Part II General Eligibility Rules
Rule 15 Participation
por Josefina Licitra
Detrás de la escollera, flotando como una bestia buena so- bre un mar caliente y oscuro, el buque se quedó solo. Se llamaba Kastelorizo –en referencia a una de las islas más espectaculares de Grecia– y había llegado a República Dominicana para cargar y descargar algunas toneladas de petróleo. Los empleados mero- deaban arrastrando sogas y cajones por el muelle, y entonces no queda claro cuándo, cómo y por qué motivos, en algún momen- to de esa madrugada del 16 de junio de 2006, los portuarios, los gendarmes y la custodia desaparecieron del mapa y el Kastelo- rizo quedó, definitivamente, librado a su suerte. En ese instante, a cien metros de distancia, Marcos Abraham Villavicencio y An- drés Toviejo se miraron con urgencia, se untaron el cuerpo con grasa, nadaron hasta las cadenas del ancla, y desaparecieron del mundo. Lo siguiente que se supo de ellos apareció en los diarios: Villavicencio había llegado como polizón a la Argentina, y To- viejo había muerto en altamar.
Pasó desde entonces un año. Y lo que queda de aquello es una amistad extraña, y una historia increíble.
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La primera vez que vi a Villavicencio fue en el hospital Ces- tino de Ensenada, a un par de kilómetros del embarcadero del Puerto de La Plata. Era un chico muy joven –diecisiete años–, con un cráneo romo y un par de ojeras inmensas que bajaban hasta tocar las mejillas. Estaba llamativamente flaco y una cá- nula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, no paraba de entrar y salir gente: Villavicencio era polizón, pero
a esa altura del partido, principalmente, era noticia. Todos los medios estaban reproduciendo su historia: un adolescente domi- nicano había pasado diecisiete días escondido debajo del timón de un buque griego, sin comida ni bebida, esperando llegar a la tierra prometida.
–Yo quería ir a Nueva Ior –explicó Villavicencio. Tenía la voz áspera y rajada y sin embargo sonreía. Nos contó, a mí y a otro periodista que estaba en la sala, que su llegada a la Argenti- na era producto del más absoluto error de cálculo: tanto él como Toviejo, de 24 años, habían previsto llegar a Estados Unidos en un viaje de tres días y dos noches; una travesía que, según habían estimado, podía resistirse sin probar bocado. Sin alimentos y con solo una muda de ropa seca, se escondieron en el hueco que deja el timón en la popa. Al cuarto día sin ver la tierra, las cosas em- pezaron a ponerse feas.
–Algo anda mal –se inquietó Toviejo–. El barco sigue co- rriendo y no se ve la costa.
–Nos habremos equivocado –contestó Villavicencio–. Debe- mos estar yendo a Europa.
Toviejo se desesperó y comenzó a llorar. Golpearon la panza del buque para que alguien los escuchara y los hiciera subir a cu- bierta, pero nunca hubo respuesta. Hasta que un rato más tarde, quizás desahuciado de sed, Toviejo tomó agua del Atlántico. Y esa fue su cruz. Horas más tarde empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas. Cuando la hélice volvió a entrar en marcha, un fogonazo de agua llenó el hueco y se lo tragó como quien respira. –Entonces empecé a rezar –recordó Villavicencio en la cami- lla–. Rezaba y pensaba: primero me muero, y después llego.
–¿No es al revés?
–No, no. Primero me muero y después llego. Yo creí que me moría ahí mismo.
Pero llegó vivo a La Plata. Una vez que el Kastelorizo fue fondeado, la Prefectura lo encontró flotando en la rada de in- greso al puerto. Cuando los vio, Villavicencio creyó que había llegado a Europa.
–Pibe, ¿estás bien?
Pero no era Europa. Pronto lo trasladaron a un hospital de la zona, pronto llegaron los diarios, pronto su historia conmovió
al país, pronto apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo «Dios te guarde la vida, Abraham», pronto una mujer de Ringuelet se ofreció a adoptarlo, pronto Villavicencio se ani- mó a hablar del futuro («Quiero quedarme en La Plata», «Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata») y pronto la historia –como todas las historias– dejó de dar leche y pasó al olvido.
La segunda vez que vi a Villavicencio fue en un neuropsi- quiátrico.
