CAPÍTULO 6
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO EN ETNOLOGÍA1
N o o b s t a n t e t o d a s s u s i m p e r f e c c i o n e s y p e s e a m e r e c i d a s c r i t icas, parece evidente que el término «primitivo», a falta de otro mejor, ha pasado a ocupar un lugar definitivo en el vocabulario etnológico y sociológico contemporáneo. Estudiemos, pues, sociedades «primitivas», ¿Pero qué entendemos por esto? A grandes rasgos, la expresión es bastante clara. S a b e m o s q u e « primitivo» designa un v a s to conjunto de poblaciones que h a n p e r m a n e c i d o i g n o r a n t e s d e la escritura y sustraídas, en consecuencia, a los métodos de investigación del historiador puro; sociedades a las que la expansión de la civilización mecánica ha llegado sólo en época reciente: extrañas, pues, por su estructura social y su concepción del mundo, a nociones que la economía y la filosofía políticas consideran fundamentales cuando se trata de nuestra propia sociedad, ¿Pero por dónde pasa l a línea de demarcación? El antiguo México satisface el segundo criterio, y el primero solamente de una manera muy incompleta. El Egipto y la China arcaicos se abren a la investigación etnológica no por cierto debido a que i g n o r e n l a e s c r i t u r a , s i n o p o r q u e l a m a s a de documentos preservados es insufic i e n t e y h a c e n e c e s a r i o e l e mpleo de otros métodos, y ni uno ni la otra son exteriores al área de la civilización mecánica: la han precedido únicamente en el tiempo. En sentido inverso, el hecho de que el folklorista trabaje en el pre sente y dentro del área de la civilización mecánica no lo aisla del etnólogo. En los Estados Unidos se asiste desde hace diez años a una e v o l u c i ó n s e n s a c i o n a l q u e e s , s i n d u d a y a n t e t o d o , r e v e l a d o r a d e la crisis espiritual que experimenta la sociedad norteamericana contemporánea (que comienza a dudar de sí misma y no logra ya apreh e n d e r s e , s i n o e s p o r medio de esta incidencia de lo extraño que ella adquiere cada día más a n t e s u s p r o p i o s o j o s ) , p e r o q u e , a l a b r i r a los etnólogos la puerta de las fábricas, los servicios públicos nacionales y municipales y a veces inclusive los estados mayores, proclama
1, Publicado con igual titulo en Cahiers Internationaux de Sociologie, vol. XII, 1952, págs. 32 -35.
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implícitamente que entre la etnología y las otras ciencias del hombre la diferencia está en el método antes que en el objeto.
Sin embargo, aquí queremos considerar exclusivamente el objeto. Porque es asombroso comprobar que al perder el sentimiento del objeto que le es propio, la etnología norteamericana deja que el mé - todo que le habían proporcionado sus fundadores —método dema - siado estrechamente empírico, pero preciso y escrupuloso— se des - integre para provecho de una metafísica social a menudo simplista y de procedimientos de investigación inciertos. El método sólo puede robustecerse —y con mayor razón ampliarse— con un conocimiento cada vez más exacto del propio objeto, de sus caracteres específicos y de sus elementos distintivos. Estamos lejos de ello. Es verdad que el término «primitivo» parece definitivamente libre de las confusiones implicadas por su sentido etimológico y mantenidas por un evolu- cionismo caduco. Un pueblo primitivo no es un pueblo atrasado; puede, en tal o cual campo, revelar un espíritu de invención y rea- lización que deja muy por detrás los logros de los civilizados. Así, por ejemplo, esta verdadera «sociología planificada» que se revela en el estudio de la organización familiar de las sociedades australianas, la integración de la vida afectiva en un complejo sistema de derechos y obligaciones en Melanesia y, en casi todas partes, la utilización del sentimiento religioso para fundar una síntesis viable, si no siempre armoniosa, entre las aspiraciones individuales y el orden social.
