Paper IV – Multi-Language Library Development
3.2 Internal translation steps
destronado, como fecha en que se acabó el Imperio de Occidente. El Impe- rio de oriente continuó su andadura, con mayor o menor esplendor, según las épocas, hasta la caída de Constantinopla, en manos de los turcos otoma- nos, en el 1453.
En Occidente se asentaron poco a poco los nuevos reinos de los pueblos germánicos: en Italia, el reino ostrogodo; en Hispania, el suevo y el visigodo, principalmente; en las Galias, el franco, burgundo y visigodo; en Inglaterra se establecieron los anglos, frisios, sajones, yutos y, probablemente, también los suevos; en el norte africano, los vándalos crearon un reino. Finalmente, Italia, Sicilia, norte de África y sudeste hispánico fueron ocupados por los bizantinos, merced a las victorias del general Belisario (desde el 535). Poste- riormente (hacia el 568) aparecieron en la escena italiana los longobardos.
Los ostrogodos y los visigodos eran arríanos desde mediados del siglo IV. Los francos y los pobladores de Inglaterra eran paganos. Teodorico, rey de los ostrogodos, tuvo problemas con algunos católicos (Boecio y Casiodo- ro, entre otros), acusados de intriga política. Los visigodos se convirtieron, dejando el arrianismo, en tiempos de Recaredo (589). Los francos abando- naron el paganismo para hacerse cristianos en tiempos de Clodoveo, el 493. Los burgundios eran ya cristianos en esas fechas.
A raíz de las conversiones que acabamos de narrar, y merced a la colabo- ración entre los hispanorromanos y visigodos, y galorromanos y francos, se produjo un renacimiento de la cultura romana en las Galias y en Hispania, en el cual tuvo un papel muy relevante la Iglesia católica. Al mismo tiempo se comenzó la labor de evangelización de los pueblos sajones (al este del Rhin) y de las islas británicas. San Patricio (f 493) fue el apóstol de Irlanda; San Agustín de Canterbury y cuarenta monjes benedictinos iniciaron, en el 596, la evangelización de Inglaterra; San Bonifacio (t 754) fue el evangeli- zador de los sajones (Germania), y a él se debe la fundación de la abadía de Fulda, al este de Maguncia.
Este período de renacimiento cultural, religioso y político del Occidente europeo sucumbió en parte por la presión de los árabes, que cruzaron Gi- braltar en el 711 y fueron derrotados en Poitiers en el 732; y, en parte, por autoagotamiento.
En estos doscientos años posteriores a la caída del Imperio romano de Occidente florecieron algunas figuras de indudable interés para la historia de la filosofía, que cumplieron el papel de ser conservadores y transmisores a la posteridad medieval del legado cultural heleno-romano. Nos referiremos particularmente a tres de esas figuras: Boecio, Casiodoro y San Isidoro de Sevilla.
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§ 25. Severino Boecio (ca.475-ca.523) a) Vida y obras2
Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, apodado por los medievales "noster summus philosophus", de la antigua familia romana de los Anicios, nació hacia el 475/477, no se sabe si en Alejandría o en Roma. Estudió en Roma. Contrajo matrimonio con Rusticiana (495) y tuvo dos hijos. Ocupó altas magistraturas bajo el reinado del ostrogodo Teodorico, siendo cónsul (510-511) y magister officiorum (522-523). El rey (523), dando crédito a ciertas intrigas políticas, y tras largo cautiverio en Pavía, le hizo decapitar en la torre donde estaba preso. En Pavía recibe culto inmemorial aprobado por la Santa Sede en 1883.