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La Argentina tiene fama de país generoso. Según estadísticas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugia- dos (Acnur) este gobierno acoge a 2.600 personas provenientes de más de cuarenta y cinco naciones de todo el mundo. Gente que, en todos los casos, logró probar que en su país era perse- guida por motivos de raza, religión, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social, o por tener una opinión política contraria a los intereses de la dictadura de turno.
Los encargados de evaluar si una persona califica para refu- giado son los miembros del Comité de Elegibilidad para los Re- fugiados (Cepare). Fue este organismo el que revisó y rechazó el historial de Villavicencio. Al chico lo había corrido el hambre –y, probablemente, el canto de sirenas del sueño americano– pero ninguno de esos motivos ameritaba un asilo.
Una ong, el «Observatorio para las minorías», decidió res- paldarlo. Pero mientras el Observatorio intentaba convencer al Cepare de expedirse a favor del asilo, Villavicencio fue dado de alta en el hospital y empezó a pasar los días entre la delegación de Migraciones de La Plata y un hogar para niños de la calle. Una tarde, tal vez curioso o aburrido, pidió permiso para pasear por la ciudad. Y lo que ocurrió después es un misterio: según la policía, Villavicencio habría tenido la pésima suerte de perderse en una cochera de la Dirección de Asuntos Internos de la Policía Bonae- rense. Cuando un agente se acercó, Villavicencio habría comenza- do a hablar incoherencias y ese habría sido motivo suficiente para que, con algunos psicólogos de por medio, se le diagnosticara un
cuadro de desequilibrio emocional y se lo derivara al hospital Ale- jandro Korn, mejor conocido como «el Melchor Romero»: uno de los neuropsiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.
Claro que Villavicencio tenía otra versión de los hechos. Dijo que él había salido a caminar, que en el trayecto se había largado un chaparrón, que el trazo diagonal de la ciudad de La Plata se le había vuelto en contra y que, sin saber cómo volver al hogar, se había refugiado en la cochera de una casa. Dijo que un patru- llero lo vio, que pensaron que era un ladrón y que ante la duda lo molieron a patadas. Dijo, por último, que para que él no los delatara los bonaerenses decidieron inventar, de principio a fin, toda una gran historia sobre su locura: la demencia de un chico que, a esa altura de la maraña administrativa, directamente no existía sobre la tierra.
Dijo todo eso, Villavicencio, y por algún motivo le creí. Estábamos sentados en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Villavicencio estaba allí y, aunque los médicos le habían dado el alta, él no tenía adónde ir. Los diarios de La Plata, cada tanto, publicaban alguna nota sobre su historia. En los artículos Villavicencio salía hablando como un orador profesional: «Acá me alimento muy bien –dijo el diario El Día que había dicho Villavicencio–. Hay días en que como tres raciones de arroz o milanesas con puré, que es mi co- mida preferida. También leo unas revistas que tengo debajo del colchón y ya me sé de memoria».
Cuando lo vi, sin embargo, Villavicencio era incapaz de im- primirle a la charla cualquier cosa parecida al ritmo. Su hablar era lento y pastoso, y su voz vacilaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.
–¿Estás tomando pastillas?
–Inyecciones y pastillas... Para los nervios... Para los nervios. –¿Pero vos te ponés nervioso?
–No. Yo en Dominicana… nunca llegué a tomar una pastilla. Tú… me entendés, ¿no?
–Mientras… mientras esté aquí ellos me dan. Dos por la ma- ñana… una al mediodía… una por la noche.
Afuera el día era espantoso: lluvia, charcos, locos pesados, la promesa de un granizo. Adentro estaba Villavicencio: su mirada boba, su gordura –había aumentado más de diez kilos–, su ropa de gimnasia y sus chanclas. De repente pareció salir de un trance, pestañeó, me pidió un bolígrafo y un papel, y empezó a dibujar: un trazo lerdo y tembloroso, que fue dando lugar a un barco, una hélice, un hueco.
–¿Viajaste metido acá? –Ahí mismo, muy bien. –Muy cerca del agua. –Sí, muy bien. Vos entiende.
–Pero esto está a punto de ser tapado por el agua. –Sí, sí, muy bien.
–Pero entonces cómo… ¿Vivías mojado?
–Sí, sí, muy bien. Cuando el barco estaba parado… estaba más tranquilo. El barco parado, no sube agua. Pero el barco co- rriendo, sube agua... Subía y se iba… subía y se iba. Subía con fuerza y se iba con fuerza.
