44-43 a.C.
El 9 de octubre del año 44 a.C., el consul Marco Antonio, acompañado por su temperamental esposa Fulvia, salió de Roma en dirección a Brindisi, donde le esperaban las cuatro legiones macedonias, que habían cruzado el Adriático desde Grecia. Los soldados se encontraron con Antonio en el centro de la ciudad. Estaban de mal humor. Le criticaron por no haber vengado el asesinato de César y, sin los aplausos de rigor, le hicieron subir a la tribuna del general para que diese explicaciones.
Bajo las maneras afables y relajadas de Antonio se escondía un carácter severo y despiadado. Furioso por la actitud de los soldados, los acusó de no haberle entregado a los agitadores se cretos de Octaviano; si ellos no lo ayudaban, él mismo los en contraría. A pesar de eso, terminó ofreciéndole a cada soldado presente un pequeño donativo o prima de 400 sestercios (equi valente a más de 700 euros).
Los soldados sonrieron ante su bajeza, y cuando Antonio se enfureció, empezaron a alborotar y a dispersarse. Esa situación empezaba a parecer un motín. Antonio obtuvo de sus oficiales los nombres de los soldados que solían ser agitadores. Un grupo de ellos, escogidos al azar, fueron golpeados hasta la muerte en presencia suya y de Fulvia. Se dice que la sangre salpicó la cara de su esposa. «Aprenderéis a obedecer ói'denes»,1 les dijo Anto nio a los demás.
Mientras tanto, en ausencia del cónsul, Octaviano partió ha cia Campania para visitar nuevas «colonias», asentamientos fun dados especialmente para alojar a soldados desmovilizados, a an-
tiguos veteranos de César y a la Séptima y Octava legiones. Su ta padera era vender algunas propiedades de su padre, pero su auténtico propósito (que ocultó incluso a su madre para que no intentase detenerlo) era reunir un ejército privado con los le gionarios leales al Dictador asesinado.
Su tentativa resultó exitosa. Los legionarios y veteranos de las colonias cercanas a la ciudad de Capua recibieron una ofer ta que no podían rechazar: un subsidio inmediato de 2.000 ses tercios a cada soldado (más del doble de su paga anual) y la pro mesa de más dinero al cabo de un tiempo. Esa generosidad con trastaba con la mezquindad de Antonio. En poco tiempo se for mó un ejército de más de 3.000 hombres.
¿Qué se podía hacer con ese ejército? Debía de haber un ambiente de excitación. Octaviano quería enfrentarse a Anto nio, pero sus soldados preferían capturar y acabar con los asesi nos de César. Decidió arriesgarlo todo y marchar sobre Roma, esperando el apoyo del Senado y de las principales personalida des. Acosó a Cicerón con cartas, en las que le pedía consejo y ayuda práctica. Por su parte, Cicerón sospechaba que la clase po lítica no iba a cooperar. Dijo de Octaviano: «Es tan joven».2
Cicerón llevaba razón al ser escéptico. Era llamativo que el Senado se ausentase cuando Octaviano llegó con sus tropas y ocupó ilegalmente el Foro. Entre tanto, Antonio avanzaba ha cia la capital con las legiones macedonias. Los hombres de Oc taviano no se habían unido para luchar contra sus compañeros ni contra un cónsul legítimamente elegido, por lo que muchos de ellos se marcharon. La audaz jugada había salido mal y el lí der inexperto condujo el resto de sus tropas hasta la relativa mente segura ciudad de Arretium, situada en lo alto de una co lina. Seguramente se deprimió, además de preocuparse por el futuro.
Afortunadamente para Octaviano, las cosas no le fueron me jor a Antonio. De vuelta en Roma, convocó una reunión del Se nado para el 24 de noviembre. Su intención era denunciar a Oc taviano, pero la sesión nunca tuvo lugar. Según Cicerón, que no era un testigo imparcial, Antonio «estuvo de fiesta en una ta berna»3 y estaba demasiado borracho para asistir a la sesión. Si eso es cierto, Antonio pudo haber estado ahogando las penas en alcohol, porque acababa de recibir la terrible noticia de que una de sus legiones macedonias, la Marciana, apoyaba a Octaviano. Fue rápidamente a hablar con ellos, pero no sólo le negaron la
entrada a la ciudad cercana a Roma en la que estaban aposta dos, sino que incluso le dispararon desde las murallas.
Al cabo de pocos días llegó la noticia de otra deserción, esta vez de la Cuarta Legión. A pesar de la fallida marcha sobre Roma, Octaviano estaba ganando la batalla por las mentes y los corazones de los soldados. Tenía la gran ventaja de ser el here dero de César y de llevar su nombre. Además, sus generosas gra tificaciones reforzaban su legitimidad. Con la esperanza de que la actividad detuviese la pérdida de lealtad, Antonio marchó in mediatamente hacia el norte para expulsar a Décimo Bruto de su provincia de la Galia Cisalpina.