Un pueblo primitivo no es tampoco un pueblo sin historia, aun- que el desenvolvimiento de ésta se nos escape muy a menudo. Los trabajos de Seligman sobre los indígenas de Nueva Guinea2 muestran cómo una estructura social, en apariencia muy sistemática, se ha desprendido unas veces, mantenido otras, a travé s de una sucesión de acontecimientos contingentes: guerras, migraciones, rivalidades, conquistas. Stanner ha descrito las discusiones a que da lugar, en una sociedad contemporánea, la promulgación de una legislación del parentesco y el matrimonio: los «jóvenes turcos» reformadores, con - vertidos a la doctrina de un pueblo vecino, consiguen que un sistema más sutil triunfe sobre la simplicidad de las antiguas instituciones; indígenas alejados durante algunos años de su tribu no consiguen ya, al regresar, adaptarse al nuevo orden.3 En América, el número, dis - tribución y relaciones recíprocas de los clanes hopi no eran los mis - mos hace dos siglos y en la actualidad.4 Sabemos todo esto, y sin embargo, ¿qué conclusión hemos sacado? Una distinción teóricamente embarazosa y de hecho impracticable, entre pueblos supuestamente «primitivos», designados así convencionalmente (y que abarcan, por
2. C. G. Seligman, The Melanesians of British New Guinea, Londres, 1910.
3. W. E. H. Stanner, «Murinbata kinship and totemism», Oceania, vol. VII, n. 2, 1936-1937.
4. R . H . L o w i e , « N o t e s o n H o p i c l a n s » , Anthropological Papers of the American M u s e u m o f N a t u r a l H i s t o r y , v o l . X X X , 1 9 2 9 , p á g . 6 .
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 139 otra parte, la casi totalidad de las poblaciones estudiadas por el etnólogo) y algunos raros «verdaderos primitivos» reducidos a los australianos y los fueguinos, según el resumen del curso de Marcel Mauss.5 Acabamos de ver lo que debe pensarse de los australianos. Los fueguinos (y algunas otras tribus sudamericanas que ciertos auto- res añaden),6 ¿serían, pues, junto con algunos grupos pigmeos, los únicos poseedores del exorbitante privilegio de haber durado y no haber tenido historia? Esta extraña afirmación reposa en un doble argumento. En primer lugar, la historia de estos pueblos nos es total- mente desconocida y, en razón de la ausencia o la pobreza de las tradiciones orales y los vestigios arqueológicos, quedará para siempre fuera de nuestro alcance. No cabe concluir que ella no existe. En segundo lugar, por el arcaísmo de sus técnicas y sus instituciones, estos pueblos evocan lo que hemos podido reconstruir del estado social de poblaciones muy antiguas que vivieron hace una o dos docenas de milenios; de donde se extrae la conclusión de que, tal como se encontraban en esa lejana época, así han permanecido hasta hoy. Se deja a la filosofía la tarea de explicar por qué en ciertos casos ha ocurrido algo y por qué en estos casos no ha ocurrido nada.
Una vez aceptado en este plano filosófico, el debate parecería no tener salida. Concedamos, pues, como una posibilidad teórica, que ciertos fragmentos étnicos hayan podido permanecer a la zaga del movimiento —por otra parte desigual —que arrastra la humani- dad; ya sea porque evolucionaron con una lentitud apenas perceptible que habría preservado hasta el presente lo mejor de su frescura pri- mitiva o bien, por el contrario, debido a que su ciclo de evolución, abortado precozmente, los fijó en una inercia definitiva. El verdadero problema no se plantea de este modo. Cuando se considera, en el tiempo presente, tal o cual población aparentemente arcaica, ¿es po- sible aislar ciertos criterios cuya presencia o ausencia permitiría decidir, no ciertamente por la afirmativa —hemos visto que la hipó- tesis es ideológica y no susceptible de demostración— pero sí nega- tivamente? Si esta demostración negativa pudiera ser aportada para cada caso conocido e invocado, la cuestión quedaría resuelta, si no teóricamente, al menos en la práctica. Pero entonces se plantearía un nuevo problema: si queda excluida la consideración del pasado, ¿qué caracteres formales, correspondientes a su estructura; distin- guen las sociedades llamadas primitivas de las que denominamos modernas o civilizadas?
Estos son los problemas que quisiéramos evocar al discutir el caso de ciertas sociedades sudamericanas, a propósito de las cuales se ha reactualizado recientemente la hipótesis de un arcaísmo original.