Villavicencio empezó a recordar. Contó que el cuarto día de viaje el hambre y la sed empezaron a ser cada vez más crudos, y que el mar estaba como siempre: letal. Cada vez que la hélice del barco se encendía, el agua entraba con fuerza de rompiente y Vi- llavicencio y Toviejo, su amigo, tenían que resistir. Para aguantar mejor, se turnaban: de a ratos uno subía una escalerilla y repo- saba en un lugar seco, pequeño y con espacio para una persona. Y el otro, en cambio, quedaba tocando el agua. Por momentos llegaba el mínimo alivio de la lluvia: podían beberla. Hasta que Toviejo bebió de más –tragó agua del Atlántico– y ese mismo Atlántico se lo tragó a él.
–Toviejo era mi amigo, crecimos juntos en el barrio… Pero cuando se fue al mar yo… estaba tranquilo. Si me ponía loco me moría yo también. Entonces empecé a rezar. Empecé a rezar para no volverme loco.
Cada tanto avanzaba por el pasillo algún enfermero con guardapolvo verde. Fue uno de ellos el que vino, amablemente, a ponerle a Villavicencio una mano en el hombro. El chico se
puso de pie, me dijo «ya vengo» y se fue caminando mansa- mente, sonrientemente, hasta una reja que alguien destrabó para abrirle paso. De fondo, entre los alambres de púa y la ropa sucia colgada de las ventanas, se escuchaba la voz melindrosa de Mir- tha Legrand. Era mediodía: algunos internos miraban a Mirtha. Otros, decenas, deambulaban en ojotas y a paso lento por un pasillo angosto.
Era la hora de la pastilla. rrr
Abraham –como lo llama su familia– soñaba con huir de su país desde los trece años. Su situación no era de las peores: nunca le faltó comida y pudo completar el colegio primario, una proeza que solo logra el 30 por ciento de la población dominicana. Su madre, María Magdalena, nunca trabajó. Y su padre, Bienve- nido Santos, siempre se dedicó a la construcción: un oficio que heredó Villavicencio, cuando a los doce años empezó a ayudar a su padre.
Con el dinero que ganaba, un año más tarde se empezó a pagar el curso de inglés y compró un inmenso planisferio donde marcó los principales puertos de Estados Unidos y Europa. Ya soñaba con viajar a Nueva York, y había previsto algún plan de contingencia en el caso de que Nueva York nunca llegara. Desde las diez de la noche y hasta las seis de la mañana, durante dos años estuvo acovachado en la explanada del puerto de San Pe- dro, hociqueando los buques de azúcar y petróleo, esperando el momento de gracia.
Hasta que a los quince –en el 2004– la insistencia dio frutos: logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica. Fueron tres días de viaje junto a siete amigos que casi lo doblaban en edad, metidos en el hueco que deja la paleta del timón, sin comer y sin beber. Villavicencio había llevado unas masitas que había comprado en la despensa de su barrio, pero lo bueno duró poco y ahí aprendió una primera lección: entre unas masitas y nada no hay diferencia, y entonces lo mejor es ir libre de todo peso.
Lo segundo que aprendió es la importancia del silencio: siempre está el peligro de que te oigan.
Así y todo, al llegar a Jamaica los descubrieron. Pero él no perdió las fuerzas. De eso me habló Villavicencio días más tarde: de los once viajes que se hizo como polizón.
–El segundo viahe fue para Venezuela –contó: esa tarde es- taba más despierto, su forma de hablar era ondulante y sin jotas –. Ahí el barco fondeó muy lehos de tierra y me tuve que tirar al nado, y entonces me vio una lancha y me vio una muhé. Una muhé que me quiso adoptar.
–¿Y entonces?
–Y no. Yo le dihe que no, porque no me quería quedar por- que… Yo quería irme para Estado Unido. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
–¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal? –No, no. Venezuela tiene la economía baha. –Vos querés un país pujante.
–Con una economía buena, sí.
–Y vos siempre pensás que estás yendo a Estados Unidos. –Claro. Yo siempre voy para América.
Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad To- bago y de Haití, Villavicencio llegó, finalmente, a Estados Uni- dos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra –un tramo mínimo que marcaba la distancia entre la zozobra y la felicidad– pero alguien lo vio segundos antes de que Villavi- cencio diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo –horas más tarde– era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Villavicencio ya estaba en Haití.
