediante una vía secundaria, transformó la importancia estratégica de los dos puertos. La carretera se guía un río hasta una zona montañosa, bordeaba dos lagos de montaña y descendía hacia una llanura cerca de Tesalónica, en la costa. Luego seguía el litoral hasta el pequeño pueblo de Fi lipos y más allá, hasta el Helesponto (el estrecho de Darda- nelos).
Gaius Octavius, a sus dieciocho años, se estableció en Apolonia a finales del 45 a.C. Le acompañaban Agripa y Quinto Salvidie no Rufo, otro amigo de la infancia. Salvidieno era mayor que Agripa y, como él, tampoco era de noble cuna. Puede que Me cenas también hubiese ido con ellos. Poco se sabe de los oríge nes de Salvidieno; quizá fuese un oficial de César. Tal vez Octa vio lo conoció y lo apreció en España. El era uno de los pocos amigos íntimos de los que Octavio se fiaba en cualquier cir cunstancia.
Los jóvenes se ejercitaron con escuadrones de caballería. Gracias a su relación con el Dictador, Octavio gozaba de un es tatus especial y los oficiales de alto rango solían ir a visitarle. El recibía calurosamente a todo el mundo y era muy popular, tan to en la ciudad como entre los militares. Sus instructores pre sentaron informes muy favorables sobre él.
Apolonia albergaba una célebre escuela para aprender a ha blar en público (el arte de la retórica), comparable con las de Atenas y Rodas. Octavio estudió allí, y leyó literatura griega y ro mana. Quería dominar el griego y el latín, y era un estudiante asi duo. Estudió literatura y elocución, y se trajo consigo desde Roma un tutor, Apolodoro de Pérgamo, uno de los maestros más céle bres de su tiempo, aunque por entonces era muy anciano.
El mes de marzo del 44 a.C. pronto llegaría a su fin. Las le giones estaban más que preparadas. Se esperaba ajulio César en cualquier momento. Pronto dirigiría el ataque contra el imperio parto.
Una tarde, cuando Octavio y sus compañeros iban a comer, llegó un mensajero con una carta urgente para él. El mensajero,
un antiguo esclavo liberado por su madre Atia, estaba en un es tado de gran agitación y consternación. No era de extrañar, por que Atia tenía terribles noticias. En la carta, fechada el 15 de marzo del 44 a.C., Atia le informaba de que Julio César había sido asesinado en Roma justo antes del mediodía por Marco Ju nio Bruto, Cayo Casio Longino y otros. Le pedía a Octavio que volviese a su lado, porque no sabía qué iba a suceder. Según Ni colás, Atia le escribió: «Demuestra que ya eres un hombre, con sidera lo que deberías hacer y lleva a cabo tus planes según lo permitan la fortuna y la oportunidad».2
El mensajero confirmó el contenido de la carta, y le dijo a Octavio que muchas personas habían tomado parte en el asesi nato y que tenían la intención de apresar y masacrar a todos los parientes de César.
Los rumores de que había sucedido una catástrofe no tarda ron en difundirse por toda Apolonia, aunque nadie sabía con seguridad de qué se trataba. Después de la puesta de sol, una de legación de apolonios distinguidos, portando antorchas y segui dos por numerosos curiosos, se presentaron delante de la puer ta principal de Octavio. Declarándose admiradores suyos, le pre guntaron cuáles eran las noticias. Para evitar provocar el pánico, Octavio decidió restringir su respuesta a los líderes del grupo, los cuales, con dificultades, consiguieron persuadir al gentío de que se dispersase. Luego Octavio les explicó lo que había suce dido, y finalmente ellos también se marcharon.
Bajo la luz de un candil, Octavio y su pequeño círculo de amigos hablaron durante toda la noche. ¿Qué debía hacerse? Una posibilidad era unirse al ejército que estaba a las afueras de la ciudad. Octavio podría persuadir al comandante, Marco Aci lio Glabrión, de que le dejase liderar las tropas hasta Roma, donde se vengaría del asesinato de su tío abuelo. Los soldados amaban a César y odiarían a sus asesinos, por lo que sus senti mientos se intensificarían cuando conociesen al adolescente huérfano.