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5. M a r c e l M a u s s , M a n u e l d ' e t h n o g r a p h i e , P a r í s , 1 9 4 7 , n . 1 , p á g , I . 6. J. M. Cooper, «The South American Marginal Cultures», Proceedings of the 8th. American Scientific Congress, Washington, 1940, vol. II, págs, 147, 160.
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A partir de Martius,7 los etnólogos tienen por costumbre repartir las culturas indígenas de la América tropical en dos grandes cate - gorías. Las culturas de la costa y del sistema Orinoco-Amazonas se caracterizan por un habitat selvático o bien ribereño próximo a la selva; una agricultura de técnica rudimentaria, pero con roturación extensa de la tierra y numerosas especies cultivadas; una organiza - ción social diferenciada, en la que se esboza o afirma una neta jerar- quía social, y vastas habitaciones colectivas que testimonian a la vez el nivel de la industria indígena y el grado de integración de la so- ciedad. Arawak, tupíes y caribes comparten en distinto grado y con variaciones regionales estos rasgos característicos. El Brasil central, por el contrario, está ocupado por poblaciones de cultura más rudi- mentaria; a veces son nómadas e ignoran la construcción de habita - ciones permanentes y la alfarería; viven de la recolección y el al- macenamiento o bien, cuando son sedentarios, recurren a la caza individual o colectiva antes que al cultivo, que es entre ellos una ocupación complementaria. Martius creyó posible agrupar en una sola familia cultural y lingüistica, bajo el nombre de ge, poblaciones en realidad diferentes por el lenguaje y por otros aspectos de sus respectivas culturas; veía en ellas a los descendientes de los salvajes tapuya descritos por los viajeros del siglo XVI como los enemigos tradicionales de los tupíes de la costa: estos últimos los habrían desplazado hacia el interior, durante el transcurso de migraciones que les habrían asegurado la posesión del litoral y el valle del Ama - z o n a s . E s s a b i d o q u e e s t a s m i g r a c iones sólo tuvieron fin en el si- glo XVII, e inclusive se conocen ejemplos más recientes.
Esta seductora construcción ha sido trastornada durante los últi- mos veinte años, como resultado de las investigaciones del desapare- cido Curt Nimuendaju en varias tribus de la pretendida familia ge, que habitan la sabana comprendida entre la cadena litoral y el valle de Araguaya, en el este y el nordeste brasileños. Entre los ramko- kamekran, los cayapó, los sherente y los apinayé, Nimuendaju des- cubrió ante todo una agricultura más original de lo que había su- puesto: algunas de estas tribus cultivan especies (Cissus sp.) descono- cidas en otras partes. Pero sobre todo en el campo de la organización social, estos presuntos primitivos revelaron sistemas de una comple- jidad asombrosa: mitades exogámicas que se entrecruzan con mitades deportivas o ceremoniales, sociedades secretas, asociaciones mascu- linas y clases de edad. Estas estructuras acompañan habitualmente niveles culturales mucho más elevados. Se puede concluir o b ien que estas estructuras no son el patrimonio de tales niveles, o bien que el arcaísmo de los supuestos ge no es tan indudable como parece. Los intérpretes de los hallazgos de Nimuendaju, sobre todo Lowie y Cooper, se han inclinado más bien por la primera explicación.