No se pueden sacar demasiadas conclusiones de esos acon tecimientos. Antonio había sido humillado y eso suponía un duro golpe, pero no estaba fuera de juego. Por el contrario, Oc taviano no tenía experiencia militar ni imperium, o autoridad constitucional; se dio cuenta de que estaba arrinconado y se las ingenió para escapar.
La carrera de Marco Tulio Cicerón había sido un brillante fra caso. Era un «hombre moderno», y había llegado al Consulado en el 63 a.C. sólo por virtud de sus habilidades como adminis trador y sobre todo por su oratoria. Después de haber desen mascarado la conspiración de Catilina fue nombrado Padre de la Patria (pater patriae).
Justificadamente orgulloso de su éxito, no podía dejar de contárselo a la gente; incluso escribió una epopeya sobre el re nacimiento de Roma durante su año como cónsul. El motivo no era sólo su vanidad. Cicerón no podía presumir de una estirpe de antepasados nobles en la cabina de mando de la política ro mana como hacían constantemente sus colegas y adversarios, así que no tenía más remedio que aburrir sobre su asombrosa ca rrera.
Aunque podía ser pesado y prolijo, el orador también era cé lebre por su ingenio, hasta el punto de que Julio César se pro puso recopilar sus brillantes comentarios. En una ocasión, el embajador de Laodicea en Cilicia (en la costa sudeste de la ac tual Turquía) le dijo que iba a pedirle a César que liberase su ciudad. Cicerón le respondió: «Si tiene éxito, háblele también de los que estamos en Roma».4
resuelto en una sociedad militarista en la que los políticos eran también generales, y promovió el estado de derecho. En su opi nión, la Constitución romana era inmejorable. Se opuso a radi cales peligrosos como Julio César, aunque admiraba su prosa y disfrutaba de su compañía. Le consternó el ascenso al poder de César. Los valores republicanos por los que había luchado toda su vida fueron relegados y se vio obligado a retirarse de la polí tica activa.
Cicerón era demasiado chismoso para que los Luchadores por la Libertad confiasen en su discreción, por lo que no fue ad mitido en la conspiración contra César, aunque sí alabó el acon tecimiento. Su único pesar fue que Marco Antonio, de quien ha bía desconfiado y por quien sentía antipatía desde hacía tiempo, no había sido asesinado junto con su maestro. «Los Idus de Mar zo fueron una buena acción, pero se quedaron a la mitad»,5 co mentó con pesar.
Cicerón, que en esos momentos tenía sesenta y tres años, observó con consternación el desarrollo de los acontecimientos durante la primavera y el verano del 44 a.C. Al ver que Antonio cambiaba de actitud y se enfrentaba al Senado, volvió a la pri mera línea de la política y pronunció el primero de una serie de grandes discursos contra él, que poco tiempo después fue ron llamados filípicas, como los discursos que el orador ate niense Demóstenes pronunció contra Filipo, rey de Macedonia, en el siglo IV a.C. Cicerón dominó pronto el Senado y ganó tan
ta influencia que se convirtió en el gobernante extraoficial de Roma.
El 20 de diciembre, en una reunión del Senado, Cicerón pronunció su tercera filípica, en la cual, para sorpresa general, se apartó de su tónica habitual y colmó a Octaviano de elogios. Dijo a los senadores:
Cayo César es un hombre joven, casi un chiquillo, pero po see, por así decirlo, una inteligencia y un coraje como los de un dios... Ha reclutado una fuerza muy poderosa de veteranos in vencibles y ha sido generoso; no, generoso no es la palabra ade cuada, ha invertido su herencia en la supervivencia de la Repú blica.6
No vaciló en ese momento en llamarle César, y lo que era aún más extraordinario, el gran constitucionalista estaba felici
tando a un ciudadano por haber creado un ejército no autori zado.
En su discurso en el Senado el 1 de enero del 43 a.C. volvió a tratar el tema de Octaviano, «este joven enviado del cielo».17 Ci cerón propuso y llevó adelante una moción para que Octaviano fuese proclamado propretor (un cargo que ostentaba alguien que hubiera sido previamente pretor) y miembro del Senado. El orador prosiguió, afirmando que entendía particularmente los motivos de Octaviano. «Prometo, me comprometo y me ocupa ré solemnemente de que Cayo César sea siempre la clase de ciu dadano que es en la actualidad, y deberíamos desear y rezar por que así sea.»8 En pocas palabras, Cicerón avaló el buen compor tamiento del joven al designarlo como partidario sincero de la República restablecida.