Sin embargo, el precavido Octavio se sintió falto de la expe riencia necesaria para llevarlo a cabo. Había demasiada incerti- dumbre y era muy poco lo que se sabía, así que decidió que se ría mejor esperar hasta recibir más noticias.
Poco después llegó otra carta de Atia y del padrastro de Oc tavio,3 en la que le aconsejaban que no se pusiera nervioso ni se confiase demasiado y que tuviese en cuenta que César, que ha
bía eliminado a todos sus enemigos, había muerto a manos de sus mejores amigos. Debía, al menos temporalmente, compor tarse como un ciudadano civil, lo que era menos peligroso. La carta insistía en el consejo anterior de Atia de que volviese a Roma con rapidez y discreción.
Esto debió de haberle parecido muy extraño a Octavio. ¿Por qué suponían Atia y Filipo que su hijo apacible y completamen te carente de experiencia estaba considerando emprender ac ciones arriesgadas? Era demasiado pronto para que hubiesen re cibido noticias de Octavio sobre cualquier plan de invadir Italia. Sólo había una respuesta plausible a ese misterio: su familia ha bía oído que los partidarios más cercanos a César (sus amigos y su gabinete de ayudantes y consejeros) en Roma hablaban sobre Octavio y estaban barajando algún tipo de papel político para él. Uno o varios pudieron haberle escrito, contándole la tristeza en que se estaba sumiendo el círculo más próximo al Dictador y la determinación de luchar de alguna forma u otra. Sabían o adi vinaban que el nuevo ejército sin líder estaba enfurecido e im potente, y que la gente en Roma, después de un día o dos de atónito silencio, echaban en falta con amargura al único políti co de quien podían depender para proteger sus intereses. Lo que había sucedido no era una revolución, sino un golpe de Es tado desde arriba.
Desde su partida de Roma meses atrás, las cartas y los enviados habían puesto al corriente a Octavio de que la situación se ha bía ido deteriorando continuamente incluso antes del asesinato. En esos momentos, los partes le revelaban los detalles sobre cómo había muerto su tío abuelo.
La posición del Dictador era muy fuerte desde fuera, pero muy débil en el fondo. Los romanos estaban inmensamente or gullosos de su República, constituida después de la expulsión de los reyes en el siglo vi a.C. La clase gobernante biempensante es peraba que César, después de haber ganado su guerra civil y controlado completamente Roma y su Imperio, reinstaurase la Constitución tradicional romana.
Sin embargo, muchos estaban empezando a sospechar que César no tenía ninguna intención de llevar eso a cabo. Sus críti cos creían que el motivo era su ambición insaciable por el poder absoluto. Intuían que estaba decidido a establecer una monar
quía y decidieron que ya estaba bien de hablar. Se organizó una conspiración, liderada por antiguos enemigos de la guerra civil, a quienes César había perdonado, miembros importantes del ré gimen e incluso amigos íntimos. Aunque es muy poco probable que César aspirase a un reinado, se dio cuenta de que su políti ca de reconciliación había fracasado. La brecha entre él y los ro manos de la vieja escuela era infranqueable, y como no veía nin gún sentido en disimular su poder, se proclamó en febrero Dic tador vitalicio. Para los conspiradores, eso fue la prueba de sus peores temores. El tirano tenía que ser depuesto antes de que marchase hacia el este a mediados de marzo.
Se esperaba que el Dictador dejase Roma el 18 de marzo para unirse con sus legiones en Grecia. Tres días antes, en los idus de marzo, acudiría al Senado para una última sesión antes de su partida. El mes romano tenía 29 o 31 días, e «idus» era el nombre del día 13 o 15 de cada mes, dependiendo de la canti dad de días del mes. La sesión se celebró en el Teatro de Pom peyo, en el Campo de Marte, y César no llegó hasta las once de la mañana. No estaba en su mejor forma; la noche anterior ha bía habido una tormenta y tanto él como su esposa Calpurnia habían dormido mal. Su mujer le dijo que había tenido un sue ño que presagiaba un desastre.
César entró en el salón de reuniones y tomó asiento en su si lla especial, entre los asientos de los dos cónsules, uno de los cuales era Antonio. Uno de los conspiradores lo entretuvo en la antesala. Antonio sabía que se estaba planeando el asesinato de César,4 pero, a pesar de su estrecha relación con él, se guardó traicioneramente la información. Antes de que se abriese la se sión, un gran número de senadores se apiñaron alrededor del dictador y le presentaron varias peticiones. Todos ellos eran miembros del complot.
