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4. Discussion

4.1 Implementation of the Blockchain

4.1.3 Interrogations

La filósofa argentina Maristella Svampa afirma en su obra El dilema argentino,

civilización o barbarie (2006) que desde 1880 hasta la época del Centenario, 1910,

es decir, en el momento de su modernización a base de “ferrocarriles y escuelas”, en Argentina se marcan cuatro conflictos o cuestiones: inmigrante, social, nacional y política. Esto es, en como los “efectos de la inmigración, la problemática de la construcción de la Nación y la consideración de la ‘cuestión social’ afecta la dimensión integracionista del proyecto civilizatorio, y el modo en que intelectuales ligados o identificados con la acción de las clases dirigentes intentan recomponer el modelo original al asociarlos a dichas temáticas” (Pág.71) .

Para resolver estas cuestiones se empleará desde el exterminio físico (indígenas), hasta la expulsión y represión de inmigrantes vinculados al cada vez más activo

movimiento obrero244, así como discursos de homogeneización cultural de una

población que era más heterogénea que nunca.

Para asegurar el orden las elites necesitaban homogeneizar de alguna manera esa masa

242 “Porque es preciso que seamos justos con los españoles; al exterminar un pueblo salvaje cuyo

territorio iban a ocupar, hacían simplemente lo que todos los pueblos civilizados hacen con los salvajes […]. Las razas fuertes exterminan a los débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes. Esto es providencial, útil, sublime y grande[…]. Sobre todo quisiéramos apartar de toda cuestión americana a los salvajes, por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia. Para nosotros Colocolo, Lautaro y Capoulicán, no obstante los ropajes civilizadas y nobles que los revistieran, no son más que unos indios asquerosos a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos colgar ahora, si reaparecieran” (Domingo Fausto Sarmiento, Obras Completas. En: Eggers-Brass,2006: 366)

243 Es así como comenzará una política de fomento de la migración que será muy fuerte a partir de

1850. Tras el fin del bloqueo del puerto llegaran vascos, franceses, canarios, italianos y británicos en su mayoría. En 1869 Buenos Aires tenía 177.787 de los cuales 89.661 eran argentinos y 88.126 extranjeros. A partir de finales de la década de los 50 entraban anualmente en Argentina alrededor de 15.000 inmigrantes (Bethell,2000:300).

244 Durante la presidencia de Roca existió y se aplicó severamente la Ley de Residencia, por la que el

gobierno tenía derecho a expulsar a los extranjeros acusados de alterar el orden público, lo cual significaba participar en uno de los numerosos paros de ese momento.

informe. Con este fin, se difundió durante el Centenario uno de los grandes mitos de la historia argentina: el “crisol de razas”. La imagen sugería que todos los grupos étnicos que habitaban la Argentina, viejos y nuevos, se habían ya fusionado y habían generado una ‘raza argentina’ homogénea’. El problema sería que la raza que se suponía que había nacido era la blanca- europea, los “argentinos descienden de los barcos” pasó a ser otro de los mitos históricos (Adamovsky,2012:31).

Proceso de homogeneización cultural que se daría vía la asimilación cultural245 y la

censura pública.

El mito del crisol no excluía de la pertenencia a la nación a las personas que no eran “como corresponde” desde el punto de vista étnicos. Más bien, la forzaba a “disimular” o dejar de lado cualquier marca de su origen diverso como condición para participar en la vida nacional. Un permanente “patrullaje cultural” funcionó desde entonces para borrar cualquier presencia que pudiera refutar o amenazar la consistencia de esa imagen de una Argentina blanca-europea. Tal patrullaje no estuvo solo en manos del Estados: mediante la intimidación, las burlas, la distorsión o incluso la violencia, también los habitantes comunes participaron de él (Adamovsky, 2012:33-34).