¿Qué estaba sucediendo? El heredero del Dictador, que ha bía jurado vengarse de los asesinos de su padre adoptivo, se alia ba con un hombre que se alegraba de lo ocurrido en los Idus de Marzo. Descartar sus ideales y unir fuerzas con los republicanos debió de haber sido difícil emocionalmente para Octaviano y para sus consejeros, financieros y representantes políticos que habían trabajado para Julio César y se dedicaban en ese mo mento a la causa de su hijo adoptivo. Sin embargo, ese descarte era sólo aparente. Estaban actuando por necesidad, no por con vicción.
La posición de Octaviano era peligrosamente débil después de su fallido golpe en noviembre. ¿Cuánto tiempo más —de bió de haberse preguntado— seguirían a su lado sus desmorali zados veteranos? Marco Antonio había superado hábilmente a Décimo Bruto y lo había confinado en la antigua colonia roma na de Mutina (la actual Módena), en el norte de Italia. Los nue vos cónsules, apoyados por el Senado, estaban reuniendo legio nes con el objetivo de liberar a Décimo y poner fin a las ambi ciones de Antonio.
Desde el punto de vista de Cicerón, Octaviano reforzaría la nueva fuerza militar del Senado al ponerse a sí mismo y a su ejército a su disposición, y eso aceleraría el desafío hacia Anto nio y su eliminación. Esto era importante, porque varios infor mes de Décimo Bruto sugerían que tenía dificultades para resis tir en Mutina. A la larga, Cicerón y sus seguidores temían que, en algún momento, Octaviano se reconciliase con Antonio, y esta nueva entente hacía poco probable esa posibilidad.
En cuanto a Octaviano, ya no estaba fuera de la ley, porque poseía de pronto un cargo constitucional. Por encima de todo, había conseguido tiempo. Sus soldados debieron de haberse quedado perplejos, incluso perturbados, por la revocación, pero se daban cuenta de las ventajas de que su ejército hubiese sido legitimado.
Ningún bando se hacía ilusiones sobre la sinceridad del otro, y se fingió considerablemente. Octaviano solía llamar «pa dre» a Cicerón, y era demasiado discreto como para revelar sus auténticos motivos. El indiscreto Cicerón, por el contrario, no podía mantener la boca cerrada y se reía de Octaviano: «Lau dandum adulescentem, ornandum, tollendum» (el chico debe ser elo giado, honrado y exaltado).9 «Tollendum» era un juego de pala bras que tenía el doble sentido de «debe ser destituido». Al guien lo bastante considerado le reveló la ocurrencia a Octavia- no, a quien no le divirtió ni debió de sorprenderle.
En febrero, Octaviano se marchó para unir sus fuerzas con el nuevo cónsul Hircio, mientras que el otro cónsul, Pansa, se que dó para reclutar cuatro nuevas legiones. El nuevo propretor de bió de haber comandado dos legiones. Durante los últimos me ses había tenido que aprender con rapidez las funciones de un comandante militar. Hasta ese momento nunca había presen ciado una batalla, y había tenido poco tiempo para llevar a cabo la instrucción militar que los romanos de clase alta debían em prender en su adolescencia.
La legión era la unidad estándar del ejército y solía estar en cabezada por el ayudante del general al mando, un legatus o de legado. El delegado tenía también a su disposición varios Tribu nos Militares, oficiales del Estado Mayor reclutados en familias de clase alta, muy diferentes de los tribunos civiles reclutados entre el pueblo.
Oficialmente, una legión tenía entre 4.000 y 6.000 hombres, aunque en la práctica podía estar compuesta de menos solda dos, como casi con toda seguridad era el caso de la de Octavia- no en Arretium. La legión estaba dividida en diez cohortes, que a su vez se subdividían en seis centurias comandadas por centu riones, los jóvenes oficiales que formaban la columna vertebral de la legión. La primera cohorte siempre se situaba en primera
fila y a la derecha, la posición más honorable, y solía ser mayor que las demás.
Los soldados firmaban por un período de seis años como mínimo. Cada legionario cargaba a la espalda una gran canti dad de equipamiento, con un peso total de al menos treinta ki los. Eso incluía raciones de alimentos para dieciséis días, un cazo para cocinar, herramientas para cavar, dos estacas para la empalizada del campamento, dos jabalinas para arrojar en combate, ropa y objetos personales. En plena marcha, los sol dados romanos no se parecían a los legionarios erguidos y pul cros de las películas de Hollywood, sino más bien a bestias de carga.
La armadura de un soldado consistía de un casco de bronce, una coraza de cuero o de metal, un escudo con forma de óvalo de madera cubierta de cuero de buey, una pilum o jabalina, cuya punta estaba diseñada para que se rompiese, imposibilitando así que pudiese ser lanzada de vuelta, y una gladius, o espada corta de doble filo. En la época de Julio César, un legionario recibía una paga de 900 sestercios. No era un sueldo espléndido, pero con frecuencia se complementaba con una parte del botín de las campañas victoriosas.