7. C. F. Ph. von Martius, Beiträge zur Ethnographie..., Leipzig, 1867.
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 1 4 1 Lowie escribe que «la aparición de las mitades matrilineales en cul- turas tales como la de los canella y los bororo prueba que esta institución puede surgir localmente entre recolectores y cazadores, o mejor, en pueblos que han permanecido en la primera etapa del cultivo».8 Pero los ge y las tribus correspondientes en la meseta occidental, los bororo y los nambikwara, ¿merecen sin reserva tal definición? ¿No es igualmente plausible ver en ellos pueblos regre- sivos que, partidos de un nivel de vida material y de organización social más elevada, habrían conservado tal o cual rasgo como vestigio de condiciones anteriores? A esta hipótesis, sugerid a en corresponden- cia privada, Lowie respondió que la alternativa era concebible, pero que sus términos permanecerían siendo dudosos mientras no se pu- diera obtener «un modelo preciso con respecto al cual pudiera demos- trarse que la organización social de los canella y los bororo constituye la réplica atenuada».9
Hay varias maneras de responder a esta exigencia, y la primera de ellas es, sin duda, engañosa en su simplicidad. Y sin embargo, las altas culturas precolombinas del Perú y Bolivia han conocido algo que se asemejaba a la organización dualista: los habitantes de la capital de los Incas estaban repartidos en dos grupos, Alto Cuzco y Bajo Cuzco, cuya significación no era solamente geográfica, puesto que, durante las ceremonias, las momias de los antepa sados eran colocadas solemnemente en dos hileras, como ocurría en la China de los Chou.10 Y es el mismo Lowie quien, comentando nuestra des- cripción de una aldea bororo cuyo plano refleja la compleja estructura social, evoca el plano de Tiahuanaco tal como Bandelier la ha reconstruido.11 El mismo dualismo, o en todo caso sus temas fun- damentales, se prolongan hasta la América Central, en el antagonis mo ritual de las órdenes aztecas del Águila y el Jaguar. Ambos animales desempeñan sus papeles en la mitolo gía de los tupíes y otras tribus sudamericanas, como lo prueban el motivo del «Jaguar Celeste» y el enjaulamiento ritual de un águila-harpía en las aldeas indígenas del Xingu y el Machado. Estas semejanzas entre las socie- dades tupí y azteca se extienden a otros aspectos de la vida religiosa. El modelo concreto, cuya réplica atenuada ofrecen las culturas pri- mitivas de la sabana tropical, ¿no se hallaría en las altas mesetas andinas?
8. R. H. Lowie. «A Note on the Northern Ge of Brazil», American Anthropolo- gist, n.s., vol, XLIII, 1941, pág. 195.
9. R. H. Lowie, l o c . ci t ,
10. Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales de los Incas. Buenos Aires, Ed. Emecé., 1943, 2 vols, H, Maspero, La Chine antique, París, 1927, págs, 251-252,
11. C. Nimuendaju y R. H. Lowie, «The Dual Organization of the Ramkoka - mekran (Canella) of Southern Brazil», American Anthropotogist, n.s,, vol. XXIX, 1927, pág. 578.
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La respuesta es demasiado simple. Sin duda se han producido contactos entre las grandes civilizaciones de la meseta y los bárbaros de la llanura y la selva: intercambios comerciales, reconocimientos militares, escaramuzas en puestos avanzados. Los indígenas del Chaco conocían la existencia del Inca y describían de oídas su prestigioso reino a los primeros via jeros. Orellana encontró objetos de oro en el Amazonas medio, y hasta en el litoral de San Pablo han sido exhumadas hachas de metal de procedencia peruana. Sin embargo, el ritmo tan precipitado de expansión y decadencia de las civiliza - ciones andinas no ha podido permitir otra cosa que intercambios esporádicos y de corta duración. Por otro lado, a través de la des - cripción de los conquistadores apasionados con sus descubrimientos, la organización social de los aztecas o de los incas nos ha llegado con un carácter sistemático que sin duda no poseía. En ambos casos, se asiste a la coalición efímera de culturas muy diversas, a menudo muy antiguas y heterogéneas entre sí. Del lugar preeminente que tem- poralmente ocupó una tribu entre tantas otras, no podría concluirse que sus costumbres particulares fueron observadas en toda la ex- tensión del territorio sobre el cual ejerció su influencia, aun cuando sus dignatarios tuvieran interés en propagar esta ficción, sobre todo ante los europeos recién llegados. Ni en el Perú ni en México se trató jamás realmente de un imperio cuyo modelo trataran de reproducir, con medios modestos, los pueblos colonizados, los clientes, o simple - mente los asombrados testigos. Las analogías entre culturas altas y bajas obedece a razones má s profundas.