Uno de los más claros ejercicios de este “patrullaje cultural” sería el ejercido contra la población negra en Argentina. Se estima que en 1880 había alrededor de 7.000 integrantes en Buenos Aires. Su “desaparición” se debe tanto a las grandes pérdidas que sufrieron en las campañas contra los indígenas, la guerra contra Paraguay (1864) y la fiebre amarilla (1871), como al fuerte proceso de asimilación cultural que tiene lugar entre las últimas décadas del siglo XIX. Y es que si bien estos se defendieron a finales de siglo con la palabra, a través de periódicos como La raza

africana, el demócrata negro y el Proletario (Bethell:2002,350) estas mismas

publicaciones servirían más adelante para propiciar su asimilación mediante recomendaciones de cambio de usos y costumbres. Es así, como las manifestaciones culturales propias pasaron al ámbito privado o fueron abandonadas, siendo parte del sentido común en las primeras décadas del siglo XX la idea que en Argentina no había negros (Adamovsky,2012:36-37).

Aunque tal vez lo más significativo de la presidencia de Roca fue el exterminio de la población indígena de la Pampa y el Chaco denominada Campaña del desierto246.

En 1879 sería la más importante (en ella Roca simbólicamente llegaría en un literal

245 La asimilación cultural ha sido el proceso de integración de las minorías étnico-culturales a una

cultura dominante, dado en una gran cantidad de estados a lo largo del siglo XIX y XX. Este proceso propone que la minoría deberá renunciar de forma parcial o total a sus particularidades para adoptar como propias las de la cultura dominante.

246 Al final del período uno de los generales encargados de las “campañas del desierto” redactaría lo

siguiente como informa al gobierno: “Las aspiraciones del gobierno y del país hanse realizado en menos de un decenio. En el Sud de la República no existen ya, dentro de su territorio, fronteras humillantes impuestas a la civilización por las chuzas del salvaje. Ha concluido para siempre, en esta parte, la guerra secular contra el indio tuvo su principio en las inmediaciones de esa Capital el año 1535”(Eggers-Brass, 2006:416).

paseo hasta el río Negro), aunque ésta no cejará hasta 1885. En este período la destrucción de lo indígena fue implacable, no solo se les combatió con las armas, sino que se buscó su desaparición cultural mediante la destrucción de sus símbolos, particularmente la migración forzada, confinamiento en reservas y trabajo cuasi esclavo en industrias, haciendas y servicio doméstico para las mujeres. Incluso se llegó a ultrajar los cementerios llevándose los cadáveres de algunos de sus caciques

más destacados en la lucha como Calfucurá247 y Mariano Rosas (Eggers-

Brass,2006:379). En esta “desaparición” del indígena la figura del gaucho como parte de las tropas federales sería crucial. Lo paradójico es que sin el indígena el gaucho habría quedado en manos de la oligarquía al haber “eliminado, por su propia acción, el último refugio a donde tenia oportunidad de escapar cuando la suerte le era esquiva: la toldería. Ahora, “frente a la prepotencia del patrón, no se le presentaba otra salida que agachar la cabeza” (Quebracho,2011:282).

La “cuestión migrante”, la “cuestión obrera”

En el caso de la migración, si bien las administraciones de la segunda mitad del XIX querían inmigrantes europeos, a finales de ese siglo había ya una parte de éstos considerados indeseables, esto es: españoles e italianos, quienes formaban parte de la Europa “atrasada y corrompida”, así como los judíos (Eggers-Brass,2006:389) y los exiliados políticos de ideologías de izquierda, particularmente comunistas y anarquistas (los socialistas tenían tolerancia porque se plegaban al sistema de democracia representativa liberal). En este caso, el miedo de los detentores del poder era justificado, ya que será en los barrios de inmigrantes donde el Partido Socialista obtendrá sus primeras victorias con la banca por el barrio de la Boca en 1904 de Alfredo Palacio y diez años después obteniendo la mayoría en la Capital Federal con siete (Eggers-Brass,2006:391).