La disciplina en la legión era severa, desde el racionamiento de comida y deducciones en la paga hasta los azotes en público y la ejecución por deserción. El peor castigo, que se aplicaba en casos de motín o cobardía colectiva ante el enemigo (normal mente una cohorte), era la decimación. Un hombre de cada diez era escogido al azar y los restantes lo mataban a palos. Ese brutal castigo podía ser efectivo, pero era más probable que im pusiese obediencia durante un tiempo antes que devolver la mo ral a los soldados, como sucedió cuando Antonio ordenó apli carla en Brindisi.
En un orden de cosas más constructivo, se ponía mucha atención en fomentar un esprit de corps. Cada centuria llevaba su estandarte (un palo con una insignia o emblema) y la legión es taba representada por un águila plateada, que era llevada por un portaestandarte especial ataviado con una piel de león, el aquilifer. Esos estandartes representaban un orgullo y honor co lectivos; la pérdida de un águila legionaria conllevaba una ver güenza irreparable. En la confusión de la batalla, el estandarte ayudaba a los soldados a orientarse, porque gracias a él sabían dónde se encontraba su unidad.
En la actualidad, el combate cuerpo a cuerpo es muy infre cuente, pero en el mundo antiguo, después de una fase preli minar en la que se lanzaban jabalinas y a veces flechas, era así como se ganaban o perdían las batallas. Es difícil imaginar el rui do, la aglomeración, los olores, la sangre y el horror de una ba talla de aquellos tiempos. Incluso entonces se consideraba una experiencia particularmente exigente. Una primera fila de sol dados frente al enemigo luchaba durante sólo quince minutos y después se retiraba; los soldados de atrás ocupaban entonces su lugar. Los muertos y heridos eran arrastrados a la retaguardia y reemplazados por tropas de refresco.
Octaviano se reunió con el cónsul Hircio al norte de Arretium y las legiones se dirigieron hacia Mutina con el propósito de rom per el asedio y liberar al procónsul Décimo Bruto, que carecía peligrosamente de provisiones.
A pesar de ese progreso en el frente militar, Octaviano estaba de mal humor. Para empezar, un propretor era subalterno de un cónsul. Cuando se encontró con Hircio, él era claramente el ofi cial de inferior rango. Hircio dividió el mando del ejército entre los dos, pero insistió en tener el control de las dos legiones de Ma cedonia, y Octaviano tuvo que morderse la lengua y acceder.
Octaviano también estaba molesto por los esfuerzos conti nuados de ciertos senadores y de los cónsules para negociar un acuerdo con Antonio. Este necesitaba una guerra en la que sa liese victorioso, porque si se reconciliaba con la facción republi cana volvería a quedarse aislado. Dicho esto, Octaviano no de seaba la destrucción de Antonio; podía imaginar una etapa don de ambos podrían necesitar aliarse contra el Senado y contra Bruto y Casio. El Senado había otorgado recientemente la pro vincia de Siria al tiranicida Casio, lo que parecía un plan deli berado para levantar el partido republicano y destruir a los ce- sarianos. Apiano expresó los sentimientos de Octaviano: «Refle xionó sobre la forma en que [el Senado] lo había tratado, como a un niño, ofreciéndole una estatua [ecuestre, en el Foro], un asiento en primera fila en el teatro y llamándole propretor, pero, en realidad, alejándole del ejército».10
El bautismo de sangre de Octaviano se aproximaba. Marco Antonio estaba acampado justo a las afueras de Mutina, a cuyo alrededor había hecho construir una empalizada. Durante la
primera semana de abril11 se filtró hacia el norte la noticia de que, finalmente, el cónsul Pansa llegaría pronto con cuatro le giones recién reclutadas, que marchaban desde Bononia (la ac tual Bolonia) hacia Mutina. Antonio pensó que sería buena idea atacar a esos soldados inexpertos y apenas adiestrados antes de que se uniesen a Hircio y a Octaviano.
Mientras tanto, a Hircio se le ocurrió que eso era exacta mente lo que Antonio podría hacer, así que, al abrigo de la no che, el cónsul envió la Legión Marciana (una de las que habían desertado de Antonio) y la Guardia Pretoriana de Octaviano, un cuerpo de élite de unos 500 hombres, para apoyar a Pansa.
Al día siguiente, Antonio tendió una emboscada al ejército de Antonio, enviando caballería y escondiendo dos legiones en Forum Gallorum, un pueblo al borde de la carretera, y en una zona pantanosa. La Legión Marciana y los Pretorianos no se con tuvieron y se precipitaron sobre los jinetes. Atisbaron algún mo vimiento entre los juncos y los destellos de cascos aquí y allá; de pronto se vieron frente al principal ejército de Antonio.
El combate, que duró varias horas, fue denodado y empan tanado. Inexpresable. Pansa resultó herido en un costado por