Uno de los conjurados agarró la toga morada del Dictador para impedir que se pusiese de pie o hiciese uso de sus manos. «¿Por qué? ¡Esto es violencia!»,5 gritó César. Alguien le apuñaló por detrás, pero él consiguió ponerse de pie y se dio la vuelta para coger la mano de su agresor. Los demás se apretujaron a su alrededor mientras intentaban apuñalarle, lo que provocó que varios asesinos se hiriesen unos a otros.
La víctima, herida, dio vueltas de un lado a otro, gritando como un animal salvaje. Se asombró al ver entre los agolpados a Marco Junio Bruto, el hijo de su amante favorita, Servilia, a
quien había llegado a apreciar mucho. Después de que Bruto le hubo asestado una puñalada, César vio que no tenía sentido se guir luchando. Se enrolló con su toga para cubrirse decente mente y cayó junto a la base de la estatua de Pompeyo el Gran de. Luego se supo que había recibido veintitrés heridas, de las cuales sólo una era mortal.
Octavio decidió seguir el consejo de sus padres de embarcar ha cia Italia. Se había convertido en un personaje muy querido en Apolonia, y muchos ciudadanos fueron a su casa y le rogaron que se quedara. Estaría más seguro junto a ellos en ese mundo peligroso. Cuando insistió en marcharse, una multitud le escol tó hasta el muelle.
Octavio había descubierto que las legiones que había en contrado en Grecia estaban de su parte, y quería averiguar de camino a Roma la opinión de las tropas que esperaban en Brin disi para acompañar a César a través del Adriático. Sin la menor idea de qué clase de recepción les esperaba, el pequeño grupo de amigos desembarcaron a poca distancia de Brindisi y fueron caminando hasta un pequeño pueblo fuera de la carretera prin cipal llamado Lupiae (el actual Lecce, en la región de Puglia). Allí se encontraron con gente que había estado en Roma cuan do César fue enterrado, lo que había sido un acontecimiento sen sacional.
El cuerpo del Dictador yacía en la capilla ardiente en el Foro, donde Marco Antonio, que se había escondido por un breve pe ríodo de tiempo, pronunció un panegírico. La multitud congre gada, enfurecida por el asesinato, perdió el control. Quemaron el Senado, saquearon las tiendas a ambos lados del Foro y saca ron todo lo que fuese inflamable, erigiendo una enorme pira im provisada en la que quemaron a César.
Los conspiradores, o Luchadores por la Libertad, como les gustaba llamarse, no tenían ningún plan posterior a su acto vio lento. Suponían que, una vez que César hubiese sido eliminado, la República volvería a ser lo que había sido, y la paz, el orden y el gobierno constitucional se restablecerían sin más interven ción por su parte. Bruto y sus amigos se dieron cuenta de que ése había sido un desastroso error de juicio, abandonaron a toda prisa la ciudad, donde ya no estaban seguros, y se dispersaron hacia sus fincas en el campo.
Al oír lo que había sucedido en el funeral y al recordar a su tío abuelo y su afecto por él, Octavio se echó a llorar.
Sin embargo, el joven había recibido noticias aún más extraor dinarias. Octavius no sabía que César había redactado un nuevo testamento durante sus cortas vacaciones en Italia, a su regreso de España en el 45 a.C., y se lo había entregado a las Vírgenes Vestales, las cuales proporcionaban el servicio de custodiar en depósito documentos confidenciales importantes. Tres días des pués de la muerte de César, su suegro Lucio Calpurnio Piso Ce- sonio leyó el testamento en casa del cónsul Marco Antonio, en la Colina Palatina.
César nombró herederos principales a los dos nietos varones de sus hermanas, uno de los cuales era Octavio, y a un sobrino, Quinto Pedio. Después de deducir varios legados, incluyendo el costoso compromiso de entregar 300 sestercios a cada ciudada no romano (podía haber hasta 300.000 beneficiarios), dos pa rientes recibían una octava parte de remanente y Octavio reci biría los tres cuartos restantes. Sumado a la fortuna personal que debió de haber heredado de su padre, esa herencia lo habría convertido en un hombre muy rico.
