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Si se analiza el perfil que tuvieron los prestatarios vemos que fueron vecinos feudatarios, encomenderos, hombres de armas, comerciantes, mujeres, la mayoría viudas, funcionarios públicos y también hombres de iglesia. Lamentablemente en muy pocos casos se especificó en los documentos el destino que se le daba a cada préstamo. Puede suponerse que se necesitaba el dinero para dotar a una hija, pagar deudas, reparar inmuebles, o costear gastos de diferentes operaciones. También las cantidades que se entregaban en préstamo eran muy variables. El monto más común era de 1000 pesos, aparentemente una cantidad que permitía resolver los problemas de muchos prestatarios. En general, los préstamos estuvieron entre los 100 y los 2000 pesos; no se ha detectado ninguno que superara en mucho esa cantidad.

El 27 de junio de 1633 Diego Celis de Quiroga gravó ―el solar de las casas donde vivieron mis padres en frente del convento de Santa Teresa‖ en un censo de

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Ibídem, En la ciudad de Córdoba a veintiséis días del mes de abril de mil seiscientos noventa y

cuatro años.

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1000 pesos y al día siguiente, un solar baldío y las ―casas de mi morada‖ en un censo de 2000 pesos. El 23 de octubre de 1645, Luis de Abreu de Albornoz, encomendero de Cosquín, dueño de la estancia de Cosquín y Los Algarrobos, contrajo un censo de 1000 pesos que gravó sobre ―medio solar donde entra todo lo edificado y huerta, que es la casa de nuestra morada‖. También el doctor Ignacio Duarte Quirós, presbítero, comisario de Santa Cruzada, fundador del Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, reconoció un censo de 2000 mil pesos. Don Diego Navarrete de la Cámara, encomendero de Macatine, dueño de la estancia de Cabinda, Guanusacate y Nintes, regidor en 1621, alcalde de la Santa Hermandad y alcalde ordinario en 1640 y 1649, en dos oportunidades, 1633 y 1634, obtuvo un censo de 100 pesos y otro por 500 pesos sobre las ―casas de nuestra morada‖557

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Don Gabriel de Tejeda y Guzmán, encomendero de Tulián y Caviche, dueño de las estancias ―El Potrero‖ y ―El Sauce‖, capitán de infantería, alcalde ordinario de segundo voto en 1635 y de primer voto en 1642, contrató el 27 de junio de 1633 un censo de 1000 pesos sobre ―casas que tengo‖. También don Luis de Tejeda y Guzmán, reconoció un censo de 2000 pesos que tomó para dote de su hija doña Leonor. Otro censuatario fue don Ignacio Salguero de Cabrera, alférez general y teniente de gobernador, quien ocupó la función de alcalde ordinario en 1656, fue maestre de campo desde 1663, procurador general en 1666, y que obtuvo un censo de 120 pesos558.

Otro de los vecinos feudatarios de La Rioja fue el maestre de campo don Pedro Sánchez de Loria, quien contrajo un censo de 1100 pesos. Asimismo el capitán Francisco de Vera Mujica, encomendero de Ischilín, dueño de la estancia de Polotosacate y chacra Las Higueras, capitán de infantería en campaña contra indios rebeldes de La Rioja y Londres y en la conducción de soldados al puerto de Buenos Aires, tesorero de la Real Hacienda, superintendente de guerra de Córdoba, La Rioja, San Juan de la Ribera y San Miguel de Tucumán, obtuvo un censo de 1400 pesos. También don Fernando Amado, capitán de infantería, dueño de una chacra y estancia que comprendía el actual barrio General Paz, consiguió un préstamo de 1300 pesos. Lo mismo hizo el alférez, capitán de caballo coraza don Ignacio de Ledesma, por 450 pesos559.

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LUQUE COLOMBRES, op. cit., pp. 199, 170, 181, 184, 191. 558

Ibídem, pp. 191, 193 y 198. 559

Entre aquellos que tuvieron profesiones u oficios y que también recibieron préstamos del monasterio de San José figuran Juan Pereira, cirujano portugués, que tomó en 1643 un censo de 30 pesos de renta a la capellanía de doña Francisca de Albornoz, viuda de don Alonso de Herrera y Guzmán, fundada en el monasterio de Santa Teresa. También Pedro de Ribera, maestro sastre, ayudante de milicias, que en 1653 fue favorecido con 300 pesos560.

En 1670 Gregorio Díez Gómez, encomendero de Soto, dueño de la estancia de Panaholma, capitán, alcalde ordinario en 1677 y 1684, impuso un censo de 500 pesos sobre ―casas de mi morada […] de teja y tijerilla, sala con tres tirantes y dos aposentos de Norte a Sur, y todos los dichos cuartos de tablazón‖561

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Por otra parte, el 11 de agosto de 1687 ―ante el capitán Domingo de Villamonte, alcalde ordinario, el capitán Antonio de Burgos Celis: un mil pesos de principal de la cantidad de 2000 mil pesos de la dote de sor María de San José y los otros mil se gastaron en aderezos de celdas y corredor‖. Es de apreciar aquí cómo las religiosas invirtieron parte de una dote en arreglos del edificio562.

También podía ocurrir que se hicieran redenciones voluntarias, como se aprecia en este documento del 14 de octubre de 1687 en el que se precisa que don Antonio de Burgos, alcalde ordinario, redimió los 540 pesos ―que tenía de censo de este convento los cuales desde dicho de los tiempos tengo yo, don Juan de Bracamonte sobre mis casas‖. Como se ha explicado anteriormente los censos se imponían sobre los bienes muebles y estos se traspasaban de un comprador a otro: ―ante dicho alcalde cedió el maestre de campo don José Ponce de León, doscientos cincuenta pesos de censo en que se remató la estancia de Domingo Vázquez que tenía don Martín de Borja en cargo de seiscientos sesenta pesos de censo‖563

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Cabe destacar que una de las preocupaciones de los conventos era la cobranza de sus deudas. Como se ha comentado, muchos de sus problemas financieros se debieron a una administración ineficiente. Entre la documentación que se ha conservado en el Archivo del Arzobispado de Córdoba se encuentra una serie de finiquitos que, aunque incompletos, van desde el 1694 al 1699. El vicario del monasterio, doctor Francisco de Vilches y Montoya, capellán de la capellanía de Soto, cura rector de la Iglesia Mayor de Córdoba, comisario del Santo Oficio y visitador del

560 Ibídem, p. 249. 561 Ibídem, p. 266. 562

AAC, Historia del Monasterio de Santa Teresa, Legajo 59, Tomo I, 11 de agosto de 1687. 563

obispado, mandó a los conventos a ajustar sus cuentas y poner al día sus gravámenes. De ese modo es posible conocer a los censuarios y los montos que mantenían adeudados. Se trata de algo más de veinte vecinos que se presentaron en el locutorio del monasterio de San José delante de su procurador y la madre priora a fin de reconocer su situación.

Cuando los prestatarios cumplían con los pagos, resultaba conveniente para el convento seguir trabajando el capital de ese modo porque, dado que el interés permanecía fijo, no había manera de hacerlo más lucrativo aunque se invirtiera en otra parte. El capital improductivo siempre generaba pérdidas.

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