Part II General Eligibility Rules
Rule 10 Interstate Contests and Practices
Fuguet se crió en Estados Unidos y volvió a Chile a mediados de los ochenta, cuando ya estaba grande y ni siquiera hablaba un buen español. Algo de esto se ve en su escritura: Fuguet inventa palabras, a la manera gringa, da vuelta frases, y también mira la realidad con asombro, como si nunca terminara de acostum- brarse a las cosas, como si siguiera siendo, un poco, un recién llegado.
–Me costó mucho entrar a la escuela de Periodismo, el pri- mer año no me dio el puntaje y tuve que dar la Prueba de Ap- titud por segunda vez. En esa época para entrar a periodismo había que tener más puntaje que para ser cirujano cerebral, era medio ridículo. Como me costó tanto, tenía la idea de que todos adentro tenían más talento para el periodismo que yo. Ahora, curiosamente, en mi escuela la mayoría de la gente no quería ser periodista. Querían dedicarse a otra cosa: a la política, a la comunicación estratégica.
–Tú, en cambio, quisiste trabajar en prensa desde muy chico. –Claro, incluso ese año en que me quedé fuera de la universi- dad fui a ofrecerme a algunas revistas para trabajar como crítico de cine, que era realmente lo que yo quería. Quiero decir: me in- teresaba ir a una guerra, me interesaba el nuevo periodismo pero sobre todo me interesaba el cine. Entonces me imaginaba que era una forma de ver películas gratis y que me regalaran afiches. Bueno, fui a preguntar y me rechazaron en todos lados.
–Bueno, pero tenías como 17 años, yo tampoco te hubiera hecho caso.
–Sí, pero igual, ¡cómo tanto! Yo recuerdo los nombres de todas las personas que me rechazaron en ese entonces y les deseo todo el mal.
–Jajaja, no hablas en serio.
–No, no. O quizás sí. Pero mira, al final debuté en un periódi- co en inglés que se llamaba Santiago Chronicle, que hacían unas gringas, no me pagaban nada pero yo tenía una carta para entrar
gratis a las películas y además me daban todo el espacio que yo quisiera para escribir. Y después, en alguna parte vi la Mundo Diners, que les llegaba solo a los que tenían tarjeta de crédito y en esa época era muy poca gente, por supuesto que a nadie que yo conociera. Entonces conocí la Mundo cuando iba como en el número cien, encontré que era la mejor revista de Chile y empecé a buscar y coleccionar números antiguos. Ahí escribía Héctor Soto, yo lo admiraba sin conocerlo. Al final me decidí a ir a pedir pega. Y ahí conocí a la Margarita Serrano. Le hablé como veinte minutos, le ofrecí pauta, en ese minuto no me pescó pero como a los tres meses se acordó de mí y me pidió un artículo, era un perfil muy latero y lo hice, traté de ponerle harto corazón y no le pareció tan mal. Ahí me pidió que le propusiera pauta.
–Te inspirabas mucho en los medios de afuera, en una época en que era imposible acceder a esos medios.
–Pero ahora la gente tampoco lo hace, aunque esos medios estén a un botón. Yo leo diarios en internet y se me ocurre un montón de temas y no entiendo por qué no se hacen.
–También probabas formatos que veías en revistas de afuera. –No solo revistas. Por ejemplo, me di cuenta rápidamente de que se podía escribir de otra manera leyendo a Soriano en Artistas, Locos y Criminales. Es muy rupturista esto de que la narración la lleve el entrevistado.
–No me imaginé que te gustara Soriano, pensaba que tu ins- piración siempre había sido gringa.
–Yo tenía súper claro que el país se iba a ir hacia Estados Unidos más que a España, por eso nunca tomé en cuenta ese mundo europeo, me parecía que era el pasado. Además me inte- resaban mucho las tendencias urbanas, la música, el rock, sabía que la baja cultura también podía ser cultura y que hablaba más de nosotros que la alta cultura, como la ópera o el ballet, re- medos de cuarta de lo que se estaba haciendo en otro lado. Me parecía que Tim Burton era más importante y mira, al final los pokemones salieron de ahí.