Las causas de que la ansiada emigración pasara a ser despreciada, se dieron al fallar el plan del gobierno en el que los migrantes venidos de ámbitos rurales pasarían a ser pequeños propietarios laboriosos. El problema fue que sólo una minoría conseguiría ser propietaria, mientras que para el resto la única posibilidad consistió en convertirse en mano de obra asalariada en las urbes. No obstante, Argentina era un país en franca expansión que necesitaba mano de obra, por lo que los migrantes siguieron llegando, siendo en 1914 el 30,3% de la población absoluta (Svampa,2006:75).

Así mismo, su alta vinculación con el movimiento obrero, no solo se explica por la

247 Calcufurá fue uno de los pocos caciques indígenas que no aceptó los pactos con el gobierno de

emigración altamente politizada que llegaba, sino también porque en 1914 eran el 46,1% de la población activa (Svampa,2006:76); sufriendo en muchas ocasiones precarias condiciones laborales y de vida. Será en la organización de esta masa dónde verán las élites el nuevo germen de la desagregación social, máxime con el nacimiento tanto de los sindicatos como de diferentes asociaciones de barrio entre las que se encontraran algunos clubes de fútbol.

Se podría decir que el cuerpo extraño, aquel que impedía la civilización una vez que el indígena ya no “existía” y el gaucho había sido “domado”, había pasado a ser una clase específica de extranjero, es más, la elite dirigente homologaría la “cuestión migrante” con la “cuestión obrera” “dando a la nueva conflictividad social un clivaje nativo-extranjero” que le permitía condenar por “artificial” y “exótico” a la lucha de clases (Svampa,2006:86) y expulsar al “incivilizado” extranjero de Argentina o al menos de la ciudad.

Será en este momento cuando aparezcan figuras como el compadrito o el

arrabalero, hombres que, al igual que antes los gauchos, no respetan los

convenciones sociales ni los valores morales del “buen gusto y educación”. Esta realidad quedará plasmada en uno de los emblemas culturales de esta nación, el

tango248. Expresión cultural popular muy diferente a la oficial (tradiciones camperas y

epopeyas militares) en tanto que más “real” al ser actual, urbana y no idealizada (Adamovsky,2012:139 y141).

Al mismo tiempo, otra expresión cultural de principios del veinte diferenciada de la oficial sería la “criolla”. Aunque en este caso, fue más bien una traducción y apropiación de los mensajes de la elite249.

En torno a estas expresiones de cultura popular, nacerían a partir de 1890 en Buenos Aires “centros criollos” en los que provincianos, nativos e inmigrantes se juntaban a guitarrear y tanguear. Ambientes en los que se gestaría la conciencia de que si los intereses extranjeros movían a la política nacional, y la elite estaba fuertemente vinculada a ellos, estos no podían representar sus intereses. Por lo que los miembros de la clase popular darían un sentido particular a sus expresiones

248 En un ejercicio similar al que hizo Brasil con la samba, el tango se convierte en parte central de la

identidad argentina vía su “civilización” y su estilo diferente a lo Europeo. Es decir, si bien las clases dominantes lo comienzan denigrando por ser un baile de negros y de los bajos fondos, particularmente por su procacidad. El hecho de que sea visto como lo “exótico” tanto por Europa como por las elites argentinas, hace que éstas encuentren en él una forma de diferenciarse de aquello que anhelan ser, así como un orgullo nacional provocada por su aceptación en Europa (Garramuño,2007).

249 Un ejemplo de apropiación y traducción sería la figura del gaucho en la leyenda de Juan Moreira

como figura de la justicia popular al estilo de los bandidos rurales: un simple gaucho que se revela contra la injusticia de la autoridad, se hace fugitivo y derrota a muchos con solo su coraje hasta su muerte.

culturales y comenzarían a sentirse defensores y representantes de lo nacional en oposición a las elites (Adamovsky,147-149). Ejercicio de apropiación que tiene como uno de sus principales ejemplos al estilo futbolístico “criollo”, que será el verdadero estilo argentino construido en oposición al estilo de los creadores del balón pie, los ingleses.