–Trato de ir lo más escondido posible, pero igual me ven. La segunda ve que llegué a Estadoh Unidoh me denunció un remol- cador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después por Luisana, después por Miami.
–¿Qué te pareció Estados Unidos, desde el auto?
–Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería que- darme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora
está mehor. En Estadoh Unidoh hay trabajo de tooodo: cons- tructor, cocina, vos tienes tu paga y con eso mandas a tu familia, compras todo lo que quieres.
El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Villavicen- cio fuera, una vez más, eyectado para su país. En ese momento tenía dieciséis años. Y tenía, por lo tanto, la ingenuidad de pen- sar que la insistencia siempre da su fruto. Meses más tarde, en el 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos. Pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los molieron a golpes y los tiraron por la borda. Nadie se explica cómo es que Villavicencio salió vivo de ahí.
–Creo que sobreviví porque todavía creo en Dio. Muy difí- cil… muy difícil. Todo era mar, mar…
–¿Y cómo hiciste?
–Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Hasta que por la mañana salió el sol y un barco me vio flotando. Era un barco ruso. Los rusos siempre son buenos, los griegos, los polacos y los americanos también son buenos. Los filipinos, no. Mis amigos se ahogaron de tanto golpe que les dieron los filipinos. A mí no me pegaron tanto, quizá por- que yo era más chamaquito, el más pequeño de todos. Pero mis amigos… ellos sufrieron. Ellos no flotaron nunca. No aguanta- ron. Porque en el mar es muy difícil nadar. La corriente te domina.
–¿Y los tiburones?
–No había. Todos en el barrio me preguntaron por los tibu- rones. Porque yo salí en el diario en Dominicana. Demandaron al barco y todo. Y después… el barco pagó 2 millones de pesos (52 mil dólares)…
–¿Pagaron a las familias de los muertos?
–No, a los jueces. Eso también salió en el diario. rrr
Todas las noches, durante la cena, la posibilidad de emigrar era mencionada por Villavicencio ante su familia. Todos le pe-
dían que se quedara y hasta lo alentaron a anotarse en un curso de cocina para que trabajara en un hotel de la ciudad. De los siete meses de cursada, Villavicencio llegó hasta el sexto. Ahí de- cidió irse y buscar un destino como cocinero en Nueva York.
Pero llegó a La Plata: una ciudad que, en los últimos años, viene recibiendo un goteo permanente de polizones que llegan, principalmente, escapando de las persecuciones étnicas de Áfri- ca. A ellos, el Cepare suele darles asilo. Pero no a Villavicencio: luego de cinco meses en el Melchor Romero, en los que se fueron sucediendo infinitas apelaciones, se decidió su repatriación.
El de la partida era un día de sol. Había pocas nubes y ese era el primer paso de lo que luego sería una escalada de calor en Buenos Aires. A las nueve de la mañana sonó el teléfono.
–Un amigo le quiere hablar–me dijo un tal Pablo.
De fondo el ruido, las corridas, el eco, la voz de Villavicen- cio:
–Estoy en Ezeiza, me vuelvo a Dominicana. ¿Vos puedes ve- nir? –dijo. Y supe, por la forma de decirlo, que estaba sonriendo.
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República Dominicana es, se sabe, una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos car- dinales está lleno de agua y promesas. A 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, está Puerto Rico. Y a unos 500 kilómetros está Estados Unidos: el lugar al que casi todos sueñan con llegar.
Los registros más actuales aseguran que al menos uno de cada seis hogares dominicanos tiene aunque sea un miembro emigrado. Una diáspora que nació en 1961, cuando la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo permitió que miles de ciu- dadanos huyeran de un país que había quedado económica y socialmente diezmado. En los últimos cuarenta y dos años, har- tos de la inflación y de los apagones de hasta veinte horas, cer- ca de dos millones y medio de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio: son muchos los que murieron en tránsito. La mayor tragedia ocurrió en 1980, cuando veintidós hombres, mujeres y niños murieron asfixiados en el tanque de lastre de un carguero panameño que iba rumbo a Nueva York.
Pero este caso no impidió que la salida de ilegales continuara. Solo durante 2005 se estima que 400 dominicanos murieron o desaparecieron en el mar intentando llegar a la costa de Puerto Rico o, principalmente, a la de Estados Unidos.
Buena parte de los muertos viene de San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció –y de la que escapó y a la que volvió– Villavicencio. Se trata de una urbe que a principios del