–¿Tenías esas certezas a los veinte años?
–No sé si certezas, intuiciones… La única certeza que tuve rápidamente fue que no debía decir cosas que no sintiera. O sea, si llegaba una película de Tarkovsky y todos decían «qué obra maestra» y yo me aburría, tenía que decir «no entendí nada» aunque me despreciaran. Al comienzo, me pasó que escribí dos o tres críticas falsas, porque decía cosas que no pensaba, y después dije: prefiero pasar por tonto que publicar algo que no pienso.
–Qué jugado.
–No sé, yo creo que era mi formación gringa. Además hubo un punto de quiebre, creo yo. Una vez en la escuela de periodis- mo me obligaron a quemar una chaqueta militar que andaba trayendo, una chaqueta que había sido de mi tío, el de Missing, (la penúltima novela de Fuguet) que era del ejército gringo, yo creo que ahí me vino como una liberación, un ya, basta.
–¿Cuándo te pasó eso?
–Justo después de que Estados Unidos invadió Granada, creo, o en alguna de las tantas invasiones. Eso afectó mucho a la escuela de periodismo, a mí me decían gringo, y yo usaba esta chaqueta del tío mío que se perdió. La usaba porque decía Fuguet y yo encontraba cool que tuviera mi nombre, y quizás me faltó un poco de tino, en medio de una dictadura andar con una chaqueta militar…
–Ha sido un karma para ti, una crítica que te ha perseguido, esto de ser agringado…
–Pero yo siempre he dicho que yo no he cambiado, que final- mente ha cambiado el país. En esa época yo estaba súper fuera de onda, pero con los años me he vuelto más normal… Ahí hay una experiencia que tal vez algún día me sirva para un libro. En la escuela de periodismo viví dos dictaduras, la de Pinochet, que en realidad a mí no me afectaba, y la maoísta, que era la de buena parte de mis compañeros de curso. Era gente cartu- cha, fascista para mi gusto, que te obligaba a escuchar a Silvio Rodríguez porque era lo único válido. Yo estaba terminando la escuela y llegó un tipo de Concepción con el pelo azul, al que le
gustaba The Smiths, y eso provocaba reunión de la Jota. ¿Qué les importa? Pensaba yo. Para ellos había que andar con poncho o si no eras un vendido, un títere del capitalismo. Ahora toda esa gente con tanto discurso contra el sistema está en mega cargos en empresas.
–De esa época es tu cuento Pelando a Rocío.
–Sí, salió de ese ambiente de la escuela, totalmente. Esos cuentos, los de Sobredosis, nacieron cuando el profesor de re- dacción me empezó a poner malas notas y un día me llamó y me dijo que yo estaba equivocado, que no podía confundir no ficción con ficción. Yo mentía, es cierto que mentía, pero a mí nunca me pareció que fuese una mentira flagrante. Por ejemplo, alguien había asaltado un camión. Yo me ponía en el papel del asaltante y sentía nervio y calculaba el tiempo. Y mi profesor me decía: cómo sabes esto. Bueno, le decía yo, lo intuyo. Y ahí fue cuando me dijo que si yo quería pasar su curso tenía que escribir como él quería, que si tenía ganas de usar todos esos recursos de la ficción, que escribiera cuentos en mis ratos libres. Y ahí empecé. Fue Raúl Muñoz, profesor de periodismo informativo a quien le atribuyo haberme cambiado la vida aunque seguro que lo mitifico y que las cosas no ocurrieron de esta manera.
El asunto fue que me metí en un taller literario con Poli Déla- no, por casualidad también, y después empecé a escribir para mis compañeros de curso, mis más amigos eran mi público, y era una manera de reírnos de cierta gente de la escuela. Entonces repartía fotocopia en las clases lateras.