Será así como, a finales de siglo, la búsqueda de lo “nacional” está de nuevo en el centro, no solo de la política, sino también de las artes, donde el discurso oficial (Eggers-Brass,2006:399) se voltea al interior antes denigrado para encontrar en él el “alma nacional” distorsionada y agredida en las ciudades250. Imagen de Argentina

que alcanzará su punto álgido en el discurso de Leopoldo Lugones y la consagración del poema Martín Fierro251 como una definición de la “argentinidad” (Quebracho,2011:157). La naturaleza, antes vista como la culpable, como lo “vacío”, comienza a ser mirada como la fuente de la argentinidad. El “interior” ya no es bárbaro ni vacío, sino tradición.

El gaucho como símbolo nacional de la oligarquía

Lugones, residente en Paris, como los grandes dueños de las estancias, estudia el poema del versificador José Hernández y comprende todo el provecho que podía sacar de él creando una tradición y una conciencia nacional al uso de la oligarquía. Mediante la enseñanza de la filosofía del gaucho sometido como ideal de conducta, la clase dirigente, pretendía aplicar una “inyección de mansedumbre” a la clase trabajadora que aminorase sus pretensiones de influir en los destinos del país (Quebracho,2011:290). Por otro lado, el desaparecido gaucho ya no entraña peligro alguno, con lo cual no existía riesgo en idealizar sus virtudes sociales o recordar nostálgicamente su misión (Svampa,2006:145).

Martín Fierro, es el ‘paladín nacional’: Paladín nacional afirmo, porque este gaucho, a semejanza de las viejas espadas laboriosas, lleva relumbrando bajo el rudo cuero que lo envuelve, aquel acero del alma, la intrepidez, lealtad, alegremente relampagueado por el reflejo de su desnudez viril. ¿Qué valen… nuestros libros juntos ante esa creación?...El ideal de justicia anima la obra. El amor a la patria palpita en todas sus bellezas, puesto que todas ellas son Ricardo Rojas publica en 1909 La restauración nacionalista, como informe histórico dirigido al ministro de Justicia e Instrucción pública del momento, Dr. Rómulo Naón, en el se recoge lo siguiente: “La riqueza y la inmigración la han sacado [Buenos Aires] de su antigua homogeneidad aldeana, pero no para traernos a lo heterogéneo orgánico que es la obra verdadera del progreso social, sino para volvernos el caos originario, cuando en tiempo de los últimos adelantos, aquí se aglomeraban castellano y vascos y andaluces y querandíes y criollos y negros y mulatos, entre la ranchería, continuamos careciendo de partidos, de ideas propias, de arte y de instituciones” (Svampa,2006:125).

251 La obra de José Fernández de Lizardi se compone de dos partes. Una primera en 1872, en la que

ensalza sus costumbres y pureza, así como describe su conversión en un gaucho violento y desarraigado tanto de la familia nuclear como la gran familia nación, al ser llevado a luchar en la frontera y tratado brutalmente por el Estado. Una segunda, escrita en 1879 bajo el título El retorno de Martín Fierro, en la que escribe sobre la necesidad de cambiar del gaucho para adaptarse a una estructura laboral donde su autonomía no tenía cabida.

narrativas de sus costumbres y de su suelo…No hay nada más humano. Todas las pasiones, todas las ideas fundamentales están en él. Las nobles y superiores, exaltadas como función simpática de la vida de acción, que representa el ejemplo eficaz, las indignas y bajas castigadas por la verdad y la sátira. Tal es el concepto de la salud moral…La victoria de la justicia es un espectáculo de belleza.