En efecto, la organización dualista es sólo uno entre otros rasgos comunes a los dos tipos. Estos rasgos se distribuyen de la manera más confusa. Desaparecen y reaparecen con independencia de la distancia geográfica y del nivel de cultura considerado. Se diría que han sido diseminados al azar en toda la extensión del continente. Se los encuentra ya presentes, ya ausentes; ya agrupados, ya aislados; desarrollados lujosamente en una gran civilización o preservados par- simoniosamente en la más baja. ¿Cómo se podría dar cuenta de cada uno de estos hechos por fenómenos de difusión? Sería necesario establecer para cada caso un contacto histórico, fijar una fecha, trazar un itinerario de migración. No solamente sería irrealizable la tarea; además, no correspondería a la realidad, que nos presenta una co - yuntura global que es preciso comprender en cuanto tal. Se trata d e u n v a s t o f e n ó m e n o d e s i n c r e t i s m o , c u y a s c a u s a s h i s t ó r i c a s y locales son muy anteriores al comienzo de lo que llamamos historia precolombina de América, y que un sano método nos obliga a aceptar como situación inicial, a partir de la cual han nacido y se han des - arrollado las altas culturas de México y Perú.
¿Cabe reencontrar en el estado actual de las culturas bajas de la llanura la imagen de esta situación inicial? Imposible; no hay transición concebible, ni etapas que puedan ser reconstruidas, entre
LA NOCIÓN DE ARCAÍSMO 143 el nivel cultural de los ge y los comienzos de la cultura maya o los niveles arcaicos del valle de México. Unos y otros derivan entonces de una base sin duda común, pero que es necesario buscar en un plano intermedio entre las culturas actuales de la sabana y las civili- zaciones antiguas de las mesetas.
Numerosas indicaciones confirman esta hipótesis. La arqueolo- g ía, en primer lugar, encuentra hasta un pasado reciente centros de civilización relativamente evolucionada a través de toda la Amé- rica tropical: Antillas, Marajo, Cunani, Bajo Amazonas, desemboca- dura del Tocantins, llanura de los Mojos, Santiago del Estero; tam- bién los grandes petroglifos del valle del Orinoco y de otras regiones, que suponen un trabajo en equipo del cual se encuentran aún hoy sorprendentes aplicaciones entre los tapirapé, para la roturación y el cuidado de las tierras de cultivo.12 A comienzos del periodo his- tórico, Orellana admiraba las diversas culturas a lo largo del Ama- zonas, numerosas y desarrolladas, ¿Se puede suponer que en la época de su apogeo, las tribus inferiores no participaban, al menos en cierta medida, de esta vitalidad cuyos índices acabamos de recordar?
La organización dualista misma no constituye un rasgo diferen- cial de las poblaciones de la sabana: se la ha señalado, en la selva, entre los parintintin y los mundurukú; su existencia es bastante pro- bable entre los tembé y los tukuna, y segura en ambas extremidades del Brasil, entre arawak de tan alta calidad como los palikur y los tereno. Nosotros mismos hemos encontrado sus vestigios en los tupí- kawahib del Alto Machado, de forma que, bajo modalidad ya matri- lineal, ya patrilineal, puede definirse un área de organización dualista que se extiende desde la ribera derecha del Tocantins hasta el río Madeira. Es imposible definir la organización dualista en América del Sur como un rasgo típico de los niveles más primitivos, cuando éstos lo comparten con sus vecinos de la selva, expertos agricultores y cazadores de cabezas, que gozan de una cultura mucho más elevada.
No se debe disociar la organización social de los pueblos de la llanura y la de sus vecinos de los valles boscosos y de las riberas fluviales. Inversamente, a veces se ubica en niveles pretendidamente arcaicos a tribus de muy distinta cultura. El ejemplo de los bororo proporciona una demostración particularmente notable de estas falsas analogías. Para hacer de ellos «verdaderos primitivos» o aproximarlos a éstos, se invoca un texto de von den Steinen: «Las mujeres, habi- tuadas a arrancar raíces salvajes en la maleza, se pusieron a abatir las plantas jóvenes (de mandioca) removiendo cuidadosamente la tierra con la esperanza de encontrar raíces comestibles. Esta tribu de cazadores ignoraba toda verdadera agricultura y, sobre todo, ca- recía de paciencia como para esperar que los tubérculos se desarro -
12. H. Baldus, «Os Tapirapé», Revista do Arquivo Municipal, Sao Paulo, 1944- 1946.
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llaran.»13 Se sacó la conclusión de que, antes de su contacto con el cuerpo expedicionario que había de someterlos, los bororo vivían exclusivamente de la caza y la recolección. Se olvida que el comen- tario se refiere a las huertas de los soldados brasileños, no de los