–Si hubieras vivido en esta época habrías tenido un blog. –Seguro que sí. Y después gané un concurso de cuentos en Las Últimas Noticias con la Secretaría Nacional de la Juventud, pero me dijeron que me daban el premio solo si le sacaba al texto unos garabatos que había en medio. Le pregunté a mi jefe del diario qué hacer y me dijo: no seai huevón, haz lo que te piden, si total después podís publicar ese cuento de nuevo con tus mismos garabatos. Ah, verdad, dije yo. Con la plata que me dieron me compré un computador.
–Como a los 22, 23 años pasaste por la Revista del Domin- go, ¿no? En un ejemplar viejo encontré una crónica tuya sobre Reñaca y no parecía tan tuya como otras posteriores, tal vez eras muy chico y no tenías tan definido el estilo…
–Al salir de la escuela, a fines de los 80, fui a la Revista del Domingo porque se suponía que era en donde se hacía nuevo periodismo, y lo pasé pésimo. Sin exagerar no publiqué más de cinco o seis crónicas, entre otras cosas porque había que escri- bir bajo una serie de leyes, que creo que había establecido (Luis Alberto) Ganderats cuando fue director y que los que seguían en la revista cumplían como verdades reveladas. Reglas de estilo como «hay que escribir en presente», o «hay que presentar a la gente con sus datos básicos al comienzo del texto», cosas así. No te permitían discutirlas, en una revista donde supuestamente se valoraba la creatividad y el estilo propio. Además, entré rápida- mente en problemas de autoridad con una jefa que tuve y que claramente no era un animal periodístico y eso me resultaba muy difícil de entender, me parecía despreciable que estuviera más in- teresada en irse temprano a su casa que en darle otra vuelta a un texto. Ahora, con el tiempo uno va madurando y entiende que en los periódicos a la mitad de la gente no le interesa el periodismo. Una vez estábamos en un restorán con Héctor Aguilar Camín, y empezó a temblar y él se levantó y pensamos que era por miedo, pero no: había ido a averiguar la magnitud del temblor. Y cuando volvió estaba asombrado de que ningún periodista chileno en la mesa hubiera hecho lo mismo. Nos dijo: por eso ustedes nunca van a ser grandes periodistas, porque no les importa este oficio.
–Cuando te conocí en el trabajo me llamó la atención la hu- mildad con que abordabas los temas. Nunca sentías que te queda- ban chicos, sino que parecías sentirte en desventaja, como quien no sabe nada y parte de cero, y por eso te lo reporteabas todo.
–En periodismo siempre siento que no voy a ser capaz de lograrlo, en cambio en literatura siento que sí seré capaz. Es una cosa muy rara. Yo creo que tiene que ver con mi trauma de no haber podido entrar a la escuela de periodismo a la primera, siempre sentí que mis compañeros eran más inteligentes y mejo- res periodistas que yo, que tenían más dedos pa’l piano.
–¿No te sientes un buen periodista?
–¿Como periodista puro puro, como reportero? No. –Pero has recibido premios por tus crónicas periodísticas. –A ver, no creo que sea de los mejores periodistas de Chile, pero sí creo que soy bueno para trabajar en un equipo, me en- canta pautear. Es como una tentación, me podría pasar la vida pauteando, se me irían todas las energías en eso. En fin, pero habría que definir qué se entiende por periodismo.
–¿Qué entiendes tú por periodismo?
–Yo me siento una especie de (la palabra también está muy usada) cronista. Dicen que el periodismo es el borrador de la historia, yo me siento parte de eso. Siento que lo que hago en periodismo ayudará a entender cómo eran las cosas hoy. Siento que lo mío es escudriñar las señales de este tiempo, esté uno de acuerdo o no.
–Tú estás todo el rato reporteando, en el sentido de detectar historias, fenómenos. ¿Te pasa en Chile no más?
–Me pasa en todas partes, incluso en lugares donde no en- tiendo nada, trato de entender. Por qué tal músico funciona allá y no acá, por ejemplo. No anoto todo el día, se me olvida la mi- tad. Lo que más me gusta es saber tendencias y leer historias. Y en el New York Times me gustan secciones como «Real State», o los obituarios, encuentro que ahí hay información interesante sobre cómo está viviendo la gente.
–No es la noticia central.
–Generalmente no me sirve mucho la gran noticia.