Boecio concibió el plan de verter al latín los escritos de Platón y de Aris- tóteles y demostrar, al mismo tiempo, que ambos filósofos concordaban en lo esencial. Pero sólo poseemos de él una traducción comentada de las Cate-
gorías (tratado sobre la primera operación del espíritu), y dos comentarios
sobre el Peri hermeneias (también denominado De interpretatione, dedicado al juicio). Igualmente tradujo el Isagoge o Introducción a las Categorías (de Aristóteles), obra del neoplatónico Porfirio (233-305), en la que se analiza la doctrina sobre los predicables; y escribió otro comentario al Isagoge tradu- cido por Mario Victorino. Las demás obras de carácter aristotélico a él atri- buidas, y que figuran en la edición de la Patrología latina (comentarios a los Primeros y Segundos Analíticos, a los Tópicos y a los Elencos sofísticos), son de Jacobo de Venecia, hacia 1128. Redactó, además, cuatro opúsculos lógicos (uno de ellos comentando los Tópicos de Cicerón), y algunos trata- dos de carácter teológico, como De Trinitate, De hebdomadibus, Liber de
2
Cfr. Máíeul CAPPUYNS,Boéce, en DHGE, IX, col. 348-380; Joachim GRUBER,Boethius, Anicius Manlius Sevennus, en LexMA 2 (1983) 308-315, Luca OBERTELLO,Introduzione, en
BOEZIO,La consolazione della filosofía. Gli opuscoli teologici, Rusconi, Milano 1979 pp. 7-
126. La primera tentativa de editar todo el corpus boeciano está representada por PL 63-64 (París 1882-1891). En el CSEL ha aparecido la versión crítica de los dos comentarios al Isa-
goge y del De consolatione (esta última también en el CChr). Desde 1961, DDB ha editado
prácticamente completa la versión boeciana del Organon aristotélico. Para una sistematiza- ción de su doctrina, cfr. Miguel LLUCH-BAIXAULI,Bibliografía conmemorativa de Manlio Severino Boecio, en ScrTh 21 (1989) 213-225; ID.,La teología de Boecio. En la transición del mundo clásico al mundo medieval, EUNSA, Pamplona 1990; ID.,Razón e intelecto en Boe- cio, en "Revista Española de Filosofía Medieval", 0 (1993) 105-110; ID.,Boezio. La ragione teológica, Jaca Book ("Ereditá Medievale. Storia della teología medievale da Agostino a
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persona et duabus naturis y Brevis fidei christianae complexio. Entre sus
escritos más célebres, y más leídos y comentados durante la Edad Media, se cuenta el De consolatione philosophiae libri quinqué, que preparó mientras estaba en prisión. En definitiva, sus obras se pueden clasificar en: tratados y traducciones sobre el corpus del Estagirita (la Vetus Lógica medieval); opús- culos teológicos, que darían lugar a los comentarios de Gilberto de Poitiers (t 1154) y de Santo Tomás de Aquino (f 1274); y su Consolación de la
Filosofía.
La influencia de Boecio se extenderá no sólo a las ideas que transmitió a la Edad Media, sino también al método de trabajo intelectual (el comentario de texto o lectio); al modo de condensar en fórmulas precisas el pensa- miento (sententiae); y, en particular, a su clasificación o jerarquización de las ciencias, que se hará universal en la Alta Escolástica.
b) Jerarquía y clasificación de las ciencias
De este importante tema -que había de tener una influencia decisiva en el plan de estudios filosóficos medieval- se ocupó en su obra In Porphyrium
dialogi a Victorino transían3.
Amar y buscar a Dios -decía- requiere conocer unos entes y practicar unos actos. Así, pues, habrá que distinguir entre el estudio teórico de los seres, propio de la "filosofía teorética o especulativa", y la consideración del obrar humano, objeto de la "filosofía práctica o activa". Esta última se divi- dirá en tres ciencias prácticas o políticas, según que los actos (o virtudes) se ejecuten en el ámbito individual (gobierno de uno mismo), ámbito social (como hacer reinar las virtudes en la república) y ámbito doméstico (política familiar).
La "filosofía teórica o especulativa", en cambio, admite tantas divisiones como tipos de entes sean objeto de conocimiento. Comprenderá, por tanto:
1.a) El tratado de los entes que existen o deberán existir sin materia, por ejemplo, Dios, los ángeles y las almas separadas. Esta parte de la filosofía
Cfr. In Porphyrium dialogi, lib. I (PL 64, 11-12). En su De Trinitate (cap. 2; PL 64, 1250A-B), Boecio ofrece una sistematización de la Filosofía especulativa, de carácter más complexivo: Filosofía natural (las formas de los cuerpos inmersas en la materia y en movi- miento); Matemática (las formas de los cuerpos existentes en la materia, pero abstraído el movimiento y como si no tuvieran materia); y Teología (la realidad totalmente separada de la materia y del movimiento, o sea, la substancia divina).