Los romanos recibieron otro regalo: su finca con jardines al otro lado del Tiber, que en ese momento ocupaba Cleopatra, atareada en hacer su equipaje antes de salir rápidamente hacia Egipto.
La mayor sorpresa aguardaba al final del documento: César adoptaba a Octavio como hijo suyo. Aunque era inusual hacer esos preparativos desde la tumba, era posible, y sólo requería que se aprobase una ley especial, la lex curiata. Aunque la adop ción no era un acto político, sino personal, César le estaba en tregando a Octavio un arma de un valor incalculable: su nombre y su clientela, todos los cientos de miles de soldados y ciudada nos que estaban en deuda con él. César sabía que le estaba dan do al joven la oportunidad de entrar en política al más alto ni vel si ése era su deseo y si valía para ello.
Las tropas de Brindisi salieron a recibir a Octavio en cuanto se enteraron de que se dirigía hacia allí, y lo acogieron con en tusiasmo como hijo de César. Mucho más tranquilo, Octavio lle vó a cabo un sacrificio y tomó la decisión crucial de aceptar la herencia. Allí le esperaban más cartas de Atia y Filipo. Su madre
insistía en su petición de que volviese a casa lo más pronto posi ble; su designación como hijo de César lo había puesto en gra ve peligro. Filipo, que navegaba entre dos aguas, le aconsejaba encarecidamente que no tomase medidas para recibir el legado de César y que mantuviese su nombre. Si quería vivir seguro, de bía mantenerse al margen de la política. Filipo preveía la dispu ta política en la que su familia estaría implicada si el joven asu mía su peligrosa herencia.
Durante toda su vida, Octavio había rechazado los riesgos, pero en ese momento actuó sin vacilación. Rechazó el consejo de su padrastro y le escribió para comunicárselo. Según Nicolás, insistió en que «tenía la mirada puesta en cosas grandes y esta ba lleno de confianza».6 Aceptaría el legado, vengaría el asesi nato de su «padre» y heredaría su poder. Era una declaración inflexible de sus objetivos políticos, un manifiesto que estaba de cidido a seguir al pie de la letra.
Aunque harían falta varios meses para que las formalidades le gales de la adopción entrasen en vigor, Cayo Octavio se hizo lla mar a partir de entonces Cayo Julio César Octaviano. El cambio de Octavio a Octaviano señalaba el paso de una familia a otra, pero contenía una alusión a su familia original. Sin embargo, pronto prescindió del nombre de Octaviano e insistió en ser lla mado César. Era un mensaje a sus enemigos: si un César era ase sinado, otro surgiría inmediatamente para ocupar su lugar.
Ese fue el primer reto de la vida de Octaviano, el momento decisivo y sin vuelta atrás, y él lo afrontó con serena determina ción. No tenemos suficiente información sobre su infancia y adolescencia para llegar a esas conclusiones, pero ciertas expe riencias tempranas pudieron haber contribuido a la formación de su carácter firme y prudente, preparándolo para un peligro so futuro.
En la práctica, Octaviano podía considerarse hijo único, por que sus hermanas eran mucho mayores que él. Esto, sumado a su mala salud y a una madre protectora, pudo haberle hecho sentir diferente. Era diferente o especial en dos sentidos contra dictorios. Era un chico de provincias y no un miembro de los pocos clanes antiguos e importantes que gobernaban Roma. Es revelador que sus mejores amigos no fuesen jóvenes nobiles. Agri pa era de origen italiano y poco claro, y aunque Mecenas pre sumía de su exótico origen etrusco, su familia se mantenía al margen de la vida pública.
Por otro lado, Octaviano superó a todos sus contemporáneos aristócratas al tener acceso privilegiado al patricio conquistador de la República. Era, en la vida real, el forastero que se convier te en una figura importante de tantos cuentos de hadas y fanta sías infantiles, o el hijo del pastor que resulta que tiene sangre real, como Rómulo y Remo.
Nicolás, que escribió una crónica detallada de los primeros años de Octaviano, describe a un adolescente que aún es trata do como un niño y que fue apremiado a la edad adulta bajo la