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International connectivity

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2.3 International connectivity

Según Joe Foweraker,59 existen similitudes y diferencias entre los movimientos so- ciales latinoamericanos con respecto a los europeos y norteamericanos. Los aspectos comunes son: a) su preocupación por fortalecer y consolidar el modelo de democracia; b) mantienen una relativa independencia de los partidos políticos; c) rechazan las polí- ticas tradicionales institucionales; y d) asumen preocupaciones y demandas culturales y vinculan estilos de vida personal al cambio político.

Varios autores60 afi rman que es a partir de la década de 1970 que se co- mienza a debatir con académicos europeos alrededor de los nuevos movimientos socia- les en América Latina. El surgimiento de nuevos movimientos políticos como el am- biental, mujeres, lésbico-gay y el movimiento comunitario e iglesial de base indígena, etcétera, refl ejaron que estos movimientos tuvieron características similares a las que se estaban analizando en el contexto europeo.

Si bien en América Latina ha existido una larga trayectoria de luchas po- pulares y resistencia por parte de los movimientos más clásicos –obrero y campesino–, el proceso de desarrollo capitalista y su impacto en el área rural y urbana vieron nacer otros movimientos, como el de los pobladores, ambientalistas, indígenas y mujeres.

Sin embargo, a diferencia del contexto europeo, estos movimientos sur- gen de manera paralela a los movimientos clásicos, y ambos enfrentan y se desarro-

59 Joe Foweraker, Theorizing Social Movements (Londres y Boulder, Colorado: Pluto Press, 1995). 60 Foweraker (1995) Theorizing Social Movements; Sousa Santos (1998) De la mano de Alicia:

llan en un contexto político de dictaduras militares y represión masiva, que da como resultado el surgimiento de otros movimientos, como el de las víctimas de guerra y de derechos humanos que durante las décadas de 1980 y 1990 adquirió particular impor- tancia en la región.

Estos movimientos no solamente surgen y luchan en función de sus de- mandas particulares, sino que se constituyen en una fuerza social fundamental para el proceso de democratización y en la lucha por el respeto a los derechos humanos.

Sin embargo, a diferencia de los países europeos, el propio contexto estructural de los países latinoamericanos, su carácter predominantemente agrario y la persistencia de un modelo económico concentrador de riqueza y generador de de- sigualdad, opresión y exclusión, los movimientos históricos obrero y campesino han mantenido su peso político y social.

Boaventura de Sousa Santos61 cuestiona que una teoría única puede tener sufi ciente capacidad explicativa para interpretar la variedad y diferencias existentes en el ámbito de los NMS en América Latina, tomando en cuenta, además, las grandes diferencias que existen entre estos movimientos en Europa en relación con los de Amé- rica Latina.

“Dudo que los NMS puedan ser explicados en su totalidad por una teoría unitaria. Basta tener en mente las diferencias signifi cativas en términos de objetivos de ideología y de base social entre los NMS de los países centrales y los de América Latina, entre los valores posmaterialistas y las necesidades básicas, entre las críticas al consumo y las críticas a la falta de consumo, entre el hiperdesarrollo y el subdesarrollo, entre la alienación y el hambre, entre la nueva clase media y las clases populares, entre el Estado provinciano y el Estado autoritario”.62

Las difi cultades para explicar a los movimientos sociales latinoamerica- nos desde las perspectivas teóricas surgidas en otros contextos han sido formuladas por distintos autores. Fernando Calderón y Elizabeth Jenin advierten que “una de las características propias de América Latina es que no hay movimientos sociales puros o claramente defi nidos, dada la multidimensionalidad no solamente de las relaciones sociales sino también de los propios sentidos de la acción colectiva”.63

Independientemente de ello, a lo largo de los últimos 20 años coinciden- tes con el proceso de la transición democrática en América Latina, ha surgido un reno- vado interés por retomar el debate en torno a los movimientos sociales.

61 Sousa Santos, De la mano de Alicia: lo social y lo político en la postmodernidad. 62 Sousa Santos, “Los nuevos movimientos sociales”, págs. 312-313.

63 Fernando Calderón, compilador, Los movimientos sociales ante la crisis (Buenos Aires: CLACSO/ UNU, 1988).

Los estudios sobre los movimientos sociales en el continente estuvieron guiados por distintos enfoques y temas: a) el potencial democratizador en Estados autoritarios; b) la relación y el impacto en los procesos de construcción y fi scalización de las políticas públicas; c) la relación con los partidos políticos; d) el impacto del neoliberalismo sobre sus luchas y las distintas formas que estas adquieren frente a la globalización.

Independientemente de los enfoques, tiende a haber coincidencia en que los movimientos sociales constituyen una importante fuerza social y política que con- tinúa jugando un papel fundamental en la lucha por consolidar el proceso democrático en América Latina.

El surgimiento del movimiento antiglobalización neoliberal constituye un indicador no solamente de una apuesta estratégica que apunta hacia la construcción de la unidad de acción entre movimientos sociales de diferentes continentes, sino de un resurgimiento de demandas que cuestionan el capitalismo. En este sentido, el análisis de los movimientos sociales desde categorías provenientes del núcleo teórico marxista ha cobrado un nuevo impulso e interés.