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recibe el nombre de "teología" y los seres que son su objeto de estudio se denominan intellectibilia (intelectibles).
2.a) La "psicología" es el tratado de las almas caídas en los cuerpos, los cuales reciben el nombre de intelligibilia (inteligibles).
3.a) Las ciencias naturales estudian los cuerpos naturales o naturalia. Boecio llamó "fisiología" o "física" a esta parte de la filosofía especulativa. Todos los temas de la "física" o "fisiología" se estudian en el quadrivium, que comprende las siguientes disciplinas: aritmética, astronomía, geometría y música.
Además del saber puramente especulativo y del saber práctico, cuyas res- pectivas divisiones acabamos de ofrecer, cabe otro orden de saber: el de las ciencias que conducen a la correcta expresión de los conocimientos ya ad- quiridos. Las disciplinas que se ocupan de este último tipo de saberes se hallan reunidas en el trivium, y son las siguientes: gramática, retórica y lógi- ca. Al referirse al trivium, Boecio no se limitó a plantear una serie de cues- tiones al nivel de las intenciones segundas, es decir, a nivel lógico, sino que se interrogó sobre temas de carácter metafísico y psicológico, esto es, sobre la naturaleza y existencia de las ideas generales o universales.
c) Los universales
Porfirio (233-305), en el libro I de su Introducción a las categorías de
Aristóteles, o Isagoge, dejó planteados unos interrogantes sobre la naturaleza
de las nociones o ideas generales, que habrían de interesar mucho a Boecio y, a través del legado boeciano, a toda la Alta Edad Media. El famoso texto porfiriano decía así:
"Si los géneros y las especies subsisten o están en los solos puros inte- lectos; si son subsistencias corpóreas o incorpóreas; y (en este último ca- so) si se hallan separadas de los sensibles o puestas en ellos: es cuestión que paso por alto. Se trata de un asunto dificilísimo, necesitado de mayor investigación"4.
La doctrina de este importantísimo texto se ha sistematizado en las si- guientes tres cuestiones:
1.a Los géneros y las especies, ¿son realidades subsistentes en sí mismas o simples concepciones del espíritu?
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2.a Si son reales, ¿son corpóreas o incorpóreas?
3.a Si son incorpóreas, ¿existen fuera de las cosas sensibles o solamente unidas a ellas?5.
A estos tres interrogantes, que Porfirio había dejado abiertos, intentó dar solución Boecio, de modo que los medievales se encontraron ya con unas pautas para pensar en la cuestión de los universales y se atuvieron a ellas. Sin embargo, las dudas que el mismo Boecio había manifestado a lo largo de su carrera intelectual, decantándose primeramente hacia posiciones aristotélicas, para acogerse al fin de su vida al más puro platonismo, contribuyeron mu- cho a oscurecer la discusión posterior (cfr. §§ 41-43).
De su período aristotélico es el siguiente texto, redactado, como se verá, más por fidelidad al libro que comentaba -que era a su vez un comentario a las Categorías del Estagirita-, que por propia convicción: "Platón piensa que los géneros, especies y otros universales no sólo son conocidos con in- dependencia de los cuerpos, sino que existen y subsisten fuera de ellos; en tanto que Aristóteles piensa que los incorpóreos y los universales son objeto de conocimiento, pero que solamente subsisten en las cosas sensibles. Mi intención no ha sido decidir cuál de estas opiniones es la verdadera, ya que ello corresponde a una filosofía más alta. Nos hemos limitado a seguir la opinión de Aristóteles, no porque nos inclinemos preferentemente por ella, sino porque este libro ha sido escrito en vistas a las Categorías, cuyo autor es Aristóteles"6. Sólo al final de su vida habría de decidirse claramente a favor del platonismo. La ocasión fue la glosa al metro cuarto del libro V del De
consolatione. Los últimos versos del metro citado dicen así:
"Cuando la luz hiere los ojos, o bien la voz llega a los oídos:
entonces se despliega el vigor de la mente, que tiene especies interiores,
llamando a las otras junto a éstas, aplicando a las noticias exteriores, las que tenía dentro,
relacionando las imágenes con las formas"7.