En este fragmento de El Payador252 recogido por Quebracho (2011:156-157) no sólo

podemos observar las deseables características de un patriota de inicios del siglo XIX, sino que también podemos detectar elementos con los que se construirá posteriormente la figura central del discurso futbolístico nacional: el pibe. Un muchacho de extracción popular, que a pesar de que vive penurias económicas que, al igual que el gaucho, le hacen poseer menos educación colegial, no por ella deja de amar a la patria a través de un estilo de juego que solo puede tener por haber nacido en suelo argentino y poseer unos sinceros y puros valores morales.

No obstante, para Quebracho (2011,165), el poema es

un folletín policial truculento donde se hace descripción detallada de casi una docena de asesinatos, se describe dos veces la vida de la cárcel, se detallan las hazañas de un borracho, se muestra al negro como un ser inferior al que se puede matar impunemente y al que se tutea, se denigra al indio, a quien se presenta como una bestia con forma humana al que hay que destruir, se hace alarde y exhibición de los más bajos instintos, se presenta como un ideal y la mejor forma de seguir viviendo el acomodarse con las autoridades, se hace una acabada descripción de los tahúres, en fin, todos los vicios y bajezas imaginables salen a relucir como aspectos normales de la vida de relación y son elevados a la categoría de principios y ejemplos. Se podría decir que es el encumbramiento del anti-héroe en la cultura nacional argentina, que posteriormente también podremos detectar en la figura de Diego Armando Maradona como representante estelar del pibe de barrio.

No obstante, y a pesar de que lo “argentino” deseable se encuentra ahora en la provincia “lo propio del ‘bárbaro’ es su silencio. Denostado por todos, reelaborado por provincianos nostálgicos, el interior del país no habla. La Argentina del Centenario es un lugar de combate donde los ‘civilizados’ disputan bajo la mirada silenciosa y distante de los ‘bárbaros’ de antaño” (Svampa:2006,171).

Argentina es “un nuevo miembro que se codeaba con las grandes naciones de la tierra” mientras que en la ciudad “el proletariado se agita, y una violenta lucha de clases tiene lugar”. Un país en el que en palabras del líder socialista Juan B. Justo “todo no está dicho” cuando en “Buenos Aires el corso de las flores es mejor que en

252La obra recopila cuatro conferencia impartidas en el teatro Odeón ante altos cargos del gobierno y

elites económicas, entre las que se encontraba el por entonces presidente de la nación Roque Sáenz Peña.

Niza253 y la ópera tan espléndida como en París” (Quebracho, 2011: 288-289).

El auge del movimiento obrero

La muerte de Roca en 1914, así como la apertura electoral, daría fin a los gobiernos oligárquicos, dando paso a las primeras presidencias radicales (1916-1930). Durante estos gobiernos los conflictos obreros fueron muy importantes, teniendo como

máxima expresión en 1919 la Semana Trágica254 y entre 1920 y 1921 la Patagonia

Rebelde255, cruentas represiones que en palabras de Maristella Svampa sería el

fruto de una política “hesitante” que al ir

de la negociación a la represión ayudaría tanto a la descomposición de las formas tradicionales de lucha como a la aparición de las primeras fuerzas de “choque” destinadas a combatir la denominada “agitación proletaria” que el gobierno radical parecía dejar en complaciente libertad. Fue así que esta ambigua política social, que ni satisfizo las demandas del movimiento obrero, ni terminó de asegurar a las oligarquías, exacerbó aún más el fantasma del comunismo entre las filas del nacionalismo (2006:181) .

Debido a la alta represión, el sindicalismo se reformula y pasa de ser de “acción” a “presión”, lo que se escenifica en su unificación en torno a la Confederación General del Trabajo en 1930. En la práctica, esta forma de lucha, irá separando cada vez más a los trabajadores de sus líderes, al sentir que estos están en connivencia con el poder y no representan sus intereses. Así mismo, bajo el apelativo de “política criolla”, que particularmente los socialistas inflingían tanto a la oligarquía como al