2. EL ESTADO, LA DEMOCRACIA Y LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Se consideran relevantes los aportes de quienes hoy por hoy cuestionan la aplicación esquemática de categorías procedentes de la teoría política para el análisis y la com- prensión de las prácticas políticas existentes en el sur. Boaventura de Sousa Santos, intelectual destacado, se sitúa en esta corriente de pensadores contemporáneos, al re-

fl exionar en torno al desencuentro entre la teoría política clásica con la realidad con- temporánea afi rma que:

“La teoría política fue desarrollada en el Norte global, básicamente en cinco países: Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y los Estados Unidos. Fue en estos países donde, desde mediados del siglo XIX, se inventó todo un marco teórico que se consideró universal y se aplicó a todas las sociedades. Hoy por hoy, nos damos cuenta que estos conceptos ya no se adaptan tan fácilmente a nuestras sociedades (...) Es decir, tenemos teorías producidas en el Norte y prácticas transformadoras producidas en el Sur que no se comunican”.64

En principio, hablar del Estado65 evoca un territorio, un andamiaje jurídi- co-político, una síntesis histórica de relaciones de poder que se expresa en institucio-

64 Boaventura de Sousa Santos, “‘Desaprender’ la democracia”, en Irene León, editora, La otra Amé- rica en debate, Aportes del I Foro Social Américas, Ecuador, enero de 2006, pág. 26.

65 Según David Held (La democracia y el orden global: del Estado moderno al gobierno cosmopolita

nalidad y un régimen político determinado dentro del contexto de una fase determinada de acumulación del capital.66

La eventual confi guración del Estado liberal fue posible debido a la con- solidación de las burguesías nacionales que moldearon un tipo de Estado coherente con su proyecto de acumulación, su forma de concebir la política, el poder, la propiedad y la familia. Acorde con el pensamiento liberal, erigieron un andamiaje jurídico-político que exalta los derechos “individuales”, la defensa del libre mercado y la propiedad privada.67

“El hecho de que la alianza entre los intereses de grupos políticos y eco- nómicos poderosos durante la fase formativa del Estado moderno haya sido efectiva no implica que haya estado exenta de confl ictos. Pues las nuevas clases capitalistas no sólo lucharon contra los privilegios feudales remanentes, sino que también impulsaron la progresiva separación de la economía del Estado para que las actividades económi- cas se librasen de los riesgos que imponían las interferencias políticas arbitrarias. (...) A lo largo del tiempo, la lucha a favor de los derechos civiles y políticos68 fue recons- tituyendo la naturaleza tanto del Estado como de la economía, conduciendo al primero hacia el sistema político democrático liberal y a la segunda hacia el sistema de mercado capitalista”.69

Referirse hoy al Estado implica situarlo en el marco de la fase actual de acumulación del capital, o sea el neoliberalismo y el impacto que este modelo propició sobre la estructura, funcionamiento y política pública. Su naturaleza patriarcal, clasista y etnocéntrica caracterizada, criticada y resignifi cada por los movimientos de mujeres, sindical e indígena e intelectuales abrió una perspectiva de análisis que ha nutrido el de la teoría clásica y permite una mayor comprensión en torno a su naturaleza y caracte- rística en el contexto histórico actual.

–fronteras exactas– como ente soberano que ejerce el derecho de detener el monopolio de la fuerza y los medios de coerción; estructuras impersonales de poder consagrado en la idea de un orden político soberano y basado en una estructura de poder legalmente circunscrita sobre un territorio; el surgimiento de la noción de ciudadano con derechos y obligaciones, etcétera.

66 Diversos hechos históricos posibilitaron su surgimiento como el ocaso del feudalismo y el eventual surgimiento del Estado absolutista. Este último nació producto de “la absorción de las unidades po- líticas más pequeñas y débiles en estructuras políticas más grandes y fuertes; la capacidad necesaria para gobernar sobre un área territorial unifi cada, un sistema y un orden legales efectivos y vigentes a lo largo de un territorio, la centralización del poder”.Mientras el declive del feudalismo se sitúa en el siglo XIV, el Estado absolutista se fue confi gurando durante los siglos XV y XVIII.

67 David Held, Op. cit. pág. 73.

68 Como derechos civiles se refi ere a las que garantizan la autonomía individual como la libertad personal, libertad de expresión, pensamiento, creencias, derecho a la propiedad, suscribir contrato y la igualdad ante la ley. Los derechos civiles se desarrollaron en el siglo XVIII, Inglaterra y los Estados Unidos. Los derechos políticos son aquellos que garantizan la participación en el ejercicio del poder político, estos emergieron a fi nales del siglo XVIII y se expandieron al resto del mundo en los siguientes siglos.

“En el Estado se destaca y corporiza un núcleo hegemónico constituido por una clase dirigente, una alianza dominante, un ‘bloque histórico’, un establish- ment, que imponen al conjunto de la sociedad –aunque no de modo excluyente– la primacía de los intereses que representan. Así concebido, el Estado es un complejo institucional que corona un sistema histórico y que, como tal, cumple una gran varie- dad de funciones económicas y sociales desde su posición de centro de las decisiones políticas y de la administración burocrática”.70

La relación entre los movimientos sociales y el Estado es dialéctica en el sentido de que éstos surgen y se desarrollan dentro de un contexto histórico determi- nado en el que el Estado adquiere ciertas características y formas que se convierten en condicionantes u oportunidades para sus demandas coyunturales o estratégicas.

D. Rucht71 delinea algunos factores que marcan de alguna manera la re- lación entre el Estado y los movimientos sociales, dentro del marco de una estructura política determinada. Éstos son: a) el acceso que los movimientos sociales tienen a la toma de decisiones; b) el carácter del sistema de partidos políticos; c) la capacidad de implementación de política del Estado al margen de quienes se oponen o la rechazan; d) las alianzas con que cuentan los movimientos que pueden brindar respaldo político y simbólico a sus demandas; y e) la existencia de partidos políticos contrarios a los mo- vimientos sociales, así como la existencia de contra-movimientos que pueden ejercer una infl uencia negativa.