Boecio mismo explicaba este cuarto metro, en los términos siguientes: "En la percepción de los objetos, los órganos de los sentidos han de recibir
Importa mucho subrayar que la cuestión porfiriana se refiere sólo a dos predicables: los géneros y las especies. No trata, pues, de los otros tres predicables (diferencia específica, propio y accidente lógico).
6
Commentaria in Porphyrium a se translatum, lib. I (PL 64, 86A).
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las impresiones externas, siendo necesario que la actividad del espíritu sea precedida por una sensación física que atraiga la acción de la inteligencia y despierte las formas en ella dormidas. En estas condiciones, para la percep- ción, el espíritu no es informado por las sensaciones, sino que juzga por su propia luz sobre los datos que éstas le proporcionan. Con mayor razón he- mos de inferir, por tanto, que los seres libres de toda influencia corpórea, e independientes del mundo externo para formular sus juicios, pueden bogar a velas desplegadas, dejando en libertad su inteligencia"8. Este texto tiene, obviamente, una clara intencionalidad gnoseológica, al explicar cómo es el proceso de nuestro conocimiento. Pero, al hablar de "formas dormidas en la inteligencia", que se despiertan por causa de las sensaciones físicas, Boecio se revela mucho más próximo a Platón que a Aristóteles.
d) Existencia de Dios y atributos divinos
Sentadas las bases de la "filosofía especulativa", Boecio reconoció con agrado que el "intelectible" por excelencia es Dios. Por consiguiente, el objeto principal de la "teología" boeciana será Dios a la luz de la razón natural. (En esto, es evidente el influjo de Aristóteles, para quien la "filosofía primera", culmen de la metafísica, tenía por objeto el estudio del ser divino).
La última obra de su vida, en efecto, redactada en forma dialogada entre el propio autor y la Filosofía, representada por una dama que se presenta en su prisión para consolarle, estuvo dedicada íntegramente a desarrollar sus ideas sobre la esencia divina y sus atributos. Por ello, el De consolatione
philosophiae resultó de hecho un completísimo tratado de teodicea, que
habría de alimentar, en los siglos posteriores, la especulación medieval sobre estos temas.
El De consolatione philosophiae (PL 63, 579-862 y CSEL 48) fue es- crito, como ya hemos dicho, mientras esperaba la muerte. Según Boecio, filosofar no es un trabajo puramente especulativo o abstracto, ni tampoco una técnica de razonamiento poseída con mayor o menor habilidad; filoso- far es fundamentalmente una tarea concreta que consiste en amar y buscar la sabiduría, o, lo que es lo mismo: amar y buscar a Dios. Una tarea de tal natu- raleza exige que los caminos que conducen a la sabiduría (divina) estén bien
8 Ibidem, V, prosa V (PL 63, 854 A). Parece claro que la discusión boeciana sobre la natura-
leza de los universales lleva implícita una específica teoría del conocimiento que pasamos aquí por alto. Sobre esta cuestión cfr. el comentario de Luca Obertello al pasaje citado, en BOEZIO,La consolazione della filosofía, cit. en nota 2, pp. 304-305, notas 29 y 30.
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señalados, y esto le corresponde a la filosofía. Por ello, y a pesar de la extra- ñeza de tantas generaciones medievales, le pareció natural consolarse con la Filosofía mientras esperaba la muerte y se le nublaba el horizonte de la espe- ranza. Hemos dicho "extrañeza" de sus seguidores medievales, porque ha- bría resultado más lógico que su interlocutor, en un momento tan delicado de su vida, hubiese sido un ángel o un santo, o el mismo Cristo. Pero, tam- bién aquí late la fuerte impronta aristotélica, que se observa en muchas partes del corpus boeciano, aunque afectivamente se sintió más inclinado hacia Platón.
Como se sabe, para Aristóteles resultó un problema arduo e irresoluble el tema de la felicidad y, por consiguiente, la posibilidad real de la esperanza humana, precisamente per la insoslayable condición mortal del hombre. Quizá por esto mismo, quiso Boecio polemizar con Aristóteles y con su pro- pio aristotelismo, cuando se hallaba a las puertas del trance último. Asimis- mo, el tema de la providencia divina representa un misterio para el peripate- tismo y, como veremos seguidamente, constituye el nervio central de la últi- ma obra boeciana.
El De consolatione philosophiae se divide en cinco libros. Libro I: Todas las cosas son regidas por Dios. El hombre toma conciencia de su origen y de su destino mediante un volver sobre sí mismo. La verdadera felicidad no puede consistir en los bienes aleatorios de la fortuna. Hay que buscarla en la interioridad, en el valor intelectual y moral del alma inmortal. Todos los bienes exteriores son ficticios. Libro II: El verdadero sabio no confía en la fortuna ni en sus bienes ficticios, no pone en los bienes exteriores su afición y se da cuenta, en el momento en que los posee, de que su valor no puede provenir más que del sentido humano y moral con que de ellos use. Libro
III: Sin embargo, no basta buscar la verdad y la virtud en uno mismo, sino
que es preciso salir de sí en busca del origen y fin de ellas, que es Dios, que es el Bien universal y supremo. Dios gobierna y dirige las cosas al Bien.
Libro IV: Trata de conciliar la bondad divina con la existencia del mal en el
mundo. La desdicha es útil a los hombres. Es importante comprender que Dios gobierna el mundo y que su Providencia tiene en cuenta la libertad humana. Distingue entre Providencia y destino o hado. Libro V: Plantea el problema de la presciencia divina, que conoce nuestra libertad y nuestros actos futuros en el contexto de la eternidad. Establece la existencia del libre albedrío (libertad) como consecuencia necesaria de la razón. Hay grados de libertad. Dios es justo al premiar o castigar. No es vana la esperanza en Dios, ni son inútiles las oraciones.
Hacia la mitad del libro II Boecio manifiesta a la dama Filosofía su per- plejidad sobre la existencia de Dios, al contemplar la presencia del mal en el mundo y la adversa fortuna que sufren los justos. En el libro III se concluye
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la prueba, por parte de la Filosofía, de que Dios existe y de que es el sumo bien. Para demostrar su existencia acude al principio -con toda seguridad de inspiración platónica- de que lo imperfecto en su género es siempre dismi- nución de lo perfecto; puesto que es evidente que hay imperfección, existe también el ser perfecto, que es Dios9.
El desarrollo de toda esta prueba se asemeja mucho a la exposición de la cuarta vía de Santo Tomás10, de quien nos consta con certeza que leyó estos pasajes, pues en la Summa contra gentiles dirá: "Así Boecio, en el libro I de
La consolación de la Filosofía, cita a cierto filósofo que preguntaba: Si Dios
existe, ¿de dónde el mal? (PL 63, 625A). Más bien se debería argüir al revés: si el mal existe, Dios existe, pues el mal no se daría si desapareciera el orden del bien, cuya privación es el mal"". Asimismo, la terminología permite aventurar que San Anselmo debió de tener a la vista esta prueba boeciana de la existencia de Dios, pues también Boecio se refiere a Dios en los siguientes términos: "Puesto que nadie puede pensar nada mejor que Dios [...]"12.
Demostrada la existencia de Dios y que Dios es el sumo bien, se llega a la idea de Dios como fin de todo y como providente, pues nada escapa a su providencia, presciencia y predestinación. Además, puesto que Dios es per- fecto, no sólo es feliz, sino que es la felicidad misma. En consecuencia, la felicidad del hombre se conseguirá participando de la felicidad divina. (Aquí, precisamente en este punto, la crítica moderna ha visto un paso ¿inde- bido? de la filosofía a la teología y, en el fondo, una descalificación de las